Sonrisas deshilachadas

La honestidad a veces cuesta decepeciones.

Esta es la tercera versión que escribo de esta entrada. Y, honestamente, no veo que vaya a conseguir lo que intenté en las otras dos, así que voy a cambiar de estrategia.

Tenía muchas ganas de escribir algo más ligero, menos lleno de niebla y tristeza. Y me he chutado con todo lo que me hace sentir bien: he visto capítulos de Scrubs, he escuchado mis canciones más alegres (no mis favoritas, porque son casi todas tristes o melancólicas o taciturnas), e, incluso, ahora mismo estoy escuchando la canción de créditos de La vida secreta de Walter Mitty. En resumen, he intentado buscar todas las cosas que me han cambiado el humor a uno más positivo en algún momento de mi vida.

El problema, por supuesto, reside en que este no es un momento cualquiera de mi vida. Es un momento muy particular, unas semanas y unos meses que me marcarán para el resto de mi existencia. Según The dictionary of obscure sorrows, lo que siento ahora es Dès vu (al final de la entrada voy a poner un link al video, merecen todos muchísimo la pena, y creo que terminaré haciendo una entrada para unas cuantas palabras). Sé que lo que viva y lo que piense ahora se me quedará grabado a fuego en el cerebro por el resto de mi existencia. Y sé que tengo una oportunidad de oro de cambiar justo ahora. Ahora que me toca reconstruirme puedo elegir cómo hacerlo.

Y no quiero fingir. Quiero seguir escribiendo aquí, continuar esta especie de mezcla entre diario, taller literario y expresionismo escrito. Quiero cambiar algunos hábitos, introducir unos nuevos que mejoren mi salud física, y quiero un nuevo nivel de higiene mental que no he tenido hasta ahora. Quiero disfrutar de la soledad, y quiero poder salir de ella sin secuelas para quedar y socializar con tranquilidad, sin la sensación de que necesito o no necesito hacerlo según las circunstancias. Simplemente, estoy intentando ser más fiel y honesto conmigo mismo, a fin de poder serlo con los demás.

En cierta manera me gustaría decir que estoy mejor y ya está. Que lo malo se acabó el día D a la hora H y que a partir de ese momento hice el desembarco en la playa de un nuevo estado anímico y que lo demás quedó al otro lado del estrecho. Me gustaría poder mirar al futuro con el optimismo con el que decidí apuntarme a kung fu y aplicarlo a todo lo demás, como si se me hubiera agotado la tristeza y la nostalgia y tan sólo hubiera sabor felicidad en el menú. Me gustaría, llegados a este punto, haberme recompuesto ya y que ahora tan sólo hubiera tiempo para todas las cosas buenas y nuevas que tengo por delante.

Pero, no es así. Nunca es así. Las personas somos un barullo de emociones, cuyo volumen lo controla otro barullo de hormonas, que a su vez se ve afectado por un barullo de decisiones que tomamos cada día. El nivel de complejidad es apabullante. Y aunque cada día más personas entienden que esto es así, aún nos obcecamos en ponerle cuadrículas a estas cosas e intentar colocarle medias y medianas a este tipo de cosas. Es magnífico pensar como, sin apenas entender como funciona nuestro estado de ánimo, hemos sido capaces de conseguir tanto.

Una vez más, me voy por las ramas. Lo que quería decir es que, sencillamente, durante un buen tiempo, aunque parezca que esté bien, y aunque por el día me divierta y me ría y me duela y vaya y vuelva y haga comida y organice eventos y estudie y apruebe y suspenda y escuche y hable, a pesar de todo esto, seguiré pegando mis trozos. Me seguirá ocurriendo que cuando se acabe el día y todo el mundo se haya ido y me mire ante el espejo, solo y casi a oscuras, una sensación incontenible de rotura me rasgue en dos. Se me parará el corazón y examinaré mi imagen del otro lado con la curiosidad clínica del descubrimiento de una nueva especie. Miraré y me moveré a su alrededor, con el corazón parado y la respiración perdida, tratando de encontrar el punto de donde provienen todos los rotos que me sesgan por dentro. Tiraré de los hilos de una sonrisa deshilachada, y mientras mi mirada se escapa entre párpados de plata, apuntaré con presura cada uno de los sonidos encantados que escapen de mi forma convertida en estatua.

Y habiendo estudiado con tanto detenimiento la parte de mí que hará las veces de maquillaje amable, me retiraré y me esconderé de nuevo en sus adentros, con el fin de no dejar vacías de alma las cuencas de unos ojos que, poco a poco, cada vez ven menos. Menos colores, menos luces y menos razones para seguir abiertos.

Si es que, no se me puede dejar solo. Con nada me pongo como tonto con ese tipo de prosa tan pintada que a veces da la sensación de no ser ni de este planeta. Pero claro, es el tipo de cosa y el tipo de manera de las que me gusta escribir. Simplemente, me sale solo.

Dicho todo esto, de paso un aviso. Esto no significa que no me apetezca hacer todas esas cosas de las que hablaba unos párrafos antes, o que no las vaya a disfrutar. Muy al contrario. Precisamente, contra este manto infinito de gris y negro, las luces de todas esas estrellas que me acompañan son tan brillantes y cálidas que no puedo dejar de sentir lo maravillosas que son. Y además, su contraste me permite encontrar las partes bellas del manto gris y negro que me suele cubrir.

En fin, ya voy terminando. Si bien no es que sea mucho más alegre, al menos no es tan triste. Al fin y al cabo, el tiempo hace su efecto, y las conversaciones amigables también. Me sigue dando miedo que todo esto deje de dolerme en algún momento, ¡pero bueno! No sería la primera vez que estoy muy equivocado sobre algo.

P.D.: Aquí va el link al video del que hablaba, Dès vu. Creo que no tardaré mucho en empezar a hablar de este canal.

Regresando

Cambio de ritmo para el blog

Aparto un momento la atmósfera un tanto oscura que me ha invadido estas semanas para hacer una actualización sobre el blog.

Llevo un par de semanas con el ritmo de publicación aumentado. Muchas cosas en muy poco tiempo, y ganas, casi terapéuticas, de escribir. Es que no sólo me han pasado muchas cosas, sino que además mi momentánea obsesión por los trabajos de Wes Anderson alcanzó su punto álgido, y se ha dado muy bien a darme una especie de arquitectura sobre la que construir estos extraños relatos que han ido apareciendo estos días.

Así que, de una manera fortuita, mi vida se ha convertido tontamente en algo más o menos relatable, así que he aprovechado y he sacado todo lo que he podido de todas estas sensaciones que a veces amenazaban con atarme a la cama y esconderme del mundo.

Sin embargo, yo no soy capaz de mantener este ritmo durante mucho tiempo. Ha sido un bonito experimento en medio de esta tormenta, venir aquí y dedicarle un buen rato a estar delante de la pantalla, intentando encontrar la manera de abrir las puertas y expulsar lo que me carcomía. Ser un poco más abierto y al mismo tiempo un poco más onírico, decir las cosas sin ser evidente.

Como digo, ha sido bonito, y también doloroso. Pero no pretendo volver al vacío emocional que construí unos meses atrás. Hay cosas que ya no podrán volver, y una de ellas es la inacción que me lleva deteniendo desde hace tantísimo tiempo. Ya casi no recuerdo cuando no era así, y esta manera de ser ahora me resulta pavorosa. Y nunca me he sentido más contento de sentir miedo.

No creo que vaya a haber cambios radicales. Me conozco demasiado: me resisto a los cambios cuando son tan repentinos. Pero, de la misma manera que la canción que acompaña este post va cambiando paulatinamente hasta convertirse en algo totalmente distinto, así me gustaría ir evolucionando. Sutilmente, con mejores y peores momentos, hacia algo mejor, alguien mejor. Más fuerte, con menos remordimientos y con más ganas de que llegue el mañana.

Y eso que el futuro es más incierto que nunca.

Además, le prometí a cierta estrella que cambiaría un poco el tono de las próximas entradas. Así que debería intentar escribir algo un poco más alegre… ¡aunque no prometo nada!

Puntos en el corazón

Puede…

Puede que el desastre haya golpeado cuando la marea estaba más alta. Durante los viajes imposibles que una vez hicieron nuestras almas, allá donde el cielo y la tierra se besan; mientras la luz del sol recorría plácidamente las llanuras de una historia que nunca pudo ser.

Puede que nos hayamos mecido entre las olas de una sonata dedicada a las personas que nunca pudimos ser, que siempre tuvimos en el borde de nuestra mirada. Reflejos más luminosos de lo que nunca pudimos ser, seres más amables y más honestos que los que ahora animan nuestros corazones. Esas versiones que se alzan por los cielos, vuelan el uno junto al otro, descubren paisajes imposibles apoyados en los vientos que mutuamente nos cedemos sin reparo. Versiones que ahora vemos, que nos hacen llorar por las noches cuando notamos el frío en nuestras camas, que nos recuerdan todo lo que hicimos mal.

Puede que cuando nos montábamos en aquel coche no recordáramos por qué lo hacíamos; que la rutina de una batalla vencida nos cegara, y atase nuestros corazones a una neblina impenetrable que nos separó de nuestras realidades y nos tornó en estatuas admirables que escondían dentro todas las oscuridades que iban poco a poco comiéndose nuestras esperanzas y nuestros pensamientos de futuro. Y al no compartir más nuestros futuros, éstos se fueron marchitando para siempre en una oscuridad inacabable que se volvió rutina. Y así, en medio de la nada, asustados al no palpar los labios del otro, empezamos a cometer errores que fueron, indefectiblemente, dirigiéndonos al borde del agujero negro, donde va a morir la luz que no alcanzó a iluminar nuestro presente.

Y puede que el espectáculo fuera sensacional, allí donde la oscuridad se encontró con la luz. Saltaron realidades y se dio la vuelta el tiempo. El color se desparramó por nuestras pupilas, y las formas se retorcieron a través del espacio y la realidad. Ya nada pudo volver a ser lo que era, y en medio de las explosiones de nuestros corazones, tan sólo la voz de la resignación respondiendo a la voz de la desesperación. Y su eco se hizo eterno.

También puede que nada de esto tenga nada que ver. Que la realidad sea tan sencilla como que se acabó lo inagotable. Puede que de tanto hablar y de tanto sentir, el corazón y la boca terminaran por ponerse a contratiempo, y aunque la tristeza y el cariño lo inundaran todo, no supieran ponerse de acuerdo hasta que hubo un silencio que les permitiera hablarse. Cuando se dieron cuenta de lo que estaba pasando, decidieron que era el momento de no seguir perdiendo los días y los sentimientos y quedarse con lo que ya tenían, y no arriesgar más romperse en mil pedazos cuando un final anunciado llegara, con todas sus consecuencias y todas sus vicisitudes.

O puede que hartos de todas las cosas que no se podían decir, decidieran romper las barreras de esa rutina que todo lo inundaba, intentar dar un golpe de efecto que hiciera estallar el silencio que todo lo inundaba. Gritar a través del vacío del espacio entre nosotros, y cometer la aventura más arriesgada de todas: hablar de verdad. Ser de una vez uno en valor y en sentido, y por fin expresarse aunque no supieran muy bien qué decir.

Finalmente, puede que no sepa qué decir. Puede que esté aquí, rellenando líneas en un vano intento de expulsar todo lo que duele por dentro. Puede que mire a mi alrededor y vea tantas cosas que no he probado que ahora quiera intentarlas todas, y que me dé más miedo que nunca lanzarme, porque ya casi no tengo tolerancia al dolor. Al físico, porque no creo que pueda acumular más anímico. Y no es culpa de nadie, pues las elecciones siempre fueron mías. Pero eso no quita para que me duela mirar, me duela escuchar y hasta a veces me duela escribir. Porque cuanto más expulso, más profundo busco, y llega un momento en el que tengo que dejarlo por un tiempo para dejar de escarbar trozos de un corazón que todavía se lo piensa dos veces antes de latir ante ciertos recuerdos.

Pero sé que seguiré en este estado si no hago algo, y de alguna manera habrá que salir adelante, si todo lo que tengo a mi alrededor es inalcanzable; y aunque amo las ondas con locura, me toca a mí tomar el control de mis brazos y mis latidos cuando estoy solo ante el peligro, que suele ser a menudo, siempre que las estrellas me sonríen en pleno día. Y es tan fácil perderse en los sueños diurnos, aquellos que solía cerrar antes de empezar, que ahora me inundan porque no vivo en este mundo. Porque aún vuelven aquellos sueños en los que desaparezco y me voy a otra dimensión, y la gente acepta sin remordimientos que ya no estoy, que esas cosas pasan y que tan sólo era yo.

Y en esas dimensiones extrañas encuentro un escapismo que pensé que había perdido, que pensé que ya no necesitaba. Pero ahí está, funcionando a pleno rendimiento cuando me siento a oscuras y dejo que mi cuerpo desaparezca en la oscuridad, y estas melodías me toman ingrávido y me transportan allá donde otros entran por las formas, otros por la droga y otros por simple manía de no escucharse. Me elevo sin alas, y soy el ser más importante de mi propio universo, y observo a la Tierra, sola en la negrura del espacio, y no me detiene ni la falta de aire ni la falta de estima.

Pues por un instante creo, y todas las destrucciones que he vivido últimamente son parte de mí. Se integran y también me elevan, aunque sepa que llegará el momento en el que tiren de mí hacia el suelo. Y de la misma manera que me elevaron, ahora me hagan descender a horcajadas, me ahoguen y me devuelvan a la realidad de la que huía.

Puede –y termino — que todo pase y que al final este tiempo se convierta en huellas borradas por el mar. Y cuando mire hacia atrás me costará sentir lo que una vez me hizo llorar tan amargamente. Pero sé que, aunque haya desaparecido de mis recuerdos, todos estos tiempos estarán cosidos a mi corazón, puntos eternos que vibrarán con cada latido, que en cierta manera, su huella se sentirá en cada respiración, en cada mirada y en cada paso. Una parte más de mí que por siempre se expresará en mis gestos y en mis palabras. Esa tristeza antigua que se comparte entre las sábanas, y en la barra del bar que llamamos honestidad.

Seguro que no te olvidaré nunca.

Seguro que continuaremos nuestras vidas también.

Comienzos

Un viaje imposible para un comienzo imposible.

Comienza un nuevo giro. Mirando al Sol, nuevos cantares y nuevos paisajes.

Comienza todo de nuevo. Son nuevas sonrisas, nuevas lágrimas y nuevas confesiones, aunque sean heridas viejas. Son nuevas experiencias, siempre que desciendo por este afluente de vuelta a mi corazón, en el bosque de mis vergüenzas. Continúo hasta encontrar de dónde brotan todas estas lágrimas, en un valle de remordimientos. Y por fin, arranco del mapa todos estos lugares, y en una maceta en el alfeizar, planto todo esto junto a las semillas de un nuevo yo. Tal vez, con el Sol y la nueva lluvia, algún día crezcan madreselvas y nuevas canciones, y germine un nuevo destino, un mar en el que navegar otra vez, cuyo fondo esté poblado de mis antiguos naufragios, hogar de mis nuevo sueños, y de los bailes imposibles que brillan como estrellas en la noche abisal que es su hogar.

Comienza un nuevo fuego de la noche de San Juan en una playa desconocida. Tumbado sobre la arena, me hundo poco a poco, y van desapareciendo las viejas estrellas. Me transporto entre mil colores y el caleidoscopio de mi mente por los tiempos pasados y las tormentas que trajeron consejos y las olas que me permitieron elevarme entre el fuego del falso cariño. Y cuando ya no puedo aguantar las vueltas y el dolor, se acaba, me deja, y sin fuerzas, abro los ojos por primera vez. Las estrellas son todas nuevas, tan lejanas como siempre, tan sólo duelen menos. Sólo duelen menos, aunque no sea difícil. Menos brillantes, y la Luna sonríe apesadumbrada, clavada en el cielo con las palabras de una despedida, se derraman sus lágrimas invisibles por toda la eternidad.

Comienzan todos los bosques a volverse fantasmagóricos, ahogados en bruma y el ulular de un búho que no puede dormir los recorren. El apesadumbrado quejido de flores que llevan muertas entre la bruma toda una eternidad que nadie conoció. Se posan en sus pétalos muertos las esperanzas perdidas, los sueños robados y las expectativas malogradas. Y como una cascada de tristeza, se acumulan en el pantano donde dan hogar a nenúfares multicolor, llenos de la amargura que llevaban las palabras que nunca se dijeron. Perviven durante siglos, incapaces de morir porque nunca podrán expresar la razón de su existencia, eternamente vivos por no poder morir. Y mientras, los sauces llorones continuarán cubriéndolo todo, peleando como caballeros, con sus infinitas hojas, por los rayos de sol que nunca podrán llegar a su objetivo.

También comienzan los desiertos a volverse multicolor, soledades hechas león que nunca han tenido amigos, tiempos que se deshacen sobre las dunas, incapaces de hacer tic-tac en su justa medida, absurda parodia de la mayor fuerza de nuestro universo. Porque sin tiempo no hay recuerdos, y sin recuerdos hay olvido, y así surgieron todas las sombras, los inviernos y la verdad, que quema y arranca la piel de unos labios nacidos de ortigas, de una imagen de cartón piedra que pintamos mientras tuvimos los ojos vendados. Y mientras las dunas avanzan, cubriendo los ojos de una tierra incógnita, todas nuestras palabras son arrastradas por el viento, perdidas entre los barcos que se llevan nuestros amores de verano y la ilusión de esa inocencia que perdimos entre suspiros. Y en las entrañas de este nuevo desierto, allí donde se esconde el oasis de nuestra verdad, allí descansan todas las carreteras que nos vieron sonreír, los árboles que nos dieron sombra mientras nos abrazábamos, las sábanas con las que nos escondimos al volar, los rayos de sol que nos iluminaron al besarnos. Allí, sin esperar a nadie, estamos nosotros, cuando todo era tan imperfecto como ahora, pero aún no nos importaba.

Al fin, comienza también ahora un nuevo hogar. Las puertas serán reforzadas, y las paredes se funden con el asfalto y con las ganas de no-vivir. Más rígidas y más maleables que nunca, toman formas imposibles, se mantienen y se retuercen, y se hacen invisibles cada vez que saco un boli y lo apunto al desván. No hay calefacción en este nuevo hogar, tan sólo el fuego hueco de un enfado sin razón, y las razones huecas de un teatro de fin de semana, una representación ilegal de unos sueños que se venden al mejor postor, una realidad alternativa que amenaza con absorber todo lo demás. Soplaré todo el polvo de los estantes, y retiraré las sábanas blancas de los muebles. Dejaré a la vista las alhajas, y en la caja fuerte guardaré papeles sin importancia y tickets sin usar. Apagaré las luces, y cuando ya no pueda aguantar más, abriré las ventanas y dejaré que entre el invierno. Se enfriarán mis corazones y ya no pensaré más. Tan sólo sentiré viejos sentimientos y viejas sensaciones. Soplaré y soplaré todo lo que he sufrido y dejaré que entre nueva música, y se derramarán como enredaderas mis historias por la fachada, y surgirán de ellas cientos de flores, donde se acumularán sueños, esperanzas y expectativas. Dibujaré estrellas en mis techos, y por la noche, brillarán titilantes, bailando imposiblemente en el fondo de mi pupila, repitiendo todos aquellos movimientos que una vez me hundieron en arenas movedizas multicolor. Y en el sótano, al fondo más profundo, instalaré un oasis artificial, donde pueda volver a ver todas las veces que fui feliz, siempre que me olvidé de todo menos de ti, siempre que la sonrisa no fue un maquillaje amable.

Ahora que comienza mi primer día sin ti, recuerdo lo que ha acabado. Porque la parte más difícil de acabar es volver a empezar, y por muchas luces que se enciendan a mi alrededor, ninguna brillará tanto como tú. Y aunque algún día parezca que no recuerdo nada de lo viejo, lo cierto es que siempre lo llevaré puesto; bajo la piel, donde nunca nadie lo vea. Sólo tú, que siempre pudiste ver mi interior sin esfuerzo, aunque no te dieses cuenta. Nunca nadie me conoció como tú, y ahora tendré que cargar por siempre con el adiós que te dí.

Y llora el río cuando pasa, porque sabe que no volverá.

Cuando ya no quede nada

Miedo a olvidar, aunque ya no quede nada.

¿Y qué será de todos estos recuerdos?

Después de que se haya roto, según ocurrían las mañanas y las sábanas, me encuentran en singular, con los rayos de la mañana llegan el frío y las dudas, y la paralizante posibilidad de que todo desaparezca. Y me entran taquicardias y quiero volver a esconderme entre las sábanas. Ese frío y esas ganas de llorar, el miedo de un niño que va a perder su inocencia, que ve llegar el final de los días sin preocupaciones.

Llega la manecilla de las horas al final, y me tiemblan los recuerdos y se ciega la mirada que intenta escapar de esta atmósfera de imposible remordimiento. Me ahogo al levantarme, y siento que cubro algo más que mi cuerpo cuando me pongo el uniforme reglamentario. Pero entonces, viene una ola que todo lo cubre, que me insensibiliza ante el fuego que me quemaba al ver todo lo que era nuestro. Tan sólo una ligera sensación de desasosiego se mantiene como picor en mis manos; todo lo demás desaparece, se pierde entre los rayos de un Sol que no reconozco, vestido de amabilidad y cortesía que nos enseñan a tener aunque no las sintamos.

Y me marcho. Tomo el camino del presente y decido no hacer caso a las señales. Porque lo que hay que hacer es caminar, continuar entre las mentiras que se volvieron respeto, ser una vez más lo que nunca pude ser. Estar, al fin y al cabo, porque a nadie le interesa lo que seas en realidad: tan solo necesitan un depositario de aquello que necesitan expulsar.

Y entre toda la mediocridad y toda la falsedad, vuelve ese miedo congelado, las dagas de un pánico que no se puede aplacar, con el que tan sólo se puede convivir. Porque si un día me levanto y ya no queda nada, si la más bella de las estaciones se lleva el recuerdo de todo lo que una vez fuimos, ¿quién podrá devolverme toda la felicidad y la tristeza que una vez sentí? ¿Quién podrá asegurar que no vuelva a confiar y ser traicionado? ¿Cómo podré dormir otra vez en solitario sin sentir un frío infernal en los huesos? ¿Cómo podré, en resumen, ser yo, si esa parte desaparece en el éter y me reduzco a mi mínima expresión?

Me despeño por estas preguntas sin un final a la vista. Tan sólo el sueño inquieto, viciado, vacío de descanso ante una nueva realidad que no deja nunca de recordarme que hubo otro momento, más elevado, en el que no estaba sujeto a las leyes naturales ordinarias. Un momento en el que todo era uno, y uno era todo: no sin dolor, siempre con ganas de más, aunque todo fuese un final dispuesto a repetirse siempre.

Los recuerdos aún están frescos, pero me imagino cuando se hayan desgastado, y no quiero ser así jamás.

Porque, si los recuerdos se desgastan y dejan de clavárseme en el corazón. Si ya no mana corazón de una herida tan profunda, ¿qué me distingue de un gris sin rostro, de un día más olvidado en el calendario sin nada sobre lo que escribir? ¿Cómo podré elevarme otra vez por entre mi mediocridad y ser, aunque sea por un solo instante, algo más de lo que nunca he sabido ser? Mi destino, si los recuerdos se desgastan, estará sellado entre silencios e islas lejanas. Eterna noche iluminada por las luces eléctricas, nada más que silencio vacío envolviendo una vida de trajines comunes que no dicen nada, que pueden ser perfectamente olvidados con tan sólo mirar un poco hacia adelante o hacia atrás.

Si los recuerdos de este momento se desgastan, y ya no me arrancan la piel cada vez que asoman, habrá perdido el sentido recordar, y expresar mi decepción será la única manera de expresarme. Porque, si no queda dolor, si no quedan sensaciones que atraviesen las barreras de silencio y sinsentidos que una vez construí, encerrado en mi propia cabeza, tan sólo armado con las insuficientes formas de unas cartas a nadie, se marchitarán mis ojos y se romperá mi voz. Quedaré vacío, sin el más mínimo sentido; serán los paseos por la playa otra manera de regar a mi soledad, y todo mi calor se perderá entre una tormenta en algún mar del Norte. Perdido, paseando y divagando entre bosques encantados y acantilados sin fin, ya no habrá conversaciones que todo lo cambien, tan sólo la pregunta del momento de partir.

Perdido, y lleno de recuerdos romos, no tendrá sentido tener sentido en un mundo que nada me puede decir. Será tan solo otra espera, silenciosa y amable, mientras me comentan lo mucho que las cosas han cambiado, que todo es distinto, que ya no queda tiempo. Que estoy lejos de tu centro, que pudo haber sido pero que ya no será. Que ya no queda nada, y aunque mucho lo siento, ya no puede hacerse nada. Que todo está preparado, que nada puede ser cambiado.

Que sólo pueden ser ya recuerdos, puesto que el futuro es amistad, aunque luego resulte que no sabemos que significa eso.

Ojalá me sirvan siempre, y la excusa no se gaste.

Y que no cambie.

Aguja en el pajar

Dudas, dolor y destrucción.

Lo peor son las dudas.

Porque en este momento de aceptar la realidad, de rodar con los golpes y seguir adelante, de flotar por encima de la superficie y no dejarme hundir; en este momento en el que debo levantar la vista y mirar con esperanza el futuro, mi mirada me pesa, se queda pegada al suelo. Me pierdo en el gris, en las líneas que no se acaban, en todas esas cosas que le sorben el color a la realidad. Mudo y sordo, camino sin sentido cuesta abajo, sin pensar a dónde voy o qué hago con mi tiempo. Tan sólo quiero quemarlo, que pase y quede detrás de mí, huir de todo lo que puede hacer, de lo que me hará.

Porque, ¿qué será de todo esto? De los sentimientos que ahora me queman, de la realidad que me cuentan, de todo lo que no puedo siquiera dejar de ver, de oír. De todas las miradas, de todos los susurros, de esas caricias que una vez compartimos con el otro con todo el corazón. Las almas que una vez fueron una, los oleajes que capeamos juntos, los viajes que realizamos a mil y una realidades. Todo lo que una vez fue nuestro, que ahora se deshilacha en tuyo y mío; todo lo que siempre quisimos, ese futuro que ya no será, tanto luchar y al final, ya no importa, porque se apagó el fuego que alejaba el invierno de esa soledad que había olvidado, ese silencio cuando me escondo entre las sábanas.

Y saber que ya no aparecerás, que no me esperan más sorpresas por las noches, que las estrellas vuelven a estar ciegas y que tu mirada ya no es la misma. ¿Y qué ha sido de la mía? No lo sé, ya no me miro en el espejo, porque siempre que miro tan sólo veo un muñeco, un títere cuyos hilos están viciados, que perdió sus articulaciones cuando las palabras se ataron a su cuello. Que ya no queda aire, me ahogo cuando miro por la ventana y no hay nadie para apartar este silencio ominoso, este nuevo compañero que todo lo ensordece, que ya nada parece de este mundo, que nada me queda en el mundo, aunque siga girando y todo se haga borroso, y yo buscando el final de un viaje que acaba de perder todas las direcciones y todas las intenciones.

Si una vez yo no sentía esto, si yo tenía una luz al final del camino, mi propia estrella, una guía entre la niebla de la juventud; y ahora ha desaparecido, ya no queda ni la luz ni la sabiduría ha llegado aún. Vuelvo a estar perdido, y estoy partido: todo es nuevo otra vez, pero ya no estoy seguro de querer lo nuevo. Aunque lo viejo esté roto, al menos existía, y la promesa de lo nuevo ya no tiene efecto en este marinero que fue a parar a mal puerto. ¿Por qué debería seguir, si no me apetece? Si acaso siento que he vuelto al principio, que vuelven los viejos sueños y las certezas aún más antiguas. Si todo esto no hace más que confirmar aquel viejo sentimiento de imposibilidad; si lo intenté con todas mis fuerzas y aún así no fue suficiente, tal vez sea el momento de aceptar lo que ha sido demostrado una y otra vez. Que hay cosas que no pueden ser, que hay quienes están condenados a ser la aguja en el pajar: siempre rodeados, siempre solos.

Pero, ¡qué más da! Si todo esto durará hasta que vuelva el entumecimiento, la parálisis de la rutina, del escapismo desmesurado de una vida en algodones. No sentir por ser tan difícil, tan sólo imaginar todo lo bueno, nada de lo malo. Ser otro contacto ausente de una lista infinita en una vida que no se detiene ante nada ni nadie. Si puedes desaparecer entre las grietas de la distancia y el tiempo, ser imposible porque fuiste a intentarlo y comenzaste de la manera más difícil, y ahora ya no tienes energías para nada más. Invertiste todo, y lo perdiste.

Ahora toca destrucción. Frente al espejo, esa imagen fracturada que mantuviste unida por otros, ya no puede estar más. No queda más que romperla, destrozar ese espejo, y con el, todas las mentiras que se han ido convirtiendo en una máscara que te quema la piel, no te deja ver y vicia el aire que respiras. Destruir cada segundo de mentiras e imposibles. Quemar todo lo que se ha vuelto veneno, y no dejar que el cariño envenene nada más de falso amor. Respirar en la ventana, salir y caer, volar o no, lo que dicte cada uno de esos sentidos que se embotaron y se volvieron en tu contra. El dolor es honesto, atraviesa todas tus mentiras para llegarte directo al corazón. Agárralo con fuerza y no lo sueltes jamás, y elige: o dejas que te consuma, o lo consumes, parte de ti para siempre, combustible para que nadie más tenga que sentirse así.

¿Y después de todo esto? Seguramente reconstrucción. Quién sabe. Nada es seguro y todo es probable. Tal vez se pueda imaginar algo nuevo, tal vez se pueda crear algo que sea verdadero, una verdadera expresión de esa alma que se vuelve a formar, más estallada pero duradera.

Por ahora, sin embargo, continúa el final de todo. Aunque sea bajo la piel, aunque sea con una sonrisa y el final de una mentira que es costumbre usar. Porque no importa lo que diga, si cuando aplico la pluma al papel éste acaba mojado, significa que aún me estoy curando. Y que duele, aún duele aunque no entienda nada.

Pero eso es bueno. Significa que aún queda algo, que no se ha consumido todo mi capacidad de sentir. Que ésa es mi mayor duda. Porque de tanto entumecimiento, de tanta parálisis, empezaba ya a dudar de que hubiera algo moviéndose por dentro. Imaginaciones mías, me decía. Pero no.

Duele. Pero eso es bueno.

Eso es que estoy vivo.

Yo solía

Mis textos han cambiado. ¿Cómo he cambiado yo?

Yo solía rimar.

Solía escribir textos con una cierta aliteración, con un sonido repetido que seguía perdido por las lineas de mi atención, un carruaje de sentido que transportaba mi corazón por entre la tinta de mi expresión.

Solía hacer eso todo el rato. Me di cuenta el otro día, revisando entradas antiguas para esa tarea siempre pendiente que es hacer una selección de lo mejor (o lo menos malo). Me perdí por mi pasado, que aquí expuesto, no me pareció tan malo. Y tal vez sea que mi estilo ha madurado o que simplemente he perdido aquello con lo que llegué a engatusar a personas mucho más sabias que un servidor, pero lo cierto es que ya no queda casi nada de aquel estilo lírico, artificioso pero natural, que ahora releo con cierto asombro.

No estoy seguro de que pueda recuperar esas capacidades. Mi vocabulario ahora me resulta atrofiado, casi desvalido, en comparación con aquellos viejos textos. Ahora soy más parco, menos refinado, aunque también más incisivo, más real. En cierta manera, he perdido parte de la inocencia de esa otra juventud. Cuando todo era perfecto porque era inalcanzable. Cuando miraba siempre mis deseos a contraluz, y cegado, cantaba loas como un niño, sin saber la realidad que se escondía entre el fulgor. Ahora ya no hay ni loas ni cantos, pero aún queda un dulce recuerdo de un tiempo mejor, de estar rodeado por las personas más increíbles del mundo.

En cierta manera, estaba en lo cierto.

Las cosas han cambiado. Si fuera capaz de eliminar de la ecuación mis altibajos emocionales, creo que descubriría que mi placer al escribir ha ido disminuyendo paulatinamente con el tiempo. Cuantas más cosas me han pasado, buenas y malas, menos tiempo he querido dedicar a esta afición que en otro tiempo fue terapia. He confesado mis demonios a personas que me han escuchado, y con ese cambio, se ha secado el pozo de donde salían estas palabras. Al fin y al cabo, este “arte” siempre ha sido mi manera de lidiar con mis taras (y con las taras de alguna que otra persona). Y seco, sin hojas de papel mojadas, ¿qué tengo que contar si no banalidades de primera categoría? ¿Qué es sino una costumbre que me empeño en no abandonar? Que la sigo disfrutando, eso también es verdad, pero que, en cierta manera, ha perdido su sentido más fundamental.

Este blog ha sido mi principal válvula de escape a nivel personal que he tenido durante muchos años. Tantos sueños, deseos e imposibles que he expresado en estas lineas, disfrazadas con pronombres y pesadillas para que no fueran descifradas por aquellas personas a las que siempre ha estado dedicado cada minuto de mi tiempo que vive en este lugar. Casi un cuarto de millar de entradas atestiguan algo que sabe cualquiera que me conozca, que puedo hablar de mí sin parar. Me he movido por la península y fuera de ella, y siempre he vuelto a este lugar, más pronto o más tarde, para recordar, explicar y compartir. Ya no entiendo mis semanas sin compartir algo de mí.

Lo que pasa es que ya no sé qué decir. Ni cómo decirlo.

Tal vez sea la crisis de los 30, que se aproximan sin respeto. Tal vez sea la definitiva muerte de la inocencia o de la esperanza, ambas maltrechas y desnutridas en un mundo que tan sólo alimenta mentiras y supersticiones. Tal vez sea tan sólo un momento como otro cualquiera en el que el insomnio y los tonos tristes hacen mella en esta psique tan cansada. Tal vez sea la espera por ese abrazo que no llega.

Tal vez sea que quisiera haber leído aquellos textos, conocer a aquella persona que tenía escrita la poesía en la piel y que quemaba con la intensidad de su realidad; que quería haber dicho aquellas palabras aunque fuera imposible que sirvieran para nada, y haberte dejado marchar sin este peso en el corazón que todavía me ahoga algunas noches; que no quería soltar aquel abrazo aunque nos hubiera llevado toda la noche, y bajo la luz de aquellas farolas antiguas y frías, darte un beso en la mejilla, romper un poco mi cascarón y expresar por una vez bien todo lo que significas para mí, para que te llevases al este lo mejor de mí.

Tal vez sea que lo mejor de mi vida se me ha ido, y con lo lento que soy, ahora por fin me he dado cuenta de todo lo que he perdido, y ahora, paralizado, todo lo que puedo hacer es mirar al cielo e imaginar que vosotras lo estáis mirando también. ¡Si hubiera sabido entonces todo lo que sé hoy! ¡Si me hubiera atrevido como ahora! ¡Si le hubiera dado la importancia que merecía a aquello que la tenía! Bueno… estaría haciendo trampa a mi propia vida.

No puedo negar, sin embargo, que a veces me gustaría. Que pierdo el sueño y gano canas viajando desde la cama al pasado, donde todo era perfecto porque era inalcanzable. Nunca me manché las manos. Ahora parece perfecto, pero simplemente era inocente. Tan torpe, tan tonto… Casi entrañable.

Yo solía soñar.

Un año, un objetivo completado

Puesta al día, justificaciones varias por un año de muchas historias y pocas confesiones.

Ha pasado un año (algo menos) desde que comenzó el semanal flujo de entradas que ha mantenido este blog vivo durante 2016. Todas estas entradas eran capítulos de algunos de mis fics de Ranma, y estoy contento de que finalmente todo ese material este aquí, en el blog.

Sin embargo, todo lo que tenía preparado se ha consumido al fin. Ya no queda nada en el sistema, y lo cierto es que tampoco he preparado nada para las semanas venideras. Pero, no me adelanto.

Escribo esto porque quería explicar el porqué de las entradas semanales y el haber preparado tanto material para que subiera de forma automática.

No hace mucho, hablé con un buen amigo mío (de esos con los que sólo puedes quedar un par de veces al año) y hablamos de objetivos, de constancia y de lograr cosas. Y de muchas más cosas, pero eso viene a ser lo que tiene relación con esta entrada. Entre muchas cosas, salió el tema de las resoluciones de Año Nuevo, y yo le comenté que hacía años que ni siquiera me las planteaba, harto de añadir más fracasos a una larga lista.

Pero bueno, en realidad sí que me las planteaba, sólo que en vez de resoluciones, eran objetivos alcanzables, sugerencias de Año Nuevo, por decirlo de algún modo.  Y una de las de 2016 fue publicar todas las semanas en el blog. O al menos, publicar 54 entradas al año (una a la semana).

Originalmente intenté hacerlo en 2014 y 2015, mezclando capítulos, entradas originales y cosas como esta misma. Y fallé estrepitosamente. Pero al comenzar 2016 me dí cuenta de la ingente cantidad de material que estaba en fanfiction.net y no aquí, de tal manera que me puse manos a la obra y programé aproximadamente un año de entradas. Añadí unas cuantas más a lo largo del año para llegar al mágico número de 54 y me alejé de WordPress.

Lo cierto es que no sólo de WordPress, sino de escribir en general. Ha habido algún mes de 2016 que ha sido productivo, pero no demasiado. La mayor parte del año (y, especialmente, el último trimestre) ha sido nulo respecto a creación. Siento una incapacidad interna para crear, para expresarme como es debido, para confeccionar historias que resulten interesantes y divertidas.

Siento que tiene que ver con la tremenda cantidad de malas noticias que se fueron acumulando en los últimos estertores del 2016. Creo que tiene también que ver con el cansancio vital y anímico que a veces mi trabajo termina provocándome. Una especie de desesperación completa por todo lo que me rodea, desde lo que está a mi alcance hasta las noticias más lejanas. Es una agonía al tomar conciencia del rumbo incierto que tomamos como especie.

Siempre he sido un tipo algo taciturno. Tal vez injustificadamente, he sentido una especial aprensión hacia el futuro y lo que puede traer. Pero siempre había sabido volver a la tierra, ver las cosas desde unas perspectiva más limitada, menos peligrosa, y encontrar algo que contar que sintiera que mereciese la pena. Puede que haya perdido eso un poco.

En esta situación, me he refugiado en los mundos de fantasía que no te construir yo: los videojuegos. He jugado más que nunca este año y, a veces, durante un rato, consigo olvidarme de todo lo que me pasa por la cabeza. Y es genial, porque por un rato ya no siento estas terribles tormentas en el horizonte. No oigo sus rugidos y no veo los rayos. Por un rato, soy uno más con la nada.

No sé cuánto durará esto. Siento que hay que cosas que se remueven en mi interior, que quieren ser contadas. Esta entrada puede que sea el comienzo. Volver a la fantasía que brota de uno mismo. Coger esa tormenta y embotellarla y observarla y describirla. Ser, una vez más, honesto conmigo mismo para poder mentirme a sabiendas. Navegar otra vez el maelstrom del alma y hundirse todo lo que haga falta.

Tal vez.

De todas maneras, algo he creado este año. Pocas cosas y casi todas incompletas. Pero lo que pueda usar lo iré subiendo como siempre los sábados. A partir de ahora, sin embargo, ya no serán siempre capítulos de alguna historia mía de Ranma, si no que habrá de todo y, mayoritariamente, confesiones de esas que tanto han pintado este blog.

Recuerdos (I)

Una serie de recuerdos imaginados que ponen en contexto aquel texto que se titulaba “Recuérdame”.

Recuerdo aquel día por la playa.

Unas nubes negras amenazaban tormenta en el horizonte, pero paseamos hasta la playa igualmente. La brisa levantaba tu pareo y trataba de arrebatarme mi sombrero, pero nunca le tuvimos miedo al fresco. Los rayos del Sol, aunque débiles en ese otoño, eran más que suficientes para nosotros. Lo importante, al fin y al cabo, era la compañía.

Tú tenías tu cámara. Y yo te tenía a ti.

Caminamos muchas horas descalzos por la arena mojada. La conversación iba y venía como la marea, y al tiempo que esta arreciaba, así lo hacían las palabras. Nos dijimos muchas cosas, y también nos dimos silencios para poder guardarlas. No había prisa, apenas sentimiento. El invierno se acercaba y nos daría el tiempo que necesitábamos para todo. Confiábamos en que la tormenta que se acercaba pusiera punto final a aquello.

En cambio, tan sólo cambió el decorado. Volvieron los zapatos, dejamos la arena y nos dirigimos a las rocas, eso sí, tan vírgenes como la arena. Llegaron los colores vivos, y pensamos en el futuro. El paraguas se abrió, y entre la serena lluvia, sentimos que nos limpiábamos de lo que nos ahogaba en la playa. No más reproches, apenas alguna palabra. Los abrazos y las miradas decían todo lo necesario. El único sonido importante era las olas rompiendo contra aquel risco escondido en una costa perdida al final de la tierra.

Habíamos vuelto al tiempo antes de perdernos.

Maravillados por la sabiduría de la clepsidra, nos sentamos allí. Tiritábamos, pero no importaba. El frío era más real que el calor de la mañana. Las fotos eran borrosas, mal iluminadas; y aún así, perfectas capturas de un nuevo capítulo que jurábamos mantener abierto toda la vida. Ya no teníamos el paraguas, preferíamos que la lluvia jugase con nuestra piel a sus anchas. Incluso brindamos con un té frío que nos hicimos en ese mismo momento.

Calados hasta los huesos, supimos entonces lo que sólo habíamos intuido antes.

Que las almas pueden tener compañeras mucho más íntimas que la sangre. Que amar se conjuga de muchas maneras, que la felicidad puede ser incompleta aunque te llene a ti por completo. Que hablar no es lo mismo que conversar, y que vivir no es suficiente para compartir. Que, a veces, puedes ver a otra persona aunque no esté; y que viajar a veces tan sólo es una manera de volver a casa.

Durante unos instantes, entendimos lo que no se puede decir con palabras. Sentimos verdaderamente todo el significado de las palabras que nos acompañan con regularidad, que no sabemos decir con toda la honestidad que se merecen. Mientras la lluvia caía, y el sol se asomaba, y la tormenta rugía, y el mar chocaba y las rocas se quejaban; mientras nosotros reíamos y nuestros cuerpos tiritaban y las miradas se cruzaban; mientras nuestros corazones se acompasaban por unos instantes, comprendimos unas palabras.

“Amiga” y “amigo”, se llamaban.

El enigma… en los píxeles

Tras ahogarme en el extraño mundo de Undertale, recuerdo otro RPG que me hizo pensar… y sentir.

Me he obsesionado un poquito.

Eso, como viene siendo habitual, es un poco ligero. En realidad, me he obsesionado pero a base de bien. Un juego, un RPG llamado Undertale ahora mismo me ha llenado la cabeza de ideas imposibles y reflexiones sobre lo que somos. Tan interesado estoy que no me he permitido ni jugarlo: ya he leído todo lo que se puede leer sobre el pequeño juego creado por un par de personas. Un ejemplo de perseverancia, de deconstrucción bien hecha y de planificación. Prácticamente todas las acciones que el jugador pueda llevar a cabo han sido exploradas con anterioridad por el creador y se han llenado de pistas y guiños a aquel que las explore.

Pero, eso no quiere decir que sea alegre. No, Undertale usa las ganas de explorar del jugador para expresar su mensaje. Y este mensaje es, sin lugar a dudas, agridulce. Porque el RPG es un género de lo más oscuro si se piensa bien. Las razones… Bueno, se lo dejo a quién quiera sentir esta experiencia. Y sí, uso sentir a propósito: la historia que se desarrolla tiene varias perspectivas. Desde la más “humana”, la más pegada a la tierra y “realista”, hasta la más alejada y universal, todas estas perspectivas o historias que se entrecruzan tejen un entrelazado tan potente y real que es muy difícil no ser absorbido por las vidas que ahí transcurren.

Sin embargo, no es sobre Undertale que quería hablar hoy. Es sobre el otro RPG que me vino a la mente cuando empecé a descubrir sobre qué iba Undertale: Terranigma.

Aquí he hablado, de pasada, algunas veces sobre Terranigma. Publicado en 1995 por Quintet bajo el paraguas de por la entonces Square-Enix, Terranigma fue uno de los primeros RPGs que llegaban a Europa traducidos. Por aquel entonces, eso no era para nada común debido a los enormes gastos que suponía, pero haciendo una fuerte apuesta por este título, Square-Enix decidió localizarlo (que así se llama el proceso de traducción y adecuación a distintos idiomas), haciendo las delicias de los fans europeos que no controlaban el inglés, además de popularizarlo más allá de lo usual.

Hace muchos, muchos años, después de la época de la SNES, pero antes de que Internet llegará a mi casa, mi hermano trajo un CD. En él, más de 300 juegos de la SNES. Entre ellos, como no, Terranigma. Claro, cuando sólo había un ordenador y era de mi hermano, poco podía hacer. Pero, cuando al fin yo también tuve ordenador, le pude dedicar el tiempo que quise (a grandes rasgos, todo el que tenía, vamos).

Entonces, ya un poco más mayor, pude entender en lo que me metía. En este juego empiezas en una aldea de lo más normalita. Árboles por aquí, gallinas, molinos, un riachuelo, el azul cristal… ¿Azul cristal? Sí, ese es el color del cielo, y hay que tener cuidado, porque según el Sabio de la aldea, es mágico. Tú, Ark, después de armar un buen revuelo en la aldea, eres retado por tus amigos a abrir de alguna manera la puerta que el Sabio siempre tiene cerrada. Como lo consigues, todos huyen, pero tú decides explorar el sótano que se abre. Al final encuentras una caja. Una caja extraña de la que salen voces. Y cuando la tocas…

Bueno, si sigo, puedo contar toda la historia. A partir de aquí hago importantes spoilers de la trama, pero como el juego tiene más de 20 años… No me parece que sea motivo de nada. El caso es que, al tocar la caja, un rayo de luz cubre toda la aldea, aparece un demonio amigo llamado Yomi, y todo el mundo, excepto el Sabio y tú, son convertidos en piedra. El Sabio te enseña entonces que has abierto la caja de Pandora, y es momento de romper el perfecto equilibrio entre Luz y Oscuridad que había reinado. Hay cinco torres a las que tienes que ir, y allí, vencer a un Brujo. Al hacerlo, el mundo de arriba comenzará a despertar.

Sí, no estás en cualquier mundo. Estás bajo la corteza del mundo, y lo que haces despertar son los continentes. Así, empieza tu aventura. Despertando al mundo, continuando con plantas y animales y, como no podía ser de otra manera, terminando con el despertar de los humanos. Tú, Ark, un chico travieso de Crysta, la aldea escondida, devuelves la vida al planeta y pones en marcha la evolución humana, e incluso ayudas a sus grandes inventores a alcanzar a través de la técnica.

Y es que, el enorme alcance del que hace gala este juego me dejó totalmente anonadado. Lo recorres todo, encuentras historias en los sitios más recónditos, y ayudas, si tienes suerte y no pasas sin querer un punto sin retorno sin hacer lo que tienes que hacer, a que la humanidad vaya avanzando a través de la tecnología y de su historia. Es, simplemente, algo que nadie se había atrevido a hacer antes en un RPG. Luchando, subiendo de nivel y guiando a la humanidad. Lo típico.

Por todo esto, y por la historia de amor imposible que se desarrolla al mismo tiempo, este cuento interactivo se agarró a mi cerebro durante mucho tiempo, invitándome a viajar a este mundo sin par cuando necesitaba volar. Porque, cuando derrotas al mismo Mal en el corazón del Mundo, transciendes tu forma corpórea, unificas las dos caras del Mundo y, al fin, adquieres una nueva forma. Un ave, que surca los cielos de ese mundo que has ayudado a construir, que viaja entre las máquinas que la humanidad ha creado con tu ayuda. Y cuando lo has visto todo, viajando durante estaciones con tus poderosas alas, llegas a un apartado bosque, a una casa que es aquella en la, hace mucho tiempo, vivías en el centro del Mundo. Allí te espera, como no podía ser de otra manera, Elle, tu amor. Y sin mostrarte si Ark ha vuelto a su forma humana, tan sólo se oye que llaman a la puerta, y Elle se levanta a abrir…

Con un final así, tan increíblemente poderoso, simbólico y precioso, poco queda sino guardar todo el viaje en el corazón. Este puede ser uno de esos grandes ejemplos en los que el viaje es tan bueno como el destino. Porque ambas cosas te hacen replantearte algo tan importante como tu lugar: ¿cuál es mi lugar en el mundo? ¿Cuál es mi lugar en la vida de las personas que amo? ¿Lo puedo cambiar? ¿Lo puedo mejorar? ¿Puedo hacer un mundo mejor? ¿Pueden hacerme mejor persona los que me aman?

Todas son preguntas tan profundas que a veces da un poco de vértigo planteárselas. Pero, para mí hoy, lo increíble es que un juego pudiera hacer que me planteara estas cosas, sobre todo cuando todavía no era ni mayor de edad.

Ahora, todas esas preguntas, toda la potencialidad que sentía entonces, la revivo al escuchar esta canción, la que he puesto al comenzar el post. Es el tema final, mientras aparecen los créditos y ese viaje del que he hablado va ocurriendo. Son de esos acordes que me calman, que me hacen recordar lo mejor, lo más bonito y lo más sereno que hay en mí o en el universo que conozco. Son la expresión de la aventura que llega a su justo fin, el cuento que cierra con su moraleja, aunque sea tan ambigua como una pregunta. Son, a grandes rasgos, otra manera de recordar mis momentos más queridos de la juventud. Cuando empecé a entender, a un nivel realmente emocional, la importancia de ser bueno hacia la humanidad.

Podría ahora lanzarme en una tangente sobre la fragilidad de la civilización, pero creo que en este texto ya hay suficiente existencialismo. Bastante he mostrado ya como para encima obligar a escuchar mi opinión sobre temas de actualidad. Eso mejor para twitter, que así todo sube y baja más rápido.

Lo único que me gustaría añadir es que oigan esa canción. Tal vez, obvien que es de un videojuego, si nunca han sido cosa de su agrado. Simplemente, dejen que el piano y la cuerda les hablen. Dejen que les cuenten su viaje, la travesía por las culturas, las historias y los sueños de todas las consciencias que participaron. Y busquen. Tal vez encuentren ese ave que yo oigo surcar entre las notas por el mar, las montañas y los campos. Tal vez la vean y, por un momento, puedan entender mejor porque esta música me hace mejor persona.

Y si lo hacen… Busquen su música. Yo estaría encantado de oírla.