Lluvia de estrellas

Un viaje imposible, un encuentro fortuito y un pecho en llamas.

Hubo una vez que me encaramé a la Luna.

Ascendí sin preocupaciones entre las esferas de un firmamento perfecto. Atravesé el éter invisible que separa todas las cosas y, alcanzando con el brazo estirado, acaricié la superficie nacarada de la reina de la noche.

Cuando me posé, las estrellas, diminutos puntos fulgentes, caían a mi alrededor como un torrente de luz que procedía de mis sueños más profundos. Recogí una, y al observarla, me dí cuenta de que me devolvía la mirada. Imposible y olvidada, compartió conmigo su infinito calor, dándome la fuerza para continuar en esa situación tan particular, en la superficie lunar, observando mi tierra de lejos.

Y entonces, me la tragué.

Apareció en mis manos, unidas para sujetarlo, mi corazón. Aún brillaba dónde rozó a la estrella cuando ésta ocupó su lugar. Sin uso para él, guardé mi corazón en un diminuto baúl que metí en mi bolsillo. Aún fuera de mi cuerpo, latía con la vieja pena que siempre había usado como fuego. Me dio pena, así que lo guardé con mis mejores recuerdos y algunas buenas intenciones, para que se conservara algo menos triste mientras disfrutaba de la estrella de mi pecho.

Con el calor de la estrella en mi cuerpo, recorrí a voluntad la negrura del espacio más profundo sin miedo ni frío. Llegué hasta la última esfera de cristal, e hice música golpeando el límite de mi universo. Recogí brazadas de éter y esculpí los sueños que me hicieron sonreír. Hice caminos de luz entre los planetas y el sol, para poder volver en cualquier momento, y construí una cabaña en las junglas indómitas de las lunas ocultas de tu mente. Me convertí, sin darme cuenta, en explorador y misionero de todo un cielo que intentaba comerme sin que yo sospechara nada.

Y de repente, me caí.

Se acabaron mis nuevos poderes. Caí y caí hasta que reboté de vuelta en la Luna. La estrella seguía en mi interior, latiendo y cediéndome su calor por estar en mi pecho; pero brillaba mucho menos. Había encontrado la tristeza, y tornó mi presencia en ausencia. Nada de lo que le dije, y tampoco nada de lo que sentía la convencieron de que estaba con ella. Simplemente, nada era suficiente, y su luz se fue apagando.

Entonces se me ocurrió. Ya que había abandonado hacía tanto mi tierra, tal vez podríamos pensar en vivir juntos en el firmamento. Retornarla, aún en mi pecho, de vuelta con sus hermanas, allá donde las estrellas viven: en nuestros pensamientos pasados. E hicimos un trato. Ella brillaría y, de vez en cuando, volveríamos a aquel momento en el pasado, para que se sintiera como en casa una vez más.

Brillamos juntos más que nunca. El universo se nos quedó pequeño, e hicimos planes para visitar cada uno de los planetas, sus lunas y los pensamientos imposibles de todos los artistas que alguna vez vivieron. Eramos uno, al fin, y nada podía hacernos retornar a la realidad que habíamos dejado atrás. Brillábamos más de lo que nunca habíamos brillado por separado.

Y sin embargo, una vez más, caí.

La estrella se enfrió. Mi pecho quedó al descubierto. Confundido, pregunté por qué. La respuesta se perdió entre las nubes de mi tierra según caía hacia ella.

Y al llegar al suelo, tan lejos de la Luna, los planetas y todos los satélites, se estalló el baúl que contenía mi corazón. Saltaron los trozos y se perdieron los mejores momentos y se evaporaron las buenas intenciones.

Apenas latía. No me había dado cuenta, pero viajar con la estrella lo había llenado de lascas, de muescas. Se había vuelto frágil como el cristal. Tanto calor lo había fundido y lo había vuelto a forjar, y con un toque, estalló. Viajar por el universo lo había privado de aire, y luchar en las junglas indómitas lo volvió asustadizo. Aún en mi bolsillo dentro de un baúl, mi corazón me había acompañado todo el viaje. Y yo sin cuidarlo lo más mínimo.

Así que me puse manos a la obra y lo recompuse. Ya no sería como antes, eso era imposible. Pero, al menos, podría volver a darle forma. Durante tres noches y tres días, trabajé sin descanso. Primero, recogiendo todos los trozos que se habían esparcido por mi tiempo. Luego, formando con ellos una imagen de mi corazón, nueva y fracturada, pero entera. Y, finalmente, pegando todos esos trozos con lo que tuviera a mano: lágrimas, sonrisas, suspiros… Algunos trozos pegaban mejor con las primeras, otros con las segundas; y con las terceras, le devolví el ritmo al terminarlo.

En cuanto empezó a latir una vez más, salió la estrella de mi interior. Me miró con pena y, más fría que nunca, se despidió de mí, triste porque mi pecho no llegó a ser el hogar que buscaba. Yo le ofrecí mi sonrisa, y aunque pareció agradarle, se fue a buscar su propio calor antes de probar mi sonrisa.

Sólo, y atado por la gravedad otra vez, coloqué mi corazón en mi pecho y este se cerró. Me dolió, ya que la forma de mi nuevo corazón era rara y tenía bordes que cortaban, pero volví a latir.

Ahora miro hacia arriba, allá donde viven las estrellas, y me pregunto cuál fue aquella que una vez compartió su calor conmigo. Me pregunto si volveré a surcar el firmamento, y si aquella estrella se llevó algo de mí.

Y hay días que me parece que asciendo sin preocupaciones, aunque no sé si es verdad o tan sólo son imaginaciones mías.

Dicen que en el mañana hay lluvia de estrellas.

Sonrisas deshilachadas

La honestidad a veces cuesta decepeciones.

Esta es la tercera versión que escribo de esta entrada. Y, honestamente, no veo que vaya a conseguir lo que intenté en las otras dos, así que voy a cambiar de estrategia.

Tenía muchas ganas de escribir algo más ligero, menos lleno de niebla y tristeza. Y me he chutado con todo lo que me hace sentir bien: he visto capítulos de Scrubs, he escuchado mis canciones más alegres (no mis favoritas, porque son casi todas tristes o melancólicas o taciturnas), e, incluso, ahora mismo estoy escuchando la canción de créditos de La vida secreta de Walter Mitty. En resumen, he intentado buscar todas las cosas que me han cambiado el humor a uno más positivo en algún momento de mi vida.

El problema, por supuesto, reside en que este no es un momento cualquiera de mi vida. Es un momento muy particular, unas semanas y unos meses que me marcarán para el resto de mi existencia. Según The dictionary of obscure sorrows, lo que siento ahora es Dès vu (al final de la entrada voy a poner un link al video, merecen todos muchísimo la pena, y creo que terminaré haciendo una entrada para unas cuantas palabras). Sé que lo que viva y lo que piense ahora se me quedará grabado a fuego en el cerebro por el resto de mi existencia. Y sé que tengo una oportunidad de oro de cambiar justo ahora. Ahora que me toca reconstruirme puedo elegir cómo hacerlo.

Y no quiero fingir. Quiero seguir escribiendo aquí, continuar esta especie de mezcla entre diario, taller literario y expresionismo escrito. Quiero cambiar algunos hábitos, introducir unos nuevos que mejoren mi salud física, y quiero un nuevo nivel de higiene mental que no he tenido hasta ahora. Quiero disfrutar de la soledad, y quiero poder salir de ella sin secuelas para quedar y socializar con tranquilidad, sin la sensación de que necesito o no necesito hacerlo según las circunstancias. Simplemente, estoy intentando ser más fiel y honesto conmigo mismo, a fin de poder serlo con los demás.

En cierta manera me gustaría decir que estoy mejor y ya está. Que lo malo se acabó el día D a la hora H y que a partir de ese momento hice el desembarco en la playa de un nuevo estado anímico y que lo demás quedó al otro lado del estrecho. Me gustaría poder mirar al futuro con el optimismo con el que decidí apuntarme a kung fu y aplicarlo a todo lo demás, como si se me hubiera agotado la tristeza y la nostalgia y tan sólo hubiera sabor felicidad en el menú. Me gustaría, llegados a este punto, haberme recompuesto ya y que ahora tan sólo hubiera tiempo para todas las cosas buenas y nuevas que tengo por delante.

Pero, no es así. Nunca es así. Las personas somos un barullo de emociones, cuyo volumen lo controla otro barullo de hormonas, que a su vez se ve afectado por un barullo de decisiones que tomamos cada día. El nivel de complejidad es apabullante. Y aunque cada día más personas entienden que esto es así, aún nos obcecamos en ponerle cuadrículas a estas cosas e intentar colocarle medias y medianas a este tipo de cosas. Es magnífico pensar como, sin apenas entender como funciona nuestro estado de ánimo, hemos sido capaces de conseguir tanto.

Una vez más, me voy por las ramas. Lo que quería decir es que, sencillamente, durante un buen tiempo, aunque parezca que esté bien, y aunque por el día me divierta y me ría y me duela y vaya y vuelva y haga comida y organice eventos y estudie y apruebe y suspenda y escuche y hable, a pesar de todo esto, seguiré pegando mis trozos. Me seguirá ocurriendo que cuando se acabe el día y todo el mundo se haya ido y me mire ante el espejo, solo y casi a oscuras, una sensación incontenible de rotura me rasgue en dos. Se me parará el corazón y examinaré mi imagen del otro lado con la curiosidad clínica del descubrimiento de una nueva especie. Miraré y me moveré a su alrededor, con el corazón parado y la respiración perdida, tratando de encontrar el punto de donde provienen todos los rotos que me sesgan por dentro. Tiraré de los hilos de una sonrisa deshilachada, y mientras mi mirada se escapa entre párpados de plata, apuntaré con presura cada uno de los sonidos encantados que escapen de mi forma convertida en estatua.

Y habiendo estudiado con tanto detenimiento la parte de mí que hará las veces de maquillaje amable, me retiraré y me esconderé de nuevo en sus adentros, con el fin de no dejar vacías de alma las cuencas de unos ojos que, poco a poco, cada vez ven menos. Menos colores, menos luces y menos razones para seguir abiertos.

Si es que, no se me puede dejar solo. Con nada me pongo como tonto con ese tipo de prosa tan pintada que a veces da la sensación de no ser ni de este planeta. Pero claro, es el tipo de cosa y el tipo de manera de las que me gusta escribir. Simplemente, me sale solo.

Dicho todo esto, de paso un aviso. Esto no significa que no me apetezca hacer todas esas cosas de las que hablaba unos párrafos antes, o que no las vaya a disfrutar. Muy al contrario. Precisamente, contra este manto infinito de gris y negro, las luces de todas esas estrellas que me acompañan son tan brillantes y cálidas que no puedo dejar de sentir lo maravillosas que son. Y además, su contraste me permite encontrar las partes bellas del manto gris y negro que me suele cubrir.

En fin, ya voy terminando. Si bien no es que sea mucho más alegre, al menos no es tan triste. Al fin y al cabo, el tiempo hace su efecto, y las conversaciones amigables también. Me sigue dando miedo que todo esto deje de dolerme en algún momento, ¡pero bueno! No sería la primera vez que estoy muy equivocado sobre algo.

P.D.: Aquí va el link al video del que hablaba, Dès vu. Creo que no tardaré mucho en empezar a hablar de este canal.

Regresando

Cambio de ritmo para el blog

Aparto un momento la atmósfera un tanto oscura que me ha invadido estas semanas para hacer una actualización sobre el blog.

Llevo un par de semanas con el ritmo de publicación aumentado. Muchas cosas en muy poco tiempo, y ganas, casi terapéuticas, de escribir. Es que no sólo me han pasado muchas cosas, sino que además mi momentánea obsesión por los trabajos de Wes Anderson alcanzó su punto álgido, y se ha dado muy bien a darme una especie de arquitectura sobre la que construir estos extraños relatos que han ido apareciendo estos días.

Así que, de una manera fortuita, mi vida se ha convertido tontamente en algo más o menos relatable, así que he aprovechado y he sacado todo lo que he podido de todas estas sensaciones que a veces amenazaban con atarme a la cama y esconderme del mundo.

Sin embargo, yo no soy capaz de mantener este ritmo durante mucho tiempo. Ha sido un bonito experimento en medio de esta tormenta, venir aquí y dedicarle un buen rato a estar delante de la pantalla, intentando encontrar la manera de abrir las puertas y expulsar lo que me carcomía. Ser un poco más abierto y al mismo tiempo un poco más onírico, decir las cosas sin ser evidente.

Como digo, ha sido bonito, y también doloroso. Pero no pretendo volver al vacío emocional que construí unos meses atrás. Hay cosas que ya no podrán volver, y una de ellas es la inacción que me lleva deteniendo desde hace tantísimo tiempo. Ya casi no recuerdo cuando no era así, y esta manera de ser ahora me resulta pavorosa. Y nunca me he sentido más contento de sentir miedo.

No creo que vaya a haber cambios radicales. Me conozco demasiado: me resisto a los cambios cuando son tan repentinos. Pero, de la misma manera que la canción que acompaña este post va cambiando paulatinamente hasta convertirse en algo totalmente distinto, así me gustaría ir evolucionando. Sutilmente, con mejores y peores momentos, hacia algo mejor, alguien mejor. Más fuerte, con menos remordimientos y con más ganas de que llegue el mañana.

Y eso que el futuro es más incierto que nunca.

Además, le prometí a cierta estrella que cambiaría un poco el tono de las próximas entradas. Así que debería intentar escribir algo un poco más alegre… ¡aunque no prometo nada!

Puntos en el corazón

Puede…

Puede que el desastre haya golpeado cuando la marea estaba más alta. Durante los viajes imposibles que una vez hicieron nuestras almas, allá donde el cielo y la tierra se besan; mientras la luz del sol recorría plácidamente las llanuras de una historia que nunca pudo ser.

Puede que nos hayamos mecido entre las olas de una sonata dedicada a las personas que nunca pudimos ser, que siempre tuvimos en el borde de nuestra mirada. Reflejos más luminosos de lo que nunca pudimos ser, seres más amables y más honestos que los que ahora animan nuestros corazones. Esas versiones que se alzan por los cielos, vuelan el uno junto al otro, descubren paisajes imposibles apoyados en los vientos que mutuamente nos cedemos sin reparo. Versiones que ahora vemos, que nos hacen llorar por las noches cuando notamos el frío en nuestras camas, que nos recuerdan todo lo que hicimos mal.

Puede que cuando nos montábamos en aquel coche no recordáramos por qué lo hacíamos; que la rutina de una batalla vencida nos cegara, y atase nuestros corazones a una neblina impenetrable que nos separó de nuestras realidades y nos tornó en estatuas admirables que escondían dentro todas las oscuridades que iban poco a poco comiéndose nuestras esperanzas y nuestros pensamientos de futuro. Y al no compartir más nuestros futuros, éstos se fueron marchitando para siempre en una oscuridad inacabable que se volvió rutina. Y así, en medio de la nada, asustados al no palpar los labios del otro, empezamos a cometer errores que fueron, indefectiblemente, dirigiéndonos al borde del agujero negro, donde va a morir la luz que no alcanzó a iluminar nuestro presente.

Y puede que el espectáculo fuera sensacional, allí donde la oscuridad se encontró con la luz. Saltaron realidades y se dio la vuelta el tiempo. El color se desparramó por nuestras pupilas, y las formas se retorcieron a través del espacio y la realidad. Ya nada pudo volver a ser lo que era, y en medio de las explosiones de nuestros corazones, tan sólo la voz de la resignación respondiendo a la voz de la desesperación. Y su eco se hizo eterno.

También puede que nada de esto tenga nada que ver. Que la realidad sea tan sencilla como que se acabó lo inagotable. Puede que de tanto hablar y de tanto sentir, el corazón y la boca terminaran por ponerse a contratiempo, y aunque la tristeza y el cariño lo inundaran todo, no supieran ponerse de acuerdo hasta que hubo un silencio que les permitiera hablarse. Cuando se dieron cuenta de lo que estaba pasando, decidieron que era el momento de no seguir perdiendo los días y los sentimientos y quedarse con lo que ya tenían, y no arriesgar más romperse en mil pedazos cuando un final anunciado llegara, con todas sus consecuencias y todas sus vicisitudes.

O puede que hartos de todas las cosas que no se podían decir, decidieran romper las barreras de esa rutina que todo lo inundaba, intentar dar un golpe de efecto que hiciera estallar el silencio que todo lo inundaba. Gritar a través del vacío del espacio entre nosotros, y cometer la aventura más arriesgada de todas: hablar de verdad. Ser de una vez uno en valor y en sentido, y por fin expresarse aunque no supieran muy bien qué decir.

Finalmente, puede que no sepa qué decir. Puede que esté aquí, rellenando líneas en un vano intento de expulsar todo lo que duele por dentro. Puede que mire a mi alrededor y vea tantas cosas que no he probado que ahora quiera intentarlas todas, y que me dé más miedo que nunca lanzarme, porque ya casi no tengo tolerancia al dolor. Al físico, porque no creo que pueda acumular más anímico. Y no es culpa de nadie, pues las elecciones siempre fueron mías. Pero eso no quita para que me duela mirar, me duela escuchar y hasta a veces me duela escribir. Porque cuanto más expulso, más profundo busco, y llega un momento en el que tengo que dejarlo por un tiempo para dejar de escarbar trozos de un corazón que todavía se lo piensa dos veces antes de latir ante ciertos recuerdos.

Pero sé que seguiré en este estado si no hago algo, y de alguna manera habrá que salir adelante, si todo lo que tengo a mi alrededor es inalcanzable; y aunque amo las ondas con locura, me toca a mí tomar el control de mis brazos y mis latidos cuando estoy solo ante el peligro, que suele ser a menudo, siempre que las estrellas me sonríen en pleno día. Y es tan fácil perderse en los sueños diurnos, aquellos que solía cerrar antes de empezar, que ahora me inundan porque no vivo en este mundo. Porque aún vuelven aquellos sueños en los que desaparezco y me voy a otra dimensión, y la gente acepta sin remordimientos que ya no estoy, que esas cosas pasan y que tan sólo era yo.

Y en esas dimensiones extrañas encuentro un escapismo que pensé que había perdido, que pensé que ya no necesitaba. Pero ahí está, funcionando a pleno rendimiento cuando me siento a oscuras y dejo que mi cuerpo desaparezca en la oscuridad, y estas melodías me toman ingrávido y me transportan allá donde otros entran por las formas, otros por la droga y otros por simple manía de no escucharse. Me elevo sin alas, y soy el ser más importante de mi propio universo, y observo a la Tierra, sola en la negrura del espacio, y no me detiene ni la falta de aire ni la falta de estima.

Pues por un instante creo, y todas las destrucciones que he vivido últimamente son parte de mí. Se integran y también me elevan, aunque sepa que llegará el momento en el que tiren de mí hacia el suelo. Y de la misma manera que me elevaron, ahora me hagan descender a horcajadas, me ahoguen y me devuelvan a la realidad de la que huía.

Puede –y termino — que todo pase y que al final este tiempo se convierta en huellas borradas por el mar. Y cuando mire hacia atrás me costará sentir lo que una vez me hizo llorar tan amargamente. Pero sé que, aunque haya desaparecido de mis recuerdos, todos estos tiempos estarán cosidos a mi corazón, puntos eternos que vibrarán con cada latido, que en cierta manera, su huella se sentirá en cada respiración, en cada mirada y en cada paso. Una parte más de mí que por siempre se expresará en mis gestos y en mis palabras. Esa tristeza antigua que se comparte entre las sábanas, y en la barra del bar que llamamos honestidad.

Seguro que no te olvidaré nunca.

Seguro que continuaremos nuestras vidas también.

Comienzos

Un viaje imposible para un comienzo imposible.

Comienza un nuevo giro. Mirando al Sol, nuevos cantares y nuevos paisajes.

Comienza todo de nuevo. Son nuevas sonrisas, nuevas lágrimas y nuevas confesiones, aunque sean heridas viejas. Son nuevas experiencias, siempre que desciendo por este afluente de vuelta a mi corazón, en el bosque de mis vergüenzas. Continúo hasta encontrar de dónde brotan todas estas lágrimas, en un valle de remordimientos. Y por fin, arranco del mapa todos estos lugares, y en una maceta en el alfeizar, planto todo esto junto a las semillas de un nuevo yo. Tal vez, con el Sol y la nueva lluvia, algún día crezcan madreselvas y nuevas canciones, y germine un nuevo destino, un mar en el que navegar otra vez, cuyo fondo esté poblado de mis antiguos naufragios, hogar de mis nuevo sueños, y de los bailes imposibles que brillan como estrellas en la noche abisal que es su hogar.

Comienza un nuevo fuego de la noche de San Juan en una playa desconocida. Tumbado sobre la arena, me hundo poco a poco, y van desapareciendo las viejas estrellas. Me transporto entre mil colores y el caleidoscopio de mi mente por los tiempos pasados y las tormentas que trajeron consejos y las olas que me permitieron elevarme entre el fuego del falso cariño. Y cuando ya no puedo aguantar las vueltas y el dolor, se acaba, me deja, y sin fuerzas, abro los ojos por primera vez. Las estrellas son todas nuevas, tan lejanas como siempre, tan sólo duelen menos. Sólo duelen menos, aunque no sea difícil. Menos brillantes, y la Luna sonríe apesadumbrada, clavada en el cielo con las palabras de una despedida, se derraman sus lágrimas invisibles por toda la eternidad.

Comienzan todos los bosques a volverse fantasmagóricos, ahogados en bruma y el ulular de un búho que no puede dormir los recorren. El apesadumbrado quejido de flores que llevan muertas entre la bruma toda una eternidad que nadie conoció. Se posan en sus pétalos muertos las esperanzas perdidas, los sueños robados y las expectativas malogradas. Y como una cascada de tristeza, se acumulan en el pantano donde dan hogar a nenúfares multicolor, llenos de la amargura que llevaban las palabras que nunca se dijeron. Perviven durante siglos, incapaces de morir porque nunca podrán expresar la razón de su existencia, eternamente vivos por no poder morir. Y mientras, los sauces llorones continuarán cubriéndolo todo, peleando como caballeros, con sus infinitas hojas, por los rayos de sol que nunca podrán llegar a su objetivo.

También comienzan los desiertos a volverse multicolor, soledades hechas león que nunca han tenido amigos, tiempos que se deshacen sobre las dunas, incapaces de hacer tic-tac en su justa medida, absurda parodia de la mayor fuerza de nuestro universo. Porque sin tiempo no hay recuerdos, y sin recuerdos hay olvido, y así surgieron todas las sombras, los inviernos y la verdad, que quema y arranca la piel de unos labios nacidos de ortigas, de una imagen de cartón piedra que pintamos mientras tuvimos los ojos vendados. Y mientras las dunas avanzan, cubriendo los ojos de una tierra incógnita, todas nuestras palabras son arrastradas por el viento, perdidas entre los barcos que se llevan nuestros amores de verano y la ilusión de esa inocencia que perdimos entre suspiros. Y en las entrañas de este nuevo desierto, allí donde se esconde el oasis de nuestra verdad, allí descansan todas las carreteras que nos vieron sonreír, los árboles que nos dieron sombra mientras nos abrazábamos, las sábanas con las que nos escondimos al volar, los rayos de sol que nos iluminaron al besarnos. Allí, sin esperar a nadie, estamos nosotros, cuando todo era tan imperfecto como ahora, pero aún no nos importaba.

Al fin, comienza también ahora un nuevo hogar. Las puertas serán reforzadas, y las paredes se funden con el asfalto y con las ganas de no-vivir. Más rígidas y más maleables que nunca, toman formas imposibles, se mantienen y se retuercen, y se hacen invisibles cada vez que saco un boli y lo apunto al desván. No hay calefacción en este nuevo hogar, tan sólo el fuego hueco de un enfado sin razón, y las razones huecas de un teatro de fin de semana, una representación ilegal de unos sueños que se venden al mejor postor, una realidad alternativa que amenaza con absorber todo lo demás. Soplaré todo el polvo de los estantes, y retiraré las sábanas blancas de los muebles. Dejaré a la vista las alhajas, y en la caja fuerte guardaré papeles sin importancia y tickets sin usar. Apagaré las luces, y cuando ya no pueda aguantar más, abriré las ventanas y dejaré que entre el invierno. Se enfriarán mis corazones y ya no pensaré más. Tan sólo sentiré viejos sentimientos y viejas sensaciones. Soplaré y soplaré todo lo que he sufrido y dejaré que entre nueva música, y se derramarán como enredaderas mis historias por la fachada, y surgirán de ellas cientos de flores, donde se acumularán sueños, esperanzas y expectativas. Dibujaré estrellas en mis techos, y por la noche, brillarán titilantes, bailando imposiblemente en el fondo de mi pupila, repitiendo todos aquellos movimientos que una vez me hundieron en arenas movedizas multicolor. Y en el sótano, al fondo más profundo, instalaré un oasis artificial, donde pueda volver a ver todas las veces que fui feliz, siempre que me olvidé de todo menos de ti, siempre que la sonrisa no fue un maquillaje amable.

Ahora que comienza mi primer día sin ti, recuerdo lo que ha acabado. Porque la parte más difícil de acabar es volver a empezar, y por muchas luces que se enciendan a mi alrededor, ninguna brillará tanto como tú. Y aunque algún día parezca que no recuerdo nada de lo viejo, lo cierto es que siempre lo llevaré puesto; bajo la piel, donde nunca nadie lo vea. Sólo tú, que siempre pudiste ver mi interior sin esfuerzo, aunque no te dieses cuenta. Nunca nadie me conoció como tú, y ahora tendré que cargar por siempre con el adiós que te dí.

Y llora el río cuando pasa, porque sabe que no volverá.

Un pequeño aviso

Aviso de que, debido a un cambio radical en mi vida, las próximas entradas pueden ser… poco optimistas.

Tengo que dar un pequeño aviso. En realidad, es sólo una excusa para empezar a sanar la herida que se abrió en canal, pero como excusa que es, siento que debo expresarla tan bien como pueda.

Aviso de que no entiendo nada. Que cuando más viejo me sentía, viene la vida y me devuelve a la casilla de salida. Que si pensé que ya había sentido el dolor más grande, me equivocaba. Que las cosas, una vez más, se acaban.

Aviso de que, a consecuencia de que haya desaparecido el suelo bajo mis pies y el techo de mi cabeza haya salido volando por una tormenta tranquila pero final, tal vez mis renovados esfuerzos por mantener vivo este lugar se vean en cierta manera truncados. Tal vez, durante unas semanas, me escueza la herida y tan sólo derrame mi alma de una manera muy específica, a saber, suspirando de nostalgia por lo que nunca tuve y lo que ya no será jamás. Puede que durante un tiempo, se acaben las bromas y las reflexiones; los defectos personales y los sueños; y tan sólo pueda escribir sobre las pesadillas y las mil ideas que se arremolinan en mi pecho y a veces no me dejan ni respirar.

Puede que durante unas semanas vuelva a las películas que me enseñaron, a las series que me hablaron y a las canciones que siempre me enmudecen. Puede que aparezcan mensajes dirigidos que nadie entenderá. Puede que quebrante aquí mismo mi alma para expresar todo lo que ahora, sin ningún control, se remueve en mi interior y me impide dormir con normalidad. Y puede que me rompa en el escenario y no quiera ver a nadie mientras recojo los trocitos y hago lo que puedo por caminar con cierta intención.

Ahora mismo me debato entre lo que siento y lo que debo, y no tienen sentido ninguna de las dos. Todo es como un sueño, como una pesadilla que no se acaba, con la que trato de convivir haciendo caso omiso a todos los sonidos. Ya no escucho a mis voces. Mis días son un compendio de silenciosos pensamientos que se dedican a sobrevolar mi consciente sin el arrojo suficiente como para zambullirse en ese océano de emociones que arrecia justo debajo. Sin barco ni capitán, navego sin velas y el timón está roto, pero el horizonte promete paz sin silencio, que ahora mismo es lo que me da más miedo, porque nunca antes había estado tan callado mi cerebro.

Es como ser prisionero de uno mismo. Querer sentir una cosa y tener otra muy distinta gritándote al oído.

Y todo es muy distinto. Y todo es igual. Es una sensación tan rara. Como nostalgia de algo que nunca tuve. Tan absurdo como cierto, me recorre por completo.

En todo caso, esto no es más que un aviso. No me quiero explayar aquí demasiado, teniendo en cuenta que la programación habitual se va a ver alterada por este tipo de textos. Ya habrá tiempo de intentar expresar toda la confusión que ahora vivo.

Hasta entonces, me sigo preguntando: ¿qué ha pasado?

Un año, un objetivo completado

Puesta al día, justificaciones varias por un año de muchas historias y pocas confesiones.

Ha pasado un año (algo menos) desde que comenzó el semanal flujo de entradas que ha mantenido este blog vivo durante 2016. Todas estas entradas eran capítulos de algunos de mis fics de Ranma, y estoy contento de que finalmente todo ese material este aquí, en el blog.

Sin embargo, todo lo que tenía preparado se ha consumido al fin. Ya no queda nada en el sistema, y lo cierto es que tampoco he preparado nada para las semanas venideras. Pero, no me adelanto.

Escribo esto porque quería explicar el porqué de las entradas semanales y el haber preparado tanto material para que subiera de forma automática.

No hace mucho, hablé con un buen amigo mío (de esos con los que sólo puedes quedar un par de veces al año) y hablamos de objetivos, de constancia y de lograr cosas. Y de muchas más cosas, pero eso viene a ser lo que tiene relación con esta entrada. Entre muchas cosas, salió el tema de las resoluciones de Año Nuevo, y yo le comenté que hacía años que ni siquiera me las planteaba, harto de añadir más fracasos a una larga lista.

Pero bueno, en realidad sí que me las planteaba, sólo que en vez de resoluciones, eran objetivos alcanzables, sugerencias de Año Nuevo, por decirlo de algún modo.  Y una de las de 2016 fue publicar todas las semanas en el blog. O al menos, publicar 54 entradas al año (una a la semana).

Originalmente intenté hacerlo en 2014 y 2015, mezclando capítulos, entradas originales y cosas como esta misma. Y fallé estrepitosamente. Pero al comenzar 2016 me dí cuenta de la ingente cantidad de material que estaba en fanfiction.net y no aquí, de tal manera que me puse manos a la obra y programé aproximadamente un año de entradas. Añadí unas cuantas más a lo largo del año para llegar al mágico número de 54 y me alejé de WordPress.

Lo cierto es que no sólo de WordPress, sino de escribir en general. Ha habido algún mes de 2016 que ha sido productivo, pero no demasiado. La mayor parte del año (y, especialmente, el último trimestre) ha sido nulo respecto a creación. Siento una incapacidad interna para crear, para expresarme como es debido, para confeccionar historias que resulten interesantes y divertidas.

Siento que tiene que ver con la tremenda cantidad de malas noticias que se fueron acumulando en los últimos estertores del 2016. Creo que tiene también que ver con el cansancio vital y anímico que a veces mi trabajo termina provocándome. Una especie de desesperación completa por todo lo que me rodea, desde lo que está a mi alcance hasta las noticias más lejanas. Es una agonía al tomar conciencia del rumbo incierto que tomamos como especie.

Siempre he sido un tipo algo taciturno. Tal vez injustificadamente, he sentido una especial aprensión hacia el futuro y lo que puede traer. Pero siempre había sabido volver a la tierra, ver las cosas desde unas perspectiva más limitada, menos peligrosa, y encontrar algo que contar que sintiera que mereciese la pena. Puede que haya perdido eso un poco.

En esta situación, me he refugiado en los mundos de fantasía que no te construir yo: los videojuegos. He jugado más que nunca este año y, a veces, durante un rato, consigo olvidarme de todo lo que me pasa por la cabeza. Y es genial, porque por un rato ya no siento estas terribles tormentas en el horizonte. No oigo sus rugidos y no veo los rayos. Por un rato, soy uno más con la nada.

No sé cuánto durará esto. Siento que hay que cosas que se remueven en mi interior, que quieren ser contadas. Esta entrada puede que sea el comienzo. Volver a la fantasía que brota de uno mismo. Coger esa tormenta y embotellarla y observarla y describirla. Ser, una vez más, honesto conmigo mismo para poder mentirme a sabiendas. Navegar otra vez el maelstrom del alma y hundirse todo lo que haga falta.

Tal vez.

De todas maneras, algo he creado este año. Pocas cosas y casi todas incompletas. Pero lo que pueda usar lo iré subiendo como siempre los sábados. A partir de ahora, sin embargo, ya no serán siempre capítulos de alguna historia mía de Ranma, si no que habrá de todo y, mayoritariamente, confesiones de esas que tanto han pintado este blog.