Puntos en el corazón

Puede…

Puede que el desastre haya golpeado cuando la marea estaba más alta. Durante los viajes imposibles que una vez hicieron nuestras almas, allá donde el cielo y la tierra se besan; mientras la luz del sol recorría plácidamente las llanuras de una historia que nunca pudo ser.

Puede que nos hayamos mecido entre las olas de una sonata dedicada a las personas que nunca pudimos ser, que siempre tuvimos en el borde de nuestra mirada. Reflejos más luminosos de lo que nunca pudimos ser, seres más amables y más honestos que los que ahora animan nuestros corazones. Esas versiones que se alzan por los cielos, vuelan el uno junto al otro, descubren paisajes imposibles apoyados en los vientos que mutuamente nos cedemos sin reparo. Versiones que ahora vemos, que nos hacen llorar por las noches cuando notamos el frío en nuestras camas, que nos recuerdan todo lo que hicimos mal.

Puede que cuando nos montábamos en aquel coche no recordáramos por qué lo hacíamos; que la rutina de una batalla vencida nos cegara, y atase nuestros corazones a una neblina impenetrable que nos separó de nuestras realidades y nos tornó en estatuas admirables que escondían dentro todas las oscuridades que iban poco a poco comiéndose nuestras esperanzas y nuestros pensamientos de futuro. Y al no compartir más nuestros futuros, éstos se fueron marchitando para siempre en una oscuridad inacabable que se volvió rutina. Y así, en medio de la nada, asustados al no palpar los labios del otro, empezamos a cometer errores que fueron, indefectiblemente, dirigiéndonos al borde del agujero negro, donde va a morir la luz que no alcanzó a iluminar nuestro presente.

Y puede que el espectáculo fuera sensacional, allí donde la oscuridad se encontró con la luz. Saltaron realidades y se dio la vuelta el tiempo. El color se desparramó por nuestras pupilas, y las formas se retorcieron a través del espacio y la realidad. Ya nada pudo volver a ser lo que era, y en medio de las explosiones de nuestros corazones, tan sólo la voz de la resignación respondiendo a la voz de la desesperación. Y su eco se hizo eterno.

También puede que nada de esto tenga nada que ver. Que la realidad sea tan sencilla como que se acabó lo inagotable. Puede que de tanto hablar y de tanto sentir, el corazón y la boca terminaran por ponerse a contratiempo, y aunque la tristeza y el cariño lo inundaran todo, no supieran ponerse de acuerdo hasta que hubo un silencio que les permitiera hablarse. Cuando se dieron cuenta de lo que estaba pasando, decidieron que era el momento de no seguir perdiendo los días y los sentimientos y quedarse con lo que ya tenían, y no arriesgar más romperse en mil pedazos cuando un final anunciado llegara, con todas sus consecuencias y todas sus vicisitudes.

O puede que hartos de todas las cosas que no se podían decir, decidieran romper las barreras de esa rutina que todo lo inundaba, intentar dar un golpe de efecto que hiciera estallar el silencio que todo lo inundaba. Gritar a través del vacío del espacio entre nosotros, y cometer la aventura más arriesgada de todas: hablar de verdad. Ser de una vez uno en valor y en sentido, y por fin expresarse aunque no supieran muy bien qué decir.

Finalmente, puede que no sepa qué decir. Puede que esté aquí, rellenando líneas en un vano intento de expulsar todo lo que duele por dentro. Puede que mire a mi alrededor y vea tantas cosas que no he probado que ahora quiera intentarlas todas, y que me dé más miedo que nunca lanzarme, porque ya casi no tengo tolerancia al dolor. Al físico, porque no creo que pueda acumular más anímico. Y no es culpa de nadie, pues las elecciones siempre fueron mías. Pero eso no quita para que me duela mirar, me duela escuchar y hasta a veces me duela escribir. Porque cuanto más expulso, más profundo busco, y llega un momento en el que tengo que dejarlo por un tiempo para dejar de escarbar trozos de un corazón que todavía se lo piensa dos veces antes de latir ante ciertos recuerdos.

Pero sé que seguiré en este estado si no hago algo, y de alguna manera habrá que salir adelante, si todo lo que tengo a mi alrededor es inalcanzable; y aunque amo las ondas con locura, me toca a mí tomar el control de mis brazos y mis latidos cuando estoy solo ante el peligro, que suele ser a menudo, siempre que las estrellas me sonríen en pleno día. Y es tan fácil perderse en los sueños diurnos, aquellos que solía cerrar antes de empezar, que ahora me inundan porque no vivo en este mundo. Porque aún vuelven aquellos sueños en los que desaparezco y me voy a otra dimensión, y la gente acepta sin remordimientos que ya no estoy, que esas cosas pasan y que tan sólo era yo.

Y en esas dimensiones extrañas encuentro un escapismo que pensé que había perdido, que pensé que ya no necesitaba. Pero ahí está, funcionando a pleno rendimiento cuando me siento a oscuras y dejo que mi cuerpo desaparezca en la oscuridad, y estas melodías me toman ingrávido y me transportan allá donde otros entran por las formas, otros por la droga y otros por simple manía de no escucharse. Me elevo sin alas, y soy el ser más importante de mi propio universo, y observo a la Tierra, sola en la negrura del espacio, y no me detiene ni la falta de aire ni la falta de estima.

Pues por un instante creo, y todas las destrucciones que he vivido últimamente son parte de mí. Se integran y también me elevan, aunque sepa que llegará el momento en el que tiren de mí hacia el suelo. Y de la misma manera que me elevaron, ahora me hagan descender a horcajadas, me ahoguen y me devuelvan a la realidad de la que huía.

Puede –y termino — que todo pase y que al final este tiempo se convierta en huellas borradas por el mar. Y cuando mire hacia atrás me costará sentir lo que una vez me hizo llorar tan amargamente. Pero sé que, aunque haya desaparecido de mis recuerdos, todos estos tiempos estarán cosidos a mi corazón, puntos eternos que vibrarán con cada latido, que en cierta manera, su huella se sentirá en cada respiración, en cada mirada y en cada paso. Una parte más de mí que por siempre se expresará en mis gestos y en mis palabras. Esa tristeza antigua que se comparte entre las sábanas, y en la barra del bar que llamamos honestidad.

Seguro que no te olvidaré nunca.

Seguro que continuaremos nuestras vidas también.

¿Alguna vez..?

Sobre la tristeza de tener una realización que nadie más tiene, y lo solo que eso te puede hacer sentir.

¿Alguna vez te ha pasado que, tras disfrutar de una historia que te gusta mucho, en forma de peli, serie, libro o lo que sea, al reflexionar sobre ella y darte cuenta de lo mucho que te conmueve y que la llevarás siempre contigo a partir de ese momento, te invade la tristeza?

Sé que es raro, pero a mí me sucede. Me sucedió hace poco con Moonrise Kingdom. Es una historia, en realidad, bastante triste. Llena de música fantasmagórica, temas serios y oscuros, y el indefectible ritmo visual de Wes Anderson, capaz de crear nostalgia con colores pasteles.

Entre toda esa amalgama de contradicciones he encontrado cierta inspiración, cierta perspectiva, perfectamente centrada y encuadrada, sobre las verdades que subyacen en este mundo. Sobre la inocencia y su pérdida; sobre la responsabilidad y su adquisición; sobre la realidad y nuestra manera de construirla. En resumen, he encontrado una nueva manera de observar lo que me rodea, y unos nuevos acordes que me acompañen.

Pero eso no es lo importante, o al menos, de lo que quiero hablar. De lo que quiero hablar, sobre lo que pregunto al principio, es la tristeza irremediable que me tomó después. Una especie de nostalgia por algo que nunca he tenido; ese tipo de sentimiento irracional que acosa con más asiduidad a aquellos que aún no han aprendido a tomar las riendas de su propio ser. Un esplín que casi no se puede explicar, pero que me ataca siempre en estas situaciones.

Cuando algo me define; cuando siento que lo que estoy presenciando es una de esas verdades que se esconden a plena vista; cuando no puedo dejar de pensar que el mundo sería un lugar mejor si todo el mundo interiorizase lo que acabo de interiorizar. Entonces, me llena una terrible tristeza que me corta la respiración y hace que pierda un latido o dos de mi vida. Y se me llena la boca de silencio, y mi mente se vacía y se llena sin ton ni son, y no me puedo ni mirar al espejo. Y si no estoy solo con mi reflejo, entonces prefiero esconder la cara. Porque muchas veces la tristeza es demasiada, y no puedo ni mantener la compostura.

Reconozco otra vez que es muy raro. Pero es tan poderoso que no lo puedo negar. Me consume de una forma desmedida, hasta el punto en que suelo revisar varias veces el momento en el que ocurre, y la reacción continúa siendo la misma. Aunque ya lo tenga aceptado o me prepare para ello. Da igual, ese momento me habrá marcado para siempre, y debido a los fuertes lazos que creo entre la memoria y los sentimientos asociados a ella, no fallará en ocurrirme incluso cuando tan sólo esté recordando ese momento.

Honestamente, no sé ni explicar qué me sucede. ¿Es tristeza por la humanidad, una manera de expresar mi desesperanza más profunda por esta especie capaz de lo mejor y de lo peor? ¿O tal vez es algún tipo de onanismo intelectual, una manera sutil de llorar el solipsismo intelectual al que uno se ve sometido a veces al parecer que su ADN se desarrolló en una estrella muy lejana, donde el ser humano era tan sólo un folio mal impreso entre la guía del Museo de Historia Natural Universal? ¿O, tal vez, no sea nada más que la manera de un alma desordenada de expresar una tristeza que no tiene más salida que romper los diques de lo cotidiano y escapar por una grieta entre tanto intelectualismo desbocado que al final no sirve sino para ocultar una mediocridad de la que no se escapa nunca hasta conseguir lo imposible y nunca jamás estar contento nunca más?

Y así, al dejarse ahogar en este océano de tristeza, sentir una justificación más para cerrar los ojos y escapar, venir al folio en blanco y escribir estas cartas sin destinatario que, como buenas riendas, me llevan y me dirigen a seguir avanzando aunque no sepa en qué dirección.

O, tal vez, sea simplemente que soy un tipo triste. Un adicto a la tristeza que necesita su chute incluso si viene de algo alegre, porque de alguna manera hay que poner en marcha la máquina del humor.

Así que, en una especie de nueva y extraña necesidad (tal vez esté madurando, o tal vez me esté haciendo aún más niño), lo pregunto aunque nadie me responda.

¿Alguna vez te ha pasado que te ha hecho sentirte muy triste una lección que has aprendido y que sientes que el resto también deberían aprender, pero te das cuenta de que no lo harán? ¿Sentir que una historia pareciese que está hecha para ti y que nadie a tu alrededor se siente así? ¿Descubrir que nadie entiende una peli o serie o lo que sea como tú, o que nadie le saca el mismo significado?

¿Alguna vez has llorado con un final feliz?

La infinita tristeza de lo que no empieza

La madrugada del 5 de junio de 2015 me pregunto qué es exactamente lo que estoy haciendo. Como es habitual, no encuentro respuesta.

Recuperando otra entrada antigua. Del 5 de junio de 2015. Casi un año ha pasado, y aunque no todas las dudas se han resuelto ni todas las pesadillas se han ido a dormir, mucho ha cambiado desde entonces.

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Asocial social

Una confesión más, y ésta sobre lo social que este asocial a veces es, y la raíz de este comportamiento que me obsesiona y me preocupa.

Me encuentro, con cierta regularidad, dividido a la hora de decidir si soy animal social o un viejo asocial.

Si bien es cierto que sigo convencido de que la manera con la que puedo vivir haciendo y haciéndome el menor daño es retirándome de los grupos sociales y aparcando toda interacción con mis semejantes hasta sobrevivir con la mínima necesaria, tampoco puedo negar que amo compartir mis velos y mis desvelos con el Sueño que a veces me acompaña. Y a veces, también, me gusta desperezar mis huesos acostumbrados al silencio y zambullirme en el sórdido ruido de la conversación con extraños.

Así, equilibrando mi amor un poco malsano por las sombras, la lluvia y la soledad bien entendida, existen en mí pulsiones que me llevan a desear buen tiempo, una buena bebida y una conversación larga y totalmente en contra. Es casi como si dos personas vivieran en un mismo cuerpo. E, incapaces de decidir a quién pertenece, deciden turnarse los latidos con el fin de vivir ambos lo que desean.

Lo peor es que estos cambios de actitud no sólo me confunden a mí, sino a los que me aguantan y me quieren. Porque si ya es difícil congeniar y compartir conmigo, aún lo es más cuando puedo cambiar totalmente de parecer en un abrir y cerrar de ojos. Al cabo de un tiempo, me he dado cuenta de que a la gente le gusta que le sorprendas, pero también que eso no ocurra demasiado a menudo. Porque entonces eres inconsistente, irracional y demasiado difícil saber cómo vas a reaccionar a las cosas, que al cabo de un tiempo, es algo normal y necesario.

Lo cierto es que me asusta un poco. Desearía, muchas veces, no ser así. Ser un poco más predecible, y yo creérmelo también. Porque lo principal es que aún me siento dividido. Ni lo malo de ser así me convence para dejar de serlo. No lo puedo entender, y me trabo y me detiene entrar en esta dinámica de extrañeza de mí mismo.

Siempre que puedo, me detengo para estudiarme un poco. Analizar que me está haciendo funcionar, qué me hace cambiar y qué me hace permanecer igual. Pocas cosas he mantenido conmigo el suficiente tiempo como para poder apreciar una evolución visible. Como para poder sacar algún dato sobre mí mismo que pueda decir tiene algún sentido real y algún viso de ser real. Cuando se es tan voluble, es muy difícil asegurar nada sobre uno mismo. Las cosas parecen poder atribuirse siempre a algún estado pasajero o algún cambio de humor súbito. Por eso, encontrar algo estable, algo de lo que pueda estar seguro siempre se vuelve de capital importancia. Y ayuda.

Pocas cosas se mantienen, pero algunas hay. Por ejemplo, llevo más de diez años llenando hojas con mis desvarío y de mis sentimientos. Son pueriles, incompletos y feos en muchas ocasiones. Pero son míos, al fin y al cabo, y tan sólo reflejan algo evidente: sólo soy una persona. Con muchos fracasos a su espalda; con envidias e incapacidades, y otras mil cosas negativas.

Pero, también, con alguna positiva. Ahí están, y su valor no es mío para poner.

También resisten los años unas pocas amistades. Amistades que atesoro e intento mantener, porque nunca volveremos a ver los átomos perdidos en un agujero negro, pero sí las llamadas perdidas. Y estas amistades tienen tanta razón, y tantas razones además… Por alguna razón, me resisten y me sobreviven, y a pesar de lo bueno y lo malo que hago, siguen cogiéndome los mensajes. Y aunque de alguna manera resulta gracioso usar estas confesiones como comunicaciones, lo cierto es que nada se compara a tenerlos delante y poder recibir su sabiduría en directo. Y quedar un poco más calmado al verles tan bien rodeados.

Luego, hay nuevas amistades, cosecha tempranilla, futuros moldeadores de la realidad en la que todos viviremos, mentes preclaras que conseguirán hacer avanzar el conocimiento de la humanidad con su tesón y su inteligencia. Chicos y chicas que me enorgullece conocer, aunque seamos tan distintos como el blanco y el negro. Gente que te hace mejor sólo con estar a su alrededor.

Pero, si alguien ha sufrido lo que soy y lo que no termino de ser, ese debe ser el Sueño que me acompaña. Interrumpidamente a veces, con momentos de menos y momentos de más, conociéndome como nadie, ayudándome la que más. Cualquier disculpa es poca, testigo de mi mejor y mi peor. Ahora mi objetivo es hacerte feliz, aunque a veces me parezca que hago todo lo contrario. Todo es más real que nunca, y por eso tengo más miedo que nunca.

Al final, como viene siendo habitual, tuvo que haber disculpas. Pero lo prefiero a dejarlo. Para mí significan dos cosas, una buena y una mala. La mala, que sigo sin arreglar cosas que llevan mucho tiempo estropeadas. La buena, que aún no he aceptado esos errores y quiero corregirlos.

Así que, aún me quedan disculpas que pedir, para bien o para mal.

Valyv Balkanska-Bulgarian Shepherdess Song

Esta canción me recuerda al capítulo de Cosmos de la Voyager y su mensaje, y me recuerda lo que hicimos los humanos con esa nave.

Como escribí hace apenas un mes:

Pocas veces el título del post es el mismo que la canción que lo origina, pero este caso lo merece.

A un lado, la canción cuyo extraño titulo da nombre a esta entrada. Seguramente no sea del gusto de todo el mundo, pero aún así recomiendo a todo el mundo que la escuche. Su historia lo merece.

Es, seguramente, sólo uno de los incontables secretos, preciosos y únicos, que pueblan nuestro planeta. Una faceta más de este diamante que habitamos. Otra magnifica luz prendida por la raza humana. Unas potentes voces que no entiendo. Pero es fácil estar de acuerdo en que tampoco es muy necesario entenderlas. Su mensaje puede ser cósmico o terrenal; divino o mundano; triste o alegre. Pero otra vez, eso carece de importancia.

Lo importante es como sus voces traspasan el aro de cinismo con el que tendemos a pasar el día a día, y conversan directamente con la parte de nosotros que todavía abre la boca cuando mira un cielo estrellado. En un momento somos transportados a otro tiempo, a otro lugar. Tierra verde o montañas, cerca del cielo y del mar. Todo es tan diferente como nuestras imaginaciones sean capaces de lograr. Y no sin cierta dificultad, levantamos el vuelo y somos capaces al fin de desligarnos por un momento de las rutinas que para bien o para mal atrapan nuestro tiempo.

Libres por un momento de esas cadenas, los acordes y las variaciones imposibles nos abren los ojos. La historia se pinta bajo nuestras formas voladoras y los mapas cambian de color con el ascenso del agua de la clepsidra. Poco a poco, los horizontes, siempre tan rectos y tan mentirosos, se curvan ante nuestra percepción y revelan al fin la verdad que todo el mundo olvida al hacerse mayor. Nos elevamos con el canto de estas mujeres desconocidas, y antes de darnos cuenta, la Tierra no es más ya que una bola que gira descontrolada. Nosotros inmóviles en el espacio, y nuestra sombra recorre la superficie como un pensamiento de libertad. Por encima, espera el resto de nuestro hogar.

Cuando seguimos elevándonos, el concepto en sí pierde significado. Ahora tan sólo avanzamos hacia la negrura del espacio. Pero el vacío es ilusorio. Nos envuelve nuestro pasado, el de toda la raza humana. Imágenes, sonidos, señales… Tan sólo son el medio, el oxígeno de nuestras almas. Llevan en su seno nuestras ideas, nuestras fantasías y deseos. Arrastran nuestros triunfos y nuestros fracasos, las desgracias más terribles que hemos sido capaces de infligirnos a nosotros mismos y a nuestro pequeño hogar. Son una marca de lo que hicimos mal, aunque a veces parezca que no sepamos palpar dicha marca, o hayamos olvidado su significado.

Pero, también llevan lo que merece la pena repetir. Y al dejarnos empujar por su electrificante influjo, escuchamos a nuestros genios abriéndonos ventanas al futuro. Vemos a nuestros símbolos enseñándonos a conocernos a nosotros mismos. Y nos encontramos descifrando los secretos que nunca fueron ocultos a plena vista en todos los rincones de nuestra humilde morada, justo a la entrada de las cuevas que hace tan poco dejamos. Y es maravilloso sentir que, incluso con todas las dificultades, este influjo continúa guiando los pasos temblorosos de una especie tan exquisitamente orquestada entre tantos trillones de átomos de carbono, oxígeno y demás concertinos.
Tras un rato de este empuje, llega el momento de encontrar al portador de las voces. Su figura es metálica y puntiaguda, y con su boca que es al mismo tiempo su único oído, observa impasible el punto azul pálido en el que se ha convertido su linea de salida. En su interior, el calor nuclear lo salvaguarda de dormir para siempre, y aunque su misión ya es parte de la historia que nos enseñó quiénes somos, lleva en su pecho una dorada promesa de futuro.

A partir de aquí, se me hace difícil continuar con las metáforas, así que terminaré siendo un poco más explícito.
El portador de las voces es, evidentemente, una de las sondas Voyager. El ingenio humano que más lejos ha viajado lleva en un lateral incrustado un disco de vinilo hecho en oro, cuyo evocador título no es otro que el de “Voces de la Tierra”. En su anverso están inscritas las instrucciones para reproducirlo (tan simples y científicas como fue posible en su momento para que una inteligencia alienígena fuera capaz de descifrar su funcionamiento). Y codificadas en el disco, saludos en decenas de idiomas por distintas personas, música clásica y contemporánea (hasta los 70, claro), pasando por todos los tipos. Las palabras de una madre a un recién nacido. El sonido del cerebro de una pareja enamorada. Incluso el canto de las ballenas.

Y entre ese convenio de lo que somos, este canto. Este canto que no entiendo, pero que te eleva más allá de los límites físicos de los que somos presa. Este canto que le habla a uno en lo más profundo, viaja, junto a muchas otras composiciones de igual calado, por el vacío del espacio. Es para pensárselo. Unas voces así, dejando tan atrás el lugar de donde provienen, representando lo que somos en un solo a todas luces infinito que tardará cientos de miles de años en dejar la galaxia. Como una isla de significado en medio de un océano de caos. Con toda la esencia de unos sencillos seres, hijos de las estrellas, hermanos de aquellos que tal vez algún día lo encuentren.

Poco o nada resta por decir. El viaje termina y volvemos a nuestros atados cuerpos. Atados a nuestro planeta. A nuestra vida. Pero a partir de ahora, tal vez, recordemos que allá arriba, de donde provienen los deseos y donde duermen los dioses, allí, nuestras voces cantan. Cantan con el poder de romper el silencio. Y cantan aunque todo sea negro.

Viejos tiempos, nuevos tonos

Asaltado por la nostalgia que traen canciones que han estado conmigo suficiente tiempo, intento poner poéticamente sobre la mesa lo que ahora es mi alma embarrullada.

A mediados de Septiembre de 2012, con un poco de falta de sueño, una confesión se abre paso entre las ideas confusas.

 

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Adelante no es tan lejos

La madrugada, el cansancio y una película muy especial para mí se juntaron hace mucho para darme esperanza cuando estaba perdido.

Hace algo más de año y medio, a finales de Noviembre de 2011, tuve una de esas revelaciones que sólo pueden suceder con falta de sueño, el trabajo apilándose y la ayuda de una película muy especial.

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Las viejas nuevas canciones

Según pasa el tiempo, según se encorva mi sombra, las viejas canciones parecen decir tantas cosas más, se convierten en nuevas.

El 15 de enero de 2013 estuve escuchando unos acordes que me llevaron a escribir lo siguiente. Por referencias, a continuación pongo un par de canciones de las que hablo:

https://dl.dropboxusercontent.com/u/10059366/Wordpress/Nach%20-%20Ellas%20e%20Ismael%20Serrano.mp3%20 https://dl.dropboxusercontent.com/u/10059366/Wordpress/The%20National-%20Exile%20Vilify.mp3%20

Las viejas nuevas canciones

Se ha convertido ya más en una manía que en una tradición lo de unir ciertas canciones con las épocas que voy pasando en mi vida.

Hace años ya que comencé este experimento mental (hoy en día reconocido científicamente) de formar conexiones entre la música y mi memoria. De hecho, si pudiera escuchar música mientras hago los exámenes, seguramente aumentaría mi eficiencia sobremanera. Pero, no se trata de eso especialmente de lo que va esta entrada. Se trata, como no, de una entrada semi biográfica de estas Navidades del 2012 que fueron algo menos apocalípticas de lo que habían sido predichas. Y de su banda sonora.

Soy un tipo, además, que no se cansa fácilmente de las cosas que le gustan. Quiero decir, aún de vez en cuando enciendo los emuladores de la SNES o la NES y me hecho unas partiditas a cosas que tienen más años que un servidor, y que fácilmente llevan en mi vida casi dos décadas. Creo que a eso se le puede llamar dedicación.

Por eso, creo que no sorprende nada si vuelven a aparecer viejas canciones conocidas, como el Waiting for the End de Linkin Park o Fireflies de Owl City. Sin embargo, este descenso a la nostalgía se nos unen nuevas viejas conocidas como el Ellas de Nach e Ismael Serrano o el Exile Vilify de The National, entre otras que llevo ya escuchando casi un año.

Y es que, en medio de este atrincheramiento mental que me ocupa en estas fechas, a recordar canciones se le ha unido recordar películas. Sinceramente, estoy buscando la respuesta clara y concisa que se me escapa ahora que las preguntas importantes se me plantean casi con una frecuencia diaria  El único sentimiento que perdura entre este bombardeo es el terror más absoluto y apabullante. De vez en cuando, pienso yo que la ignorancia o la inconsciencia se hacen con mi cabeza y vuelvo a más o menos funcionar bien, pero estos descansos mentales no duran mucho, y al cabo, vuelvo a mi obnubilación constante y a la incapacidad de decir lo que estoy pensando.

Un tiempo atrás, cuando la luz era increíblemente brillante y las sombras un sitio donde jugar a dobles, pensé que no haría falta complicarse la vida y las preguntas a pesar de que venía sobre aviso. Así que, más contento y sin pensamiento, me dediqué al disfrute integral de lo que la vida ofrecía sin pensar. Ahora, sin embargo, son sólo preocupaciones lo que me llama, sólo una incapacidad total de saber que va a pasar.

Y a través de todo esto, llega dentro de nada el momento en el que tenga que decidir de las partes importantes de la vida, la que más. No me siento capaz. Me cuesta incluso creer que pueda haber alguien que sea realmente capaz. Tal vez sea así. Tal vez lo que saque la gente no sea más que un buen teatro diseñado para engañar hasta a la misma muerte, y poder así comenzar un camino que, tal vez, termina llevando hasta la felicidad. Admiro ese arrojo, y me sorprende y me silencia cuando lo observo. Pero no me creo capaz de producir esas hormonas que añadan tan característica cualidad a mi actitud.

Ahora tan sólo me queda esperar y desear que llegue el momento de la verdad. ¡Qué sea lo que quiera ser! No le pido más, pues no se trata de ganar o perder, sino de vivir. Vivir y no morir, y continuar con el paso que me lleva al mañana, sin tropezar, pero aprendiendo igualmente que hay piedras en el camino y, algunas, no se pueden rodear.