Cuando ya no quede nada

Miedo a olvidar, aunque ya no quede nada.

¿Y qué será de todos estos recuerdos?

Después de que se haya roto, según ocurrían las mañanas y las sábanas, me encuentran en singular, con los rayos de la mañana llegan el frío y las dudas, y la paralizante posibilidad de que todo desaparezca. Y me entran taquicardias y quiero volver a esconderme entre las sábanas. Ese frío y esas ganas de llorar, el miedo de un niño que va a perder su inocencia, que ve llegar el final de los días sin preocupaciones.

Llega la manecilla de las horas al final, y me tiemblan los recuerdos y se ciega la mirada que intenta escapar de esta atmósfera de imposible remordimiento. Me ahogo al levantarme, y siento que cubro algo más que mi cuerpo cuando me pongo el uniforme reglamentario. Pero entonces, viene una ola que todo lo cubre, que me insensibiliza ante el fuego que me quemaba al ver todo lo que era nuestro. Tan sólo una ligera sensación de desasosiego se mantiene como picor en mis manos; todo lo demás desaparece, se pierde entre los rayos de un Sol que no reconozco, vestido de amabilidad y cortesía que nos enseñan a tener aunque no las sintamos.

Y me marcho. Tomo el camino del presente y decido no hacer caso a las señales. Porque lo que hay que hacer es caminar, continuar entre las mentiras que se volvieron respeto, ser una vez más lo que nunca pude ser. Estar, al fin y al cabo, porque a nadie le interesa lo que seas en realidad: tan solo necesitan un depositario de aquello que necesitan expulsar.

Y entre toda la mediocridad y toda la falsedad, vuelve ese miedo congelado, las dagas de un pánico que no se puede aplacar, con el que tan sólo se puede convivir. Porque si un día me levanto y ya no queda nada, si la más bella de las estaciones se lleva el recuerdo de todo lo que una vez fuimos, ¿quién podrá devolverme toda la felicidad y la tristeza que una vez sentí? ¿Quién podrá asegurar que no vuelva a confiar y ser traicionado? ¿Cómo podré dormir otra vez en solitario sin sentir un frío infernal en los huesos? ¿Cómo podré, en resumen, ser yo, si esa parte desaparece en el éter y me reduzco a mi mínima expresión?

Me despeño por estas preguntas sin un final a la vista. Tan sólo el sueño inquieto, viciado, vacío de descanso ante una nueva realidad que no deja nunca de recordarme que hubo otro momento, más elevado, en el que no estaba sujeto a las leyes naturales ordinarias. Un momento en el que todo era uno, y uno era todo: no sin dolor, siempre con ganas de más, aunque todo fuese un final dispuesto a repetirse siempre.

Los recuerdos aún están frescos, pero me imagino cuando se hayan desgastado, y no quiero ser así jamás.

Porque, si los recuerdos se desgastan y dejan de clavárseme en el corazón. Si ya no mana corazón de una herida tan profunda, ¿qué me distingue de un gris sin rostro, de un día más olvidado en el calendario sin nada sobre lo que escribir? ¿Cómo podré elevarme otra vez por entre mi mediocridad y ser, aunque sea por un solo instante, algo más de lo que nunca he sabido ser? Mi destino, si los recuerdos se desgastan, estará sellado entre silencios e islas lejanas. Eterna noche iluminada por las luces eléctricas, nada más que silencio vacío envolviendo una vida de trajines comunes que no dicen nada, que pueden ser perfectamente olvidados con tan sólo mirar un poco hacia adelante o hacia atrás.

Si los recuerdos de este momento se desgastan, y ya no me arrancan la piel cada vez que asoman, habrá perdido el sentido recordar, y expresar mi decepción será la única manera de expresarme. Porque, si no queda dolor, si no quedan sensaciones que atraviesen las barreras de silencio y sinsentidos que una vez construí, encerrado en mi propia cabeza, tan sólo armado con las insuficientes formas de unas cartas a nadie, se marchitarán mis ojos y se romperá mi voz. Quedaré vacío, sin el más mínimo sentido; serán los paseos por la playa otra manera de regar a mi soledad, y todo mi calor se perderá entre una tormenta en algún mar del Norte. Perdido, paseando y divagando entre bosques encantados y acantilados sin fin, ya no habrá conversaciones que todo lo cambien, tan sólo la pregunta del momento de partir.

Perdido, y lleno de recuerdos romos, no tendrá sentido tener sentido en un mundo que nada me puede decir. Será tan solo otra espera, silenciosa y amable, mientras me comentan lo mucho que las cosas han cambiado, que todo es distinto, que ya no queda tiempo. Que estoy lejos de tu centro, que pudo haber sido pero que ya no será. Que ya no queda nada, y aunque mucho lo siento, ya no puede hacerse nada. Que todo está preparado, que nada puede ser cambiado.

Que sólo pueden ser ya recuerdos, puesto que el futuro es amistad, aunque luego resulte que no sabemos que significa eso.

Ojalá me sirvan siempre, y la excusa no se gaste.

Y que no cambie.

A propósito

Declaro que te amaré despacio, incluso cuando no haya tiempo y se acabe el aire.

Te amaré despacio.

Entre los días que pasarán despacio. Entre las playas escondidas y las planicies salpicadas de nuestra niñez. Cuando quieras y cuando te olvides. Mientras te vuelves a acostumbrar a mi mirada fija en tu futuro, y en tus pecas, que reflejan toda una vida bajo aquellos árboles que nos escondieron.

Cuando aquella caleta desapareció, y dejamos las historias y empezamos a amarnos despacio, yo te hice una promesa. Con tu tocadiscos a un lado, palabras que no entendíamos y el murmullo de un mar en calma. Despacio, según se escondía un sol demasiado avergonzado de nuestro atrevimiento, te amé despacio. Y tus cuentos nos acompañaron toda la noche, hasta caer rendidos bajo las estrellas. Sin dejar de acariciar tu pelo, imposiblemente seco en aquel lugar. Nuestro pequeño lugar en un tiempo que habíamos tomado de prestado. Aunque acabara aquella misma mañana, te prometí que nunca acabaría. Que nuestra historia no tendría final, aunque llegara a la contraportada.

Así, cuando todo ha cambiado, te amo despacio. Y te oigo en mis silencios, cuando huyo de mi mismo y me alcanza un rayo en mitad de la tormenta que a veces me rodea. Incluso si no te tengo a mi lado, siento tu calor, y me vuelven a brillar las mejillas, y la sonrisa conquista mi rostro sin que pueda hacer nada. Y nada quiero hacer, sino escapar de esta prisión y llevarte de aventura por todas las islas que nunca han aparecido en un mapa. Perdernos sin miedos, saltar por donde los demás andan, correr por donde paran y volar por donde ni siquiera lo intentan. Porque tienes la capacidad de hacer de lo imposible otra aventura, y no te das cuenta, de la forma más bonita, que me has hecho de imposible, y que tú siempre lo fuiste. Que nada de lo que hacemos tiene sentido, y que por eso es tan importante que no dejemos de hacerlo.

Hay mil razones más por las que seguiré amándote despacio. Desde el salón, el ecuador y el espacio. Con el periódico, las canas y los dolores. Y sin ellos, y sin nada; tan sólo con todo mi corazón, que late si le prometo que te volveré a ver. Que no hay nada al final que evite que volvamos a nuestra imaginación. A hacer todos esos viajes entre las sábanas. A mirarnos y ser felices, con lo más sencillo, que no es sino todo lo que nos queremos, y estas líneas se quedan cortas, aunque lo que dicen no es completo, sí es totalmente cierto. Porque poco importa que todo sea sueño, cine o realidad. Hay un reino, bajo la Luna ascendente, en el que todo esto es verdad y mentira. Donde los sueños se han hecho tierra, y de ésta han brotado nuestras almas, que visten a personas distintas, aunque sigan siendo nuestras.

Tú tienes un pelo rojo e imposiblemente seco, y la mirada profunda porque estás cansada de ver tan sólo la superficie de las cosas; yo no sé pronunciar las eses y llevo sólo en este mundo más tiempo del que debería. La isla es más pequeña, y sus costumbres, extrañas. Los amigos no estarán hasta que no dejen de ser enemigos, y tenemos a todo el mundo en contra. Pero, nos acompaña un ojo que sólo ve las cosas como fotos, y unos acordes fantasmagóricos que nos divierten. Nada es cierto, pero es muy real, y no hay diferencias ciertas. Estamos allí, aunque miremos desde aquí.

Al final, en ambos lugares, llegamos a lo mismo: nos amaremos despacio, puesto que si se acaba, tendremos todo el tiempo del mundo. Del tuyo y del mío.

Dedicado a la Flor del Sueño, y al Reino de la Ascensión de la Luna (Moonrise Kingdom)

Imagen de benjaminflouw.

Cuando te sientas sola

En los momentos más oscuros, un buen recuerdo puede ser lo que cambie el rumbo.

Cuando te sientas sola, recuérdame.

Cuando todo a tu alrededor se desmorone, cuando los dinteles se resquebrajen y las ventanas encojan. Cuando los teléfonos comuniquen y el silencio se apodere de tus canciones. Cuando haga frío hasta debajo de las sábanas y el Sol que entre en tu habitación esté descolorido y apagado. Cuando cierres los ojos y lo único que veas sea tu huida y un mar infinito, embravecido y lleno de todos tus miedos.

Cuando tengas miedo hasta de tu respiración, recuérdame.

Recuérdame en aquella tarde lluviosa de noviembre. Vuelve a dibujar nuestro paraguas en tu mente, y deja que el sonido de la lluvia te envuelva. Siente el calor de nuestro abrazo, y las palabras sin sentido que susurré a tu oído. Trae de vuelta tu sonrisa sin miedo y el latir acelerado de nuestros pechos. Observa una vez más las casas que se mecían a nuestro alrededor, que fueron dejando paso a aquel campo verde como el mar más amable que nunca habíamos visto.

Recuérdame, y no olvides que si lo bueno se acabó, también lo hará lo malo.

Que la oscuridad que vive en tu interior también habita en todos los que te rodean. Que abandonarse a ella a veces parece sensato, y hasta podría decirse que es nuestro destino, que está escrito en nuestros genes. Que cuando lo engulle todo, tan sólo resta cerrar los ojos y fundirse con ella. Dejar a un lado todo lo que fuimos y nunca más volver a preocuparse por la quemazón de la luz.

Pero entonces, recuérdame en la oscuridad.

Recuérdame bajo las estrellas. Vuelve a sentir el suelo en tu espalda, su frío y nuestro calor. Deja que te inunden las infinitas chispas de aquel cielo invernal. Vuelve a aquella mirada y todo lo que comprendimos sin decir nada. Recuérdame con las constelaciones y las estrellas fugaces, y no te preguntes dónde se fue ese tiempo, o no podrás pedir otro deseo.

Recuérdame, y no dejes de comprender que en la oscuridad nace la luz, y que la luz necesita de la oscuridad.

Y si se marchita aquel árbol que te dio la sombra; y si los campos por los que corre tu alma libre están secos; y si las flores de tu pensamiento se han malogrado. Si ya no quedan madreselvas en tus ventanas y te ha crecido una ortiga en la piel cada vez que tocas a alguien. Si te retienen las raíces de un árbol milenario y sientes tu vida ser absorbida por tu celda.

Si el verde dejó paso al negro, recuérdame a la orilla del mar.

Recuérdame en aquella playa desierta. Vuelve, y vuelve a echar todos tus miedos al mar. Que zarpen otra vez todos los barcos de papel que hicimos. Cántame otra vez esa canción que sólo tú conocías. Invoca al fuego, su pureza, y la tormenta que arreciaba a lo lejos.

Recuérdame, para que puedas recordar que allí te liberaste de todos los miedos y lamentaciones que ahora te atacan. Y que no me necesitaste, porque nunca me has necesitado.

Recuérdame, para olvidarme por siempre.

El enigma… en los píxeles

Tras ahogarme en el extraño mundo de Undertale, recuerdo otro RPG que me hizo pensar… y sentir.

Me he obsesionado un poquito.

Eso, como viene siendo habitual, es un poco ligero. En realidad, me he obsesionado pero a base de bien. Un juego, un RPG llamado Undertale ahora mismo me ha llenado la cabeza de ideas imposibles y reflexiones sobre lo que somos. Tan interesado estoy que no me he permitido ni jugarlo: ya he leído todo lo que se puede leer sobre el pequeño juego creado por un par de personas. Un ejemplo de perseverancia, de deconstrucción bien hecha y de planificación. Prácticamente todas las acciones que el jugador pueda llevar a cabo han sido exploradas con anterioridad por el creador y se han llenado de pistas y guiños a aquel que las explore.

Pero, eso no quiere decir que sea alegre. No, Undertale usa las ganas de explorar del jugador para expresar su mensaje. Y este mensaje es, sin lugar a dudas, agridulce. Porque el RPG es un género de lo más oscuro si se piensa bien. Las razones… Bueno, se lo dejo a quién quiera sentir esta experiencia. Y sí, uso sentir a propósito: la historia que se desarrolla tiene varias perspectivas. Desde la más “humana”, la más pegada a la tierra y “realista”, hasta la más alejada y universal, todas estas perspectivas o historias que se entrecruzan tejen un entrelazado tan potente y real que es muy difícil no ser absorbido por las vidas que ahí transcurren.

Sin embargo, no es sobre Undertale que quería hablar hoy. Es sobre el otro RPG que me vino a la mente cuando empecé a descubrir sobre qué iba Undertale: Terranigma.

Aquí he hablado, de pasada, algunas veces sobre Terranigma. Publicado en 1995 por Quintet bajo el paraguas de por la entonces Square-Enix, Terranigma fue uno de los primeros RPGs que llegaban a Europa traducidos. Por aquel entonces, eso no era para nada común debido a los enormes gastos que suponía, pero haciendo una fuerte apuesta por este título, Square-Enix decidió localizarlo (que así se llama el proceso de traducción y adecuación a distintos idiomas), haciendo las delicias de los fans europeos que no controlaban el inglés, además de popularizarlo más allá de lo usual.

Hace muchos, muchos años, después de la época de la SNES, pero antes de que Internet llegará a mi casa, mi hermano trajo un CD. En él, más de 300 juegos de la SNES. Entre ellos, como no, Terranigma. Claro, cuando sólo había un ordenador y era de mi hermano, poco podía hacer. Pero, cuando al fin yo también tuve ordenador, le pude dedicar el tiempo que quise (a grandes rasgos, todo el que tenía, vamos).

Entonces, ya un poco más mayor, pude entender en lo que me metía. En este juego empiezas en una aldea de lo más normalita. Árboles por aquí, gallinas, molinos, un riachuelo, el azul cristal… ¿Azul cristal? Sí, ese es el color del cielo, y hay que tener cuidado, porque según el Sabio de la aldea, es mágico. Tú, Ark, después de armar un buen revuelo en la aldea, eres retado por tus amigos a abrir de alguna manera la puerta que el Sabio siempre tiene cerrada. Como lo consigues, todos huyen, pero tú decides explorar el sótano que se abre. Al final encuentras una caja. Una caja extraña de la que salen voces. Y cuando la tocas…

Bueno, si sigo, puedo contar toda la historia. A partir de aquí hago importantes spoilers de la trama, pero como el juego tiene más de 20 años… No me parece que sea motivo de nada. El caso es que, al tocar la caja, un rayo de luz cubre toda la aldea, aparece un demonio amigo llamado Yomi, y todo el mundo, excepto el Sabio y tú, son convertidos en piedra. El Sabio te enseña entonces que has abierto la caja de Pandora, y es momento de romper el perfecto equilibrio entre Luz y Oscuridad que había reinado. Hay cinco torres a las que tienes que ir, y allí, vencer a un Brujo. Al hacerlo, el mundo de arriba comenzará a despertar.

Sí, no estás en cualquier mundo. Estás bajo la corteza del mundo, y lo que haces despertar son los continentes. Así, empieza tu aventura. Despertando al mundo, continuando con plantas y animales y, como no podía ser de otra manera, terminando con el despertar de los humanos. Tú, Ark, un chico travieso de Crysta, la aldea escondida, devuelves la vida al planeta y pones en marcha la evolución humana, e incluso ayudas a sus grandes inventores a alcanzar a través de la técnica.

Y es que, el enorme alcance del que hace gala este juego me dejó totalmente anonadado. Lo recorres todo, encuentras historias en los sitios más recónditos, y ayudas, si tienes suerte y no pasas sin querer un punto sin retorno sin hacer lo que tienes que hacer, a que la humanidad vaya avanzando a través de la tecnología y de su historia. Es, simplemente, algo que nadie se había atrevido a hacer antes en un RPG. Luchando, subiendo de nivel y guiando a la humanidad. Lo típico.

Por todo esto, y por la historia de amor imposible que se desarrolla al mismo tiempo, este cuento interactivo se agarró a mi cerebro durante mucho tiempo, invitándome a viajar a este mundo sin par cuando necesitaba volar. Porque, cuando derrotas al mismo Mal en el corazón del Mundo, transciendes tu forma corpórea, unificas las dos caras del Mundo y, al fin, adquieres una nueva forma. Un ave, que surca los cielos de ese mundo que has ayudado a construir, que viaja entre las máquinas que la humanidad ha creado con tu ayuda. Y cuando lo has visto todo, viajando durante estaciones con tus poderosas alas, llegas a un apartado bosque, a una casa que es aquella en la, hace mucho tiempo, vivías en el centro del Mundo. Allí te espera, como no podía ser de otra manera, Elle, tu amor. Y sin mostrarte si Ark ha vuelto a su forma humana, tan sólo se oye que llaman a la puerta, y Elle se levanta a abrir…

Con un final así, tan increíblemente poderoso, simbólico y precioso, poco queda sino guardar todo el viaje en el corazón. Este puede ser uno de esos grandes ejemplos en los que el viaje es tan bueno como el destino. Porque ambas cosas te hacen replantearte algo tan importante como tu lugar: ¿cuál es mi lugar en el mundo? ¿Cuál es mi lugar en la vida de las personas que amo? ¿Lo puedo cambiar? ¿Lo puedo mejorar? ¿Puedo hacer un mundo mejor? ¿Pueden hacerme mejor persona los que me aman?

Todas son preguntas tan profundas que a veces da un poco de vértigo planteárselas. Pero, para mí hoy, lo increíble es que un juego pudiera hacer que me planteara estas cosas, sobre todo cuando todavía no era ni mayor de edad.

Ahora, todas esas preguntas, toda la potencialidad que sentía entonces, la revivo al escuchar esta canción, la que he puesto al comenzar el post. Es el tema final, mientras aparecen los créditos y ese viaje del que he hablado va ocurriendo. Son de esos acordes que me calman, que me hacen recordar lo mejor, lo más bonito y lo más sereno que hay en mí o en el universo que conozco. Son la expresión de la aventura que llega a su justo fin, el cuento que cierra con su moraleja, aunque sea tan ambigua como una pregunta. Son, a grandes rasgos, otra manera de recordar mis momentos más queridos de la juventud. Cuando empecé a entender, a un nivel realmente emocional, la importancia de ser bueno hacia la humanidad.

Podría ahora lanzarme en una tangente sobre la fragilidad de la civilización, pero creo que en este texto ya hay suficiente existencialismo. Bastante he mostrado ya como para encima obligar a escuchar mi opinión sobre temas de actualidad. Eso mejor para twitter, que así todo sube y baja más rápido.

Lo único que me gustaría añadir es que oigan esa canción. Tal vez, obvien que es de un videojuego, si nunca han sido cosa de su agrado. Simplemente, dejen que el piano y la cuerda les hablen. Dejen que les cuenten su viaje, la travesía por las culturas, las historias y los sueños de todas las consciencias que participaron. Y busquen. Tal vez encuentren ese ave que yo oigo surcar entre las notas por el mar, las montañas y los campos. Tal vez la vean y, por un momento, puedan entender mejor porque esta música me hace mejor persona.

Y si lo hacen… Busquen su música. Yo estaría encantado de oírla.

Asocial social

Una confesión más, y ésta sobre lo social que este asocial a veces es, y la raíz de este comportamiento que me obsesiona y me preocupa.

Me encuentro, con cierta regularidad, dividido a la hora de decidir si soy animal social o un viejo asocial.

Si bien es cierto que sigo convencido de que la manera con la que puedo vivir haciendo y haciéndome el menor daño es retirándome de los grupos sociales y aparcando toda interacción con mis semejantes hasta sobrevivir con la mínima necesaria, tampoco puedo negar que amo compartir mis velos y mis desvelos con el Sueño que a veces me acompaña. Y a veces, también, me gusta desperezar mis huesos acostumbrados al silencio y zambullirme en el sórdido ruido de la conversación con extraños.

Así, equilibrando mi amor un poco malsano por las sombras, la lluvia y la soledad bien entendida, existen en mí pulsiones que me llevan a desear buen tiempo, una buena bebida y una conversación larga y totalmente en contra. Es casi como si dos personas vivieran en un mismo cuerpo. E, incapaces de decidir a quién pertenece, deciden turnarse los latidos con el fin de vivir ambos lo que desean.

Lo peor es que estos cambios de actitud no sólo me confunden a mí, sino a los que me aguantan y me quieren. Porque si ya es difícil congeniar y compartir conmigo, aún lo es más cuando puedo cambiar totalmente de parecer en un abrir y cerrar de ojos. Al cabo de un tiempo, me he dado cuenta de que a la gente le gusta que le sorprendas, pero también que eso no ocurra demasiado a menudo. Porque entonces eres inconsistente, irracional y demasiado difícil saber cómo vas a reaccionar a las cosas, que al cabo de un tiempo, es algo normal y necesario.

Lo cierto es que me asusta un poco. Desearía, muchas veces, no ser así. Ser un poco más predecible, y yo creérmelo también. Porque lo principal es que aún me siento dividido. Ni lo malo de ser así me convence para dejar de serlo. No lo puedo entender, y me trabo y me detiene entrar en esta dinámica de extrañeza de mí mismo.

Siempre que puedo, me detengo para estudiarme un poco. Analizar que me está haciendo funcionar, qué me hace cambiar y qué me hace permanecer igual. Pocas cosas he mantenido conmigo el suficiente tiempo como para poder apreciar una evolución visible. Como para poder sacar algún dato sobre mí mismo que pueda decir tiene algún sentido real y algún viso de ser real. Cuando se es tan voluble, es muy difícil asegurar nada sobre uno mismo. Las cosas parecen poder atribuirse siempre a algún estado pasajero o algún cambio de humor súbito. Por eso, encontrar algo estable, algo de lo que pueda estar seguro siempre se vuelve de capital importancia. Y ayuda.

Pocas cosas se mantienen, pero algunas hay. Por ejemplo, llevo más de diez años llenando hojas con mis desvarío y de mis sentimientos. Son pueriles, incompletos y feos en muchas ocasiones. Pero son míos, al fin y al cabo, y tan sólo reflejan algo evidente: sólo soy una persona. Con muchos fracasos a su espalda; con envidias e incapacidades, y otras mil cosas negativas.

Pero, también, con alguna positiva. Ahí están, y su valor no es mío para poner.

También resisten los años unas pocas amistades. Amistades que atesoro e intento mantener, porque nunca volveremos a ver los átomos perdidos en un agujero negro, pero sí las llamadas perdidas. Y estas amistades tienen tanta razón, y tantas razones además… Por alguna razón, me resisten y me sobreviven, y a pesar de lo bueno y lo malo que hago, siguen cogiéndome los mensajes. Y aunque de alguna manera resulta gracioso usar estas confesiones como comunicaciones, lo cierto es que nada se compara a tenerlos delante y poder recibir su sabiduría en directo. Y quedar un poco más calmado al verles tan bien rodeados.

Luego, hay nuevas amistades, cosecha tempranilla, futuros moldeadores de la realidad en la que todos viviremos, mentes preclaras que conseguirán hacer avanzar el conocimiento de la humanidad con su tesón y su inteligencia. Chicos y chicas que me enorgullece conocer, aunque seamos tan distintos como el blanco y el negro. Gente que te hace mejor sólo con estar a su alrededor.

Pero, si alguien ha sufrido lo que soy y lo que no termino de ser, ese debe ser el Sueño que me acompaña. Interrumpidamente a veces, con momentos de menos y momentos de más, conociéndome como nadie, ayudándome la que más. Cualquier disculpa es poca, testigo de mi mejor y mi peor. Ahora mi objetivo es hacerte feliz, aunque a veces me parezca que hago todo lo contrario. Todo es más real que nunca, y por eso tengo más miedo que nunca.

Al final, como viene siendo habitual, tuvo que haber disculpas. Pero lo prefiero a dejarlo. Para mí significan dos cosas, una buena y una mala. La mala, que sigo sin arreglar cosas que llevan mucho tiempo estropeadas. La buena, que aún no he aceptado esos errores y quiero corregirlos.

Así que, aún me quedan disculpas que pedir, para bien o para mal.

Las viejas nuevas canciones

Según pasa el tiempo, según se encorva mi sombra, las viejas canciones parecen decir tantas cosas más, se convierten en nuevas.

El 15 de enero de 2013 estuve escuchando unos acordes que me llevaron a escribir lo siguiente. Por referencias, a continuación pongo un par de canciones de las que hablo:

https://dl.dropboxusercontent.com/u/10059366/Wordpress/Nach%20-%20Ellas%20e%20Ismael%20Serrano.mp3%20 https://dl.dropboxusercontent.com/u/10059366/Wordpress/The%20National-%20Exile%20Vilify.mp3%20

Las viejas nuevas canciones

Se ha convertido ya más en una manía que en una tradición lo de unir ciertas canciones con las épocas que voy pasando en mi vida.

Hace años ya que comencé este experimento mental (hoy en día reconocido científicamente) de formar conexiones entre la música y mi memoria. De hecho, si pudiera escuchar música mientras hago los exámenes, seguramente aumentaría mi eficiencia sobremanera. Pero, no se trata de eso especialmente de lo que va esta entrada. Se trata, como no, de una entrada semi biográfica de estas Navidades del 2012 que fueron algo menos apocalípticas de lo que habían sido predichas. Y de su banda sonora.

Soy un tipo, además, que no se cansa fácilmente de las cosas que le gustan. Quiero decir, aún de vez en cuando enciendo los emuladores de la SNES o la NES y me hecho unas partiditas a cosas que tienen más años que un servidor, y que fácilmente llevan en mi vida casi dos décadas. Creo que a eso se le puede llamar dedicación.

Por eso, creo que no sorprende nada si vuelven a aparecer viejas canciones conocidas, como el Waiting for the End de Linkin Park o Fireflies de Owl City. Sin embargo, este descenso a la nostalgía se nos unen nuevas viejas conocidas como el Ellas de Nach e Ismael Serrano o el Exile Vilify de The National, entre otras que llevo ya escuchando casi un año.

Y es que, en medio de este atrincheramiento mental que me ocupa en estas fechas, a recordar canciones se le ha unido recordar películas. Sinceramente, estoy buscando la respuesta clara y concisa que se me escapa ahora que las preguntas importantes se me plantean casi con una frecuencia diaria  El único sentimiento que perdura entre este bombardeo es el terror más absoluto y apabullante. De vez en cuando, pienso yo que la ignorancia o la inconsciencia se hacen con mi cabeza y vuelvo a más o menos funcionar bien, pero estos descansos mentales no duran mucho, y al cabo, vuelvo a mi obnubilación constante y a la incapacidad de decir lo que estoy pensando.

Un tiempo atrás, cuando la luz era increíblemente brillante y las sombras un sitio donde jugar a dobles, pensé que no haría falta complicarse la vida y las preguntas a pesar de que venía sobre aviso. Así que, más contento y sin pensamiento, me dediqué al disfrute integral de lo que la vida ofrecía sin pensar. Ahora, sin embargo, son sólo preocupaciones lo que me llama, sólo una incapacidad total de saber que va a pasar.

Y a través de todo esto, llega dentro de nada el momento en el que tenga que decidir de las partes importantes de la vida, la que más. No me siento capaz. Me cuesta incluso creer que pueda haber alguien que sea realmente capaz. Tal vez sea así. Tal vez lo que saque la gente no sea más que un buen teatro diseñado para engañar hasta a la misma muerte, y poder así comenzar un camino que, tal vez, termina llevando hasta la felicidad. Admiro ese arrojo, y me sorprende y me silencia cuando lo observo. Pero no me creo capaz de producir esas hormonas que añadan tan característica cualidad a mi actitud.

Ahora tan sólo me queda esperar y desear que llegue el momento de la verdad. ¡Qué sea lo que quiera ser! No le pido más, pues no se trata de ganar o perder, sino de vivir. Vivir y no morir, y continuar con el paso que me lleva al mañana, sin tropezar, pero aprendiendo igualmente que hay piedras en el camino y, algunas, no se pueden rodear.

Impresiones

Confusión, liberación, cuando casi se ha perdido la manera de comunicación.

A veces me da la sensación de que me encuentro en medio de una batalla por conservar lo que soy.

Seguramente me estoy comiendo el coco tontamente. Seguramente, sea una primera frase demasiado melodramática para el presente que se me descubre día a día. Pero, la verdad es que, por mucho que pasa el tiempo y espero volver a encontrar el templo donde se esconden mis hojas llenas de tinta, la vida me absorbe y la desprecio y la venero sin que sea capaz de atrapar ni un momento de pensamiento quieto.

Creo recordar que una vez leí una cita que decía más o menos así: “Para escribir hay que vivir, y mientras se vive, no se tiene tiempo para escribir”. No sé de dónde salió, pero ahora mismo parece ser el motto de una vida que no se detiene, a pesar de que se afana en meterme palos entre los radios.

Así que, dividido entre el miedo a perder lo que tengo y el miedo a obtener algo que me haga cambiar aún más, floto incapaz por la corriente de arena. ¿Quién me podría imaginar así, con la cama deshecha y los labios partidos? Todo parece tan lejano y tan distinto y tan extraño… Tan acogedor y amigable como la oscuridad que conoces como la palma de tu mano.

Siento también alguna parte de mi mente que se afana en echarme la bronca. Me llama desagradecido, y no puedo dejar de darle la razón. ¿Cuántas personas no darían todo por estar en una posición parecida a la mía? Si soy experto en algo es en sacarle pegas hasta al mismísimo Nirvana. ¡Si tan sólo pudiera cambiar medio hemisferio de lado! Ahora quedo reducido a deseos.

No entiendo apenas qué puede ser lo que me lleve a esta pérdida de norte tan repentina y preparada. De nuevo, miedo. De nuevo, hartazgo conmigo mismo. En todo caso, haga lo que haga, día a día intento mantener mis metas. Intento, de alguna manera, mantener las viejas costumbres ante actividades totalmente nuevas. Ni una gota de sudor derramada sin un propósito. Sueños y esperanzas, por favor de nuevo negro sobre blanco en mi caja de Pandora.

Y esa sonrisa gratuita al otro lado de mis ojos.

Una ración pequeña de alma

Poema sobre el deseo de cambiar, y no poder, lo que podrías desear a tu alrededor.

El recurso de la repetición tiene una fuerza increíble si usa bien por un simple hecho: la vida es repetición. Repetimos una gran cantidad de acciones a través de los días, de las semanas e incluso de la vida. Y no en cosas tan evidentes como comer, dormir o ducharnos. También pasamos nuestro tiempo pasando por las mismas calles, viendo el mismo paisaje por la ventana o incluso intentando acordarnos de las mismas tareas repetitivas, una y otra vez. O incluso en cosas más pequeñas: nos atamos los cordones a diario, fregamos y pensamos en las mismas personas. Normalmente con una sonrisa en la cara. A veces, con los ojos cerrados.

Por eso, como decía, el recurso de la repetición puede tener una gran fuerza. El que lee se acomoda al suponer lo que viene después y acertar. Se adormecen sus sentidos, decae su actividad, su intento de comprender lo que viene. Y finalmente, cuando se encuentra en esa especie de sumisión, se le despierta con el cambio. Se le saca de su rutina diaria y se le agita, aunque sólo sea momentáneamente y de forma metafórica, para que se libre del peso de la rutina y pueda ver un poco por encima de lo que acostumbra.

Con esta intención escribí lo siguiente.

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