Lluvia de estrellas

Un viaje imposible, un encuentro fortuito y un pecho en llamas.

Hubo una vez que me encaramé a la Luna.

Ascendí sin preocupaciones entre las esferas de un firmamento perfecto. Atravesé el éter invisible que separa todas las cosas y, alcanzando con el brazo estirado, acaricié la superficie nacarada de la reina de la noche.

Cuando me posé, las estrellas, diminutos puntos fulgentes, caían a mi alrededor como un torrente de luz que procedía de mis sueños más profundos. Recogí una, y al observarla, me dí cuenta de que me devolvía la mirada. Imposible y olvidada, compartió conmigo su infinito calor, dándome la fuerza para continuar en esa situación tan particular, en la superficie lunar, observando mi tierra de lejos.

Y entonces, me la tragué.

Apareció en mis manos, unidas para sujetarlo, mi corazón. Aún brillaba dónde rozó a la estrella cuando ésta ocupó su lugar. Sin uso para él, guardé mi corazón en un diminuto baúl que metí en mi bolsillo. Aún fuera de mi cuerpo, latía con la vieja pena que siempre había usado como fuego. Me dio pena, así que lo guardé con mis mejores recuerdos y algunas buenas intenciones, para que se conservara algo menos triste mientras disfrutaba de la estrella de mi pecho.

Con el calor de la estrella en mi cuerpo, recorrí a voluntad la negrura del espacio más profundo sin miedo ni frío. Llegué hasta la última esfera de cristal, e hice música golpeando el límite de mi universo. Recogí brazadas de éter y esculpí los sueños que me hicieron sonreír. Hice caminos de luz entre los planetas y el sol, para poder volver en cualquier momento, y construí una cabaña en las junglas indómitas de las lunas ocultas de tu mente. Me convertí, sin darme cuenta, en explorador y misionero de todo un cielo que intentaba comerme sin que yo sospechara nada.

Y de repente, me caí.

Se acabaron mis nuevos poderes. Caí y caí hasta que reboté de vuelta en la Luna. La estrella seguía en mi interior, latiendo y cediéndome su calor por estar en mi pecho; pero brillaba mucho menos. Había encontrado la tristeza, y tornó mi presencia en ausencia. Nada de lo que le dije, y tampoco nada de lo que sentía la convencieron de que estaba con ella. Simplemente, nada era suficiente, y su luz se fue apagando.

Entonces se me ocurrió. Ya que había abandonado hacía tanto mi tierra, tal vez podríamos pensar en vivir juntos en el firmamento. Retornarla, aún en mi pecho, de vuelta con sus hermanas, allá donde las estrellas viven: en nuestros pensamientos pasados. E hicimos un trato. Ella brillaría y, de vez en cuando, volveríamos a aquel momento en el pasado, para que se sintiera como en casa una vez más.

Brillamos juntos más que nunca. El universo se nos quedó pequeño, e hicimos planes para visitar cada uno de los planetas, sus lunas y los pensamientos imposibles de todos los artistas que alguna vez vivieron. Eramos uno, al fin, y nada podía hacernos retornar a la realidad que habíamos dejado atrás. Brillábamos más de lo que nunca habíamos brillado por separado.

Y sin embargo, una vez más, caí.

La estrella se enfrió. Mi pecho quedó al descubierto. Confundido, pregunté por qué. La respuesta se perdió entre las nubes de mi tierra según caía hacia ella.

Y al llegar al suelo, tan lejos de la Luna, los planetas y todos los satélites, se estalló el baúl que contenía mi corazón. Saltaron los trozos y se perdieron los mejores momentos y se evaporaron las buenas intenciones.

Apenas latía. No me había dado cuenta, pero viajar con la estrella lo había llenado de lascas, de muescas. Se había vuelto frágil como el cristal. Tanto calor lo había fundido y lo había vuelto a forjar, y con un toque, estalló. Viajar por el universo lo había privado de aire, y luchar en las junglas indómitas lo volvió asustadizo. Aún en mi bolsillo dentro de un baúl, mi corazón me había acompañado todo el viaje. Y yo sin cuidarlo lo más mínimo.

Así que me puse manos a la obra y lo recompuse. Ya no sería como antes, eso era imposible. Pero, al menos, podría volver a darle forma. Durante tres noches y tres días, trabajé sin descanso. Primero, recogiendo todos los trozos que se habían esparcido por mi tiempo. Luego, formando con ellos una imagen de mi corazón, nueva y fracturada, pero entera. Y, finalmente, pegando todos esos trozos con lo que tuviera a mano: lágrimas, sonrisas, suspiros… Algunos trozos pegaban mejor con las primeras, otros con las segundas; y con las terceras, le devolví el ritmo al terminarlo.

En cuanto empezó a latir una vez más, salió la estrella de mi interior. Me miró con pena y, más fría que nunca, se despidió de mí, triste porque mi pecho no llegó a ser el hogar que buscaba. Yo le ofrecí mi sonrisa, y aunque pareció agradarle, se fue a buscar su propio calor antes de probar mi sonrisa.

Sólo, y atado por la gravedad otra vez, coloqué mi corazón en mi pecho y este se cerró. Me dolió, ya que la forma de mi nuevo corazón era rara y tenía bordes que cortaban, pero volví a latir.

Ahora miro hacia arriba, allá donde viven las estrellas, y me pregunto cuál fue aquella que una vez compartió su calor conmigo. Me pregunto si volveré a surcar el firmamento, y si aquella estrella se llevó algo de mí.

Y hay días que me parece que asciendo sin preocupaciones, aunque no sé si es verdad o tan sólo son imaginaciones mías.

Dicen que en el mañana hay lluvia de estrellas.

Lo evidente de lo increíble

Apenas a unas horas de hacer mi primer viaje para ver a una amiga y no a la familia, pienso en algo que escribir. Y se me ocurre que no es mala idea pensar un poco en por qué voy a hacer este viaje.

En esta semana extraña y bastante extenuante, me enfrento a una nueva aventura.

Es una aventura pequeña. Modesta en comparación con las odiseas y epopeyas que otros Ulises viven a mi alrededor. Poca cosa para una persona cualquiera que está acostumbrada a los pájaros de metal y a empaquetarse en un equipaje de mano. Es casi rutina para los jóvenes, para los que han hecho de la exploración su modus vivendi, para los que no prestan atención a las imágenes de lo que puede ir mal, para los que pueden acallar esos nervios que no te dejan dormir y provocan un sudor frío cuando la hora del despegue se acerca.

No es ningún drama, aunque parezca que lo pinto así, pero sí es algo nuevo para mí. Es la primera vez que tomo un vuelo yo solo y mi destino no es la familia o la universidad. Al fin y al cabo, para alguien de costumbres y sueños moderados, una excursión en avión es sin lugar a dudas lo más alejado a la rutina que se pueda imaginar. Y está bien, porque es vital no quedarse encerrado siempre en lo mismo, incluso cuando lo deseo a veces con extremada fuerza. Aunque a veces sin quererlo, acepto totalmente que llevar las rutinas al extremo de volverlas irrompibles e inflexibles no hace más que hacerme daño.

Así que lo dicho, con ilusión y cierta cantidad de congojo, acometo este placer que es reunirme con esa sabia de montes verdes y calas olvidadas en los mapas. La reunión me transporta ya, antes incluso de que ocurra, a otras épocas, a otras versiones de mí mismo. Más ignorantes, más energéticas y, en definitiva, más jóvenes. Pero reflejos de mí afortunados por haber conocido y haber convivido con esta mujer de irrepetible carácter y perenne expresión.

Y eso me alegra, porque esas imágenes antiguas me recuerdan también cosas que quería hacer. Proyectos, gustos, horas de mi vida que invertí, que no puedo dejar que se queden a medias. Porque la única manera de estar totalmente contento conmigo mismo, en mí caso, es terminar lo que dejé empezado. Puede ser una especie de compulsión que apenas puedo controlar, pero tiene lo bueno de darme, a veces, esa energía que necesito para ponerme en marcha.

Porque, cuando lo pienso, ahora mismo estoy bastante bien. Avanzando al fin en varios frentes. Algunos tan difíciles como siempre. Otros aún más extraños y complicados de lo que jamás pude imaginar. Pero uno en particular me trae buenas vibraciones. Una de las partes de mi vida que nunca supe como iba a mostrarse. Hablo de mi trabajo, claro, el que me cayó del cielo de repente y que me está demostrando, casi sin darme cuenta, que hay algo que sí puedo hacer. Que demuestro poco a poco que lo puedo hacer, y mejor que otros incluso.

La divulgación, aunque sea tan constreñida como debe ser cuando se tiene el tiempo y la materia ya medida, es lo que hago. En cierta manera, es lo que hacía tiempo atrás. Aunque en Valladolid nunca llegué a tomármelo en serio (demasiado ocupado estaba en ser joven e inexperto ante todo), al llegar a las islas descubrí que era una cosa que podía hacer. De ahí que me apuntara a un grupo que tenía ganas de hacer precisamente eso, y que se lo puso incluso en el ADN. Tenía ganas de probar a contarle a la gente lo que se perdía cuando miraba sólo una parte de las cosas. De alguna manera tenía que transmitir la visión casi transcendental que adquirí del universo de los grandes divulgadores del siglo pasado. Tanta belleza, pienso, no puede quedarse escondida de todos los que nunca se plantearon como funcionan las cosas.

Y a base de leer, escuchar, repasar y compartir, continué por ese camino. He aprendido más sobre cómo transmitir conocimiento en estos años que en el resto de mi vida. Atrás se quedan los años en los que intentaba torpemente explicar algún tema a mi familia. Más atrás queda cuando me resigné a no hacerlo. Ahora he encontrado un lugar y unas personas que aprecian el esfuerzo que conlleva seguir este extraño y siempre cambiante camino. Es revigorizante poder hablar con gente que comparte esas inquietudes, y que está dispuesta a ponerse delante de más de 300 personas a hacer un poco de teatro y hacer reír a la gente, para conseguir al mismo tiempo que entiendan que transmitir la Ciencia es fundamental en esta sociedad que sufre de amnesia parcial.

Aún me fascina que, por ahora, esta faceta sea la que pone un techo sobre mi cabeza y comida en mi plato.

Y volver al pasado, reconectar con aquella que representa lo mejor de mí mismo tiempo atrás, renueva mis ganas de seguir mejorando en esto que hago. Comunicarme más y mejor, y pasar de transmitir esta importante información a fascinar con ella. Mi objetivo ya no es solamente hacer que la gente comprenda la importancia que tiene que estén informados sobre, por ejemplo, la tecnología que manejan, sino que les fascine tanto saber cómo funciona que sientan la necesidad de informarse y, a su vez, transmitirlo también.

Y todo, por un viaje que aún no ha empezado, pero para cuando se publiquen en estos párrafos, ya estará en marcha. Así que, gracias. Porque de vez en cuando está bien romper la rutina. Porque aunque un poderoso Sueño me ata a las siete islas donde el tiempo anda de buen humor, la metrópolis merece una visita de vez en cuando, sobre todo cuando en su interior va floreciendo esa inigualable Flor de las Tormentas. Porque sé que el recuerdo de los días que aún están por llegar se mantendrá conmigo para siempre, y que me servirá de faro cuando me pierda en la neblina de la rutina que a veces se me descontrola.

Gracias por todo lo que me has ayudado a crecer. Aunque no te lo creas, a ti también te lo debo.

Al día

Una semana más, una actualización. Varias cosas llegan a su fin, otras se confirman y otras comienzan. ¡Resumen genérico es genérico!

Otra entrada que es más bien un monólogo que algo importante. Aún así, han pasado muchas cosas, se están terminando muchos cambios y, ahora más que nunca, el tiempo es finito.

Lo cierto es que casi he terminado esa puesta al día que quería llevar a cabo en este lugar. Y lo cierto también es que estoy sorprendido de la inmensa cantidad de material que tenía guardado. Ahora, poco a poco, casi a cuentagotas, voy a ir mostrando todo eso que fui acumulando. La mayor parte está tintada con el color de los fic, pero son, de todas maneras, expresiones de lo que iba viviendo hace años, cuando la mayoría de esos textos fueron escritos.

Otras cosas me llenaban la cabeza entonces, eso es cierto, pero no por ello son menos importantes para comprender lo que ahora me ha pasado. Cómo ahora los planes son a largo plazo, algunas miradas se caen por su propio peso, y todos los abrazos son capaces de resucitar mi corazón jironado.

También ha empezado otro año de acabar cosas. Tal vez haya interiorizado al fin que acabar las cosas de palacio, aunque no se sienta necesario, hace que las cosas sean al fin un papel, que aunque mojado, se puede firmar por triplicado y puede absorber esa parte de mi alma que me dejé por el camino.

Cómo no, no puedo sino dedicarle unas pocas líneas, aunque precisamente por ello muy sentidas, a la vuelta que la rueda de la vida me ha dado. Pensé que ya no volvería a dormir con mi Sueño, pero, ¿qué puedo decir? Cuando es tan insistente como este, tal vez un par de crisis vitales es la única manera real de hacer justicia a la pasión que nos une, como los campos magnéticos de polos opuestos. Pero, ¡qué sé yo! A veces es como una corriente eléctrica, que te pone en movimiento y te entumece al mismo tiempo.

Por último, no me olvido del futuro cercano, del cambio de coordenadas, aunque sea temporal, que ya he certificado, que se llevará a cabo y será contrapartida ya pactada que durante tanto tiempo estuvo en el aire y que ahora, simplemente, ocurrirá porque ya era hora. La ilusión es grande, los temores son varios y las ganas crecen. Lo importante es la Tormenta, la que allí ríe y a veces explota, cuya paciencia a veces se agota porque, en verdad, no soy tan grande, aunque intento mejorar y se que el cariño la desborda.

Todo esto y más destella en el horizonte, porque todo tiene su momento y, en parte, en este yo me levanto y lo reclamo.

Feliz gracias, Flor de las Tormentas

A la Flor de las Tormentas que una vez conocí, ¡feliz gracias!

Hacía tiempo que quería escribir esta entrada (como una buena ristra de otras que aún vivirán un día más en el tintero), pero como casi siempre, ha tenido que echarse el tiempo encima (las 0:07 exactamente) para que finalmente me enfrente al blanco y el negro.

¿Y qué decir? Bueno, hace tiempo aprendí que el contexto es la piedra angular que sustenta una buena historia. No sé si esta historia que me dispongo a relatar es buena, pero al menos sé que es cierta, y eso es lo que me hace feliz.

El contexto es un Valladolid post-adolescente y desconocido. El contexto son noches en vela, algún corazón con olor a pegamento y la imperiosa necesidad de escapar de una libertad comprada entre paredes blancas de papel de fumar. Entre papeles enormes de infinitas lineas incomprensibles para un servidor, con un aire a biblioteca cultivada y madurez precoz, el destino vino a hacer una de esas jugadas suyas tan de conversaciones nocturnas y amontonó con cierto desorden a dos personas.

Una de ellas es extraordinaria. La otra tiende a escribir de la gente usando el artículo indeterminado “una”.

Estas personas comenzaron a convivir como por casualidad. Casi indirectamente, casi sin malicia, se dieron a conocer entre ellos. Con un ordenador delante, con gustos al descubierto a través de Youtube. La Sexta por las noches y los cruasáns por la tarde. Con mucha más historia y vida de lo que en un primer momento imaginé, poco a poco, fascinación, respeto y amistad formaron puentes entre dos personas tan distintas como las tierras de sus cunas.
Casi por accidente, nos hicimos amigos.

Así, por accidente, yo puedo decir que descubrí a una persona tan maravillosa que aún hoy en día, de vez en cuando, quiero darme de cabezazos contra las paredes. En serio, dos años conviviendo en el mismo edificio, y tuve que escapar de allí para encontrar lo que tenía a apenas tres habitaciones de distancia. Hasta entonces no me había dado cuenta de que la miopía podía ser de más tipos además de la óptica.

Pero, la autoflagelación nunca ha llevado a nadie a ningún sitio, y si bien ahora puedo decir que me siento un poco como que “Soy la venganza autosatisfecha de Jack”, habiendo comprendido y valorado correctamente lo que me ha sido presentado, no puede acabar aquí el relato. Porque durante un año de lenta maduración, fui ayudado y, en el más amistoso de los sentidos, mimado por la persona de más grande corazón (y más cortante ironía, by the way) que jamás encontré.

No sólo respetó mis gustos, sino que encontró la manera de ampliar mis horizontes, de hacerme pensar como nunca antes, de superar miedos y de conocer gente que representan esos conocidos que cualquiera desearía fervientemente haber conocido (y que algún día todo el mundo conocerá, mark my words!). Intenté corresponder como buenamente pude, pero nunca sentiré esa amistosa deuda saldada, porque simplemente sé que siempre seré mejor de lo que hubiera sido sin aquel tiempo con esa persona increíble.

El siguiente año no hizo sino continuar lo comenzado el período anterior, pero con otra persona genial a nuestro lado. Estoy bastante seguro de que lo mejor de mí nació aquel año, y kebab en mano, observé la lluvia más gentil de mi vida cayendo ante mis ojos. La compañía era inmejorable; el momento, tal vez no tanto.

Y es que, todo el mundo tiene un horario, incluso las heroínas. Con mucha pena, la convivencia de piso se acabó, pero no por ello terminó la amistad tan preciada. Con una ciudad de por medio y un río por si fuera poco, puede que la relación se hiciera más esporádica, pero no por ello menos querida. Las canciones siguieron lloviendo, y hasta algún concierto, tan oscuro y brillante como una sonrisa sin pensar, se pasó por la ciudad…

Alguna vez, con alevosía y extrema nocturnidad, este uno recordó que las letras se reflejan en la realidad, que a veces hasta uno puede escribirlas con la intención de recordar. Y al saltar el charco, si bien tal vez el sonido de las voces terminaban siendo lejanos ecos, estos eran más fuertes que nunca en la mente de un pobre nostálgico empedernido. Un nostálgico al que aún le queda todo por aprender, porque nunca ha sabido muy bien agredecer tanto que recibió. Ahora, a traspiés, pide clemencia, y sólo un poco más de paciencia. Está a punto de crecer.

Así, hace apenas nada y apenas todo, al fin otra vez, las voces se hicieron cercanas y los abrazos pasaron a ser reales, no sólo mentales. Apenas dos soles y dos lunas, y tantas ganas al fin satisfechas (sobre todo de chocolate). Tanto hicimos, algo hablamos y más se nos dejó por el camino. Pero así es como debe ser. Que los nuevos abrazos sean siempre excusas para aún más nuevos abrazos. Así aprendí al menos.

Y uno, que como ya se ha visto, tiende a la flagelación, al “Soy la vida desperdiciada de Jack” (incluso tan lejos de realmente estar así), recuerda esa conversación antes de las cuatro ruedas de vuelta, antes del striptease aeroportuario. Tengo que crecer. Tengo que implosionar si hace falta, y tal vez igualmente sí. Pero, en todo caso, tengo que enfrentarme a lo que llega. Y la única que podía decírmelo y conseguir que atravesase mi fornido cráneo eras tú. Así que, gracias.

Gracias tanto y tantas veces como granos de arena en las playas que hemos visto. Gracias como gotas de lluvia hemos visto juntos. Como kilómetros recorremos, como capítulos nos vemos, como sentimientos compartimos. Gracias por los momentos que serán imborrables, como abrazos, bromas, debates y consejos.

Gracias por todo. Y sobre todo, gracias por dejarme escucharte. Porque esas siempre serán las palabras que no necesitan adjetivos. Serán, simplemente, “las palabras”.

Eso sí, si puedo pedir algo, pues pediré dos cosas. Uno, que no sean las últimas palabras, que siempre haya más. Y Doce, ¡qué pases un feliz cumpleaños!

El de la explicación de lo que he estado haciendo

Resumen más o menos incompleto de este nuevo principio en una de las siete islas afortunadas.

Supongo que tras estos meses de silencio debería, al menos en parte, asegurar que aún sigo vivo con un recuento de aquello en lo que, precisamente, he empleado este tiempo. Empezaré con lo más importante, y según vaya avanzando el relato, supongo que pasaré a lo más banal.

De primeras, he continuado persiguiendo el sueño que un día me lanzó a toda esta aventura universitaria. Los últimos pasos académicos, al menos del nivel básico, han comenzado este año, y aunque con un comienzo mucho menos que estelar, las perspectivas son halagüeñas. Junto a esto viene los otros grandes pasos, que son ni más ni menos que la incorporación a un grupo virtual de gente real con la afición común de la astronomía. Es este punto el que más ambivalente se está demostrando. Aunque por una parte disfruto del juego del descubrimiento una vez más, es cierto que el tiempo que hay que invertir en todo este aparato es de una magnitud pantagruesca. No obstante, como he dicho, me provoca enormes cantidades de orgullo y, por qué no decirlo, satisfacción también poder responder que sí he conocido gente y que no, no me he quedado encerrado en casa desde que llegué a todo aquel que ose dudar de mi capacidad de socialización. Supongo, al fin y al cabo, que nadie se daba cuenta de que, si no socializaba en algunos ámbitos era porque, simple y llanamente, no tenía interés.

Pero basta ya de viejas palabras tantas veces repetidas. Todo esto que ya he contado conlleva una serie de fotos y enlaces que andan al final de este post, la mayoría sacadas en las ya frecuentes subidas al observatorio de Izaña, en el Teide. Estas subidas se han convertido, en este corto período de tiempo, en la verdadera quintaesencia de estos años que he pasado estudiando. Una especie de culminación, y nunca mejor dicho, por la que no haber desfallecido durante estos años. Uno de esos momentos por los que merece la pena tanto viaje, tanto trastorno y tantos nudos en el estómago.

Además y por otro lado, tengo la oportunidad de llevar a cabo un par de deseos que he tenido desde hace ya bastante tiempo. Ya tengo localizados un par de faros que puedo visitar tan sólo a una guagua de distancia. Y algo aún mejor: ya tengo una excusa para hacer un viaje en barco. Sería un trayecto corto, de apenas unas horas hasta alguna de las islas cercanas, pero aún así me llenaría de ilusión, ya que nunca he viajado en barco, y tengo unas ganas increíbles de hacerlo. De hecho, en muchas de las historias que he escrito, he incluido un viaje de ese tipo.

En fin. El grado por ahora no es fuente de grandes ilusiones, pero el año que viene será otro cantar. Para entonces, supongo yo, ya estaré más centrado, más preparado y más a punto para dar por finalizada esta etapa. Con todo lo que eso implica (es decir, un montón de dolores de cabeza al intentar dilucidar cuál es camino que más me conviene). Además, exámenes y trabajos casi se pegan entre ellos para absorber aún más de ese tiempo que no tengo, casi hasta el punto de la ridiculez. Pero en fin, son las cosas del nuevo grado.

Finalmente, aún sigo con el picor de la escritura en el cuerpo. Aún no consigo encontrar la manera de escribir lo suficiente para estar satisfecho y, al mismo tiempo, hacerlo lo suficientemente motivado. Aún quiero seguir con la idea de un tiempo mínimo diario, pero me cuesta horrores conseguir dedicarlo.

Y eso no es sino un síntoma de lo que peor he llevado este tiempo. Viviendo con gente ya perdía el tiempo con espectacularidad, pero es que lo de estos meses ha llegado a unos niveles ridículos. Para más inri desde que no puedo jugar al Minecraft (o cualquier otro juego de PC) desde hace unos meses. Apenas hago lo mínimo, día tras día acosado por una especie de indolencia resignada que no soy capaz de sacudirme. Estoy, en definitiva, totalmente desenfocado, y lo peor es que no entiendo de dónde viene tanta tontería.

En fin. En todo caso, como digo, me he acercado muchísimo de vuelta a la astronomía. Tras el salto, pues, las fotos que lo demuestran (y que sé que disfrutarán… al menos un par de lectores).

Y entonces, el Universo…

Sin tapujos, una despedida.

Normalmente, no suelo exponer directamente las cosas que me pasan en la entrada de un blog.

Normalmente, elimino los hechos en sí y dejo, usando mi imaginación, sólo el sentimiento que me ha dejado algo en particular.

Normalmente, sin embargo, no despido a mi mejor amiga hacia un futuro incierto.

Hoy, 26 de junio de 2010, puede que haya sido el día más duro y más feliz de mi vida. No tengo palabras rimbombantes que compartir. No tengo una historia inventada con la que vestir la realidad. No tengo la necesidad de acentuar en especial un sentimiento. Tan sólo quiero dejar algún tipo de testimonio de mi estado anímico actual.

Estoy, al mismo tiempo, tan contento y triste que no hay manera de que pueda expresarme con claridad.

He dicho “Hasta luego” (uno posiblemente muy largo) a mi mejor amiga. Ha sido muy jodido. Probablemente lo más jodido que haya hecho en todo este año. En todo el tiempo que llevo en la universidad. Pero, al mismo tiempo, el futuro que puede conseguir con este adiós es tan increíble que me sentía mal por sentirme tan jodido.

Supongo que, simple y llanamente, resulta difícil aceptar que, hagas lo que hagas como amigo, no hay manera de que hagas sentirse mejor a esa persona mientras esté cerca de ti. Realmente es una sensación horrible, pero no es mala sentirla de vez en cuando. De esa manera, te das cuenta de la importancia de hacer algunas locuras de vez en cuando.

Siendo sincero, no tengo ni idea de qué hacer ahora. Supongo que la respuesta es que, en vez de tener que ir a su habitación cuando me apetezca hablar con ella, tendré que iniciar el Skype y a correr. Lo cierto es que, haciendo memoria, me doy cuenta de que en este tiempo que hemos compartido, apenas hemos usado el ordenador (o el teléfono) para hablar. Siempre cara a cara, con la otra persona.

Tal vez me siento triste por perder eso.

Una nueva etapa en esta amistad es lo que me espera.

Siempre escuché que el cambio es bueno.

Bueno, este tipo de cambio es jodidamente agridulce. Deliciosa y dolorosamente agridulce.

Un abrazo, flor de las tormentas.

Cap. 18 de S.A. original

Al fin, llega una prueba de fuego para Ranma y Akane. Y aún más para la Tendô, que tendrá que poner en práctica lo que ha ido aprendiendo para poder reivindicar quién es en medio de una Nerima tan caótica.

Comienza el final cuando >>

Cap. 11 de S.A. original

Se acerca el fin de semana del entrenamiento especial, así que cada uno de los tres ha de terminar sus preparativos para el viaje. Y de repente, algo tan sencillo como una pregunta se puede volver una pesada carga.

Dijo el poeta que >>