El diccionario de las oscuras penas: “Sonder”

Comienza mi exploración de las palabras inventadas por el canal The Dictionary of Obscure Sorrows.

Esta es la primera entrada de una corta serie que se va a centrar en el trabajo que lleva a cabo el canal de youtube llamado The Dictionary of Obscure Sorrows. Mi objetivo es darle eco en este blog, ya que me parece uno de los canales más interesantes a los que se puede suscribir uno en youtube ahora mismo (o tal vez sea porque tiene que ver con palabras, y está claro que me gustan). En todo caso, estas entradas no sólo servirán para traducir las definiciones de estas palabras inventadas que tratan de dar nombre a esas sensaciones y esos sentimientos que a veces nos toman, sino que también servirán para poner mi granito de arena y añadir mi visión sobre cada una de estas palabras.

Sin más, empiezo.

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Aguja en el pajar

Dudas, dolor y destrucción.

Lo peor son las dudas.

Porque en este momento de aceptar la realidad, de rodar con los golpes y seguir adelante, de flotar por encima de la superficie y no dejarme hundir; en este momento en el que debo levantar la vista y mirar con esperanza el futuro, mi mirada me pesa, se queda pegada al suelo. Me pierdo en el gris, en las líneas que no se acaban, en todas esas cosas que le sorben el color a la realidad. Mudo y sordo, camino sin sentido cuesta abajo, sin pensar a dónde voy o qué hago con mi tiempo. Tan sólo quiero quemarlo, que pase y quede detrás de mí, huir de todo lo que puede hacer, de lo que me hará.

Porque, ¿qué será de todo esto? De los sentimientos que ahora me queman, de la realidad que me cuentan, de todo lo que no puedo siquiera dejar de ver, de oír. De todas las miradas, de todos los susurros, de esas caricias que una vez compartimos con el otro con todo el corazón. Las almas que una vez fueron una, los oleajes que capeamos juntos, los viajes que realizamos a mil y una realidades. Todo lo que una vez fue nuestro, que ahora se deshilacha en tuyo y mío; todo lo que siempre quisimos, ese futuro que ya no será, tanto luchar y al final, ya no importa, porque se apagó el fuego que alejaba el invierno de esa soledad que había olvidado, ese silencio cuando me escondo entre las sábanas.

Y saber que ya no aparecerás, que no me esperan más sorpresas por las noches, que las estrellas vuelven a estar ciegas y que tu mirada ya no es la misma. ¿Y qué ha sido de la mía? No lo sé, ya no me miro en el espejo, porque siempre que miro tan sólo veo un muñeco, un títere cuyos hilos están viciados, que perdió sus articulaciones cuando las palabras se ataron a su cuello. Que ya no queda aire, me ahogo cuando miro por la ventana y no hay nadie para apartar este silencio ominoso, este nuevo compañero que todo lo ensordece, que ya nada parece de este mundo, que nada me queda en el mundo, aunque siga girando y todo se haga borroso, y yo buscando el final de un viaje que acaba de perder todas las direcciones y todas las intenciones.

Si una vez yo no sentía esto, si yo tenía una luz al final del camino, mi propia estrella, una guía entre la niebla de la juventud; y ahora ha desaparecido, ya no queda ni la luz ni la sabiduría ha llegado aún. Vuelvo a estar perdido, y estoy partido: todo es nuevo otra vez, pero ya no estoy seguro de querer lo nuevo. Aunque lo viejo esté roto, al menos existía, y la promesa de lo nuevo ya no tiene efecto en este marinero que fue a parar a mal puerto. ¿Por qué debería seguir, si no me apetece? Si acaso siento que he vuelto al principio, que vuelven los viejos sueños y las certezas aún más antiguas. Si todo esto no hace más que confirmar aquel viejo sentimiento de imposibilidad; si lo intenté con todas mis fuerzas y aún así no fue suficiente, tal vez sea el momento de aceptar lo que ha sido demostrado una y otra vez. Que hay cosas que no pueden ser, que hay quienes están condenados a ser la aguja en el pajar: siempre rodeados, siempre solos.

Pero, ¡qué más da! Si todo esto durará hasta que vuelva el entumecimiento, la parálisis de la rutina, del escapismo desmesurado de una vida en algodones. No sentir por ser tan difícil, tan sólo imaginar todo lo bueno, nada de lo malo. Ser otro contacto ausente de una lista infinita en una vida que no se detiene ante nada ni nadie. Si puedes desaparecer entre las grietas de la distancia y el tiempo, ser imposible porque fuiste a intentarlo y comenzaste de la manera más difícil, y ahora ya no tienes energías para nada más. Invertiste todo, y lo perdiste.

Ahora toca destrucción. Frente al espejo, esa imagen fracturada que mantuviste unida por otros, ya no puede estar más. No queda más que romperla, destrozar ese espejo, y con el, todas las mentiras que se han ido convirtiendo en una máscara que te quema la piel, no te deja ver y vicia el aire que respiras. Destruir cada segundo de mentiras e imposibles. Quemar todo lo que se ha vuelto veneno, y no dejar que el cariño envenene nada más de falso amor. Respirar en la ventana, salir y caer, volar o no, lo que dicte cada uno de esos sentidos que se embotaron y se volvieron en tu contra. El dolor es honesto, atraviesa todas tus mentiras para llegarte directo al corazón. Agárralo con fuerza y no lo sueltes jamás, y elige: o dejas que te consuma, o lo consumes, parte de ti para siempre, combustible para que nadie más tenga que sentirse así.

¿Y después de todo esto? Seguramente reconstrucción. Quién sabe. Nada es seguro y todo es probable. Tal vez se pueda imaginar algo nuevo, tal vez se pueda crear algo que sea verdadero, una verdadera expresión de esa alma que se vuelve a formar, más estallada pero duradera.

Por ahora, sin embargo, continúa el final de todo. Aunque sea bajo la piel, aunque sea con una sonrisa y el final de una mentira que es costumbre usar. Porque no importa lo que diga, si cuando aplico la pluma al papel éste acaba mojado, significa que aún me estoy curando. Y que duele, aún duele aunque no entienda nada.

Pero eso es bueno. Significa que aún queda algo, que no se ha consumido todo mi capacidad de sentir. Que ésa es mi mayor duda. Porque de tanto entumecimiento, de tanta parálisis, empezaba ya a dudar de que hubiera algo moviéndose por dentro. Imaginaciones mías, me decía. Pero no.

Duele. Pero eso es bueno.

Eso es que estoy vivo.

Noches de verano que rozan la herida

Algo perdido en la sensación de una pérdida que se aproxima, me lleno de tonos melancólicos para expulsar algo de esta melancolía que no termina de madurar. Cansado de estar cansado.

El tono meloso de la luz mortecina de las farolas de la ciudad me recuerda la melancolía que no termina de madurar.

Tantas cosas, tan poco tiempo. Tantas palabras y tan pocos sonidos. Tan sólo unos pocos acordes que ya en otras ocasiones me acompañaron. Y ahora, en este hundimiento de sueños y esperanzas, vuelve a entreverse la vieja conocida, compañera incansable que apaga soles y enciende recuerdos. ¿Qué puedo hacer si me siento indefenso ante el ataque impertérrito de esta afable amiga que sólo usa palabras conocidas untadas en miel y en amargura? Tampoco es una cosa tan dura seguir escuchando y, a lo mejor, asignar a la escritura el momento inmaculado en el que todo se va, se pierde y es regalado.

Los planes se trazaron lejos, cerca del Sol y lejos de la conciencia de la realidad. Ahora, tan lejos del Sol y tan cerca de aquel beso ausente, cuesta mantener las ideas que como regla y lápiz dibujaron el presente. Nada es lo que parece cuando te acercas, y mucho menos al alejarte. Es una tonta sensación de vacío, de pérdida, que no te puedes explicar pero que te llena de apatía, de incertidumbre, de esa tonta sensación de no saber muy bien si has cogido todo lo que debías coger. Estar bien no es el estado natural, y también hace falta esa especie de estrés que te repites una y otra vez que no es bueno para la salud, pero que es ya la única manera que tienes de detener el alud de pensamientos que no te permiten actuar.

Y así, bien pero mal, un atardecer deja pasar la tormenta que se dirige tranquila en su ira al mar, a morir, a descansar donde un día buscas dejar tus huesos al sol, alcanzar la blancura del alma que te permita sentarte y descansar. Leer, tal vez, ese libro que te recomendaron cuando los ojos se te hacían océanos y las manos no servían para marcar sino para ser marcadas. En ese momento de descanso que tanto buscas, la búsqueda de un alma vieja por elección, el salitre y los nombres se confunden, nada es claro y la bruma mañanera de los pescadores entorpece tu visión y hasta te llena de brea los corazones. Impermeable, la lluvía, el viento, los relámpagos. Nunca más las flores enternecen, tan sólo los elementos desbocados entorpecen el aislamiento.

Pero ni siquiera sabes si lo que ves será, si lo que fue ahora tiene algo que ver con lo que es. Tan sólo sabes que viste el futuro, ¿qué tiene que ver eso con que se cumpla o no se cumpla? Preguntas idiotas a tontos pensamientos. No es cuestión de preguntar sin más, es cuestión de si las preguntas sirven para algo. A veces las respuestas son nombres propios, tienen apellidos y una sensación que nunca podrá separarse de la parte más increíble de la vida. Pero no pasa nada, al cabo de un tiempo hasta el amor más insensible se vuelve un recuerdo que se echa de menos. Al cabo del tiempo, hasta aquel café prometido se queda frío.

No tiene mucho sentido la mitad de lo escrito. Tampoco lo necesita. Es un tonto intento de plasmar una sensación, un sentimiento. Desestructuración, interrelación, inconsecución y sorpresa. Recuerdos agridulces de ficciones sentimentales, manipulaciones incontrolables llenas de palabras amables y reflejos adquiridos, la consecución de un corazón de hojalata en busca de la compañera que le permitiera convertirse en un hombre de verdad. Tanto cerebro y tan poco coraje no le permitirán encotrar un lugar al que llamar hogar. Nunca jamás, y volverse brujo de puro venganza es la mejor manera de nunca jamás volver a ser el niño que una vez fue.

Pero, de nuevo se pierde el sentido, se empujan las ideas y se colocan al frente sin orden ni acierto. ¡Qué más dará, por tanto, hablar que sentir! Esto no es más que un triste repaso de lo que acontece al mirar el atardecer frío y lento en una pequeña ciudad boreal. El cielo no tiene bandas de colores, pero no son necesarias cuando el que mira las lleva en los ojos. Cuando al mirar los cajones no ve juguetes ni revistas viejas. Libros, apuntes, notas, cacharros, trozos, colecciones, lápices, aparatos, rotuladores, folios, ropa. Si lo que ve es una vida doblada y encuadernada, borrateada, rota, coleccionada, romada, seca, cascada y guardada. Si lo que ve es, en definitiva, su resumen guardado, perdido y olvidado.

Y, sobre todo, tantas veces olvidado. Olvidado cuando la infancia pasó a ser instituto. Olvidada otra vez cuando se acabó la ciudad y empezó la capital. Y olvidada otra vez cuando se encogió la tierra y se buscó el océano. Tanto olvidar, ahora ya no quedan más que estos acordes que preguntan si tengo razón o no, que me cuentan la poca suerte que tengo, que me dicen que hay que recordar… o que simplemente me elevan hasta la tristeza y me devuelven a la vida.

Las voces se acallan. Morfeo llama. Los instrumentos callan.

Es momento de parar y hacer recuento. La almohada escuchará las historias que queden.

Tú te habrás perdido varias veces. No pasa nada. Me disculpo.

En realidad este texto tan sólo es para mí. Pero, por si alguien hay que se haya sentido así alguna vez, lo muestro con la única intención de ofrecérselo.

Y a los que no hayan pasado por algo así, para muestra un botón. Perdonad si a veces rezumamos este sentimiento de estar perdidos. Realmente lo estamos.

Suerte.

Sombras en blanco

La Noche en Blanco, un doppleganger aparece.

Hoy te volví a ver.

No estabas aquí, claro. Las intenciones de una vez se diluyeron en tal vez y ojalás que jamás ocurrieron. El tiempo se hizo paso entre nosotros hasta que apenas ha quedado un vestigio vacío de fotos a las que se les echa un ojo y estados a distancia que no dicen nada.

A pesar de esto, te vi. Estabas incluso más radiante de lo que nunca te pude ver. Llena de vida, sin problemas, amada y amando. Casi se me escapa una lágrima de alegría al verte así. Ni el fénix mismo habría podido revivir mejor que la imagen tuya que hoy me encontré.

La persona que habitaba tu imagen nunca se dio cuenta. Se lo comenté a una amiga, mi mente comenzó a trabajar, pero nunca dejé que ella se diera cuenta de que te veía. Amiga de amiga, ella era lo menos importante, aunque sea un poco brusco decirlo así. Al fin y al cabo, estaba demasiado alegre de verte como para pensar en esas cosas.

Hoy te volví a ver, y jamás te había visto como te vi esta noche. Los años que me han dejado avanzar a través de nuevas aventuras y desconocidas relaciones tintan mi loca visión, ahora renovada ante todo. ¡Qué descanso verte abrazada y que mi corazón no pierda más el compás! Todo ha cambiado para mí. ¿Qué será de ti?

Con todo lo que una vez sucedió, tal vez una gota en tu mar de vida, tsunami en el mío. Ahora no queda sino un recuerdo dulce y embriagado, y apenas la curiosidad de un desenlace entonces imposible. Todas los versos que se derramaron y todas las lecciones que se aprendieron, son ahora palabras que se acurrucan en el fondo del corazón que ahora late y vibra, feliz de ser más grande.

Esta noche, tu sombra me ha devuelto aquella imagen tuya que la niebla del tiempo ya iba desdibujando. Poco importa ya lo cierta que sea. Todas las cosas buenas quedan, y del resto jamás se volvió a pensar. Ahora disfruto de lo bueno que me diste como un regalo que siempre llamaré presente.

Hoy te volví a ver, y la paz me dejó pensar. Pensar en aquella que ahora me acompaña y me ayuda, aquella que abrazo y que se lleva mi pensamiento y mi aliento. Tu sombra me atravesó sin esfuerzo, no viendo nada donde yo estaba. Y eso me permitió verte como nunca te vi: solitaria e independiente ante  la vida que se afana en vencer.

Hoy te volví a ver, aunque hace tanto que no te veo. Pero cuando te tuve delante, me dí cuenta de que debería darte una vez más las gracias. Al fin y al cabo, morir de amor siempre es mejor hacerlo en los brazos de tu asesina.

Hoy te volví a ver, Flor del Pensamiento, y por eso seguiré regando tu recuerdo.

Querer ser tan alto como la luna

Incapaz de mantener mis propias pasiones, me resulta difícil pensar que pueda aconsejar sobre las de los demás. He aquí la confesión.

También a mediados de Abril de este año, en medio de una situación totalmente nueva para mí, me encontré en cierta manera superado, y de esta manera escribí lo siguiente.

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Tras la tempestad, el silencio

Ayer la dejé y me derrumbé ante ella. Sigo pensando que no merezco lo bien que se portó conmigo. Tengo que expresarme.

Durante uno de los momentos más convulsos de mi vida, el 27 de febrero de 2013, escribí una pequeña confesión que apenas sí era lo suficientemente clara como para ser leída. Con tanta confusión y dolor cómo era posible tener el cuerpo, eché la mirada atrás a los días anteriores e intenté sacar algo de claridad entre toda la lluvia.

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Grito bruto

Tras algo más de una hora escuchando canciones tristes, toca el desahogo… a modo de grito.

¿Qué demonios son esas sombras en la oscuridad infinita de la nada que nos acompaña?

¿Qué son esos sentimientos que nos ahogan, nos entierran y nos comen vivos? Las sombras de lo que no fuimos, de lo que intentamos alcanzar pero nunca seremos. Seres débiles, mentes titilantes en la negrura de una existencia aleatoria, feroz. Ganas de muerte en cada esquina, voces que nos atacan por la espalda, que clavan corazones en sus paredes de sangre y lágrimas. Tan sólo un momento de respiro, tan sólo un momento para ser testigo de una nueva masacre, de más sentimientos esparcidos por las cloacas del destino. Voces desgarradas, almas que intentan alcanzar la luz al final del sufrimiento. Y tanto dolor, tantas ganas de luchar, el desahogo final que no es otro que morir. Y entonces, tal vez, sufrir los envites de las pesadillas y los remordimientos, el excremento de los buenos sentimientos cuando son devorados por la realidad. ¿Para qué luchar? Si tan sólo lo que queda es la derrota, si tan sólo lo que se avecina es otra despedida, otra falta de respeto y otro momento extraño. ¿Por qué? Si el corazón que corría por tus venas te fue robado, te han engañado, ya nada podrá volver a ser lo que era, tan sólo la humedad de la almohada y el olor antiguo que llena de nostalgia y te roba la respiración.

Si no es otra cosa que sufrimiento, ¿es vivir tan solo un tormento? Tan sólo un grito de desencanto que no termina nunca, que se introduce en tu mente y te arruina por dentro, destroza tus murallas y te caes y te desparramas en lágrimas en las tablas de un teatro que ni siquiera sabías que tenías alrededor. Pero ya lo sabes, y te observan y estás peor que desnudo, estás solo, estás sincero sin nada detrás de lo que esconderte. Los golpes llueven como carcajadas y lo único que quedan son los huesos de una persona, hundidos en el fondo de un océano que no hace más que subir, y el futuro se acerca tan deprisa, casi parece que te atropella a su llegada. Y no importa cuantas veces limpies tu pasado, no importa lo que te digas, lo que te digan o lo que tu digas, tienes una verdad que es como una losa que apresa tu corazón y te pesa y te rompe y te mata. Es la única verdad, no hay más, es todo lo que sabes, es todo lo que hay, es todo lo que eres. Lo respiras, lo bebes, lo comes, lo sientes, lo dices, lo oyes, lo lees, lo ves. Sabes perfectamente que no eres nada y que nada vale la pena. La oscuridad es la luz que te guía, el desencanto es tu aliento, la falsedad tu verdad. No hay máscaras, tan sólo caras falsas que se pegan a la piel, que se masturban en su capacidad de mentir sin cambiar de expresión, pero que se contorsionan hasta ser pesadillas, ser aliens que tan sólo ven tu corazón como una presa más, morir y desangrarse hasta que no quede de ti sino la cáscara vacía que camina por la calle y hace como que vive tu vida. Eres… No, no eres siquiera, ni te das la gracia de permitirte existir en algo tan terrible y tan único como al existencia. Nada vale nada, cero es el número, negro el color, vacío el sentimiento. Nada es en lo que todo termina, y tan sólo con nada puedes sentirte compañero.

Y lo que una vez fue vida es tan sólo desastre, es tan sólo fallo, es tan sólo dolor. La vida es dolor, ahogado y sentido, la percepción de una decepción extendida por las marcas en tus brazos, las lágrimas que te queman en el alma, el cuadro que tu odio pinta cuando te miras en el espejo, la canción que tu voz rota ya no puede recitar de tanto gritar. Es llegar tarde a aquello que no se volverá a repetir, es esforzarte tanto para una discusión que lo acabará todo, es trabajar sin futuro, es estudiar sin aprender, es hablar sin ser escuchado, es escribir sin ser leído, es decepción, dolor, muerte y, al fin, descanso.

Pero… Hay rayo, hay trueno y lluvia. Caen las palabras falsas como una pintura de desesperación y quedan al fin los muros de la contención. Se encuentra el refugio, se juntan las provisiones, se encuentran las almas y el bosque se aparece. El negro se vuelve color, el blanco deja de ser cegador, vuelve el olor, el tacto ya no quema y se calman los aullidos de muerte. Hay luz, hay risas y hay esperanza. Tan sólo no es la única manera de hacer las cosas, porque las razones se diluyen entre las buenas intenciones, la conciencia se calma, y el sueño hasta alcanza. El verde ya no sólo es esperanza, ni el azul el color del cielo. Es simplemente que nada de lo dicho es tan sencillo como parece.

Porque hasta en los momentos en los que la vida no es pesadilla, tampoco es sueño. No tiene dos caras, sino todas y más que forman un infinito a falta de más. Gritos de vez en cuando. Susurros de ánimo a veces. Pero siempre, siempre, siempre… la voz de una primera persona con un espejo circular ante el que observarse.

Salta y vuela, y si eso, ya no te olvides de que la vida no se olvida.

La última palabra

Cuando el final sea el último principio, ¿qué quedará de la vida?

Otra entrada más de esas, cercanas en el tiempo, pero tan lejanas en el sentimiento que apenas se puede decir que pertenezcan a la misma realidad. Aún así, como no soy de no subir algo sólo porque ya ande un poco desfasado, aquí va, como escribí durante las Navidades.

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