Cayendo en tus pupilas

Conversaciones en una oscuridad…

Nada. Vacío literal. Completa y absoluta oscuridad.

— ¿Dónde estás? –preguntó su voz al vacío.

–Aquí –respondió la oscuridad.

Hizo lo que pudo para guiarse con las manos y, con cierto miedo, se estiró lo que pudo sin dejar de tocar la pared a su espalda. Por fin, tras unos instantes de agonizante vacío, rozó la cama. Más calmada, se sentó al borde, sintiendo el frescor de las sábanas de seda, y lo recorrió con las manos hasta que lo encontró, a su derecha, inmóvil en medio de la nada.

–¿Qué hacemos así? –preguntó, incómoda con su silencio.

–Esperar.

–¿Esperar? ¿A qué? –insistió. Semidesnuda, el frío no tardaría en hacerla enfermar. Además, tenía otras intenciones para la noche, las sábanas… Y para él.

–Esperar a que sean lo suficientemente grandes.

Dejó escapar un sonido de asentimiento, aunque no tenía ni idea de lo que estaba hablando. Y ya llevaba un tiempo así: sin entender exactamente de qué hablaba cada vez que se quedaban a oscuras.

Pensó que sería más fácil. Hasta entonces, cuando se apagaba la luz, no importaba con quién, lo siguiente siempre había sucedido solo. No necesitaba hacer mucho. Los instintos se activaban y, sin hacer mucho más que yacer allí y dirigir un poco los movimientos de su acompañante, encontraba su felicidad momentánea.

No se hacía muchas ilusiones tampoco. Sabía de sobra que aquello sólo duraba una noche. Tal vez algo de la mañana también. Y después, vuelta a empezar. Escondida bajo la abrasadora luz del día, se ponía su disfraz de modosita risueña y comenzaba la caza. La búsqueda del próximo corazón del que sacar unos latidos prestados para poder levantarse una vez más y volver a empezar.

–Ya casi.

–Claro.

No le prestó atención. Estaba claro que iba para largo. Tal vez tendría que dejarlo por imposible y darse por vencida esa noche. No parecía que fuese a encontrar nada en esa oscuridad; ni felicidad momentánea, ni duradera, ni nada. Tan sólo una triste excusa llena de vergüenza y frustración, la atropellada búsqueda de ropa tirada y más excusas mientras se cierra la puerta. No sería la primera vez, y seguramente tampoco la última. Aunque sí sería un poco más decepcionante de lo habitual. Al fin y al cabo, para una vez que elegía por los ojos…

–¿Alguna vez has pensado en el negro de tus ojos?

La pregunta la pilló por sorpresa, especialmente en aquella absoluta oscuridad. Tenía la costumbre, desde pequeña, de cerrar los ojos cuando estaba a oscuras. La hacía sentir como si estuviera en un sueño muy real donde podía imaginar todo lo que quería.

–¿Las pupilas?

–Sí, exactamente –pudo notar su cuerpo girando hacia, supuso, ella, así que hizo lo mismo –. Las pupilas, allí donde van a morir las miradas.

–Y donde nacen también –no quería entrar al trapo. Quería hacer otras cosas más interesantes que hablar sentada sobre la cama, desnuda de ombligo para abajo, ¡maldita sea! Pero no pudo resistirse a responderle. Sus ojos… Eran una de sus armas habituales.

–También –le agradó que le diera la razón –. Aunque a mí siempre me han interesado más a donde van las miradas, más que de donde parten. Me fascinan los finales, aunque me aterran también –hizo una pausa y soltó una pequeña risa entre dientes –. Supongo que no tiene mucho sentido, ¿verdad?

–No mucho.

–Acércate, por favor –de repente, su tono se llenó de súplica. Su paciencia se agotaba, pero cumplió porque conllevaba un acercamiento –. Gracias. Quiero que me mires a los ojos.

–¿Qué? –si acaso se había vuelto tonto, no sabía decir. Lo que sí podía decir es que no le estaba gustando nada todo el asunto.

–Sólo quiero que me mires a los ojos.

–Encien-

–Sin luz. Tal como estamos.

No le dio tiempo a echarlo de su habitación porque, antes de que pudiera decir nada, la agarró por los hombros y, suavemente, la acercó hasta él. De repente, pudo sentir su aliento caliente en su boca y en su cuello, y todo su rostro irradiaba un calor tranquilo e invitante. Como no le quedaba otra, inspiró, y la cabeza se le nubló con el aroma que despedía su pelo, igual que unas horas atrás cuando lo eligió.

Y mientras, en sus hombros, sus dedos dibujaban tan suavemente como una pluma formas aleatorias, provocando que la piel se le erizara y que su pecho comenzara a subir y bajar de forma desbocada.

Estaba claro que eran muy compatibles. No tenía claro por qué tampoco. Al fin y al cabo, no cumplía los estándares que solía exigir, ni tampoco le había parecido más interesante que la media. Había resultado gracioso, sí, pero nada más allá de lo normal. Todo parecía indicar que era alguien de lo más normal, mundano incluso.

Pero cuando se acercaba…

–Creo que he puesto mis ojos a la altura de los tuyos. ¿Puedes ver algo?

Su voz la sacó del trance, y se espetó mentalmente. No era más que uno más. No debería estar actuando como una quinceañera cualquiera a la que la prestan atención por primera vez. Era más que eso: más mujer, más experimentada y más pragmática que una niña así. Había conocido más tristezas y más decepciones que nadie, y no tenía fuerzas ni ganas de caer en hechizos tontos de una noche, sobre todo con alguien que, en principio, no era su tipo ideal.

Aún así, tenía cierta curiosidad. Movió la cabeza un poco para adelante, y pudo notar la nariz de su acompañante. Regresó a la posición original y comenzó a escanear con cuidado la oscuridad frente a ella.

–¿Ves algo? –insistió él, y pudo notar la expectativa en su voz.

Continuó observando la oscuridad. Miró en todas direcciones, e incluso entrecerró los ojos, a pesar de que sabía que era una soberana estupidez.

–No ves nada, ¿verdad? –dijo él al cabo de un rato, decepcionado.

–Es que no hay manera humana de ver nada en esta oscuridad –trató de defenderse. Algo le dijo que había dado la respuesta incorrecta.

–No pasa nada –pero el tono le decía lo contrario.

Fue a ponerle la mano en el pecho, pero él se levantó. Intentó seguirlo con la mano, pero su audición le dijo que él se estaba moviendo por la habitación, al parecer recogiendo sus cosas.

–Las tuyas no son lo suficientemente grandes –comenzó mientras seguía moviéndose por la habitación, consiguiendo que su voz fuera un fantasma incorpóreo que se contoneaba frente a ella –. Pero ese no es el verdadero problema. El problema, claro está, somos nosotros.

–¿Qué problema?

De repente, sus manos la cogieron suavemente de la nuca y la invitaron hacia adelante. Y casi al mismo tiempo, notó sus labios en la frente.

–Digamos que soy yo –su tono había cambiado. Volvía a ser de cariño, como antes de apagar la luz.

Tomó sus manos y se las juntó y se las apretó con mucho cariño.

–Debes encontrar a alguien cuyas pupilas veas refulgir incluso en la oscuridad absoluta. Cuando lo hagas, podrás dejar de malgastar tu vida en puertos estériles que no te aportan nada.

Ese fue el momento para quedarse en silencio.

–Eres genial –añadió su compañero en la oscuridad –, pero no te quieres aún lo suficiente. Y hasta que no te quieras, tus pupilas no refulgirán para que las encuentre el barco adecuado.

–¿Cómo?

–¡Cuídate! ¡Y prohibido recordar!

Y sin decir nada más, se fue.

Se arrastró por la cama y se escondió bajo las sábanas. Y aunque decidió tratar de olvidar todo y dormir, por no poder hacer lo primero, le eludió lo segundo toda la madrugada. Y es que, en su mente, recuperó las últimas palabras del que antes le acompañaba en la oscuridad, y le dio vueltas. Y más vueltas y aún más vueltas.

Y se dio cuenta de que eligió mal.

La oscuridad no venía de las lámparas apagadas, ni de la desaparición del Sol tras el horizonte ni de nada externo. La oscuridad venía de su interior, y no lo había querido comprender hasta entonces.

Así que, abrió los ojos de verdad, y durante un instante, estuvo ante la forma de quién le había acompañado hasta un momento antes. Y entre la luz que entraba de la ventana y la que provenía de sus ojos, pudo distinguirlo todo otra vez por vez primera.