El diccionario de las oscuras penas: “Sonder”

Comienza mi exploración de las palabras inventadas por el canal The Dictionary of Obscure Sorrows.

Esta es la primera entrada de una corta serie que se va a centrar en el trabajo que lleva a cabo el canal de youtube llamado The Dictionary of Obscure Sorrows. Mi objetivo es darle eco en este blog, ya que me parece uno de los canales más interesantes a los que se puede suscribir uno en youtube ahora mismo (o tal vez sea porque tiene que ver con palabras, y está claro que me gustan). En todo caso, estas entradas no sólo servirán para traducir las definiciones de estas palabras inventadas que tratan de dar nombre a esas sensaciones y esos sentimientos que a veces nos toman, sino que también servirán para poner mi granito de arena y añadir mi visión sobre cada una de estas palabras.

Sin más, empiezo.

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Lluvia de estrellas

Un viaje imposible, un encuentro fortuito y un pecho en llamas.

Hubo una vez que me encaramé a la Luna.

Ascendí sin preocupaciones entre las esferas de un firmamento perfecto. Atravesé el éter invisible que separa todas las cosas y, alcanzando con el brazo estirado, acaricié la superficie nacarada de la reina de la noche.

Cuando me posé, las estrellas, diminutos puntos fulgentes, caían a mi alrededor como un torrente de luz que procedía de mis sueños más profundos. Recogí una, y al observarla, me dí cuenta de que me devolvía la mirada. Imposible y olvidada, compartió conmigo su infinito calor, dándome la fuerza para continuar en esa situación tan particular, en la superficie lunar, observando mi tierra de lejos.

Y entonces, me la tragué.

Apareció en mis manos, unidas para sujetarlo, mi corazón. Aún brillaba dónde rozó a la estrella cuando ésta ocupó su lugar. Sin uso para él, guardé mi corazón en un diminuto baúl que metí en mi bolsillo. Aún fuera de mi cuerpo, latía con la vieja pena que siempre había usado como fuego. Me dio pena, así que lo guardé con mis mejores recuerdos y algunas buenas intenciones, para que se conservara algo menos triste mientras disfrutaba de la estrella de mi pecho.

Con el calor de la estrella en mi cuerpo, recorrí a voluntad la negrura del espacio más profundo sin miedo ni frío. Llegué hasta la última esfera de cristal, e hice música golpeando el límite de mi universo. Recogí brazadas de éter y esculpí los sueños que me hicieron sonreír. Hice caminos de luz entre los planetas y el sol, para poder volver en cualquier momento, y construí una cabaña en las junglas indómitas de las lunas ocultas de tu mente. Me convertí, sin darme cuenta, en explorador y misionero de todo un cielo que intentaba comerme sin que yo sospechara nada.

Y de repente, me caí.

Se acabaron mis nuevos poderes. Caí y caí hasta que reboté de vuelta en la Luna. La estrella seguía en mi interior, latiendo y cediéndome su calor por estar en mi pecho; pero brillaba mucho menos. Había encontrado la tristeza, y tornó mi presencia en ausencia. Nada de lo que le dije, y tampoco nada de lo que sentía la convencieron de que estaba con ella. Simplemente, nada era suficiente, y su luz se fue apagando.

Entonces se me ocurrió. Ya que había abandonado hacía tanto mi tierra, tal vez podríamos pensar en vivir juntos en el firmamento. Retornarla, aún en mi pecho, de vuelta con sus hermanas, allá donde las estrellas viven: en nuestros pensamientos pasados. E hicimos un trato. Ella brillaría y, de vez en cuando, volveríamos a aquel momento en el pasado, para que se sintiera como en casa una vez más.

Brillamos juntos más que nunca. El universo se nos quedó pequeño, e hicimos planes para visitar cada uno de los planetas, sus lunas y los pensamientos imposibles de todos los artistas que alguna vez vivieron. Eramos uno, al fin, y nada podía hacernos retornar a la realidad que habíamos dejado atrás. Brillábamos más de lo que nunca habíamos brillado por separado.

Y sin embargo, una vez más, caí.

La estrella se enfrió. Mi pecho quedó al descubierto. Confundido, pregunté por qué. La respuesta se perdió entre las nubes de mi tierra según caía hacia ella.

Y al llegar al suelo, tan lejos de la Luna, los planetas y todos los satélites, se estalló el baúl que contenía mi corazón. Saltaron los trozos y se perdieron los mejores momentos y se evaporaron las buenas intenciones.

Apenas latía. No me había dado cuenta, pero viajar con la estrella lo había llenado de lascas, de muescas. Se había vuelto frágil como el cristal. Tanto calor lo había fundido y lo había vuelto a forjar, y con un toque, estalló. Viajar por el universo lo había privado de aire, y luchar en las junglas indómitas lo volvió asustadizo. Aún en mi bolsillo dentro de un baúl, mi corazón me había acompañado todo el viaje. Y yo sin cuidarlo lo más mínimo.

Así que me puse manos a la obra y lo recompuse. Ya no sería como antes, eso era imposible. Pero, al menos, podría volver a darle forma. Durante tres noches y tres días, trabajé sin descanso. Primero, recogiendo todos los trozos que se habían esparcido por mi tiempo. Luego, formando con ellos una imagen de mi corazón, nueva y fracturada, pero entera. Y, finalmente, pegando todos esos trozos con lo que tuviera a mano: lágrimas, sonrisas, suspiros… Algunos trozos pegaban mejor con las primeras, otros con las segundas; y con las terceras, le devolví el ritmo al terminarlo.

En cuanto empezó a latir una vez más, salió la estrella de mi interior. Me miró con pena y, más fría que nunca, se despidió de mí, triste porque mi pecho no llegó a ser el hogar que buscaba. Yo le ofrecí mi sonrisa, y aunque pareció agradarle, se fue a buscar su propio calor antes de probar mi sonrisa.

Sólo, y atado por la gravedad otra vez, coloqué mi corazón en mi pecho y este se cerró. Me dolió, ya que la forma de mi nuevo corazón era rara y tenía bordes que cortaban, pero volví a latir.

Ahora miro hacia arriba, allá donde viven las estrellas, y me pregunto cuál fue aquella que una vez compartió su calor conmigo. Me pregunto si volveré a surcar el firmamento, y si aquella estrella se llevó algo de mí.

Y hay días que me parece que asciendo sin preocupaciones, aunque no sé si es verdad o tan sólo son imaginaciones mías.

Dicen que en el mañana hay lluvia de estrellas.

Regresando

Cambio de ritmo para el blog

Aparto un momento la atmósfera un tanto oscura que me ha invadido estas semanas para hacer una actualización sobre el blog.

Llevo un par de semanas con el ritmo de publicación aumentado. Muchas cosas en muy poco tiempo, y ganas, casi terapéuticas, de escribir. Es que no sólo me han pasado muchas cosas, sino que además mi momentánea obsesión por los trabajos de Wes Anderson alcanzó su punto álgido, y se ha dado muy bien a darme una especie de arquitectura sobre la que construir estos extraños relatos que han ido apareciendo estos días.

Así que, de una manera fortuita, mi vida se ha convertido tontamente en algo más o menos relatable, así que he aprovechado y he sacado todo lo que he podido de todas estas sensaciones que a veces amenazaban con atarme a la cama y esconderme del mundo.

Sin embargo, yo no soy capaz de mantener este ritmo durante mucho tiempo. Ha sido un bonito experimento en medio de esta tormenta, venir aquí y dedicarle un buen rato a estar delante de la pantalla, intentando encontrar la manera de abrir las puertas y expulsar lo que me carcomía. Ser un poco más abierto y al mismo tiempo un poco más onírico, decir las cosas sin ser evidente.

Como digo, ha sido bonito, y también doloroso. Pero no pretendo volver al vacío emocional que construí unos meses atrás. Hay cosas que ya no podrán volver, y una de ellas es la inacción que me lleva deteniendo desde hace tantísimo tiempo. Ya casi no recuerdo cuando no era así, y esta manera de ser ahora me resulta pavorosa. Y nunca me he sentido más contento de sentir miedo.

No creo que vaya a haber cambios radicales. Me conozco demasiado: me resisto a los cambios cuando son tan repentinos. Pero, de la misma manera que la canción que acompaña este post va cambiando paulatinamente hasta convertirse en algo totalmente distinto, así me gustaría ir evolucionando. Sutilmente, con mejores y peores momentos, hacia algo mejor, alguien mejor. Más fuerte, con menos remordimientos y con más ganas de que llegue el mañana.

Y eso que el futuro es más incierto que nunca.

Además, le prometí a cierta estrella que cambiaría un poco el tono de las próximas entradas. Así que debería intentar escribir algo un poco más alegre… ¡aunque no prometo nada!

Un año, un objetivo completado

Puesta al día, justificaciones varias por un año de muchas historias y pocas confesiones.

Ha pasado un año (algo menos) desde que comenzó el semanal flujo de entradas que ha mantenido este blog vivo durante 2016. Todas estas entradas eran capítulos de algunos de mis fics de Ranma, y estoy contento de que finalmente todo ese material este aquí, en el blog.

Sin embargo, todo lo que tenía preparado se ha consumido al fin. Ya no queda nada en el sistema, y lo cierto es que tampoco he preparado nada para las semanas venideras. Pero, no me adelanto.

Escribo esto porque quería explicar el porqué de las entradas semanales y el haber preparado tanto material para que subiera de forma automática.

No hace mucho, hablé con un buen amigo mío (de esos con los que sólo puedes quedar un par de veces al año) y hablamos de objetivos, de constancia y de lograr cosas. Y de muchas más cosas, pero eso viene a ser lo que tiene relación con esta entrada. Entre muchas cosas, salió el tema de las resoluciones de Año Nuevo, y yo le comenté que hacía años que ni siquiera me las planteaba, harto de añadir más fracasos a una larga lista.

Pero bueno, en realidad sí que me las planteaba, sólo que en vez de resoluciones, eran objetivos alcanzables, sugerencias de Año Nuevo, por decirlo de algún modo.  Y una de las de 2016 fue publicar todas las semanas en el blog. O al menos, publicar 54 entradas al año (una a la semana).

Originalmente intenté hacerlo en 2014 y 2015, mezclando capítulos, entradas originales y cosas como esta misma. Y fallé estrepitosamente. Pero al comenzar 2016 me dí cuenta de la ingente cantidad de material que estaba en fanfiction.net y no aquí, de tal manera que me puse manos a la obra y programé aproximadamente un año de entradas. Añadí unas cuantas más a lo largo del año para llegar al mágico número de 54 y me alejé de WordPress.

Lo cierto es que no sólo de WordPress, sino de escribir en general. Ha habido algún mes de 2016 que ha sido productivo, pero no demasiado. La mayor parte del año (y, especialmente, el último trimestre) ha sido nulo respecto a creación. Siento una incapacidad interna para crear, para expresarme como es debido, para confeccionar historias que resulten interesantes y divertidas.

Siento que tiene que ver con la tremenda cantidad de malas noticias que se fueron acumulando en los últimos estertores del 2016. Creo que tiene también que ver con el cansancio vital y anímico que a veces mi trabajo termina provocándome. Una especie de desesperación completa por todo lo que me rodea, desde lo que está a mi alcance hasta las noticias más lejanas. Es una agonía al tomar conciencia del rumbo incierto que tomamos como especie.

Siempre he sido un tipo algo taciturno. Tal vez injustificadamente, he sentido una especial aprensión hacia el futuro y lo que puede traer. Pero siempre había sabido volver a la tierra, ver las cosas desde unas perspectiva más limitada, menos peligrosa, y encontrar algo que contar que sintiera que mereciese la pena. Puede que haya perdido eso un poco.

En esta situación, me he refugiado en los mundos de fantasía que no te construir yo: los videojuegos. He jugado más que nunca este año y, a veces, durante un rato, consigo olvidarme de todo lo que me pasa por la cabeza. Y es genial, porque por un rato ya no siento estas terribles tormentas en el horizonte. No oigo sus rugidos y no veo los rayos. Por un rato, soy uno más con la nada.

No sé cuánto durará esto. Siento que hay que cosas que se remueven en mi interior, que quieren ser contadas. Esta entrada puede que sea el comienzo. Volver a la fantasía que brota de uno mismo. Coger esa tormenta y embotellarla y observarla y describirla. Ser, una vez más, honesto conmigo mismo para poder mentirme a sabiendas. Navegar otra vez el maelstrom del alma y hundirse todo lo que haga falta.

Tal vez.

De todas maneras, algo he creado este año. Pocas cosas y casi todas incompletas. Pero lo que pueda usar lo iré subiendo como siempre los sábados. A partir de ahora, sin embargo, ya no serán siempre capítulos de alguna historia mía de Ranma, si no que habrá de todo y, mayoritariamente, confesiones de esas que tanto han pintado este blog.

Valyv Balkanska-Bulgarian Shepherdess Song

Esta canción me recuerda al capítulo de Cosmos de la Voyager y su mensaje, y me recuerda lo que hicimos los humanos con esa nave.

Como escribí hace apenas un mes:

Pocas veces el título del post es el mismo que la canción que lo origina, pero este caso lo merece.

A un lado, la canción cuyo extraño titulo da nombre a esta entrada. Seguramente no sea del gusto de todo el mundo, pero aún así recomiendo a todo el mundo que la escuche. Su historia lo merece.

Es, seguramente, sólo uno de los incontables secretos, preciosos y únicos, que pueblan nuestro planeta. Una faceta más de este diamante que habitamos. Otra magnifica luz prendida por la raza humana. Unas potentes voces que no entiendo. Pero es fácil estar de acuerdo en que tampoco es muy necesario entenderlas. Su mensaje puede ser cósmico o terrenal; divino o mundano; triste o alegre. Pero otra vez, eso carece de importancia.

Lo importante es como sus voces traspasan el aro de cinismo con el que tendemos a pasar el día a día, y conversan directamente con la parte de nosotros que todavía abre la boca cuando mira un cielo estrellado. En un momento somos transportados a otro tiempo, a otro lugar. Tierra verde o montañas, cerca del cielo y del mar. Todo es tan diferente como nuestras imaginaciones sean capaces de lograr. Y no sin cierta dificultad, levantamos el vuelo y somos capaces al fin de desligarnos por un momento de las rutinas que para bien o para mal atrapan nuestro tiempo.

Libres por un momento de esas cadenas, los acordes y las variaciones imposibles nos abren los ojos. La historia se pinta bajo nuestras formas voladoras y los mapas cambian de color con el ascenso del agua de la clepsidra. Poco a poco, los horizontes, siempre tan rectos y tan mentirosos, se curvan ante nuestra percepción y revelan al fin la verdad que todo el mundo olvida al hacerse mayor. Nos elevamos con el canto de estas mujeres desconocidas, y antes de darnos cuenta, la Tierra no es más ya que una bola que gira descontrolada. Nosotros inmóviles en el espacio, y nuestra sombra recorre la superficie como un pensamiento de libertad. Por encima, espera el resto de nuestro hogar.

Cuando seguimos elevándonos, el concepto en sí pierde significado. Ahora tan sólo avanzamos hacia la negrura del espacio. Pero el vacío es ilusorio. Nos envuelve nuestro pasado, el de toda la raza humana. Imágenes, sonidos, señales… Tan sólo son el medio, el oxígeno de nuestras almas. Llevan en su seno nuestras ideas, nuestras fantasías y deseos. Arrastran nuestros triunfos y nuestros fracasos, las desgracias más terribles que hemos sido capaces de infligirnos a nosotros mismos y a nuestro pequeño hogar. Son una marca de lo que hicimos mal, aunque a veces parezca que no sepamos palpar dicha marca, o hayamos olvidado su significado.

Pero, también llevan lo que merece la pena repetir. Y al dejarnos empujar por su electrificante influjo, escuchamos a nuestros genios abriéndonos ventanas al futuro. Vemos a nuestros símbolos enseñándonos a conocernos a nosotros mismos. Y nos encontramos descifrando los secretos que nunca fueron ocultos a plena vista en todos los rincones de nuestra humilde morada, justo a la entrada de las cuevas que hace tan poco dejamos. Y es maravilloso sentir que, incluso con todas las dificultades, este influjo continúa guiando los pasos temblorosos de una especie tan exquisitamente orquestada entre tantos trillones de átomos de carbono, oxígeno y demás concertinos.
Tras un rato de este empuje, llega el momento de encontrar al portador de las voces. Su figura es metálica y puntiaguda, y con su boca que es al mismo tiempo su único oído, observa impasible el punto azul pálido en el que se ha convertido su linea de salida. En su interior, el calor nuclear lo salvaguarda de dormir para siempre, y aunque su misión ya es parte de la historia que nos enseñó quiénes somos, lleva en su pecho una dorada promesa de futuro.

A partir de aquí, se me hace difícil continuar con las metáforas, así que terminaré siendo un poco más explícito.
El portador de las voces es, evidentemente, una de las sondas Voyager. El ingenio humano que más lejos ha viajado lleva en un lateral incrustado un disco de vinilo hecho en oro, cuyo evocador título no es otro que el de “Voces de la Tierra”. En su anverso están inscritas las instrucciones para reproducirlo (tan simples y científicas como fue posible en su momento para que una inteligencia alienígena fuera capaz de descifrar su funcionamiento). Y codificadas en el disco, saludos en decenas de idiomas por distintas personas, música clásica y contemporánea (hasta los 70, claro), pasando por todos los tipos. Las palabras de una madre a un recién nacido. El sonido del cerebro de una pareja enamorada. Incluso el canto de las ballenas.

Y entre ese convenio de lo que somos, este canto. Este canto que no entiendo, pero que te eleva más allá de los límites físicos de los que somos presa. Este canto que le habla a uno en lo más profundo, viaja, junto a muchas otras composiciones de igual calado, por el vacío del espacio. Es para pensárselo. Unas voces así, dejando tan atrás el lugar de donde provienen, representando lo que somos en un solo a todas luces infinito que tardará cientos de miles de años en dejar la galaxia. Como una isla de significado en medio de un océano de caos. Con toda la esencia de unos sencillos seres, hijos de las estrellas, hermanos de aquellos que tal vez algún día lo encuentren.

Poco o nada resta por decir. El viaje termina y volvemos a nuestros atados cuerpos. Atados a nuestro planeta. A nuestra vida. Pero a partir de ahora, tal vez, recordemos que allá arriba, de donde provienen los deseos y donde duermen los dioses, allí, nuestras voces cantan. Cantan con el poder de romper el silencio. Y cantan aunque todo sea negro.

Silencios cristalinos justo enfrente

Hay gente que calladamente sigue adelante sin parar ni pedir ayuda.

A finales de Mayo de este año, una vez observando desde un lado, vuelvo a descubrir una parte del ser humano que me fascina e inspira, siempre con una canción muy especial como fondo y camino.

 

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Semanas de verano

Me pidieron un texto. Me peleé con mi bloqueo hasta que obtuve esto.

Y de repente me encuentro, esta noche de semis, queriendo pedirte perdón.

Tantas cosas han pasado, tan deprisa, tan pocas, tantas yo quería. Tan buena, enseñándome lo que la vida me había escondido; libre, sin pedir nada a cambio, tan sólo un cariño que yo ya deseaba dedicarte. Así, bebí de tu experiencia, de la miel que guardas entres tus capas de hiel.

Lo confieso: me siento tan pequeño, tan lento. Aún no sé si lo que puedo ofrecer es todo lo que mereces. Me temo que la duda nunca dejará de acosarme, por muchas noches que me duerma en tus brazos. Por muchas mañanas que me levante con tu sonrisa. Soy débil, un Shinji Ikari que de repente ya no necesita pilotear el EVA; puedo negar lo que más me conviene, todo desde la ignorancia. Busco la sonrisa ajena, no sé reconocer la mía en el espejo.

A pesar de conocer parte de tu inteligencia, a pesar de saber tanto y tanto queda por descubrir, me lleno de miedo. Solamente deseo que tengas toda esa paciencia que no tengo derecho a pedirte. Al fin y al cabo, ¿desde cuándo las diosas deben esperar a que los mortales les den lo que les deben? Sí, casi como una obra perfecta de la mitología antigua, así he de considerarte.

Es tu recuerdo, tan vívido, enmarcado de oleaje y nubes, lo que me empuja a hacerme mejor. Encuentro fuerza en tus ojos para hacer lo que debo hacer. Es tu voz el ungüento con el que curo mis heridas. Y tu tacto hace tiempo ya que se convirtió en mi piel, para así poder sentirte cerca hasta en la distancia.

Y mientras en las noches te recuerdo, los días van pasando como si de un sueño mal terminado se tratase. No siento la realidad bajo mis pies. No siento el aire en mis pulmones. Tampoco el ruido de los coches se registra en mi corazón. Me faltas entre los brazos, a mi alrededor, trabajando en el ordenador, en el sofá, en el baño, en la cocina. Es extraño no cocinar contigo en mente. Y las películas que querré ver contigo, que no puedo ver ahora, se amontonan en el disco duro.

Soy un autómata que está conectado al teléfono móvil y a la nostalgia. El tiempo ya no tiene una importancia real. Ahora, tan sólo la luz me sigue conectando a lo que pasa a mi alrededor. La luz, pues es lo único que podría trasladarme lo suficientemente rápido de vuelta a tu lado como para que me importe algo. Las palabras incluso, antiguas compañeras de travesuras y lloros, van poco a poco dejando de hablarme, ya no las entiendo. Ya no me entiendo. Ya no.

Por eso, con todas esta indefensión, escribo este requiem por mi alma perdida. Ya no quiero volver al antes. Ya tan sólo quiero llegar a lo que dejé. Sacudirme toda esta incapacidad de avanzar, este desdén por el trozo de tierra donde nací, y encontrar el futuro que mi mente continua nublando a pesar de mis encabezonados intentos por dilucidar. Y entonces, al fin, vivir.

Vivir, contigo, hasta que el foco del faro dé su última vuelta. Y en ese momento sentiré al fin que llegué a mi destino.

La última palabra

Cuando el final sea el último principio, ¿qué quedará de la vida?

Otra entrada más de esas, cercanas en el tiempo, pero tan lejanas en el sentimiento que apenas se puede decir que pertenezcan a la misma realidad. Aún así, como no soy de no subir algo sólo porque ya ande un poco desfasado, aquí va, como escribí durante las Navidades.

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