Del silencio y el vacío que fueron

Cuando se acaba, algo nuevo ha de empezar, y si observar hace algo en mí, es encontrar la manera de expresar lo que otros no quieren expresar.

A mediados de Abril de este año, mientras miraba desde un lado, encontré una visión de futuro en un momento mucho más oscuro. Esto fue como lo traduje.

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La catarsis

Dejar atrás las cargas del pasado es un proceso lento y laborioso que, sin embargo, da sus frutos.

Hace ya unas semanas que descubrí a través de una buena amiga el vídeo de Lo malo está en el aire, de Andrés Suárez (que, evidentemente, ella misma me descubrió). Me gustó, y de hecho me recordó al vídeo de Domingo Astromántico, de Love of Lesbian. La letra, siendo sincero, me llegó rápidamente a la patata. No creo que haga falta decir por qué.

La cuestión es que hace unos días, en plena semana de clase y en medio de un subidón de escritura como hacía bastante tiempo que no tenía, volví a ver el vídeo. Ésta vez, con la letra ya más o menos sabida, empecé a “diseccionar” el vídeo. Ésa es, al fin y al cabo, la manera en la que disfruto de estas cosas: tratando de exprimir hasta el último detalle, significado e inspiración que puedan suponer un éxtasis anímico, alcanzar por un momento otra vez ese estado de comprensión del presente que tan de vez en cuando se nos presenta hoy en día, cuando vivimos como montados en una escalera eléctrica que nos lleva por nuestros días porque tenemos que pasar por nuestros días, dejando a un lado la razón de cada respiración.

Y entonces, descubrí lo que me ha llevado a escribir esto un día de lluvia en Tenerife. No sé quién es el actor que hace la versión adulta del protagonista del vídeo, pero para mí lo ha bordado (corrección, ya lo sé: es Noé Blancafort. Olé por él, pues). En especial, los momentos finales. En el momento de la realización, de la comprensión, de la catarsis. Ese momento de risa y llanto. De repente, la habitación en la que ahogabas tu desesperación se abre con la luz de un mundo que siempre estuvo ahí fuera, esperando tan sólo que mirases. Lentamente, como una corriente que recorre el presente, todo va cambiando ante tus ojos. El mundo, que se había convertido no en el gris de lo terrible, sino en el negro de lo imposible, recupera el color. El tacto avisa de texturas vibrantes rozando contra tu pecho que estuvo destrozado, ahora al menos cerrado. Y como un poeta sobrenatural, el sonido de esa canción vuelve a encontrar el camino hasta tu corazón, y de rebote tu mente se da cuenta de todo lo que hay en esas estrofas. Y encendido por el sonido que asalta tus oídos, te encuentras añadiendo una emoción más a la tristeza que había sido tu amante durante tanto tiempo.

Finalmente, sonríes mientras lloras.

Y así empieza esa cirugía de reinserción del corazón. Antes de darte cuenta, ya caminas en ese mundo brillante del exterior. Al rato, ya hay palabras que nada tienen que ver con ella. Una luna y el sueño se reencuentra con su escapado. Al cambiar los vientos, la vida ha vuelto para bien o para mal hasta esa bomba que un día dejó de hacer su tic-tac. Y entonces, sin saber muy bien ni cómo ni porqué, el llanto vuelve a aparecer por última vez.

Ese día, sorprendido y un poco avergonzado, agarrado a la almohada mientras las sábanas se lían entre tus piernas, lloras más fuerte y más desconsoladamente de lo que nunca lo hiciste. Y sin embargo, te sientes feliz.

Ese día, por última vez, lloras, porque sonríes.

Mucha gente que conozco, al salir el tema, siempre dicen, con el tono de quién sabe de qué habla: “La gente nunca cambia”. Bien, eso es una tontería.

Por supuesto, hay una muy buena razón por la que pensar así. Tanta comodidad, tanta seguridad pensando que la gente siempre es igual, que de alguna manera, las instrucciones vitales que una persona usa para guiarse por este laberinto fueron prefijadas en algún momento indeterminado e inalcanzable del pasado. Tantas dificultades que no habrá que pasar por segunda vez. Tanto esfuerzo que ya no habrá que invertir. Tanta… simplicidad, en un mundo ya demasiado complicado.

Por desgracia, eso no hace que sea cierto. De hecho, precisamente esa simplicidad es lo que lo hace incorrecto. Ojalá que la navaja de Occam pudiera aplicarse una vez más, pero en este caso no. Aún obviando el hecho de que cambiamos de una forma intrínseca, tan inapreciable como importante, continuamente, la idea de que nada cambia en una persona (en lo que importa, que es el cerebro), es absurda.

Todo ese miedo al cambio al final se convierte en una jaula, en un embotamiento de los sentidos que termina por cortar tu imaginación y arrancarte la empatía. Nunca hay que tener miedo del cambio. Es el proceso más natural y universal del que somos parte. Del nacimiento a la muerte, cambiamos, y con nosotros, al universo que nos rodea, a las personas y al mundo.

Por eso, si lo malo está en el aire, respira. Cuando ese aire salga de ti, ya no será igual. Te tendrá a ti, y tú lo tendrás también. Será tu aire.

Y entonces, vuelve a cambiar. Respira una vez más. Y deja que tu corazón lata.

Una madrugada de recuerdos

Recuerdos de los rostros que alguna vez me quitaron el sueño.

Voy a echar mano de varios textos que tenía en el cuaderno de apuntes que no había pasado. El de hoy está casi al principio, así que debe tener como un año o así. Aún con eso, de vez en cuando aún pesa en el corazón…

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Ilusión y sueño, dos partes de un mismo todo

¿Cuántas vueltas ha de dar la Tierra hasta que la gente se dé cuenta de que, efectivamente, gira?

Con esta pregunta como cabecera, escribí un texto que buscaba más la aliteración que el mensaje. Y aún así, hay una especie de desengaño ahí, dormido entre las repeticiones y el ritmo.

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Un poco de Navidad y sus sombras

Poema en rima libre de melancolía y lluvía en Navidad.

No sé si fue en Navidad o Nochevieja. Pero llovía con cierta intensidad. Y frente a la cocina de mi casa en Burgos, hay unas escaleras de cemento que suben, suben y unen dos partes de una “urbanización”. Luego, más adelante, tienen unas hermanas de madera que atraviesan el bosque del monte y terminan por dejarlo a uno en el castillo de Burgos. Pero esas son demasiado lejanas y escondidas, y a mí las de cemento son las que me hicieron pensar. Tanto tiempo viéndolas y nunca me había parado a pensar que, efectivamente, podían esconder una historia, ser el reflejo de otra confesión. Y empecé a escribir, y cuando me dí cuenta, no había ni rima, ni métrica ni orden. Apenas había belleza. Tan sólo fluir, como el de la lluvia escaleras abajo. Y por eso este se lo dedico a ese buen amigo que nunca dejará de abogar por la rima libre y la libertad en la métrica, y por fluir por este mundo rocas inamovibles y presas disfrutando cada instante del que disponemos.

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Una ración pequeña de alma

Poema sobre el deseo de cambiar, y no poder, lo que podrías desear a tu alrededor.

El recurso de la repetición tiene una fuerza increíble si usa bien por un simple hecho: la vida es repetición. Repetimos una gran cantidad de acciones a través de los días, de las semanas e incluso de la vida. Y no en cosas tan evidentes como comer, dormir o ducharnos. También pasamos nuestro tiempo pasando por las mismas calles, viendo el mismo paisaje por la ventana o incluso intentando acordarnos de las mismas tareas repetitivas, una y otra vez. O incluso en cosas más pequeñas: nos atamos los cordones a diario, fregamos y pensamos en las mismas personas. Normalmente con una sonrisa en la cara. A veces, con los ojos cerrados.

Por eso, como decía, el recurso de la repetición puede tener una gran fuerza. El que lee se acomoda al suponer lo que viene después y acertar. Se adormecen sus sentidos, decae su actividad, su intento de comprender lo que viene. Y finalmente, cuando se encuentra en esa especie de sumisión, se le despierta con el cambio. Se le saca de su rutina diaria y se le agita, aunque sólo sea momentáneamente y de forma metafórica, para que se libre del peso de la rutina y pueda ver un poco por encima de lo que acostumbra.

Con esta intención escribí lo siguiente.

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Testamento vital del que perdió el juicio

Falto un tanto de ideas, y más muerto de sueño de lo que debiera, subo este poema (que en parte era una práctica de la rima ABABABCC, sin contar la métrica) que escribí, si no recuerdo mal, durante las prácticas de Termo y Mecánica, esas grandes aspiradoras de tiempo, hará ya tres años.

Leer este, ya caduco, poema