Viejos recuerdos (IV)

Ocurre a los 26 años y medio.


Viejos recuerdos (IV)

Más vale que te pongas en paz con Sylphé, airen, aunque me temo que Sylphé no tiene ganas de escucharte.

—Será mejor que seas tú la que empiece a orar a Sylphé —con una mano temblorosa pero fuerte, agarró el mango de la espada y cerró los ojos.

—Si haces eso, te desangrarás hasta la muerte, airen —no había preocupación en el tono de Shampoo, tan sólo uno de constatación de lo obvio.

Con lentitud, casi con despreocupación, sacó la espada de su costado. En el mismo instante en que estuvo fuera del todo, se apretó la herida con su mano libre. Mientras Shampoo hacía un sonido de apreciación, sacó de entre sus ropas un cubo con agua.

—¡Atrás, Ranma! —gritó —No te acerques más.

—Pero…

—No pretenderás usar mi maldición, ¿verdad? —intervino Shampoo con un tono falsamente dulce —Esa es una muy mala estrategia si quieres ganar.

—No, no voy a convertirte en gata —respondió con una dolorosa sonrisa en el rostro. Por un momento, apartó la mano de su herida, y dejó que algo de sangre cayera en el cubo, mezclándose con el agua.

—Aquí acaba todo.

Con dolorosa rapidez, ganó la espalda de Shampoo. Recogió su pelo. Sacó un champú y un peine. Limpió el pelo lavanda de Shampoo y masajeó con maestría su cráneo. Y finalmente, lo deslavó con el agua mezclada con su sangre.

Cuando iba a secarle el pelo, sin embargo, recibió una patada en el estómago, y algo de sangre salió de su costado como si fuera una manguera. Salió despedido unos metros, durante los cuales volvió a apretar la herida con una mano, hasta que rodó por la hierba del patio hasta detenerse.

—¿Qué has hecho? —preguntó histérica Shampoo. El toque de locura había desaparecido, dejando paso a uno de rabia. Entonces se dio cuenta de que su pelo se había tornado en un violeta carmesí, y su rabia se multiplicó —¿¡Pero qué demonios has hecho!?

—¿Te gusta tu nuevo color? —preguntó con dificultad. Respirar se estaba convirtiendo en una pesadilla difícil de superar —Es para que recuerdes siempre lo que has hecho.

—¡Dime que le has hecho a mi cabeza! ¿Qué es esta presión en mi pecho? ¿Qué me está pasando? —gritó, y empezó a correr hacia él con ansias asesinas.

Sin embargo, Ranma le asestó una patada voladora por el lateral que no pudo prever, y quedó tendida en el suelo, convulsionándose entre el llanto y las arcadas.

—Tan sólo te he dado perspectiva sobre lo que has hecho estos años. He destruido todas las barreras mentales que te habías autoimpuesto. Ya no serás más ni un robot, ni una loca. Tendrás que hacer frente a todo lo que has hecho.

—¡Te odio!

—Yo también me odiaría.

Se levantó lentamente, y al instante tuvo a Ranma sujetándole de pie. Sonrío con gratitud. Él le miró con una mezcla de enfado y admiración.

—Sabría que funcionaría, ya está —la mirada pasó a ser una de enfado casi absoluto —. ¡Va, déjame! Lo sabía y punto.

Giró para observar a la caída Nujiezu un momento más.

—No quería pensar que había perdido hasta el último ápice de bondad. Todavía tenía que haber algo.

—¿Y ahora qué? —preguntó Ranma llevándoselo al baño.

—Un médico no me vendría mal…

—¡Ya lo sé! —respondió su amigo indignado —No me refería a eso.

—Pues ahora me dejas un teléfono y llamo —respondió sacando un papelito de entre su túnica. Había un móvil escrito.

Tan sólo la familia podía curar ciertas heridas.


Al capítulo anterior. O a una Vida en Momentos Congelados. O al capítulo siguiente.