Puntos en el corazón

Puede…

Puede que el desastre haya golpeado cuando la marea estaba más alta. Durante los viajes imposibles que una vez hicieron nuestras almas, allá donde el cielo y la tierra se besan; mientras la luz del sol recorría plácidamente las llanuras de una historia que nunca pudo ser.

Puede que nos hayamos mecido entre las olas de una sonata dedicada a las personas que nunca pudimos ser, que siempre tuvimos en el borde de nuestra mirada. Reflejos más luminosos de lo que nunca pudimos ser, seres más amables y más honestos que los que ahora animan nuestros corazones. Esas versiones que se alzan por los cielos, vuelan el uno junto al otro, descubren paisajes imposibles apoyados en los vientos que mutuamente nos cedemos sin reparo. Versiones que ahora vemos, que nos hacen llorar por las noches cuando notamos el frío en nuestras camas, que nos recuerdan todo lo que hicimos mal.

Puede que cuando nos montábamos en aquel coche no recordáramos por qué lo hacíamos; que la rutina de una batalla vencida nos cegara, y atase nuestros corazones a una neblina impenetrable que nos separó de nuestras realidades y nos tornó en estatuas admirables que escondían dentro todas las oscuridades que iban poco a poco comiéndose nuestras esperanzas y nuestros pensamientos de futuro. Y al no compartir más nuestros futuros, éstos se fueron marchitando para siempre en una oscuridad inacabable que se volvió rutina. Y así, en medio de la nada, asustados al no palpar los labios del otro, empezamos a cometer errores que fueron, indefectiblemente, dirigiéndonos al borde del agujero negro, donde va a morir la luz que no alcanzó a iluminar nuestro presente.

Y puede que el espectáculo fuera sensacional, allí donde la oscuridad se encontró con la luz. Saltaron realidades y se dio la vuelta el tiempo. El color se desparramó por nuestras pupilas, y las formas se retorcieron a través del espacio y la realidad. Ya nada pudo volver a ser lo que era, y en medio de las explosiones de nuestros corazones, tan sólo la voz de la resignación respondiendo a la voz de la desesperación. Y su eco se hizo eterno.

También puede que nada de esto tenga nada que ver. Que la realidad sea tan sencilla como que se acabó lo inagotable. Puede que de tanto hablar y de tanto sentir, el corazón y la boca terminaran por ponerse a contratiempo, y aunque la tristeza y el cariño lo inundaran todo, no supieran ponerse de acuerdo hasta que hubo un silencio que les permitiera hablarse. Cuando se dieron cuenta de lo que estaba pasando, decidieron que era el momento de no seguir perdiendo los días y los sentimientos y quedarse con lo que ya tenían, y no arriesgar más romperse en mil pedazos cuando un final anunciado llegara, con todas sus consecuencias y todas sus vicisitudes.

O puede que hartos de todas las cosas que no se podían decir, decidieran romper las barreras de esa rutina que todo lo inundaba, intentar dar un golpe de efecto que hiciera estallar el silencio que todo lo inundaba. Gritar a través del vacío del espacio entre nosotros, y cometer la aventura más arriesgada de todas: hablar de verdad. Ser de una vez uno en valor y en sentido, y por fin expresarse aunque no supieran muy bien qué decir.

Finalmente, puede que no sepa qué decir. Puede que esté aquí, rellenando líneas en un vano intento de expulsar todo lo que duele por dentro. Puede que mire a mi alrededor y vea tantas cosas que no he probado que ahora quiera intentarlas todas, y que me dé más miedo que nunca lanzarme, porque ya casi no tengo tolerancia al dolor. Al físico, porque no creo que pueda acumular más anímico. Y no es culpa de nadie, pues las elecciones siempre fueron mías. Pero eso no quita para que me duela mirar, me duela escuchar y hasta a veces me duela escribir. Porque cuanto más expulso, más profundo busco, y llega un momento en el que tengo que dejarlo por un tiempo para dejar de escarbar trozos de un corazón que todavía se lo piensa dos veces antes de latir ante ciertos recuerdos.

Pero sé que seguiré en este estado si no hago algo, y de alguna manera habrá que salir adelante, si todo lo que tengo a mi alrededor es inalcanzable; y aunque amo las ondas con locura, me toca a mí tomar el control de mis brazos y mis latidos cuando estoy solo ante el peligro, que suele ser a menudo, siempre que las estrellas me sonríen en pleno día. Y es tan fácil perderse en los sueños diurnos, aquellos que solía cerrar antes de empezar, que ahora me inundan porque no vivo en este mundo. Porque aún vuelven aquellos sueños en los que desaparezco y me voy a otra dimensión, y la gente acepta sin remordimientos que ya no estoy, que esas cosas pasan y que tan sólo era yo.

Y en esas dimensiones extrañas encuentro un escapismo que pensé que había perdido, que pensé que ya no necesitaba. Pero ahí está, funcionando a pleno rendimiento cuando me siento a oscuras y dejo que mi cuerpo desaparezca en la oscuridad, y estas melodías me toman ingrávido y me transportan allá donde otros entran por las formas, otros por la droga y otros por simple manía de no escucharse. Me elevo sin alas, y soy el ser más importante de mi propio universo, y observo a la Tierra, sola en la negrura del espacio, y no me detiene ni la falta de aire ni la falta de estima.

Pues por un instante creo, y todas las destrucciones que he vivido últimamente son parte de mí. Se integran y también me elevan, aunque sepa que llegará el momento en el que tiren de mí hacia el suelo. Y de la misma manera que me elevaron, ahora me hagan descender a horcajadas, me ahoguen y me devuelvan a la realidad de la que huía.

Puede –y termino — que todo pase y que al final este tiempo se convierta en huellas borradas por el mar. Y cuando mire hacia atrás me costará sentir lo que una vez me hizo llorar tan amargamente. Pero sé que, aunque haya desaparecido de mis recuerdos, todos estos tiempos estarán cosidos a mi corazón, puntos eternos que vibrarán con cada latido, que en cierta manera, su huella se sentirá en cada respiración, en cada mirada y en cada paso. Una parte más de mí que por siempre se expresará en mis gestos y en mis palabras. Esa tristeza antigua que se comparte entre las sábanas, y en la barra del bar que llamamos honestidad.

Seguro que no te olvidaré nunca.

Seguro que continuaremos nuestras vidas también.

Comienzos

Un viaje imposible para un comienzo imposible.

Comienza un nuevo giro. Mirando al Sol, nuevos cantares y nuevos paisajes.

Comienza todo de nuevo. Son nuevas sonrisas, nuevas lágrimas y nuevas confesiones, aunque sean heridas viejas. Son nuevas experiencias, siempre que desciendo por este afluente de vuelta a mi corazón, en el bosque de mis vergüenzas. Continúo hasta encontrar de dónde brotan todas estas lágrimas, en un valle de remordimientos. Y por fin, arranco del mapa todos estos lugares, y en una maceta en el alfeizar, planto todo esto junto a las semillas de un nuevo yo. Tal vez, con el Sol y la nueva lluvia, algún día crezcan madreselvas y nuevas canciones, y germine un nuevo destino, un mar en el que navegar otra vez, cuyo fondo esté poblado de mis antiguos naufragios, hogar de mis nuevo sueños, y de los bailes imposibles que brillan como estrellas en la noche abisal que es su hogar.

Comienza un nuevo fuego de la noche de San Juan en una playa desconocida. Tumbado sobre la arena, me hundo poco a poco, y van desapareciendo las viejas estrellas. Me transporto entre mil colores y el caleidoscopio de mi mente por los tiempos pasados y las tormentas que trajeron consejos y las olas que me permitieron elevarme entre el fuego del falso cariño. Y cuando ya no puedo aguantar las vueltas y el dolor, se acaba, me deja, y sin fuerzas, abro los ojos por primera vez. Las estrellas son todas nuevas, tan lejanas como siempre, tan sólo duelen menos. Sólo duelen menos, aunque no sea difícil. Menos brillantes, y la Luna sonríe apesadumbrada, clavada en el cielo con las palabras de una despedida, se derraman sus lágrimas invisibles por toda la eternidad.

Comienzan todos los bosques a volverse fantasmagóricos, ahogados en bruma y el ulular de un búho que no puede dormir los recorren. El apesadumbrado quejido de flores que llevan muertas entre la bruma toda una eternidad que nadie conoció. Se posan en sus pétalos muertos las esperanzas perdidas, los sueños robados y las expectativas malogradas. Y como una cascada de tristeza, se acumulan en el pantano donde dan hogar a nenúfares multicolor, llenos de la amargura que llevaban las palabras que nunca se dijeron. Perviven durante siglos, incapaces de morir porque nunca podrán expresar la razón de su existencia, eternamente vivos por no poder morir. Y mientras, los sauces llorones continuarán cubriéndolo todo, peleando como caballeros, con sus infinitas hojas, por los rayos de sol que nunca podrán llegar a su objetivo.

También comienzan los desiertos a volverse multicolor, soledades hechas león que nunca han tenido amigos, tiempos que se deshacen sobre las dunas, incapaces de hacer tic-tac en su justa medida, absurda parodia de la mayor fuerza de nuestro universo. Porque sin tiempo no hay recuerdos, y sin recuerdos hay olvido, y así surgieron todas las sombras, los inviernos y la verdad, que quema y arranca la piel de unos labios nacidos de ortigas, de una imagen de cartón piedra que pintamos mientras tuvimos los ojos vendados. Y mientras las dunas avanzan, cubriendo los ojos de una tierra incógnita, todas nuestras palabras son arrastradas por el viento, perdidas entre los barcos que se llevan nuestros amores de verano y la ilusión de esa inocencia que perdimos entre suspiros. Y en las entrañas de este nuevo desierto, allí donde se esconde el oasis de nuestra verdad, allí descansan todas las carreteras que nos vieron sonreír, los árboles que nos dieron sombra mientras nos abrazábamos, las sábanas con las que nos escondimos al volar, los rayos de sol que nos iluminaron al besarnos. Allí, sin esperar a nadie, estamos nosotros, cuando todo era tan imperfecto como ahora, pero aún no nos importaba.

Al fin, comienza también ahora un nuevo hogar. Las puertas serán reforzadas, y las paredes se funden con el asfalto y con las ganas de no-vivir. Más rígidas y más maleables que nunca, toman formas imposibles, se mantienen y se retuercen, y se hacen invisibles cada vez que saco un boli y lo apunto al desván. No hay calefacción en este nuevo hogar, tan sólo el fuego hueco de un enfado sin razón, y las razones huecas de un teatro de fin de semana, una representación ilegal de unos sueños que se venden al mejor postor, una realidad alternativa que amenaza con absorber todo lo demás. Soplaré todo el polvo de los estantes, y retiraré las sábanas blancas de los muebles. Dejaré a la vista las alhajas, y en la caja fuerte guardaré papeles sin importancia y tickets sin usar. Apagaré las luces, y cuando ya no pueda aguantar más, abriré las ventanas y dejaré que entre el invierno. Se enfriarán mis corazones y ya no pensaré más. Tan sólo sentiré viejos sentimientos y viejas sensaciones. Soplaré y soplaré todo lo que he sufrido y dejaré que entre nueva música, y se derramarán como enredaderas mis historias por la fachada, y surgirán de ellas cientos de flores, donde se acumularán sueños, esperanzas y expectativas. Dibujaré estrellas en mis techos, y por la noche, brillarán titilantes, bailando imposiblemente en el fondo de mi pupila, repitiendo todos aquellos movimientos que una vez me hundieron en arenas movedizas multicolor. Y en el sótano, al fondo más profundo, instalaré un oasis artificial, donde pueda volver a ver todas las veces que fui feliz, siempre que me olvidé de todo menos de ti, siempre que la sonrisa no fue un maquillaje amable.

Ahora que comienza mi primer día sin ti, recuerdo lo que ha acabado. Porque la parte más difícil de acabar es volver a empezar, y por muchas luces que se enciendan a mi alrededor, ninguna brillará tanto como tú. Y aunque algún día parezca que no recuerdo nada de lo viejo, lo cierto es que siempre lo llevaré puesto; bajo la piel, donde nunca nadie lo vea. Sólo tú, que siempre pudiste ver mi interior sin esfuerzo, aunque no te dieses cuenta. Nunca nadie me conoció como tú, y ahora tendré que cargar por siempre con el adiós que te dí.

Y llora el río cuando pasa, porque sabe que no volverá.

Aguja en el pajar

Dudas, dolor y destrucción.

Lo peor son las dudas.

Porque en este momento de aceptar la realidad, de rodar con los golpes y seguir adelante, de flotar por encima de la superficie y no dejarme hundir; en este momento en el que debo levantar la vista y mirar con esperanza el futuro, mi mirada me pesa, se queda pegada al suelo. Me pierdo en el gris, en las líneas que no se acaban, en todas esas cosas que le sorben el color a la realidad. Mudo y sordo, camino sin sentido cuesta abajo, sin pensar a dónde voy o qué hago con mi tiempo. Tan sólo quiero quemarlo, que pase y quede detrás de mí, huir de todo lo que puede hacer, de lo que me hará.

Porque, ¿qué será de todo esto? De los sentimientos que ahora me queman, de la realidad que me cuentan, de todo lo que no puedo siquiera dejar de ver, de oír. De todas las miradas, de todos los susurros, de esas caricias que una vez compartimos con el otro con todo el corazón. Las almas que una vez fueron una, los oleajes que capeamos juntos, los viajes que realizamos a mil y una realidades. Todo lo que una vez fue nuestro, que ahora se deshilacha en tuyo y mío; todo lo que siempre quisimos, ese futuro que ya no será, tanto luchar y al final, ya no importa, porque se apagó el fuego que alejaba el invierno de esa soledad que había olvidado, ese silencio cuando me escondo entre las sábanas.

Y saber que ya no aparecerás, que no me esperan más sorpresas por las noches, que las estrellas vuelven a estar ciegas y que tu mirada ya no es la misma. ¿Y qué ha sido de la mía? No lo sé, ya no me miro en el espejo, porque siempre que miro tan sólo veo un muñeco, un títere cuyos hilos están viciados, que perdió sus articulaciones cuando las palabras se ataron a su cuello. Que ya no queda aire, me ahogo cuando miro por la ventana y no hay nadie para apartar este silencio ominoso, este nuevo compañero que todo lo ensordece, que ya nada parece de este mundo, que nada me queda en el mundo, aunque siga girando y todo se haga borroso, y yo buscando el final de un viaje que acaba de perder todas las direcciones y todas las intenciones.

Si una vez yo no sentía esto, si yo tenía una luz al final del camino, mi propia estrella, una guía entre la niebla de la juventud; y ahora ha desaparecido, ya no queda ni la luz ni la sabiduría ha llegado aún. Vuelvo a estar perdido, y estoy partido: todo es nuevo otra vez, pero ya no estoy seguro de querer lo nuevo. Aunque lo viejo esté roto, al menos existía, y la promesa de lo nuevo ya no tiene efecto en este marinero que fue a parar a mal puerto. ¿Por qué debería seguir, si no me apetece? Si acaso siento que he vuelto al principio, que vuelven los viejos sueños y las certezas aún más antiguas. Si todo esto no hace más que confirmar aquel viejo sentimiento de imposibilidad; si lo intenté con todas mis fuerzas y aún así no fue suficiente, tal vez sea el momento de aceptar lo que ha sido demostrado una y otra vez. Que hay cosas que no pueden ser, que hay quienes están condenados a ser la aguja en el pajar: siempre rodeados, siempre solos.

Pero, ¡qué más da! Si todo esto durará hasta que vuelva el entumecimiento, la parálisis de la rutina, del escapismo desmesurado de una vida en algodones. No sentir por ser tan difícil, tan sólo imaginar todo lo bueno, nada de lo malo. Ser otro contacto ausente de una lista infinita en una vida que no se detiene ante nada ni nadie. Si puedes desaparecer entre las grietas de la distancia y el tiempo, ser imposible porque fuiste a intentarlo y comenzaste de la manera más difícil, y ahora ya no tienes energías para nada más. Invertiste todo, y lo perdiste.

Ahora toca destrucción. Frente al espejo, esa imagen fracturada que mantuviste unida por otros, ya no puede estar más. No queda más que romperla, destrozar ese espejo, y con el, todas las mentiras que se han ido convirtiendo en una máscara que te quema la piel, no te deja ver y vicia el aire que respiras. Destruir cada segundo de mentiras e imposibles. Quemar todo lo que se ha vuelto veneno, y no dejar que el cariño envenene nada más de falso amor. Respirar en la ventana, salir y caer, volar o no, lo que dicte cada uno de esos sentidos que se embotaron y se volvieron en tu contra. El dolor es honesto, atraviesa todas tus mentiras para llegarte directo al corazón. Agárralo con fuerza y no lo sueltes jamás, y elige: o dejas que te consuma, o lo consumes, parte de ti para siempre, combustible para que nadie más tenga que sentirse así.

¿Y después de todo esto? Seguramente reconstrucción. Quién sabe. Nada es seguro y todo es probable. Tal vez se pueda imaginar algo nuevo, tal vez se pueda crear algo que sea verdadero, una verdadera expresión de esa alma que se vuelve a formar, más estallada pero duradera.

Por ahora, sin embargo, continúa el final de todo. Aunque sea bajo la piel, aunque sea con una sonrisa y el final de una mentira que es costumbre usar. Porque no importa lo que diga, si cuando aplico la pluma al papel éste acaba mojado, significa que aún me estoy curando. Y que duele, aún duele aunque no entienda nada.

Pero eso es bueno. Significa que aún queda algo, que no se ha consumido todo mi capacidad de sentir. Que ésa es mi mayor duda. Porque de tanto entumecimiento, de tanta parálisis, empezaba ya a dudar de que hubiera algo moviéndose por dentro. Imaginaciones mías, me decía. Pero no.

Duele. Pero eso es bueno.

Eso es que estoy vivo.

Canciones que trascienden

Obsesionado, como suele ser usual en mí, con cierta canción, le doy otra vuelta de tuerca a lo que una composición puede trascender a su propio medio.

No puedo negar que, en buena parte, estas entradas tienen parte de diario.

A veces se me suben las metáforas a la cabeza e intento escribir algo con cierto toque lírico. A veces toco temas un poco alejados de mí, y a veces simplemente se me va la cabeza y lo que quiero es dejar fluir mi consciencia y ver qué sale. Pero, en general, hay siempre el elemento común de hablar, más o menos rebuscado, de mí.

Eso es lo único continuo, lo único que se repite sin cesar en este lugar; algo, por otro lado, natural, ya que se trata de un blog, y ese es uno de los objetivos de un sitio así. Es, al fin y al cabo, el hilo conductor de esta historia maltratada por la pluma de este escritor regulero que soy yo.

Por eso, muy de vez en cuando, me gusta dejar todo el atrezzo y todos los maquillajes y simple y llanamente hablar de algo que me ha pasado a mí. Por suerte, no es una época que me suela durar mucho, y así no tengo que hacer sufrir a nadie más de la cuenta.

Y hoy me gustaría dar cuenta de una canción de la OST de Transistor, aunque bien podría hablar de muchas. Me gustaría centrar la atención especialmente sobre Paper Boats.

Esta canción lleva dando vueltas por mi cabeza unas semanas, y parece haberse instalado para siempre.

Y es que es increíble. ¡Cómo en tan poco tiempo y con tan pocas palabras se pueden decir tantas cosas!

La voz de Ashley Barret, la cantante, tiene un toque que parece directamente sacado del Nueva York de los años 20. Esa melodiosa seda acústica que te habla de lo imposible que es que no termine junto a alguien. Junto a él.

Porque es importante recordar a quién va dirigida la canción. Hay unos pocas con parte vocal, y todas las que la tienen están íntimamente relacionadas con la historia del videojuego. Todas están muy dirigidas.

A partir de ahora entro en zona de spoilers, así que si en algún momento hay interés en jugarlo, recomiendo no leer lo siguiente. Si no, aquí vamos.

Paper Boats en particular está dirigida al coprotagonista de la historia, el único ciudadano de CloudBank que no está en el sistema. B es la ciudad interconectada y automatizada que es, sin lugar a dudas, el tercer protagonista de la historia. Este hombre que está fuera del sistema tiene algún tipo de relación sentimental no romántica con Red, la protagonista. Y según avanza el juego, este hombre se sincera y confiesa su amor por Red. Y ésta desarrolla tanto cariño hacia él que termina convirtiéndose en algo más. Y cuando, llegado el final del juego, todo el poder que Red adquiere no puede salvar a su salvador, ella decide acompañarle en su vida en muerte.

Por supuesto, me estoy dejando cosas, muchas cosas por el camino. Pero ese es, a grandes rasgos, el devenir del argumento. Paper Boats aparece al final, cuando todo ese círculo se ha completado, y ya sólo queda expresar lo que Red ha desarrollado hacia su compañero. Cuando Red al fin puede abrazar a su compañero, ella, que ha estado muda hasta entonces, lo saluda con un “Hi” que, bueno, dice más de lo que se puede comprender sin jugar el juego. Y entonces, de fondo una imagen de ellos dos, los créditos empiezan a aparecer, y comienza la canción.

Arriba está la canción para que se pueda escuchar mientras se lee la entrada. Porque no quiero estar dedicando muchas líneas a lo que dice exactamente la canción. Pero sí quiero hacer especial hincapié sobre un par de versos.

We are magnets pulling from different poles // With no control // We’ll never be apart. Me encanta esta parte. Hacer que un concepto tan científico como el funcionamiento de los imanes se convierta en una metáfora de encontrar a otra persona. Me parece realmente excepcional. Y va tantísimo y tan bien con la temática del juego, que no hace sino reforzar la capacidad de la canción de mezclarse con el argumento y, así, reforzarlo aún más.

We can run, but we can’t hide // Try. Otras pocas líneas que me encantan. Me encantan porque demuestran una seguridad de Red en sí misma que me fascina y me enamora. Creo que durante mi vida casi siempre he volado alrededor de mujeres seguras de sí mismas. Y que, precisamente, lo que más feliz me ha hecho ha sido poder ayudarlas cuando flaqueaban en esa seguridad. Cuando necesitaban a alguien con quién hablar, con quién plantearse preguntas jodidas sobre su existencia, quiero pensar que he formado parte del grupo de personas que les ha ayudado a volver a mirarse en el espejo y ver lo mucho que valen. Porque, si alguna vez lo he conseguido… Bueno, eso vale más que cualquier otra cosa que consiga en la vida.

¡Qué le voy a hacer! Me atraen las personas seguras de sí mismas. Aunque luego eso me dé problemas cuando no coincida con ellas. Esa siempre ha sido la parte que debería mejorar.

Pero, volviendo al juego. Por lo que acabo de decir, es fácil deducir que otra razón por la que me he obsesionado con el juego ha sido, precisamente, su personaje principal. Red, esa cantante de fuego y hielo, que no está dispuesta a rendirse aunque toda una ciudad esté contra ella. Aunque lo haya perdido todo. Aunque todo esté en contra, no se rinde. Y a pesar de la admirable fortaleza que demuestra con cada paso que da, todavía sigue siendo una persona. Una mujer que está sintiendo como una persona que ha dado la vida por ella sufre y pierde la esperanza. Y como, poco a poco, se da cuenta también de que lo que siente por su salvador es más que amistad. Supongo que, en parte, esta fascinación proviene de que me considero poca cosa, un tipo corriente de poca valía, y que por eso precisamente me llama tanto la posibilidad de enamorar a alguien tan fuerte y tan autosuficiente.

Por suerte, conozco gente así. De algunos y algunas, soy amigo, y es un honor. De otra, soy algo más. Y soy muy feliz por ello. Siempre hay esa sensación, esas ganas de salvar, de abrazar y hacer sentir bien cuando todo va mal. Aunque, poco a poco, comprendo que debo respetar cuando no quieren eso.

Porque a veces es el momento de abrazar, y otras es el momento de mostrarse duro como la roca.

Y a veces hay que encarnar un ángel destructor que rehaga la realidad a voluntad.

Y ya después, en la intimidad, ya se volverá vulnerable entre tus brazos, como una niña o un niño ante la oscuridad. Esos son los monstruos de los que le puedes proteger.

Y que ella o él te proteja de los demás.

Disculpas

Llevo muchos años con la sensación de que debo disculparme ante mucha gente. No cuesta nada hacerlo.

A pesar de todo el tiempo que ha pasado, y aunque las consecuencias, así como el coste, de lo siguiente que escribo es nulo, aún con todo, quiero hacer algo que casi desde que soy persona una parte de mí me pide hacer.

Lo cierto es que siempre he sentido la necesidad de disculparme ante muchas de las personas que he dejado atrás en la vida. Sin querer. Porque ese es el punto que diferencia. Muchos me dejaron atrás. A algunos los dejé atrás a propósito.

Pero con algunas personas tan sólo perdí el contacto, incapaz por el arrollador caudal de la vida de mantener una conversación, aunque fuera tenue y lenta, al cabo de los meses y años. A estas personas, de las que no diré el nombre pues están en su derecho de no tener que tenerlo en Internet en el texto de un viejo conocido con cambios extraños de humor, les dedico este texto que necesito soltar de una vez.

Primero, quisiera disculparme ante aquellos compañeros de escuela primaria que se quedaron en Burgos, con los que al final de esos días no me porté del todo bien, de los que no llegué a conocer su madurez, sus sueños convertidos en realidades y la vida que en la ciudad blanca han desarrollado. A uno en concreto lo tengo a media calle de distancia, y sin embargo, tan lejos como a un mundo.

Después, me gustaría pasar mis disculpas a mis compañeros de Valladolid, que tan pacientes en algunas cosas se mostraron. Que me aceptaron aunque mi dirección de correo fuera “Maquina Total”, que me acompañaron y fueron parte fundamental de los viajes que moldearon mis sueños… Que algunos fueron parte de ellos… Este grupo conforma la mezcla más heterogénea y enriquecedora de la que nunca he tenido la suerte de formar parte. Y es sin duda la que más me apena haber relegado al lugar donde termina amontonándose el olvido. No hubo mala intención, tan sólo, insisto, el tiempo, la vida y la indecisión. Sin saber muy bien cómo dirigirme a ellos, al final terminé por no decir nada. Y entonces, cayó el silencio final.

Me quiero disculpar también con las generaciones que ya han pasado, aquí en las islas, y que desaparecen entre los rostros que abigarran los pasillos de mi nueva y vieja facultad. Cada vez es más difícil para mí mantener todos estos hilos que tiran de mí, que no sé controlar, que me hacen sangrar cuando me voy a dormir.

También hay un par de figuras de mis recuerdos que me recuerdan mis momentos más bajos. Mis disculpas a aquella monitora de Poza de la Sal a la que casi saco un ojo con una zapatilla, en unos de esos momentos en los que mi mente no termina de conectar con el mundo en el que existe. De aquel lugar, también disculpas especiales a aquella compañera a la que agüe la fiesta de linternas por no fiarme de su palabra, y aún más por no mantener la mía. Me hice más daño a mí mismo ese día que en cualquier otro.

Continúo por mis primeros compañeros de piso que también fueron amigos. Ella y él, que aunque no del todo, también me encuentran de ciento en viento, que se merecen todo lo bueno que la vida se ha obcecado en hacerles difícil. Apenas puedo si desear que la vida entre en vereda y empiece a mostrarse justa con ellos, pues ya va siendo momento.

Recuerdo y me disculpo ahora a los que me acompañaron aquellos veranos de pueblo, bichos y alergia. A la que me descubrió la belleza, al que me descubrió que la rectitud se puede encontrar incluso en los comienzos más torcidos y al que me enseñó que se puede mantener uno al margen de todo lo que no merezca la pena. Para bien o para mal, nos separamos y os ganáis unas vidas magníficas de las que estoy contento de oír de pasada.

Ya no queda mucho. Ahora llegan ellas. Empiezo repitiendo mi disculpa a una compañera. Otra fascinada por la Ciencia, por el cielo y por el Principito que busca por el mismo. Ella me enseñó que los sueños son de carne y hueso, y a veces tienes la suerte de que te sonríen con ánimo verdadero. Que el esfuerzo es la base de todo, aunque a veces pueda costar todo el tiempo. Un bizcocho acompaña mis disculpas.

De nuevo, disculpas a mi otra compañera, la que me aguantó y me enseñó de su humor de medianoche, algo cínico y con segundas, y que tuvo que aguantar mis torpes intentos de ayudar cuando en su vida se gestaba la tormenta. Me mostraste que la entereza y el aguante pueden ser un grado, y que tal vez escuchar sí sirve para algo después de todo.

También, mis disculpas a la que me enseñó que te pueden decir que “no”, y que eso duele, pero que no es el fin del mundo. Recordándola vuelvo a pensar que no hay nada bueno o malo imposible en el amor.

También, mis disculpas a aquella mujer que me enseñó que lo diametralmente opuesto es enriquecedor, aunque sea difícil encontrar el equilibrio en las palabras o en los gestos.

Finalmente, mis disculpas a las dos últimas ellas, que aunque no entran estrictamente en el tema de las personas que dejé atrás, se merecen igualmente las disculpas.

Por un lado, a la que me dio la vida, pues no termino de encontrar la felicidad que tanto me deseas, y a veces no puedo decidir si es que no la alcanzo o es que la dejo escapar. Siento llevar tanto tiempo siendo una fuente inacabable de problemas y preocupaciones, y me corazón se detiene y se encoge tanto al pensarlo que lo único para lo que me llega sangre al cerebro es para dejar de preocuparte más.

Y por el otro y para acabar, a la que ahora quiere acompañarme en este río que me arrastra por la vida. Porque siempre que doy un paso hacia adelante, doy otro hacia atrás. Porque soy cabezota y hay ciertas cosas en las que no puedo ceder. Porque aún cediendo hay sueños que aún se agarran a mis recuerdos y no terminan de dejarme tranquilo. Porque aunque en ciertas cosas sea maduro, en muchas otras muy importantes aún me siento como un niño asustado. Porque a pesar de todo sigo sin creer que sea la mejor persona que te puedas merecer. Porque mis miedos y fantasmas ya te han dado más de un quebradero de cabeza, y porque estoy seguro de que habrá más. Porque a veces estoy hambriento de soledad y a veces hambriento de ti.

Porque me autodestruyo, pero tú quieres estar ahí.

Lo siento mucho. Lo siento aunque no acepter mis disculpas. Lo siento aunque no sepa como arreglarlo.

Y a todos los demás también. Lo siento. Esto de la vida es uno de los pocos juegos que no termino de manejar bien.

¿Alguno conocéis algún truquito?

Supongo que me merezco el silencio.

Recuerdos de una dicotomía

Las arenas de Túnez trajeron consigo una fascinante visión.

Han pasado ya… ¿qué, casi 3 años? desde aquel viaje a Túnez que lo cambió todo y al mismo tiempo, lo mantuvo todo igual. Sinceramente, no es un viaje en el que suela pensar. Fue fantástico, revigorizante al tiempo que cansado, familiar al tiempo que desconocido. Muchas de las cosas que aprendí durante aquella semana aún siguen conmigo, desnudas de aquel contexto, pero aún penetrantes en mi mente cansada. Por desgracia, hace tiempo que perdí la mayor parte de las fotos que hice, y entre una cosa y otra, nunca las he pedido a quién pudiera tenerlas (aunque ni siquiera recuerdo si llegué a pasarlas a mis compañeros) (UPDATE: Resulta que no las he perdido, ya que se me ocurrió guardarlas precisamente en el espacio que tengo para mí aquí en el WordPress. Así que, ¡felicidad!). Recuerdo que quedé devastado cuando me dí cuenta de que las había perdido. Pero, con el tiempo (y, si mal no recuerdo, el juego llamado Braid), comprendí que no tenía sentido seguir triste ante una pérdida que no podía cambiar. Así que, de alguna manera, empaqueté bien mis recuerdos de aquel viaje y los dejé en un recodo de mi mente, a salvo del tiempo. Hace unos días, entre emails de una nueva cena de Navidad con los mismos que me acompañaron entonces, esos recuerdos resurgieron ya empapados de nostalgia.

Sé que aún es pronto para la nostalgia, pero es lo que tiene haberte pasado más de medio año sin ver ni un resquicio de nadie conocido. ¡Oh, no me quejo! Estoy conociendo gente fenómena aquí, y haciendo cosas que pensé nunca llevaría a cabo. Pero, simplemente, pasé mucho tiempo en aquel ambiente, con aquella gente. Es difícil cambiar tantas cosas sin sentir cierto miedo. Al fin y al cabo, ya lo dice J.D. en My Musical. A veces, para conseguir lo que quieres, tienes que dejar atrás algo que también te importa.

Así que, recordando aquel viaje, me vino a la mente lo que allí escribí (sí, el paseo por las ramas llega a su fin). Recordé que, al poco de volver, lo pasé todo al ordenador y, efectivamente, encontré dicho archivo. Por suerte, siempre he sido muy diligente a la hora de hacer copias de seguridad de mis escritos, así que lo encontré sin problemas.

Lo que encontré no era, sinceramente, nada del otro mundo. Varios textos sin acabar, frases inconexas que trataban de reflejar el torbellino interior que un viaje así me trajo. Recuerdo que hasta hice algún dibujo (aunque nunca lo escaneé). Pero, lo que más me llamó la atención, fue un poema, sin acabar, que me trae recuerdos de un momento distinto y más fácil de mi (mayor) juventud. A las cinco en el Astoria el disco de La oreja de Van Gogh era más o menos reciente, y había una canción que no se me iba de la cabeza: Sóla.

Aquella melodía de desengaño, de autodesprecio, se fue a unir con la curiosidad que ciertas conversaciones con una de mis compañeras en aquella tierra de arena y mar despertó en mí. Me sentí enormemente afortunado, como si hubiera entrado en una cámara secreta y se me hubieran confiado los secretos del mundo (aunque en realidad, viéndolo con perspectiva, hubiera sido un comienzo mucho más humilde, pero, ¡viva mi manía de hacer una montaña de cualquier cosa!). Y entonces, una extraña imagen se apoderó de mis pupilas el resto del viaje. La visión de una dicotomía viva.

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La catarsis

Dejar atrás las cargas del pasado es un proceso lento y laborioso que, sin embargo, da sus frutos.

Hace ya unas semanas que descubrí a través de una buena amiga el vídeo de Lo malo está en el aire, de Andrés Suárez (que, evidentemente, ella misma me descubrió). Me gustó, y de hecho me recordó al vídeo de Domingo Astromántico, de Love of Lesbian. La letra, siendo sincero, me llegó rápidamente a la patata. No creo que haga falta decir por qué.

La cuestión es que hace unos días, en plena semana de clase y en medio de un subidón de escritura como hacía bastante tiempo que no tenía, volví a ver el vídeo. Ésta vez, con la letra ya más o menos sabida, empecé a “diseccionar” el vídeo. Ésa es, al fin y al cabo, la manera en la que disfruto de estas cosas: tratando de exprimir hasta el último detalle, significado e inspiración que puedan suponer un éxtasis anímico, alcanzar por un momento otra vez ese estado de comprensión del presente que tan de vez en cuando se nos presenta hoy en día, cuando vivimos como montados en una escalera eléctrica que nos lleva por nuestros días porque tenemos que pasar por nuestros días, dejando a un lado la razón de cada respiración.

Y entonces, descubrí lo que me ha llevado a escribir esto un día de lluvia en Tenerife. No sé quién es el actor que hace la versión adulta del protagonista del vídeo, pero para mí lo ha bordado (corrección, ya lo sé: es Noé Blancafort. Olé por él, pues). En especial, los momentos finales. En el momento de la realización, de la comprensión, de la catarsis. Ese momento de risa y llanto. De repente, la habitación en la que ahogabas tu desesperación se abre con la luz de un mundo que siempre estuvo ahí fuera, esperando tan sólo que mirases. Lentamente, como una corriente que recorre el presente, todo va cambiando ante tus ojos. El mundo, que se había convertido no en el gris de lo terrible, sino en el negro de lo imposible, recupera el color. El tacto avisa de texturas vibrantes rozando contra tu pecho que estuvo destrozado, ahora al menos cerrado. Y como un poeta sobrenatural, el sonido de esa canción vuelve a encontrar el camino hasta tu corazón, y de rebote tu mente se da cuenta de todo lo que hay en esas estrofas. Y encendido por el sonido que asalta tus oídos, te encuentras añadiendo una emoción más a la tristeza que había sido tu amante durante tanto tiempo.

Finalmente, sonríes mientras lloras.

Y así empieza esa cirugía de reinserción del corazón. Antes de darte cuenta, ya caminas en ese mundo brillante del exterior. Al rato, ya hay palabras que nada tienen que ver con ella. Una luna y el sueño se reencuentra con su escapado. Al cambiar los vientos, la vida ha vuelto para bien o para mal hasta esa bomba que un día dejó de hacer su tic-tac. Y entonces, sin saber muy bien ni cómo ni porqué, el llanto vuelve a aparecer por última vez.

Ese día, sorprendido y un poco avergonzado, agarrado a la almohada mientras las sábanas se lían entre tus piernas, lloras más fuerte y más desconsoladamente de lo que nunca lo hiciste. Y sin embargo, te sientes feliz.

Ese día, por última vez, lloras, porque sonríes.

Mucha gente que conozco, al salir el tema, siempre dicen, con el tono de quién sabe de qué habla: “La gente nunca cambia”. Bien, eso es una tontería.

Por supuesto, hay una muy buena razón por la que pensar así. Tanta comodidad, tanta seguridad pensando que la gente siempre es igual, que de alguna manera, las instrucciones vitales que una persona usa para guiarse por este laberinto fueron prefijadas en algún momento indeterminado e inalcanzable del pasado. Tantas dificultades que no habrá que pasar por segunda vez. Tanto esfuerzo que ya no habrá que invertir. Tanta… simplicidad, en un mundo ya demasiado complicado.

Por desgracia, eso no hace que sea cierto. De hecho, precisamente esa simplicidad es lo que lo hace incorrecto. Ojalá que la navaja de Occam pudiera aplicarse una vez más, pero en este caso no. Aún obviando el hecho de que cambiamos de una forma intrínseca, tan inapreciable como importante, continuamente, la idea de que nada cambia en una persona (en lo que importa, que es el cerebro), es absurda.

Todo ese miedo al cambio al final se convierte en una jaula, en un embotamiento de los sentidos que termina por cortar tu imaginación y arrancarte la empatía. Nunca hay que tener miedo del cambio. Es el proceso más natural y universal del que somos parte. Del nacimiento a la muerte, cambiamos, y con nosotros, al universo que nos rodea, a las personas y al mundo.

Por eso, si lo malo está en el aire, respira. Cuando ese aire salga de ti, ya no será igual. Te tendrá a ti, y tú lo tendrás también. Será tu aire.

Y entonces, vuelve a cambiar. Respira una vez más. Y deja que tu corazón lata.

La carta de una despedida

Una despedida aún más dura que las demás te lleva a pensar sobre quién dejas marchar y desear que tan sólo sea temporal o, al menos, no definitivo.

(Las tres canciones de la derecha son la banda sonora de esta entrada, de estos días de mi vida y de este final de temporada en mi historia. Quedan, como ya es costumbre, compartidas, pues me son ya de una nueva importancia)

Ayer de madrugada tuve que dar el paseo de vuelta a casa más largo de mi vida.

http://dl.dropbox.com/u/10059366/Wordpress/Josh_Rouse_-_Quiet_Town_Official_Music_VIdeo.mp3%20 http://dl.dropbox.com/u/10059366/Wordpress/Overkil_Colin_Hay_Full_acoustic_version.mp3%20 http://dl.dropbox.com/u/10059366/Wordpress/Owl_City_-_Fireflies.mp3%20

Puede que el paseo fuese igual que los otros muchos que he dado bajo la agobiante noche vallisoletana. Y sin embargo, ¡qué losas por pies! ¡Qué profundas y tenebrosas las sombras! ¡Qué terrible, en definitiva, un camino ya conocido y transitado!

¿Y qué puede hacer que lo que normalmente sea un camino de inspiración se torne en uno de desesperación? Bueno, por segunda vez, dejaré caer la farsa de la literatura.

Una vez más, es un adiós. Pero este es especial. Habrá recuerdos agridulces; risas al empezar, cansancio al continuar, y para acabar silencio. Porque en esos momentos en los que notas de verdad el mundo girar, al ver tu punto de apoyo avanzar, lo único que pude hacer fue callar.

Aún me lo podía creer menos que tú. Aún me cuesta creerlo.

De repente, tras una posibilidad susurrada y un abrazo que terminó, fui consciente de una realidad que había tratado de evitar planeando veranos imaginarios. Deseo de verdad que esos planes, aún con su posible imposibilidad, se hagan realidad. Son mi utopía personal, mi último recodo antes de encontrarme otra vez en la Gran Vía de Abre los ojos. Y si bien no sé cómo continuar esta historia, lo que más deseo en esta madrugada es encontrar la manera.

Tengo que confesar: ahora mismo no me apetece ver a nadie. A nada. Dormir de aquí a mis cuarenta, cuando los recuerdos de esta época hayan sido destilados hasta convertirse en una sensación difusa de imperfecta y preciosa amistad. Cuando pueda convencerme una vez más de que la Tierra seguirá girando, y avanzando.

Ahora ya recuerdos, los años han sido senda más que suficiente para conocernos. Y no nos engañemos, de la misma fortuna que nos juntamos, hoy nos hemos separado. No soy raro cuando estoy contigo aunque lo sea, y odio las despedidas, así que dime, ¿ahora a quién encuentro con quién me vaya a sentir como en casa incluso en Valladolid?

No te dije nada en la despedida, pero es que tenía miedo de hacer lo de siempre: cagarla. ¿Sólo un consejo y un número (de teléfono)? Pero, como sabes, es difícil pensar cuando la mente se obceca en llenarse de despedida. Aún así, y aunque los párpados se me caigan, he de decir la verdad. Para mí, no has sido más que problemas. Sí, ese tipo de problemas que hacen que te olvides de los malos problemas, que hace que te rías a las tantas de la madrugada. Problemas que me dan nueva música y estilos que descubrir, que me dan consejos que puede que nunca siga, pero que me han cambiado la vida.

Sí, no has sido más que problemas de esos que te hacen mejor persona…

Sí, no has sido sino ese tipo de problemas que llaman amiga. Y ahora, con tanto por delante, finalmente decides lo que es mejor para ti.

Y me hace tan feliz que casi prefiero cerrar los ojos para no llorar.

Parece ser que, tal como pensaba, interactuar con la gente es más complicado y doloroso de lo que es lógico. ¿Sabes? No puedes ir haciendo que la gente se sienta feliz y triste a causa tuya al mismo tiempo. Es casi como hacer trampa.

Aún así, y volviendo a la ñoñez intrínseca del asunto. Esto no puede ser una desconexión total. Aunque sea difícil, ha de haber comunicación. Casi no me importa cómo, pues lo importante es que haya. Por móvil, internet o paloma mensajera. Temo, sin embargo, que me pase lo de siempre y que no sepa comunicarme contigo como es debido a través de las ondas.

Ahora, años después, la unión ha madurado. Tras todo, tras nada, nos encontramos donde empezamos, separados por paredes blancas, pero con un objetivo común. Sin embargo, ya no somos los que eramos, por lo que aunque donde empezamos estamos, todo es diferente, emocionante y una pizca terrorífico.

Y si algún día queremos, pues nos echaremos para atrás y veremos el mundo girar, nos reiremos y durante unas horas (días), nos intercambiaremos chapas y pedradas.

Porque eso es lo que haremos.

Sonriendo.