Los costes (I)

Tras tantas peleas y sacrificios, es natural plantearse si todo ha merecido la pena. Lo importante, claro, es responderse, sea de una manera u otra.

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Lo evidente de lo increíble

Apenas a unas horas de hacer mi primer viaje para ver a una amiga y no a la familia, pienso en algo que escribir. Y se me ocurre que no es mala idea pensar un poco en por qué voy a hacer este viaje.

En esta semana extraña y bastante extenuante, me enfrento a una nueva aventura.

Es una aventura pequeña. Modesta en comparación con las odiseas y epopeyas que otros Ulises viven a mi alrededor. Poca cosa para una persona cualquiera que está acostumbrada a los pájaros de metal y a empaquetarse en un equipaje de mano. Es casi rutina para los jóvenes, para los que han hecho de la exploración su modus vivendi, para los que no prestan atención a las imágenes de lo que puede ir mal, para los que pueden acallar esos nervios que no te dejan dormir y provocan un sudor frío cuando la hora del despegue se acerca.

No es ningún drama, aunque parezca que lo pinto así, pero sí es algo nuevo para mí. Es la primera vez que tomo un vuelo yo solo y mi destino no es la familia o la universidad. Al fin y al cabo, para alguien de costumbres y sueños moderados, una excursión en avión es sin lugar a dudas lo más alejado a la rutina que se pueda imaginar. Y está bien, porque es vital no quedarse encerrado siempre en lo mismo, incluso cuando lo deseo a veces con extremada fuerza. Aunque a veces sin quererlo, acepto totalmente que llevar las rutinas al extremo de volverlas irrompibles e inflexibles no hace más que hacerme daño.

Así que lo dicho, con ilusión y cierta cantidad de congojo, acometo este placer que es reunirme con esa sabia de montes verdes y calas olvidadas en los mapas. La reunión me transporta ya, antes incluso de que ocurra, a otras épocas, a otras versiones de mí mismo. Más ignorantes, más energéticas y, en definitiva, más jóvenes. Pero reflejos de mí afortunados por haber conocido y haber convivido con esta mujer de irrepetible carácter y perenne expresión.

Y eso me alegra, porque esas imágenes antiguas me recuerdan también cosas que quería hacer. Proyectos, gustos, horas de mi vida que invertí, que no puedo dejar que se queden a medias. Porque la única manera de estar totalmente contento conmigo mismo, en mí caso, es terminar lo que dejé empezado. Puede ser una especie de compulsión que apenas puedo controlar, pero tiene lo bueno de darme, a veces, esa energía que necesito para ponerme en marcha.

Porque, cuando lo pienso, ahora mismo estoy bastante bien. Avanzando al fin en varios frentes. Algunos tan difíciles como siempre. Otros aún más extraños y complicados de lo que jamás pude imaginar. Pero uno en particular me trae buenas vibraciones. Una de las partes de mi vida que nunca supe como iba a mostrarse. Hablo de mi trabajo, claro, el que me cayó del cielo de repente y que me está demostrando, casi sin darme cuenta, que hay algo que sí puedo hacer. Que demuestro poco a poco que lo puedo hacer, y mejor que otros incluso.

La divulgación, aunque sea tan constreñida como debe ser cuando se tiene el tiempo y la materia ya medida, es lo que hago. En cierta manera, es lo que hacía tiempo atrás. Aunque en Valladolid nunca llegué a tomármelo en serio (demasiado ocupado estaba en ser joven e inexperto ante todo), al llegar a las islas descubrí que era una cosa que podía hacer. De ahí que me apuntara a un grupo que tenía ganas de hacer precisamente eso, y que se lo puso incluso en el ADN. Tenía ganas de probar a contarle a la gente lo que se perdía cuando miraba sólo una parte de las cosas. De alguna manera tenía que transmitir la visión casi transcendental que adquirí del universo de los grandes divulgadores del siglo pasado. Tanta belleza, pienso, no puede quedarse escondida de todos los que nunca se plantearon como funcionan las cosas.

Y a base de leer, escuchar, repasar y compartir, continué por ese camino. He aprendido más sobre cómo transmitir conocimiento en estos años que en el resto de mi vida. Atrás se quedan los años en los que intentaba torpemente explicar algún tema a mi familia. Más atrás queda cuando me resigné a no hacerlo. Ahora he encontrado un lugar y unas personas que aprecian el esfuerzo que conlleva seguir este extraño y siempre cambiante camino. Es revigorizante poder hablar con gente que comparte esas inquietudes, y que está dispuesta a ponerse delante de más de 300 personas a hacer un poco de teatro y hacer reír a la gente, para conseguir al mismo tiempo que entiendan que transmitir la Ciencia es fundamental en esta sociedad que sufre de amnesia parcial.

Aún me fascina que, por ahora, esta faceta sea la que pone un techo sobre mi cabeza y comida en mi plato.

Y volver al pasado, reconectar con aquella que representa lo mejor de mí mismo tiempo atrás, renueva mis ganas de seguir mejorando en esto que hago. Comunicarme más y mejor, y pasar de transmitir esta importante información a fascinar con ella. Mi objetivo ya no es solamente hacer que la gente comprenda la importancia que tiene que estén informados sobre, por ejemplo, la tecnología que manejan, sino que les fascine tanto saber cómo funciona que sientan la necesidad de informarse y, a su vez, transmitirlo también.

Y todo, por un viaje que aún no ha empezado, pero para cuando se publiquen en estos párrafos, ya estará en marcha. Así que, gracias. Porque de vez en cuando está bien romper la rutina. Porque aunque un poderoso Sueño me ata a las siete islas donde el tiempo anda de buen humor, la metrópolis merece una visita de vez en cuando, sobre todo cuando en su interior va floreciendo esa inigualable Flor de las Tormentas. Porque sé que el recuerdo de los días que aún están por llegar se mantendrá conmigo para siempre, y que me servirá de faro cuando me pierda en la neblina de la rutina que a veces se me descontrola.

Gracias por todo lo que me has ayudado a crecer. Aunque no te lo creas, a ti también te lo debo.

The one where I applaud The Legends of Zelda

¿Qué significo el Skyward Sword para mí? Hace mucho intenté explicarlo de manera profunda y certera.

Allá por Enero de 2012, apenas unos meses después de su salida, terminaba el Skyward Sword. Excitado y feliz después de disfrutar de la experiencia, quise hacer un pequeño texto para explicar lo que pensaba del juego. A pesar de que ha pasado mucho tiempo, mi opinión sigue siendo la misma, así que puedo postearla a pesar del tiempo pasado.

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Tú y yo: el final de la canción

Recuerdos de como una canción se convirtió en el comienzo de una gran historia llamada “una Vida en Momentos Congelados”.

Quiero hacer una pequeña reseña sobre esta canción, y todo el significado que encierra hoy en día para mí, tantos años después de descubrirla.

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La catarsis

Dejar atrás las cargas del pasado es un proceso lento y laborioso que, sin embargo, da sus frutos.

Hace ya unas semanas que descubrí a través de una buena amiga el vídeo de Lo malo está en el aire, de Andrés Suárez (que, evidentemente, ella misma me descubrió). Me gustó, y de hecho me recordó al vídeo de Domingo Astromántico, de Love of Lesbian. La letra, siendo sincero, me llegó rápidamente a la patata. No creo que haga falta decir por qué.

La cuestión es que hace unos días, en plena semana de clase y en medio de un subidón de escritura como hacía bastante tiempo que no tenía, volví a ver el vídeo. Ésta vez, con la letra ya más o menos sabida, empecé a “diseccionar” el vídeo. Ésa es, al fin y al cabo, la manera en la que disfruto de estas cosas: tratando de exprimir hasta el último detalle, significado e inspiración que puedan suponer un éxtasis anímico, alcanzar por un momento otra vez ese estado de comprensión del presente que tan de vez en cuando se nos presenta hoy en día, cuando vivimos como montados en una escalera eléctrica que nos lleva por nuestros días porque tenemos que pasar por nuestros días, dejando a un lado la razón de cada respiración.

Y entonces, descubrí lo que me ha llevado a escribir esto un día de lluvia en Tenerife. No sé quién es el actor que hace la versión adulta del protagonista del vídeo, pero para mí lo ha bordado (corrección, ya lo sé: es Noé Blancafort. Olé por él, pues). En especial, los momentos finales. En el momento de la realización, de la comprensión, de la catarsis. Ese momento de risa y llanto. De repente, la habitación en la que ahogabas tu desesperación se abre con la luz de un mundo que siempre estuvo ahí fuera, esperando tan sólo que mirases. Lentamente, como una corriente que recorre el presente, todo va cambiando ante tus ojos. El mundo, que se había convertido no en el gris de lo terrible, sino en el negro de lo imposible, recupera el color. El tacto avisa de texturas vibrantes rozando contra tu pecho que estuvo destrozado, ahora al menos cerrado. Y como un poeta sobrenatural, el sonido de esa canción vuelve a encontrar el camino hasta tu corazón, y de rebote tu mente se da cuenta de todo lo que hay en esas estrofas. Y encendido por el sonido que asalta tus oídos, te encuentras añadiendo una emoción más a la tristeza que había sido tu amante durante tanto tiempo.

Finalmente, sonríes mientras lloras.

Y así empieza esa cirugía de reinserción del corazón. Antes de darte cuenta, ya caminas en ese mundo brillante del exterior. Al rato, ya hay palabras que nada tienen que ver con ella. Una luna y el sueño se reencuentra con su escapado. Al cambiar los vientos, la vida ha vuelto para bien o para mal hasta esa bomba que un día dejó de hacer su tic-tac. Y entonces, sin saber muy bien ni cómo ni porqué, el llanto vuelve a aparecer por última vez.

Ese día, sorprendido y un poco avergonzado, agarrado a la almohada mientras las sábanas se lían entre tus piernas, lloras más fuerte y más desconsoladamente de lo que nunca lo hiciste. Y sin embargo, te sientes feliz.

Ese día, por última vez, lloras, porque sonríes.

Mucha gente que conozco, al salir el tema, siempre dicen, con el tono de quién sabe de qué habla: “La gente nunca cambia”. Bien, eso es una tontería.

Por supuesto, hay una muy buena razón por la que pensar así. Tanta comodidad, tanta seguridad pensando que la gente siempre es igual, que de alguna manera, las instrucciones vitales que una persona usa para guiarse por este laberinto fueron prefijadas en algún momento indeterminado e inalcanzable del pasado. Tantas dificultades que no habrá que pasar por segunda vez. Tanto esfuerzo que ya no habrá que invertir. Tanta… simplicidad, en un mundo ya demasiado complicado.

Por desgracia, eso no hace que sea cierto. De hecho, precisamente esa simplicidad es lo que lo hace incorrecto. Ojalá que la navaja de Occam pudiera aplicarse una vez más, pero en este caso no. Aún obviando el hecho de que cambiamos de una forma intrínseca, tan inapreciable como importante, continuamente, la idea de que nada cambia en una persona (en lo que importa, que es el cerebro), es absurda.

Todo ese miedo al cambio al final se convierte en una jaula, en un embotamiento de los sentidos que termina por cortar tu imaginación y arrancarte la empatía. Nunca hay que tener miedo del cambio. Es el proceso más natural y universal del que somos parte. Del nacimiento a la muerte, cambiamos, y con nosotros, al universo que nos rodea, a las personas y al mundo.

Por eso, si lo malo está en el aire, respira. Cuando ese aire salga de ti, ya no será igual. Te tendrá a ti, y tú lo tendrás también. Será tu aire.

Y entonces, vuelve a cambiar. Respira una vez más. Y deja que tu corazón lata.

Pasado, música y futuro

A través del último éxito de Linkin Park, se abre la veda de los futuros perfectos. Y el mio es la íntimidad de una casa en medio de la nada, cerca de algún Loch escocés.

“Holding out to what I haven’t got” “The hardest part of ending is starting up again”.

http://dl.dropbox.com/u/10059366/08%20Waiting%20for%20the%20end.mp3%20

Esas son las dos líneas que más me han marcado, casi con toda seguridad, de toda la discografía de Linkin Park. Y eso que toda la canción, Waiting for the end, de su último disco, A thousand suns, resuena conmigo, que toda ella parecen mis sentimientos puestos a ritmo y verso. Pero esas dos especialmente, como sacadas directamente de esa parte de mi mente que nunca está activa del todo y que nunca descansa, me agitan y me hacen zozobrar con la cercanía que poseen. Por un momento, me hacen pensar que el que las escribió y yo compartimos alguna situación, algún momento vital de los que marcan, detienen y obligan a pensar.

Pienso que es probable que me ocurra demasiado a menudo lo que me ocurre con estas líneas: toda esta nostalgia indebida, todos estos recuerdos unidos a canciones. Porque es indudable, la música relanza toda esta feria en mi porque no puedo evitar (y no pretendo tampoco) que mi mente asocie música con algunos de los momentos que más atesoro de mi vida. Y he puesto atesorar porque al principio había pensado en “mejores”, pero algunas de las cosas que reviven con la música, sinceramente, me dan ganas de llorar.

Pero, la gente es normal, y ni llora al escuchar una canción sin más ni habla consigo misma… Así que me callo y me aguanto respectivamente, y simplemente me abstraigo un rato, que parece que es lo que mejor se me da. Junto a imaginar futuros perfectos.

Y hablando de imaginar, el otro día descubrí que una buena amiga mía compartía esa mala costumbre: la de ejercitar la imaginación, sobre todo antes de dormir pero ya acostada. Y como estas líneas (que no me he olvidado del principio de la entrada, no) también me sugieren un cierto camino futuro que últimamente se me ha aparecido con mucha frecuencia, voy a compartirlo, a ver si puedo cambiar un poco escribiéndolo, que me estoy quedando atascado.

No es ningún secreto que me gusta mi intimidad. Incluso podría decirse que me gusta mi soledad. El primer pensamiento que me asalta cuando tengo que comunicarme con alguien (tipo tener que llamar, mandar un mensaje al Facebook o algo así) es: “Espero no molestar”. Sí, tal vez disfrutar tanto de Sólo en casa de pequeño significaba algo más que aprecio por os clásicos de Hollywood. Total, no es de extrañar, pues, que uno de mis… futuros queridos sea el de vivir en una casa en medio de la nada.

Claro, en medio de la nada suena un poco mal. No me malinterpretéis. Yo vivo (voy a hacer como si ya hubiera alcanzado ese futuro ya mismo. Pecata minuta) en una casa, a ser posible, con bastante domótica, aunque no es requisito indispensable. Comodidades básicas de agua, electricidad y calor e internet (aunque seguramente móvil) cubiertas. Seguramente, además, cubiertas a base de un riachuelo cercano junto a minidepuradora, placas solares, molino de viento y todo lo que se necesite para ello. Siempre he sido de ahorrar, así que no sería traumático apagarlo prácticamente todo a partir de cierta hora.

Comida, claro, a comprar en masa en la civilización más cercana. Incluyendo la del Beagle que tengo. Lo llevaría a pasear por los bosques, montes o lagos circundantes (a ser posible, todo mezclado), y evidentemente tendría que llevar un GPS para no perderme, porque mi sentido de la orientación dudo mucho que mejore ya, por mucho que hasta los 35 se crezca.

El trabajo que tenga, claramente, he de poder hacerlo desde casa. Que además dé el suficiente dinero para hacerme (o comprar) una casa así, reduce la posible lista enormemente. Alguno tendrá que haber, de todas maneras.

Finalmente, sobre la familia y amigos. Ambos bienvenidos, pero si vivo en una casa en medio de la nada con un perro… Creo queno hace falta decir cuánto tiempo serían bienvenidos. Además, y éste es el meollo de toda la cuestión, no estaría incomunicado. No pretendo renunciar a Internet. Podría hablar con cualquiera en cualquier momento. La única diferencia es poder desconectar y escuchar Waiting for the end cuando yo quiera.

Dos cosas a modo de final. ¿Dónde puede estar este paraiso solitario? Cerca. Escocia. Debería hacer más público que estoy enamorado de ese país desde que fuí. Tengo que hablar más de ello. Y la otra, que el “desconectar”, una vez más, puede ser la idea más imporante de todo esto. Desconectar con la música, con los recuerdos, con el trabajo de la imaginación, o viviendo le jos, muy lejos. Desconectar, olvidarte hasta de comer un día. Y hacerlo sin remordimientos. Porque parece que últimamente, o para ciertas personas, desconectar u olvidar es de mala eduación. Que la relajacion para ellos es una pérdida de tiempo, como el humor o la risa.

Sin embargo, todas esas cosas son las que nos ayudan a hacer algo maravilloso: nos ayudan a ver más allá de lo evidente. Nos ayudan a empatizar. Nos ayudan, en definitiva, a ver el alma de los momentos que vivimos.

Un trayecto infinito de la verdad a mi corazón

Un momento de desesperación, un sueño y la ilusión. Y, tal vez, sí que se pueda avanzar, aunque sea a trompicones y sin pensar.

Otro texto más que proviene de ese ya mítico cuaderno de apuntes. Aquí, intentando algún que otro movimiento estilístico, existe el mensaje del futuro posible con esfuerzo y dificultades.

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Rehaciendo lo hecho para hacer lo mejor

Revisando el pasado, viviéndolo en sueños y probando las posibilidades. Esa es la forma de avanzar hacia el futuro perfecto posible.

Otro de esos textos pasados del cuadernillo de notas, este seguramente sólo tiene unos meses. Aún así, el tema, ya recurrente, del sueño y el pasado da un giro de futuro en estas palabras.

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Una madrugada de recuerdos

Recuerdos de los rostros que alguna vez me quitaron el sueño.

Voy a echar mano de varios textos que tenía en el cuaderno de apuntes que no había pasado. El de hoy está casi al principio, así que debe tener como un año o así. Aún con eso, de vez en cuando aún pesa en el corazón…

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