Comienzos

Un viaje imposible para un comienzo imposible.

Comienza un nuevo giro. Mirando al Sol, nuevos cantares y nuevos paisajes.

Comienza todo de nuevo. Son nuevas sonrisas, nuevas lágrimas y nuevas confesiones, aunque sean heridas viejas. Son nuevas experiencias, siempre que desciendo por este afluente de vuelta a mi corazón, en el bosque de mis vergüenzas. Continúo hasta encontrar de dónde brotan todas estas lágrimas, en un valle de remordimientos. Y por fin, arranco del mapa todos estos lugares, y en una maceta en el alfeizar, planto todo esto junto a las semillas de un nuevo yo. Tal vez, con el Sol y la nueva lluvia, algún día crezcan madreselvas y nuevas canciones, y germine un nuevo destino, un mar en el que navegar otra vez, cuyo fondo esté poblado de mis antiguos naufragios, hogar de mis nuevo sueños, y de los bailes imposibles que brillan como estrellas en la noche abisal que es su hogar.

Comienza un nuevo fuego de la noche de San Juan en una playa desconocida. Tumbado sobre la arena, me hundo poco a poco, y van desapareciendo las viejas estrellas. Me transporto entre mil colores y el caleidoscopio de mi mente por los tiempos pasados y las tormentas que trajeron consejos y las olas que me permitieron elevarme entre el fuego del falso cariño. Y cuando ya no puedo aguantar las vueltas y el dolor, se acaba, me deja, y sin fuerzas, abro los ojos por primera vez. Las estrellas son todas nuevas, tan lejanas como siempre, tan sólo duelen menos. Sólo duelen menos, aunque no sea difícil. Menos brillantes, y la Luna sonríe apesadumbrada, clavada en el cielo con las palabras de una despedida, se derraman sus lágrimas invisibles por toda la eternidad.

Comienzan todos los bosques a volverse fantasmagóricos, ahogados en bruma y el ulular de un búho que no puede dormir los recorren. El apesadumbrado quejido de flores que llevan muertas entre la bruma toda una eternidad que nadie conoció. Se posan en sus pétalos muertos las esperanzas perdidas, los sueños robados y las expectativas malogradas. Y como una cascada de tristeza, se acumulan en el pantano donde dan hogar a nenúfares multicolor, llenos de la amargura que llevaban las palabras que nunca se dijeron. Perviven durante siglos, incapaces de morir porque nunca podrán expresar la razón de su existencia, eternamente vivos por no poder morir. Y mientras, los sauces llorones continuarán cubriéndolo todo, peleando como caballeros, con sus infinitas hojas, por los rayos de sol que nunca podrán llegar a su objetivo.

También comienzan los desiertos a volverse multicolor, soledades hechas león que nunca han tenido amigos, tiempos que se deshacen sobre las dunas, incapaces de hacer tic-tac en su justa medida, absurda parodia de la mayor fuerza de nuestro universo. Porque sin tiempo no hay recuerdos, y sin recuerdos hay olvido, y así surgieron todas las sombras, los inviernos y la verdad, que quema y arranca la piel de unos labios nacidos de ortigas, de una imagen de cartón piedra que pintamos mientras tuvimos los ojos vendados. Y mientras las dunas avanzan, cubriendo los ojos de una tierra incógnita, todas nuestras palabras son arrastradas por el viento, perdidas entre los barcos que se llevan nuestros amores de verano y la ilusión de esa inocencia que perdimos entre suspiros. Y en las entrañas de este nuevo desierto, allí donde se esconde el oasis de nuestra verdad, allí descansan todas las carreteras que nos vieron sonreír, los árboles que nos dieron sombra mientras nos abrazábamos, las sábanas con las que nos escondimos al volar, los rayos de sol que nos iluminaron al besarnos. Allí, sin esperar a nadie, estamos nosotros, cuando todo era tan imperfecto como ahora, pero aún no nos importaba.

Al fin, comienza también ahora un nuevo hogar. Las puertas serán reforzadas, y las paredes se funden con el asfalto y con las ganas de no-vivir. Más rígidas y más maleables que nunca, toman formas imposibles, se mantienen y se retuercen, y se hacen invisibles cada vez que saco un boli y lo apunto al desván. No hay calefacción en este nuevo hogar, tan sólo el fuego hueco de un enfado sin razón, y las razones huecas de un teatro de fin de semana, una representación ilegal de unos sueños que se venden al mejor postor, una realidad alternativa que amenaza con absorber todo lo demás. Soplaré todo el polvo de los estantes, y retiraré las sábanas blancas de los muebles. Dejaré a la vista las alhajas, y en la caja fuerte guardaré papeles sin importancia y tickets sin usar. Apagaré las luces, y cuando ya no pueda aguantar más, abriré las ventanas y dejaré que entre el invierno. Se enfriarán mis corazones y ya no pensaré más. Tan sólo sentiré viejos sentimientos y viejas sensaciones. Soplaré y soplaré todo lo que he sufrido y dejaré que entre nueva música, y se derramarán como enredaderas mis historias por la fachada, y surgirán de ellas cientos de flores, donde se acumularán sueños, esperanzas y expectativas. Dibujaré estrellas en mis techos, y por la noche, brillarán titilantes, bailando imposiblemente en el fondo de mi pupila, repitiendo todos aquellos movimientos que una vez me hundieron en arenas movedizas multicolor. Y en el sótano, al fondo más profundo, instalaré un oasis artificial, donde pueda volver a ver todas las veces que fui feliz, siempre que me olvidé de todo menos de ti, siempre que la sonrisa no fue un maquillaje amable.

Ahora que comienza mi primer día sin ti, recuerdo lo que ha acabado. Porque la parte más difícil de acabar es volver a empezar, y por muchas luces que se enciendan a mi alrededor, ninguna brillará tanto como tú. Y aunque algún día parezca que no recuerdo nada de lo viejo, lo cierto es que siempre lo llevaré puesto; bajo la piel, donde nunca nadie lo vea. Sólo tú, que siempre pudiste ver mi interior sin esfuerzo, aunque no te dieses cuenta. Nunca nadie me conoció como tú, y ahora tendré que cargar por siempre con el adiós que te dí.

Y llora el río cuando pasa, porque sabe que no volverá.

Yo solía

Mis textos han cambiado. ¿Cómo he cambiado yo?

Yo solía rimar.

Solía escribir textos con una cierta aliteración, con un sonido repetido que seguía perdido por las lineas de mi atención, un carruaje de sentido que transportaba mi corazón por entre la tinta de mi expresión.

Solía hacer eso todo el rato. Me di cuenta el otro día, revisando entradas antiguas para esa tarea siempre pendiente que es hacer una selección de lo mejor (o lo menos malo). Me perdí por mi pasado, que aquí expuesto, no me pareció tan malo. Y tal vez sea que mi estilo ha madurado o que simplemente he perdido aquello con lo que llegué a engatusar a personas mucho más sabias que un servidor, pero lo cierto es que ya no queda casi nada de aquel estilo lírico, artificioso pero natural, que ahora releo con cierto asombro.

No estoy seguro de que pueda recuperar esas capacidades. Mi vocabulario ahora me resulta atrofiado, casi desvalido, en comparación con aquellos viejos textos. Ahora soy más parco, menos refinado, aunque también más incisivo, más real. En cierta manera, he perdido parte de la inocencia de esa otra juventud. Cuando todo era perfecto porque era inalcanzable. Cuando miraba siempre mis deseos a contraluz, y cegado, cantaba loas como un niño, sin saber la realidad que se escondía entre el fulgor. Ahora ya no hay ni loas ni cantos, pero aún queda un dulce recuerdo de un tiempo mejor, de estar rodeado por las personas más increíbles del mundo.

En cierta manera, estaba en lo cierto.

Las cosas han cambiado. Si fuera capaz de eliminar de la ecuación mis altibajos emocionales, creo que descubriría que mi placer al escribir ha ido disminuyendo paulatinamente con el tiempo. Cuantas más cosas me han pasado, buenas y malas, menos tiempo he querido dedicar a esta afición que en otro tiempo fue terapia. He confesado mis demonios a personas que me han escuchado, y con ese cambio, se ha secado el pozo de donde salían estas palabras. Al fin y al cabo, este “arte” siempre ha sido mi manera de lidiar con mis taras (y con las taras de alguna que otra persona). Y seco, sin hojas de papel mojadas, ¿qué tengo que contar si no banalidades de primera categoría? ¿Qué es sino una costumbre que me empeño en no abandonar? Que la sigo disfrutando, eso también es verdad, pero que, en cierta manera, ha perdido su sentido más fundamental.

Este blog ha sido mi principal válvula de escape a nivel personal que he tenido durante muchos años. Tantos sueños, deseos e imposibles que he expresado en estas lineas, disfrazadas con pronombres y pesadillas para que no fueran descifradas por aquellas personas a las que siempre ha estado dedicado cada minuto de mi tiempo que vive en este lugar. Casi un cuarto de millar de entradas atestiguan algo que sabe cualquiera que me conozca, que puedo hablar de mí sin parar. Me he movido por la península y fuera de ella, y siempre he vuelto a este lugar, más pronto o más tarde, para recordar, explicar y compartir. Ya no entiendo mis semanas sin compartir algo de mí.

Lo que pasa es que ya no sé qué decir. Ni cómo decirlo.

Tal vez sea la crisis de los 30, que se aproximan sin respeto. Tal vez sea la definitiva muerte de la inocencia o de la esperanza, ambas maltrechas y desnutridas en un mundo que tan sólo alimenta mentiras y supersticiones. Tal vez sea tan sólo un momento como otro cualquiera en el que el insomnio y los tonos tristes hacen mella en esta psique tan cansada. Tal vez sea la espera por ese abrazo que no llega.

Tal vez sea que quisiera haber leído aquellos textos, conocer a aquella persona que tenía escrita la poesía en la piel y que quemaba con la intensidad de su realidad; que quería haber dicho aquellas palabras aunque fuera imposible que sirvieran para nada, y haberte dejado marchar sin este peso en el corazón que todavía me ahoga algunas noches; que no quería soltar aquel abrazo aunque nos hubiera llevado toda la noche, y bajo la luz de aquellas farolas antiguas y frías, darte un beso en la mejilla, romper un poco mi cascarón y expresar por una vez bien todo lo que significas para mí, para que te llevases al este lo mejor de mí.

Tal vez sea que lo mejor de mi vida se me ha ido, y con lo lento que soy, ahora por fin me he dado cuenta de todo lo que he perdido, y ahora, paralizado, todo lo que puedo hacer es mirar al cielo e imaginar que vosotras lo estáis mirando también. ¡Si hubiera sabido entonces todo lo que sé hoy! ¡Si me hubiera atrevido como ahora! ¡Si le hubiera dado la importancia que merecía a aquello que la tenía! Bueno… estaría haciendo trampa a mi propia vida.

No puedo negar, sin embargo, que a veces me gustaría. Que pierdo el sueño y gano canas viajando desde la cama al pasado, donde todo era perfecto porque era inalcanzable. Nunca me manché las manos. Ahora parece perfecto, pero simplemente era inocente. Tan torpe, tan tonto… Casi entrañable.

Yo solía soñar.

El enigma… en los píxeles

Tras ahogarme en el extraño mundo de Undertale, recuerdo otro RPG que me hizo pensar… y sentir.

Me he obsesionado un poquito.

Eso, como viene siendo habitual, es un poco ligero. En realidad, me he obsesionado pero a base de bien. Un juego, un RPG llamado Undertale ahora mismo me ha llenado la cabeza de ideas imposibles y reflexiones sobre lo que somos. Tan interesado estoy que no me he permitido ni jugarlo: ya he leído todo lo que se puede leer sobre el pequeño juego creado por un par de personas. Un ejemplo de perseverancia, de deconstrucción bien hecha y de planificación. Prácticamente todas las acciones que el jugador pueda llevar a cabo han sido exploradas con anterioridad por el creador y se han llenado de pistas y guiños a aquel que las explore.

Pero, eso no quiere decir que sea alegre. No, Undertale usa las ganas de explorar del jugador para expresar su mensaje. Y este mensaje es, sin lugar a dudas, agridulce. Porque el RPG es un género de lo más oscuro si se piensa bien. Las razones… Bueno, se lo dejo a quién quiera sentir esta experiencia. Y sí, uso sentir a propósito: la historia que se desarrolla tiene varias perspectivas. Desde la más “humana”, la más pegada a la tierra y “realista”, hasta la más alejada y universal, todas estas perspectivas o historias que se entrecruzan tejen un entrelazado tan potente y real que es muy difícil no ser absorbido por las vidas que ahí transcurren.

Sin embargo, no es sobre Undertale que quería hablar hoy. Es sobre el otro RPG que me vino a la mente cuando empecé a descubrir sobre qué iba Undertale: Terranigma.

Aquí he hablado, de pasada, algunas veces sobre Terranigma. Publicado en 1995 por Quintet bajo el paraguas de por la entonces Square-Enix, Terranigma fue uno de los primeros RPGs que llegaban a Europa traducidos. Por aquel entonces, eso no era para nada común debido a los enormes gastos que suponía, pero haciendo una fuerte apuesta por este título, Square-Enix decidió localizarlo (que así se llama el proceso de traducción y adecuación a distintos idiomas), haciendo las delicias de los fans europeos que no controlaban el inglés, además de popularizarlo más allá de lo usual.

Hace muchos, muchos años, después de la época de la SNES, pero antes de que Internet llegará a mi casa, mi hermano trajo un CD. En él, más de 300 juegos de la SNES. Entre ellos, como no, Terranigma. Claro, cuando sólo había un ordenador y era de mi hermano, poco podía hacer. Pero, cuando al fin yo también tuve ordenador, le pude dedicar el tiempo que quise (a grandes rasgos, todo el que tenía, vamos).

Entonces, ya un poco más mayor, pude entender en lo que me metía. En este juego empiezas en una aldea de lo más normalita. Árboles por aquí, gallinas, molinos, un riachuelo, el azul cristal… ¿Azul cristal? Sí, ese es el color del cielo, y hay que tener cuidado, porque según el Sabio de la aldea, es mágico. Tú, Ark, después de armar un buen revuelo en la aldea, eres retado por tus amigos a abrir de alguna manera la puerta que el Sabio siempre tiene cerrada. Como lo consigues, todos huyen, pero tú decides explorar el sótano que se abre. Al final encuentras una caja. Una caja extraña de la que salen voces. Y cuando la tocas…

Bueno, si sigo, puedo contar toda la historia. A partir de aquí hago importantes spoilers de la trama, pero como el juego tiene más de 20 años… No me parece que sea motivo de nada. El caso es que, al tocar la caja, un rayo de luz cubre toda la aldea, aparece un demonio amigo llamado Yomi, y todo el mundo, excepto el Sabio y tú, son convertidos en piedra. El Sabio te enseña entonces que has abierto la caja de Pandora, y es momento de romper el perfecto equilibrio entre Luz y Oscuridad que había reinado. Hay cinco torres a las que tienes que ir, y allí, vencer a un Brujo. Al hacerlo, el mundo de arriba comenzará a despertar.

Sí, no estás en cualquier mundo. Estás bajo la corteza del mundo, y lo que haces despertar son los continentes. Así, empieza tu aventura. Despertando al mundo, continuando con plantas y animales y, como no podía ser de otra manera, terminando con el despertar de los humanos. Tú, Ark, un chico travieso de Crysta, la aldea escondida, devuelves la vida al planeta y pones en marcha la evolución humana, e incluso ayudas a sus grandes inventores a alcanzar a través de la técnica.

Y es que, el enorme alcance del que hace gala este juego me dejó totalmente anonadado. Lo recorres todo, encuentras historias en los sitios más recónditos, y ayudas, si tienes suerte y no pasas sin querer un punto sin retorno sin hacer lo que tienes que hacer, a que la humanidad vaya avanzando a través de la tecnología y de su historia. Es, simplemente, algo que nadie se había atrevido a hacer antes en un RPG. Luchando, subiendo de nivel y guiando a la humanidad. Lo típico.

Por todo esto, y por la historia de amor imposible que se desarrolla al mismo tiempo, este cuento interactivo se agarró a mi cerebro durante mucho tiempo, invitándome a viajar a este mundo sin par cuando necesitaba volar. Porque, cuando derrotas al mismo Mal en el corazón del Mundo, transciendes tu forma corpórea, unificas las dos caras del Mundo y, al fin, adquieres una nueva forma. Un ave, que surca los cielos de ese mundo que has ayudado a construir, que viaja entre las máquinas que la humanidad ha creado con tu ayuda. Y cuando lo has visto todo, viajando durante estaciones con tus poderosas alas, llegas a un apartado bosque, a una casa que es aquella en la, hace mucho tiempo, vivías en el centro del Mundo. Allí te espera, como no podía ser de otra manera, Elle, tu amor. Y sin mostrarte si Ark ha vuelto a su forma humana, tan sólo se oye que llaman a la puerta, y Elle se levanta a abrir…

Con un final así, tan increíblemente poderoso, simbólico y precioso, poco queda sino guardar todo el viaje en el corazón. Este puede ser uno de esos grandes ejemplos en los que el viaje es tan bueno como el destino. Porque ambas cosas te hacen replantearte algo tan importante como tu lugar: ¿cuál es mi lugar en el mundo? ¿Cuál es mi lugar en la vida de las personas que amo? ¿Lo puedo cambiar? ¿Lo puedo mejorar? ¿Puedo hacer un mundo mejor? ¿Pueden hacerme mejor persona los que me aman?

Todas son preguntas tan profundas que a veces da un poco de vértigo planteárselas. Pero, para mí hoy, lo increíble es que un juego pudiera hacer que me planteara estas cosas, sobre todo cuando todavía no era ni mayor de edad.

Ahora, todas esas preguntas, toda la potencialidad que sentía entonces, la revivo al escuchar esta canción, la que he puesto al comenzar el post. Es el tema final, mientras aparecen los créditos y ese viaje del que he hablado va ocurriendo. Son de esos acordes que me calman, que me hacen recordar lo mejor, lo más bonito y lo más sereno que hay en mí o en el universo que conozco. Son la expresión de la aventura que llega a su justo fin, el cuento que cierra con su moraleja, aunque sea tan ambigua como una pregunta. Son, a grandes rasgos, otra manera de recordar mis momentos más queridos de la juventud. Cuando empecé a entender, a un nivel realmente emocional, la importancia de ser bueno hacia la humanidad.

Podría ahora lanzarme en una tangente sobre la fragilidad de la civilización, pero creo que en este texto ya hay suficiente existencialismo. Bastante he mostrado ya como para encima obligar a escuchar mi opinión sobre temas de actualidad. Eso mejor para twitter, que así todo sube y baja más rápido.

Lo único que me gustaría añadir es que oigan esa canción. Tal vez, obvien que es de un videojuego, si nunca han sido cosa de su agrado. Simplemente, dejen que el piano y la cuerda les hablen. Dejen que les cuenten su viaje, la travesía por las culturas, las historias y los sueños de todas las consciencias que participaron. Y busquen. Tal vez encuentren ese ave que yo oigo surcar entre las notas por el mar, las montañas y los campos. Tal vez la vean y, por un momento, puedan entender mejor porque esta música me hace mejor persona.

Y si lo hacen… Busquen su música. Yo estaría encantado de oírla.

La infinita tristeza de lo que no empieza

La madrugada del 5 de junio de 2015 me pregunto qué es exactamente lo que estoy haciendo. Como es habitual, no encuentro respuesta.

Recuperando otra entrada antigua. Del 5 de junio de 2015. Casi un año ha pasado, y aunque no todas las dudas se han resuelto ni todas las pesadillas se han ido a dormir, mucho ha cambiado desde entonces.

Leer más “La infinita tristeza de lo que no empieza”

Otra de nostalgia videojueguil

Otra vez escuchando canciones de videojuegos antiguos de madrugada, y nada más empezado el 2014, así que otra vez una entrada sobre aquellos tiempos. Hoy, música de videojuegos será la música clásica de nuestra generación.

Nada más empezado el 2014 (el “veinte cagatorcidos” para mí), ya me ha asaltado la Nostalgia de madrugada.
Y es que no lo puedo evitar, y mucho menos con una canción de videojuego antiguo. Sí, mi gran debilidad, los politonos ancestrales del mundo del videojuego me retrotraen de una poderosa manera.

Sin embargo, he de confesar: no son exactamente “politonos” lo que me ha puesto a escribir esta vez. No lo son, pues pertenecen a la época dorada de los videojuegos. La época de la Super Nintendo.

Cerca de la mitad de su ciclo vital, la Super Nintendo recibió el que, en aquella época, seguro fue uno de los títulos más esperados: Donkey Kong Country 2: Diddy’s Kong Quest (para que nos quejemos de títulos largos hoy en día). El sucesor del aclamadísimo Donkey Kong Country debía no sólo mantener el enorme nivel jugable y gráfico de su predecesor, sino superarlo también. Y lo consiguió, ¡y de qué manera!

Mejores gráficos, más personajes, más secretos, más monedas Kong y, sobre todo, más plátanos. DKC2 es el claro ejemplo de que segundas partes pueden ser geniales, si se le echa ganas y no se da nada por sentado. DKC2 no intenta reinventar la rueda: coge lo mejor del uno (prácticamente todo, para que engañarnos), lo expande, abrillanta y pone en un nuevo escenario, y te lo ofrece con más secretos de los que podrás hacer frente en varias pasadas del juego.
Por supuesto, manteniendo el precedente de DKC, esta entrega de la saga continúa haciendo uso de la magia sonora que es capaz de crear Dave Wise, el compositor de la serie. Haciendo uso de más estilos de los que puedo contar, llena el juego de mil y un ambiente distintos haciendo virguerías con el sonido electrónico de la época. Tribales para la jungla, electrónicas puras para la industría, extrañas fantasías sonoras en las fases de hielo… Cada nivel no sólo se descubre plataformeando, sino escuchando también.

Sin embargo, y con esto voy llegando al final de la descripción del juego, hay algunas melodías que han sobresalido a través del tiempo, siendo reconocidas por la misma Nintendo en otros juegos, como el Smash Bros. Brawl.
Si bien uno termina tatareando con facilidad la mayor parte de las canciones del juego (e incluso llega a temer escuchar otras, por lo que significan), para mí siempre habrá dos que sobresaldrán no sólo por tenerlas por siempre en la cabeza, sino por la belleza que dejan entrever, por la capacidad que tienen de hacerme imaginar escenarios y situaciones dignas de su propia historia.

(Ahora es cuando aprovecho estar escribiendo esto para darme el gusto de escuchar otra vez la banda sonora para… ejem, ponerle nombre a las canciones de las que quiero hablar).

En realidad, mis canciones favoritas son prácticamente todas. Pero, por seguir mi propio consejo, hablo aquí de las dos primeras que me vienen siempre a la mente.

Primero, Snakey Chantey, tema prominente de la fase del 3 mundo que haces en un barco pirata en la forma de la serpiente Snakey. Y es que, la primera vez que haces esa fase, sobre todo si has jugado al primero, tienes un atacazo de nostalgia por parte del juego de flipar, ya que los primeros acordes de esta canción son los mismos que los acordes principales de la canción con la que derrotas a King K. Rool en el DKC. Sin embargo, al ser una fase normal, puedes disfrutar de la música tranquilamente, sin tener que estar en tensión por riesgo de incrustación de corona en el cogote. Así que, básicamente, recordar esta canción es recordar también Gang Plank Galleon del DKC (o su versión también increíble del Smash Bros. Brawl).

Pero, la que más tiendo a recordar es, por supuesto, otra que también ha tenido versión en el SBB: Stickerbrush Symphony. ¿Por qué es recordada esta canción? Sin lugar a dudas, por el amado y odiado nivel llamado Bramble Blast, y el resto de su calaña. Contra un cielo azul empedrado de nubes, una especie de planta gigante llena de pinchos (como los tallos de un enorme rosal) permite tan sólo un camino. En Bramble Blast, este camino sólo puede recorrerse yendo de barril en barril, excepto en cortas secciones de plataformeo típico. En otro, el camino hay que hacerlo agarrado de los pies del loro lanzador nueces Squawks (el único acompañante que ha aparecido en todas las entregas de la serie, por cierto).

Resulta evidente la importancia de este tipo de fase cuando el último nivel normal y una de las partes del “último” nivel secreto son de este tipo.

Además, el sonido prácticamente chillout de esta melodía, si bien cuadra muy bien con el primer nivel donde aparece, para las últimas apariciones, ya contra los enemigos más difíciles y en las condiciones más adversas (una tempestad de lo más caprichosa), atrae mucho más la atención al ser tal su contraposición ante lo que se desarrolla en pantalla.

Esta canción ha sido, además, tocada por quien es el dios de la canción de videojuego a capella: Smooth McGroove. Y sí, a capella también suena increible.

Y después de todo esto, ¿qué queda decir? Poca cosa.

Un nivel como Bramble Blast, que en aquellos años era una experiencia infernal, ahora es casi una relajación que de vez en cuando tomo cuando quiero hacer descansar mi mente o quiero enseñar buenos juegos del ayer a alguien. La música que antes tan poco valoraba, ahora trato con un respeto reverencial, pues entiendo que en mi mente se llena de sentimientos y recuerdos. Y es que, mis ojos, al igual que mi cerebro, se están haciendo viejos en mi vejez.
Pero no mis oídos.

Y es que, algún día, estas canciones de videojuegos serán la música de una generación. Tal vez nunca tenga un nombre chulo como “la movida madrileña” o “la revolución pop”, que la música de otras generaciones sí tuvo. Pero quedará así, como la música que marcó a una generación. Y es que, mi quinta creció volviendo de la escuela, soltando sus cosas por la habitación e insertando el cartucho (del tamaño casi de una tablet de hoy en día) en la consola, con ese satisfactorio *clo-clonk* que hoy en día daría la sensación de haber roto algo. Y mientras los padres se quejaban, mientras los meses se convertían en años y el mundo giraba y cambiaba y los cartuchos ya no eran más y las consolas dejaban de medirse en bits y el movimiento llegaba y el 3D volvía a pasarse y algunos amigos quedaban atrás y otros nuevos aparecían y todo eso. Mientras la vida pasaba, de vez en cuando, en uno u otro medio, estos juegos y estas canciones volvían a ocurrir. Tanto así que ya no hace falta ni tener la tele, ni la consola, ni el mando. Ahora, estos juegos y sus canciones perviven, a buen recaudo, en la memoría.

Y por eso, aquí les dejo estas canciones, una pequeña muestra de las infancias de tanta gente como yo.

¡Disfruten!

Feliz gracias, Flor de las Tormentas

A la Flor de las Tormentas que una vez conocí, ¡feliz gracias!

Hacía tiempo que quería escribir esta entrada (como una buena ristra de otras que aún vivirán un día más en el tintero), pero como casi siempre, ha tenido que echarse el tiempo encima (las 0:07 exactamente) para que finalmente me enfrente al blanco y el negro.

¿Y qué decir? Bueno, hace tiempo aprendí que el contexto es la piedra angular que sustenta una buena historia. No sé si esta historia que me dispongo a relatar es buena, pero al menos sé que es cierta, y eso es lo que me hace feliz.

El contexto es un Valladolid post-adolescente y desconocido. El contexto son noches en vela, algún corazón con olor a pegamento y la imperiosa necesidad de escapar de una libertad comprada entre paredes blancas de papel de fumar. Entre papeles enormes de infinitas lineas incomprensibles para un servidor, con un aire a biblioteca cultivada y madurez precoz, el destino vino a hacer una de esas jugadas suyas tan de conversaciones nocturnas y amontonó con cierto desorden a dos personas.

Una de ellas es extraordinaria. La otra tiende a escribir de la gente usando el artículo indeterminado “una”.

Estas personas comenzaron a convivir como por casualidad. Casi indirectamente, casi sin malicia, se dieron a conocer entre ellos. Con un ordenador delante, con gustos al descubierto a través de Youtube. La Sexta por las noches y los cruasáns por la tarde. Con mucha más historia y vida de lo que en un primer momento imaginé, poco a poco, fascinación, respeto y amistad formaron puentes entre dos personas tan distintas como las tierras de sus cunas.
Casi por accidente, nos hicimos amigos.

Así, por accidente, yo puedo decir que descubrí a una persona tan maravillosa que aún hoy en día, de vez en cuando, quiero darme de cabezazos contra las paredes. En serio, dos años conviviendo en el mismo edificio, y tuve que escapar de allí para encontrar lo que tenía a apenas tres habitaciones de distancia. Hasta entonces no me había dado cuenta de que la miopía podía ser de más tipos además de la óptica.

Pero, la autoflagelación nunca ha llevado a nadie a ningún sitio, y si bien ahora puedo decir que me siento un poco como que “Soy la venganza autosatisfecha de Jack”, habiendo comprendido y valorado correctamente lo que me ha sido presentado, no puede acabar aquí el relato. Porque durante un año de lenta maduración, fui ayudado y, en el más amistoso de los sentidos, mimado por la persona de más grande corazón (y más cortante ironía, by the way) que jamás encontré.

No sólo respetó mis gustos, sino que encontró la manera de ampliar mis horizontes, de hacerme pensar como nunca antes, de superar miedos y de conocer gente que representan esos conocidos que cualquiera desearía fervientemente haber conocido (y que algún día todo el mundo conocerá, mark my words!). Intenté corresponder como buenamente pude, pero nunca sentiré esa amistosa deuda saldada, porque simplemente sé que siempre seré mejor de lo que hubiera sido sin aquel tiempo con esa persona increíble.

El siguiente año no hizo sino continuar lo comenzado el período anterior, pero con otra persona genial a nuestro lado. Estoy bastante seguro de que lo mejor de mí nació aquel año, y kebab en mano, observé la lluvia más gentil de mi vida cayendo ante mis ojos. La compañía era inmejorable; el momento, tal vez no tanto.

Y es que, todo el mundo tiene un horario, incluso las heroínas. Con mucha pena, la convivencia de piso se acabó, pero no por ello terminó la amistad tan preciada. Con una ciudad de por medio y un río por si fuera poco, puede que la relación se hiciera más esporádica, pero no por ello menos querida. Las canciones siguieron lloviendo, y hasta algún concierto, tan oscuro y brillante como una sonrisa sin pensar, se pasó por la ciudad…

Alguna vez, con alevosía y extrema nocturnidad, este uno recordó que las letras se reflejan en la realidad, que a veces hasta uno puede escribirlas con la intención de recordar. Y al saltar el charco, si bien tal vez el sonido de las voces terminaban siendo lejanos ecos, estos eran más fuertes que nunca en la mente de un pobre nostálgico empedernido. Un nostálgico al que aún le queda todo por aprender, porque nunca ha sabido muy bien agredecer tanto que recibió. Ahora, a traspiés, pide clemencia, y sólo un poco más de paciencia. Está a punto de crecer.

Así, hace apenas nada y apenas todo, al fin otra vez, las voces se hicieron cercanas y los abrazos pasaron a ser reales, no sólo mentales. Apenas dos soles y dos lunas, y tantas ganas al fin satisfechas (sobre todo de chocolate). Tanto hicimos, algo hablamos y más se nos dejó por el camino. Pero así es como debe ser. Que los nuevos abrazos sean siempre excusas para aún más nuevos abrazos. Así aprendí al menos.

Y uno, que como ya se ha visto, tiende a la flagelación, al “Soy la vida desperdiciada de Jack” (incluso tan lejos de realmente estar así), recuerda esa conversación antes de las cuatro ruedas de vuelta, antes del striptease aeroportuario. Tengo que crecer. Tengo que implosionar si hace falta, y tal vez igualmente sí. Pero, en todo caso, tengo que enfrentarme a lo que llega. Y la única que podía decírmelo y conseguir que atravesase mi fornido cráneo eras tú. Así que, gracias.

Gracias tanto y tantas veces como granos de arena en las playas que hemos visto. Gracias como gotas de lluvia hemos visto juntos. Como kilómetros recorremos, como capítulos nos vemos, como sentimientos compartimos. Gracias por los momentos que serán imborrables, como abrazos, bromas, debates y consejos.

Gracias por todo. Y sobre todo, gracias por dejarme escucharte. Porque esas siempre serán las palabras que no necesitan adjetivos. Serán, simplemente, “las palabras”.

Eso sí, si puedo pedir algo, pues pediré dos cosas. Uno, que no sean las últimas palabras, que siempre haya más. Y Doce, ¡qué pases un feliz cumpleaños!

Píxeles perdidos

Tras rejugar un poco el Terranigma y reescuchar Omoide wa Okkusenman, no puedo evitar hacer una reflexión sobre aquellos años más sencillos, y la fascinación que aquellas historias me transmitían.

 

Cuando la potencia de los juguetes se medía en bits, mis ojos se abrían por primera vez a historias que jamás podía haber imaginado.

Con 32.768 colores (un record en su tiempo, una ridiculez hoy en día), animaciones de sprites y la capacidad de superponer con diferentes cantidades de alfa varias capas de fondo, descubrí que el mundo no lo era todo, y que todo lo podía encontrar en este mundo.

Una mezcla extraña, particular, imposible de definir. Historias y personajes que me acompañaban hasta en sueños, y largas horas pensando y encontrando sentido a lo que había experimentado. ¿Por qué, si tenía acceso a tantas cosas, me fascinaban tanto las historias que electrónicamente, confidencialmente, vivía ante el televisor? ¿Y por qué son las que ahora con tanta ilusión y nostalgía recuerdo? Sólo con ellas se despierta en mi interior un tipo especial de nostalgia, esa que es totalmente pura y positiva, pues no es del todo nostalgía. Al fin y al cabo, si quiero, puedo volver a vivir esas entrañables historias.

Tal vez sea por eso por lo que escribo esto. Estos días de últimas clases del 2013, entre exámenes que no terminan de llegar y vida que no termina de ser tormenta tropical, reviví alguna de esas experiencias. A propósito de un mando nuevo (de oferta, como siempre), y con la excusa de probarlo, algunos clásicos enterrados en la memoría de un tarjeta SD fueron desempolvados. Entre descanso y descanso, me retrotraí a otra época. Un tiempo de espejos puros y platónicas pasiones. Un tiempo de prioridades claras y sencillas. Un tiempo de fascinación e ilusión cuando en el televisor o pantalla, historias imposibles que nadie más conocía a mi alrededor me eran descubiertas.

Nunca fui alguien de compartir estas historias. Al fin y al cabo, a nadie le interesaban, y a nadie le interesaban más que a mí. Ridículo era pensar que alguien más quisiera oirlas. Estúpido intentar explicárselas a alguien. No, estas historias y yo éramos como un equipo. Para que intentar contárselo a alguien, si seguramente al final lo único que harían sería denigrarlas.

No sólo, sin embargo, he recordado brevemente estas historias y lo que en mi niñez me aportaron, sino que además he escuchado una cierta canción que ya me lleva rondando bastante tiempo. Es una versión rockera del tema del último nivel de un juego incluso más viejo que yo mismo: Megaman 2; Dr. Willy Stage. Y en esta versión, un tío muy comprometido con la canción (a veces, demasiado comprometido), canta una letra que le escribieron a la canción a propósito de un tema parecido al que me ocupa: “Omoide wa Okkusenman”. Es una versión estridente, pero absolutamente representativa de como le gusta cantar al japonés de a pie.

La canción describe a un muchacho que, ya en edad de trabajar, con pareja e independizado, recuerda su niñez, en la que todo era más fácil, los sueños eran más puros y la ilusión era… ¡110 millones! Y como el tiempo lo ha cambiado hasta dejarle irreconocible a sí mismo.

En principio es una típica historia de “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Pero lo que la hace especial es que es perfectamente representativa de mi generación. Nosotros nunca vivimos sin tele, sin consolas (aunque fuera la de un amigo o las recreativas de la ciudad), sin historias de fantasía que ir descubriendo. No tuvimos guerra, ni represión, ni fascismo ni (en general) pasamos grandes necesidades.

La nuestra es una de las primeras generaciones sin grandes objetivos. Tan sólo vivir, ser alguien en la vida. Tal vez por eso, nos perdemos con la regularidad de un reloj en debates existenciales que nada tienen que darnos. Tal vez tanta facilidad ha dejado yerma nuestra capacidad de sentirnos vencedores de nuestras batallas, merecedores de nuestros logros.

Y por eso, al mirar atrás y descubrir la comodidad de nuestros primeros años, sentimos que hemos perdido la única cosa que nos hacía especiales. Esas historias de 16 bits. Esas fantasías en unos pocos miles de colores. Esas tonadillas polifónicas . Todas esas cosas encierran ahora un tiempo sin la confusión, sin la desesperación, sin el miedo a no saber a lo que se le tiene miedo. Sin ira, ni pasiones ni decisiones.

Un tiempo más fácil. Con contraseñas, trucos y códigos. Guías.

Por suerte, de vez en cuando, aún se puede resucitar.

Arriba, arriba, abajo, abajo, izquierda, derecha, izquierda, derecha, B, A.

¿No?

Ni rosas ni violetas

Releyendo como se ha hehco necesario SA, descubro pequeños retazos de mi antiguo ser escondidos entre algunas frases en los últimos capítulos. Ahora, esos pequeños detalles se han cargado de nostalgia, y por ello, escribo…

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“Ni rosas ni violetas.”/p>
¡Qué frase más inocente! Despide una cierta fuerza, una convicción propia que sutilmente te hace plantearte qué tipo de flores son las que a uno le gustan. Es concisa aunque abstracta. Parece no decir gran cosa, pero su significado, simplemente, va más allá de lo que dice, al menos para un servidor. Hay un historia encerrada en esas cuatro palabras.

Ahora, los recuerdos toman la delantera, se interponen a mis ideas y mis dedos. Pero, lo primero es lo primero, y sin contexto nada es lo mismo. Como no quiero que se pierdan, les pondré al día con un resumen.

Releía, estos últimos estertores del verano de 2013, la historia que terminé hace un par de años, Sayonara Amazonas. Me encuentro en medio de la reescritura de varios capítulos, así que necesitaba volver a empaparme de las ideas de la narración. Cuando llegué a uno de los últimos capítulos, y ahora mismo no recuerdo cuál, me encontré con esa frase.

“Ni rosas ni violetas.”

La frase aparecía en referencia a cierto personaje de mi invención y su gusto en el tema de las flores. Hasta ahí normal. Sin embargo, hay confesiones que hacer. Y es que, cómo es ciertamente común en esto de la escritura, mis personajes originales no lo son del todo. Como muchos otros, tiendo a incorporar detalles y conductas de la gente que me rodea en mis creaciones. En cierta manera es una manera de elogio. En otras, una manera de recordar.

Y esa frase es un ejemplo de esa segunda posibilidad. Queriendo crear un personaje femenino fuerte, independiente y con heridas, los ejemplos a mi alrededor me sobraban. He tenido el tipo de suerte que te permite conocer gente interesante y buena, mejor que uno mismo, incluso cuando no estaba preparado para conocerlas.

He tenido la suerte de conocer a gente con la que jamás estaré de acuerdo en casi nada, y gente con la que coincido en casi todo. He convivido con ángeles y demonios, con ladrones y filántropos. Con arlequines emprendedores y contables inmaduros. Con mujeres que embotan tus sentidos y nublan tu conciencia, y con amigas que que te descubren los engranajes escondidos.

Con la frase que encontré escondida entre una historia de pérdida y perdón recordé mis momentos más amargos, el instante en el que toqué fondo. Y cómo yo también encontré el perdón (el propio) y cómo gané mucho más de lo que había perdido.

Ahora son memorias inocuas, que fluyen con tranquilidad dibujando una leve sonrisa en mi rostro y un cosquilleo en mi conciencia. Ahora son nada más que un contexto, que un pasado que ha quedado superado, del que se aprendió, que es aceptado.

No voy a negar que a veces práctico con ellas mi deporte favorito: la creación de mundos imaginarios. ¿Y si hubiera hecho esto? ¿Y si no hubiera hecho aquello? En otro tiempo mi pan de cada día, hoy en día una actividad casi extinta. Tal vez ya no tengo tiempo para dedicarlo a lo que no existe. Tal vez es que estoy contento con lo que tengo y soy. En todo caso, hasta estas actividades tienden a despertar su propio tipo de nostalgia.

Por eso, atiborrado de ella al leer esta historia que me descubre mi propio yo durante los seis años más convulsos de mi vida, mis dedos se lanzan a bailar por el teclado. Como dice el cantautor: “Ya nada es lo que era.” Pero tampoco preocupa. Es mi única intención con esto compartir la indescriptible sensación que se apodera del pecho y calienta el corazón cuando uno recuerda un tiempo en el que tomó decisiones importantes, conoció gente maravillosa y comenzó, en definitivamente, a sembrar los vientos que ahora ya son todas unas tempestades.

Tempestades de seda, lágrimas y letras.

Tempestades propias, irrepetibles.

Tempestades de flores.

Ni rosas ni violetas.

Margaritas, Flor del Pensamiento.

Tulipanes, Flor de las Tormentas.

Y el resto, para tí, mi Flor de Alas

Noches de verano que rozan la herida

Algo perdido en la sensación de una pérdida que se aproxima, me lleno de tonos melancólicos para expulsar algo de esta melancolía que no termina de madurar. Cansado de estar cansado.

El tono meloso de la luz mortecina de las farolas de la ciudad me recuerda la melancolía que no termina de madurar.

Tantas cosas, tan poco tiempo. Tantas palabras y tan pocos sonidos. Tan sólo unos pocos acordes que ya en otras ocasiones me acompañaron. Y ahora, en este hundimiento de sueños y esperanzas, vuelve a entreverse la vieja conocida, compañera incansable que apaga soles y enciende recuerdos. ¿Qué puedo hacer si me siento indefenso ante el ataque impertérrito de esta afable amiga que sólo usa palabras conocidas untadas en miel y en amargura? Tampoco es una cosa tan dura seguir escuchando y, a lo mejor, asignar a la escritura el momento inmaculado en el que todo se va, se pierde y es regalado.

Los planes se trazaron lejos, cerca del Sol y lejos de la conciencia de la realidad. Ahora, tan lejos del Sol y tan cerca de aquel beso ausente, cuesta mantener las ideas que como regla y lápiz dibujaron el presente. Nada es lo que parece cuando te acercas, y mucho menos al alejarte. Es una tonta sensación de vacío, de pérdida, que no te puedes explicar pero que te llena de apatía, de incertidumbre, de esa tonta sensación de no saber muy bien si has cogido todo lo que debías coger. Estar bien no es el estado natural, y también hace falta esa especie de estrés que te repites una y otra vez que no es bueno para la salud, pero que es ya la única manera que tienes de detener el alud de pensamientos que no te permiten actuar.

Y así, bien pero mal, un atardecer deja pasar la tormenta que se dirige tranquila en su ira al mar, a morir, a descansar donde un día buscas dejar tus huesos al sol, alcanzar la blancura del alma que te permita sentarte y descansar. Leer, tal vez, ese libro que te recomendaron cuando los ojos se te hacían océanos y las manos no servían para marcar sino para ser marcadas. En ese momento de descanso que tanto buscas, la búsqueda de un alma vieja por elección, el salitre y los nombres se confunden, nada es claro y la bruma mañanera de los pescadores entorpece tu visión y hasta te llena de brea los corazones. Impermeable, la lluvía, el viento, los relámpagos. Nunca más las flores enternecen, tan sólo los elementos desbocados entorpecen el aislamiento.

Pero ni siquiera sabes si lo que ves será, si lo que fue ahora tiene algo que ver con lo que es. Tan sólo sabes que viste el futuro, ¿qué tiene que ver eso con que se cumpla o no se cumpla? Preguntas idiotas a tontos pensamientos. No es cuestión de preguntar sin más, es cuestión de si las preguntas sirven para algo. A veces las respuestas son nombres propios, tienen apellidos y una sensación que nunca podrá separarse de la parte más increíble de la vida. Pero no pasa nada, al cabo de un tiempo hasta el amor más insensible se vuelve un recuerdo que se echa de menos. Al cabo del tiempo, hasta aquel café prometido se queda frío.

No tiene mucho sentido la mitad de lo escrito. Tampoco lo necesita. Es un tonto intento de plasmar una sensación, un sentimiento. Desestructuración, interrelación, inconsecución y sorpresa. Recuerdos agridulces de ficciones sentimentales, manipulaciones incontrolables llenas de palabras amables y reflejos adquiridos, la consecución de un corazón de hojalata en busca de la compañera que le permitiera convertirse en un hombre de verdad. Tanto cerebro y tan poco coraje no le permitirán encotrar un lugar al que llamar hogar. Nunca jamás, y volverse brujo de puro venganza es la mejor manera de nunca jamás volver a ser el niño que una vez fue.

Pero, de nuevo se pierde el sentido, se empujan las ideas y se colocan al frente sin orden ni acierto. ¡Qué más dará, por tanto, hablar que sentir! Esto no es más que un triste repaso de lo que acontece al mirar el atardecer frío y lento en una pequeña ciudad boreal. El cielo no tiene bandas de colores, pero no son necesarias cuando el que mira las lleva en los ojos. Cuando al mirar los cajones no ve juguetes ni revistas viejas. Libros, apuntes, notas, cacharros, trozos, colecciones, lápices, aparatos, rotuladores, folios, ropa. Si lo que ve es una vida doblada y encuadernada, borrateada, rota, coleccionada, romada, seca, cascada y guardada. Si lo que ve es, en definitiva, su resumen guardado, perdido y olvidado.

Y, sobre todo, tantas veces olvidado. Olvidado cuando la infancia pasó a ser instituto. Olvidada otra vez cuando se acabó la ciudad y empezó la capital. Y olvidada otra vez cuando se encogió la tierra y se buscó el océano. Tanto olvidar, ahora ya no quedan más que estos acordes que preguntan si tengo razón o no, que me cuentan la poca suerte que tengo, que me dicen que hay que recordar… o que simplemente me elevan hasta la tristeza y me devuelven a la vida.

Las voces se acallan. Morfeo llama. Los instrumentos callan.

Es momento de parar y hacer recuento. La almohada escuchará las historias que queden.

Tú te habrás perdido varias veces. No pasa nada. Me disculpo.

En realidad este texto tan sólo es para mí. Pero, por si alguien hay que se haya sentido así alguna vez, lo muestro con la única intención de ofrecérselo.

Y a los que no hayan pasado por algo así, para muestra un botón. Perdonad si a veces rezumamos este sentimiento de estar perdidos. Realmente lo estamos.

Suerte.

Sombras en blanco

La Noche en Blanco, un doppleganger aparece.

Hoy te volví a ver.

No estabas aquí, claro. Las intenciones de una vez se diluyeron en tal vez y ojalás que jamás ocurrieron. El tiempo se hizo paso entre nosotros hasta que apenas ha quedado un vestigio vacío de fotos a las que se les echa un ojo y estados a distancia que no dicen nada.

A pesar de esto, te vi. Estabas incluso más radiante de lo que nunca te pude ver. Llena de vida, sin problemas, amada y amando. Casi se me escapa una lágrima de alegría al verte así. Ni el fénix mismo habría podido revivir mejor que la imagen tuya que hoy me encontré.

La persona que habitaba tu imagen nunca se dio cuenta. Se lo comenté a una amiga, mi mente comenzó a trabajar, pero nunca dejé que ella se diera cuenta de que te veía. Amiga de amiga, ella era lo menos importante, aunque sea un poco brusco decirlo así. Al fin y al cabo, estaba demasiado alegre de verte como para pensar en esas cosas.

Hoy te volví a ver, y jamás te había visto como te vi esta noche. Los años que me han dejado avanzar a través de nuevas aventuras y desconocidas relaciones tintan mi loca visión, ahora renovada ante todo. ¡Qué descanso verte abrazada y que mi corazón no pierda más el compás! Todo ha cambiado para mí. ¿Qué será de ti?

Con todo lo que una vez sucedió, tal vez una gota en tu mar de vida, tsunami en el mío. Ahora no queda sino un recuerdo dulce y embriagado, y apenas la curiosidad de un desenlace entonces imposible. Todas los versos que se derramaron y todas las lecciones que se aprendieron, son ahora palabras que se acurrucan en el fondo del corazón que ahora late y vibra, feliz de ser más grande.

Esta noche, tu sombra me ha devuelto aquella imagen tuya que la niebla del tiempo ya iba desdibujando. Poco importa ya lo cierta que sea. Todas las cosas buenas quedan, y del resto jamás se volvió a pensar. Ahora disfruto de lo bueno que me diste como un regalo que siempre llamaré presente.

Hoy te volví a ver, y la paz me dejó pensar. Pensar en aquella que ahora me acompaña y me ayuda, aquella que abrazo y que se lleva mi pensamiento y mi aliento. Tu sombra me atravesó sin esfuerzo, no viendo nada donde yo estaba. Y eso me permitió verte como nunca te vi: solitaria e independiente ante  la vida que se afana en vencer.

Hoy te volví a ver, aunque hace tanto que no te veo. Pero cuando te tuve delante, me dí cuenta de que debería darte una vez más las gracias. Al fin y al cabo, morir de amor siempre es mejor hacerlo en los brazos de tu asesina.

Hoy te volví a ver, Flor del Pensamiento, y por eso seguiré regando tu recuerdo.