Recuerdos (I)

Una serie de recuerdos imaginados que ponen en contexto aquel texto que se titulaba “Recuérdame”.

Recuerdo aquel día por la playa.

Unas nubes negras amenazaban tormenta en el horizonte, pero paseamos hasta la playa igualmente. La brisa levantaba tu pareo y trataba de arrebatarme mi sombrero, pero nunca le tuvimos miedo al fresco. Los rayos del Sol, aunque débiles en ese otoño, eran más que suficientes para nosotros. Lo importante, al fin y al cabo, era la compañía.

Tú tenías tu cámara. Y yo te tenía a ti.

Caminamos muchas horas descalzos por la arena mojada. La conversación iba y venía como la marea, y al tiempo que esta arreciaba, así lo hacían las palabras. Nos dijimos muchas cosas, y también nos dimos silencios para poder guardarlas. No había prisa, apenas sentimiento. El invierno se acercaba y nos daría el tiempo que necesitábamos para todo. Confiábamos en que la tormenta que se acercaba pusiera punto final a aquello.

En cambio, tan sólo cambió el decorado. Volvieron los zapatos, dejamos la arena y nos dirigimos a las rocas, eso sí, tan vírgenes como la arena. Llegaron los colores vivos, y pensamos en el futuro. El paraguas se abrió, y entre la serena lluvia, sentimos que nos limpiábamos de lo que nos ahogaba en la playa. No más reproches, apenas alguna palabra. Los abrazos y las miradas decían todo lo necesario. El único sonido importante era las olas rompiendo contra aquel risco escondido en una costa perdida al final de la tierra.

Habíamos vuelto al tiempo antes de perdernos.

Maravillados por la sabiduría de la clepsidra, nos sentamos allí. Tiritábamos, pero no importaba. El frío era más real que el calor de la mañana. Las fotos eran borrosas, mal iluminadas; y aún así, perfectas capturas de un nuevo capítulo que jurábamos mantener abierto toda la vida. Ya no teníamos el paraguas, preferíamos que la lluvia jugase con nuestra piel a sus anchas. Incluso brindamos con un té frío que nos hicimos en ese mismo momento.

Calados hasta los huesos, supimos entonces lo que sólo habíamos intuido antes.

Que las almas pueden tener compañeras mucho más íntimas que la sangre. Que amar se conjuga de muchas maneras, que la felicidad puede ser incompleta aunque te llene a ti por completo. Que hablar no es lo mismo que conversar, y que vivir no es suficiente para compartir. Que, a veces, puedes ver a otra persona aunque no esté; y que viajar a veces tan sólo es una manera de volver a casa.

Durante unos instantes, entendimos lo que no se puede decir con palabras. Sentimos verdaderamente todo el significado de las palabras que nos acompañan con regularidad, que no sabemos decir con toda la honestidad que se merecen. Mientras la lluvia caía, y el sol se asomaba, y la tormenta rugía, y el mar chocaba y las rocas se quejaban; mientras nosotros reíamos y nuestros cuerpos tiritaban y las miradas se cruzaban; mientras nuestros corazones se acompasaban por unos instantes, comprendimos unas palabras.

“Amiga” y “amigo”, se llamaban.

Lo evidente de lo increíble

Apenas a unas horas de hacer mi primer viaje para ver a una amiga y no a la familia, pienso en algo que escribir. Y se me ocurre que no es mala idea pensar un poco en por qué voy a hacer este viaje.

En esta semana extraña y bastante extenuante, me enfrento a una nueva aventura.

Es una aventura pequeña. Modesta en comparación con las odiseas y epopeyas que otros Ulises viven a mi alrededor. Poca cosa para una persona cualquiera que está acostumbrada a los pájaros de metal y a empaquetarse en un equipaje de mano. Es casi rutina para los jóvenes, para los que han hecho de la exploración su modus vivendi, para los que no prestan atención a las imágenes de lo que puede ir mal, para los que pueden acallar esos nervios que no te dejan dormir y provocan un sudor frío cuando la hora del despegue se acerca.

No es ningún drama, aunque parezca que lo pinto así, pero sí es algo nuevo para mí. Es la primera vez que tomo un vuelo yo solo y mi destino no es la familia o la universidad. Al fin y al cabo, para alguien de costumbres y sueños moderados, una excursión en avión es sin lugar a dudas lo más alejado a la rutina que se pueda imaginar. Y está bien, porque es vital no quedarse encerrado siempre en lo mismo, incluso cuando lo deseo a veces con extremada fuerza. Aunque a veces sin quererlo, acepto totalmente que llevar las rutinas al extremo de volverlas irrompibles e inflexibles no hace más que hacerme daño.

Así que lo dicho, con ilusión y cierta cantidad de congojo, acometo este placer que es reunirme con esa sabia de montes verdes y calas olvidadas en los mapas. La reunión me transporta ya, antes incluso de que ocurra, a otras épocas, a otras versiones de mí mismo. Más ignorantes, más energéticas y, en definitiva, más jóvenes. Pero reflejos de mí afortunados por haber conocido y haber convivido con esta mujer de irrepetible carácter y perenne expresión.

Y eso me alegra, porque esas imágenes antiguas me recuerdan también cosas que quería hacer. Proyectos, gustos, horas de mi vida que invertí, que no puedo dejar que se queden a medias. Porque la única manera de estar totalmente contento conmigo mismo, en mí caso, es terminar lo que dejé empezado. Puede ser una especie de compulsión que apenas puedo controlar, pero tiene lo bueno de darme, a veces, esa energía que necesito para ponerme en marcha.

Porque, cuando lo pienso, ahora mismo estoy bastante bien. Avanzando al fin en varios frentes. Algunos tan difíciles como siempre. Otros aún más extraños y complicados de lo que jamás pude imaginar. Pero uno en particular me trae buenas vibraciones. Una de las partes de mi vida que nunca supe como iba a mostrarse. Hablo de mi trabajo, claro, el que me cayó del cielo de repente y que me está demostrando, casi sin darme cuenta, que hay algo que sí puedo hacer. Que demuestro poco a poco que lo puedo hacer, y mejor que otros incluso.

La divulgación, aunque sea tan constreñida como debe ser cuando se tiene el tiempo y la materia ya medida, es lo que hago. En cierta manera, es lo que hacía tiempo atrás. Aunque en Valladolid nunca llegué a tomármelo en serio (demasiado ocupado estaba en ser joven e inexperto ante todo), al llegar a las islas descubrí que era una cosa que podía hacer. De ahí que me apuntara a un grupo que tenía ganas de hacer precisamente eso, y que se lo puso incluso en el ADN. Tenía ganas de probar a contarle a la gente lo que se perdía cuando miraba sólo una parte de las cosas. De alguna manera tenía que transmitir la visión casi transcendental que adquirí del universo de los grandes divulgadores del siglo pasado. Tanta belleza, pienso, no puede quedarse escondida de todos los que nunca se plantearon como funcionan las cosas.

Y a base de leer, escuchar, repasar y compartir, continué por ese camino. He aprendido más sobre cómo transmitir conocimiento en estos años que en el resto de mi vida. Atrás se quedan los años en los que intentaba torpemente explicar algún tema a mi familia. Más atrás queda cuando me resigné a no hacerlo. Ahora he encontrado un lugar y unas personas que aprecian el esfuerzo que conlleva seguir este extraño y siempre cambiante camino. Es revigorizante poder hablar con gente que comparte esas inquietudes, y que está dispuesta a ponerse delante de más de 300 personas a hacer un poco de teatro y hacer reír a la gente, para conseguir al mismo tiempo que entiendan que transmitir la Ciencia es fundamental en esta sociedad que sufre de amnesia parcial.

Aún me fascina que, por ahora, esta faceta sea la que pone un techo sobre mi cabeza y comida en mi plato.

Y volver al pasado, reconectar con aquella que representa lo mejor de mí mismo tiempo atrás, renueva mis ganas de seguir mejorando en esto que hago. Comunicarme más y mejor, y pasar de transmitir esta importante información a fascinar con ella. Mi objetivo ya no es solamente hacer que la gente comprenda la importancia que tiene que estén informados sobre, por ejemplo, la tecnología que manejan, sino que les fascine tanto saber cómo funciona que sientan la necesidad de informarse y, a su vez, transmitirlo también.

Y todo, por un viaje que aún no ha empezado, pero para cuando se publiquen en estos párrafos, ya estará en marcha. Así que, gracias. Porque de vez en cuando está bien romper la rutina. Porque aunque un poderoso Sueño me ata a las siete islas donde el tiempo anda de buen humor, la metrópolis merece una visita de vez en cuando, sobre todo cuando en su interior va floreciendo esa inigualable Flor de las Tormentas. Porque sé que el recuerdo de los días que aún están por llegar se mantendrá conmigo para siempre, y que me servirá de faro cuando me pierda en la neblina de la rutina que a veces se me descontrola.

Gracias por todo lo que me has ayudado a crecer. Aunque no te lo creas, a ti también te lo debo.

Canciones que trascienden

Obsesionado, como suele ser usual en mí, con cierta canción, le doy otra vuelta de tuerca a lo que una composición puede trascender a su propio medio.

No puedo negar que, en buena parte, estas entradas tienen parte de diario.

A veces se me suben las metáforas a la cabeza e intento escribir algo con cierto toque lírico. A veces toco temas un poco alejados de mí, y a veces simplemente se me va la cabeza y lo que quiero es dejar fluir mi consciencia y ver qué sale. Pero, en general, hay siempre el elemento común de hablar, más o menos rebuscado, de mí.

Eso es lo único continuo, lo único que se repite sin cesar en este lugar; algo, por otro lado, natural, ya que se trata de un blog, y ese es uno de los objetivos de un sitio así. Es, al fin y al cabo, el hilo conductor de esta historia maltratada por la pluma de este escritor regulero que soy yo.

Por eso, muy de vez en cuando, me gusta dejar todo el atrezzo y todos los maquillajes y simple y llanamente hablar de algo que me ha pasado a mí. Por suerte, no es una época que me suela durar mucho, y así no tengo que hacer sufrir a nadie más de la cuenta.

Y hoy me gustaría dar cuenta de una canción de la OST de Transistor, aunque bien podría hablar de muchas. Me gustaría centrar la atención especialmente sobre Paper Boats.

Esta canción lleva dando vueltas por mi cabeza unas semanas, y parece haberse instalado para siempre.

Y es que es increíble. ¡Cómo en tan poco tiempo y con tan pocas palabras se pueden decir tantas cosas!

La voz de Ashley Barret, la cantante, tiene un toque que parece directamente sacado del Nueva York de los años 20. Esa melodiosa seda acústica que te habla de lo imposible que es que no termine junto a alguien. Junto a él.

Porque es importante recordar a quién va dirigida la canción. Hay unos pocas con parte vocal, y todas las que la tienen están íntimamente relacionadas con la historia del videojuego. Todas están muy dirigidas.

A partir de ahora entro en zona de spoilers, así que si en algún momento hay interés en jugarlo, recomiendo no leer lo siguiente. Si no, aquí vamos.

Paper Boats en particular está dirigida al coprotagonista de la historia, el único ciudadano de CloudBank que no está en el sistema. B es la ciudad interconectada y automatizada que es, sin lugar a dudas, el tercer protagonista de la historia. Este hombre que está fuera del sistema tiene algún tipo de relación sentimental no romántica con Red, la protagonista. Y según avanza el juego, este hombre se sincera y confiesa su amor por Red. Y ésta desarrolla tanto cariño hacia él que termina convirtiéndose en algo más. Y cuando, llegado el final del juego, todo el poder que Red adquiere no puede salvar a su salvador, ella decide acompañarle en su vida en muerte.

Por supuesto, me estoy dejando cosas, muchas cosas por el camino. Pero ese es, a grandes rasgos, el devenir del argumento. Paper Boats aparece al final, cuando todo ese círculo se ha completado, y ya sólo queda expresar lo que Red ha desarrollado hacia su compañero. Cuando Red al fin puede abrazar a su compañero, ella, que ha estado muda hasta entonces, lo saluda con un “Hi” que, bueno, dice más de lo que se puede comprender sin jugar el juego. Y entonces, de fondo una imagen de ellos dos, los créditos empiezan a aparecer, y comienza la canción.

Arriba está la canción para que se pueda escuchar mientras se lee la entrada. Porque no quiero estar dedicando muchas líneas a lo que dice exactamente la canción. Pero sí quiero hacer especial hincapié sobre un par de versos.

We are magnets pulling from different poles // With no control // We’ll never be apart. Me encanta esta parte. Hacer que un concepto tan científico como el funcionamiento de los imanes se convierta en una metáfora de encontrar a otra persona. Me parece realmente excepcional. Y va tantísimo y tan bien con la temática del juego, que no hace sino reforzar la capacidad de la canción de mezclarse con el argumento y, así, reforzarlo aún más.

We can run, but we can’t hide // Try. Otras pocas líneas que me encantan. Me encantan porque demuestran una seguridad de Red en sí misma que me fascina y me enamora. Creo que durante mi vida casi siempre he volado alrededor de mujeres seguras de sí mismas. Y que, precisamente, lo que más feliz me ha hecho ha sido poder ayudarlas cuando flaqueaban en esa seguridad. Cuando necesitaban a alguien con quién hablar, con quién plantearse preguntas jodidas sobre su existencia, quiero pensar que he formado parte del grupo de personas que les ha ayudado a volver a mirarse en el espejo y ver lo mucho que valen. Porque, si alguna vez lo he conseguido… Bueno, eso vale más que cualquier otra cosa que consiga en la vida.

¡Qué le voy a hacer! Me atraen las personas seguras de sí mismas. Aunque luego eso me dé problemas cuando no coincida con ellas. Esa siempre ha sido la parte que debería mejorar.

Pero, volviendo al juego. Por lo que acabo de decir, es fácil deducir que otra razón por la que me he obsesionado con el juego ha sido, precisamente, su personaje principal. Red, esa cantante de fuego y hielo, que no está dispuesta a rendirse aunque toda una ciudad esté contra ella. Aunque lo haya perdido todo. Aunque todo esté en contra, no se rinde. Y a pesar de la admirable fortaleza que demuestra con cada paso que da, todavía sigue siendo una persona. Una mujer que está sintiendo como una persona que ha dado la vida por ella sufre y pierde la esperanza. Y como, poco a poco, se da cuenta también de que lo que siente por su salvador es más que amistad. Supongo que, en parte, esta fascinación proviene de que me considero poca cosa, un tipo corriente de poca valía, y que por eso precisamente me llama tanto la posibilidad de enamorar a alguien tan fuerte y tan autosuficiente.

Por suerte, conozco gente así. De algunos y algunas, soy amigo, y es un honor. De otra, soy algo más. Y soy muy feliz por ello. Siempre hay esa sensación, esas ganas de salvar, de abrazar y hacer sentir bien cuando todo va mal. Aunque, poco a poco, comprendo que debo respetar cuando no quieren eso.

Porque a veces es el momento de abrazar, y otras es el momento de mostrarse duro como la roca.

Y a veces hay que encarnar un ángel destructor que rehaga la realidad a voluntad.

Y ya después, en la intimidad, ya se volverá vulnerable entre tus brazos, como una niña o un niño ante la oscuridad. Esos son los monstruos de los que le puedes proteger.

Y que ella o él te proteja de los demás.

Feliz gracias, Flor de las Tormentas

A la Flor de las Tormentas que una vez conocí, ¡feliz gracias!

Hacía tiempo que quería escribir esta entrada (como una buena ristra de otras que aún vivirán un día más en el tintero), pero como casi siempre, ha tenido que echarse el tiempo encima (las 0:07 exactamente) para que finalmente me enfrente al blanco y el negro.

¿Y qué decir? Bueno, hace tiempo aprendí que el contexto es la piedra angular que sustenta una buena historia. No sé si esta historia que me dispongo a relatar es buena, pero al menos sé que es cierta, y eso es lo que me hace feliz.

El contexto es un Valladolid post-adolescente y desconocido. El contexto son noches en vela, algún corazón con olor a pegamento y la imperiosa necesidad de escapar de una libertad comprada entre paredes blancas de papel de fumar. Entre papeles enormes de infinitas lineas incomprensibles para un servidor, con un aire a biblioteca cultivada y madurez precoz, el destino vino a hacer una de esas jugadas suyas tan de conversaciones nocturnas y amontonó con cierto desorden a dos personas.

Una de ellas es extraordinaria. La otra tiende a escribir de la gente usando el artículo indeterminado “una”.

Estas personas comenzaron a convivir como por casualidad. Casi indirectamente, casi sin malicia, se dieron a conocer entre ellos. Con un ordenador delante, con gustos al descubierto a través de Youtube. La Sexta por las noches y los cruasáns por la tarde. Con mucha más historia y vida de lo que en un primer momento imaginé, poco a poco, fascinación, respeto y amistad formaron puentes entre dos personas tan distintas como las tierras de sus cunas.
Casi por accidente, nos hicimos amigos.

Así, por accidente, yo puedo decir que descubrí a una persona tan maravillosa que aún hoy en día, de vez en cuando, quiero darme de cabezazos contra las paredes. En serio, dos años conviviendo en el mismo edificio, y tuve que escapar de allí para encontrar lo que tenía a apenas tres habitaciones de distancia. Hasta entonces no me había dado cuenta de que la miopía podía ser de más tipos además de la óptica.

Pero, la autoflagelación nunca ha llevado a nadie a ningún sitio, y si bien ahora puedo decir que me siento un poco como que “Soy la venganza autosatisfecha de Jack”, habiendo comprendido y valorado correctamente lo que me ha sido presentado, no puede acabar aquí el relato. Porque durante un año de lenta maduración, fui ayudado y, en el más amistoso de los sentidos, mimado por la persona de más grande corazón (y más cortante ironía, by the way) que jamás encontré.

No sólo respetó mis gustos, sino que encontró la manera de ampliar mis horizontes, de hacerme pensar como nunca antes, de superar miedos y de conocer gente que representan esos conocidos que cualquiera desearía fervientemente haber conocido (y que algún día todo el mundo conocerá, mark my words!). Intenté corresponder como buenamente pude, pero nunca sentiré esa amistosa deuda saldada, porque simplemente sé que siempre seré mejor de lo que hubiera sido sin aquel tiempo con esa persona increíble.

El siguiente año no hizo sino continuar lo comenzado el período anterior, pero con otra persona genial a nuestro lado. Estoy bastante seguro de que lo mejor de mí nació aquel año, y kebab en mano, observé la lluvia más gentil de mi vida cayendo ante mis ojos. La compañía era inmejorable; el momento, tal vez no tanto.

Y es que, todo el mundo tiene un horario, incluso las heroínas. Con mucha pena, la convivencia de piso se acabó, pero no por ello terminó la amistad tan preciada. Con una ciudad de por medio y un río por si fuera poco, puede que la relación se hiciera más esporádica, pero no por ello menos querida. Las canciones siguieron lloviendo, y hasta algún concierto, tan oscuro y brillante como una sonrisa sin pensar, se pasó por la ciudad…

Alguna vez, con alevosía y extrema nocturnidad, este uno recordó que las letras se reflejan en la realidad, que a veces hasta uno puede escribirlas con la intención de recordar. Y al saltar el charco, si bien tal vez el sonido de las voces terminaban siendo lejanos ecos, estos eran más fuertes que nunca en la mente de un pobre nostálgico empedernido. Un nostálgico al que aún le queda todo por aprender, porque nunca ha sabido muy bien agredecer tanto que recibió. Ahora, a traspiés, pide clemencia, y sólo un poco más de paciencia. Está a punto de crecer.

Así, hace apenas nada y apenas todo, al fin otra vez, las voces se hicieron cercanas y los abrazos pasaron a ser reales, no sólo mentales. Apenas dos soles y dos lunas, y tantas ganas al fin satisfechas (sobre todo de chocolate). Tanto hicimos, algo hablamos y más se nos dejó por el camino. Pero así es como debe ser. Que los nuevos abrazos sean siempre excusas para aún más nuevos abrazos. Así aprendí al menos.

Y uno, que como ya se ha visto, tiende a la flagelación, al “Soy la vida desperdiciada de Jack” (incluso tan lejos de realmente estar así), recuerda esa conversación antes de las cuatro ruedas de vuelta, antes del striptease aeroportuario. Tengo que crecer. Tengo que implosionar si hace falta, y tal vez igualmente sí. Pero, en todo caso, tengo que enfrentarme a lo que llega. Y la única que podía decírmelo y conseguir que atravesase mi fornido cráneo eras tú. Así que, gracias.

Gracias tanto y tantas veces como granos de arena en las playas que hemos visto. Gracias como gotas de lluvia hemos visto juntos. Como kilómetros recorremos, como capítulos nos vemos, como sentimientos compartimos. Gracias por los momentos que serán imborrables, como abrazos, bromas, debates y consejos.

Gracias por todo. Y sobre todo, gracias por dejarme escucharte. Porque esas siempre serán las palabras que no necesitan adjetivos. Serán, simplemente, “las palabras”.

Eso sí, si puedo pedir algo, pues pediré dos cosas. Uno, que no sean las últimas palabras, que siempre haya más. Y Doce, ¡qué pases un feliz cumpleaños!

Sombras en blanco

La Noche en Blanco, un doppleganger aparece.

Hoy te volví a ver.

No estabas aquí, claro. Las intenciones de una vez se diluyeron en tal vez y ojalás que jamás ocurrieron. El tiempo se hizo paso entre nosotros hasta que apenas ha quedado un vestigio vacío de fotos a las que se les echa un ojo y estados a distancia que no dicen nada.

A pesar de esto, te vi. Estabas incluso más radiante de lo que nunca te pude ver. Llena de vida, sin problemas, amada y amando. Casi se me escapa una lágrima de alegría al verte así. Ni el fénix mismo habría podido revivir mejor que la imagen tuya que hoy me encontré.

La persona que habitaba tu imagen nunca se dio cuenta. Se lo comenté a una amiga, mi mente comenzó a trabajar, pero nunca dejé que ella se diera cuenta de que te veía. Amiga de amiga, ella era lo menos importante, aunque sea un poco brusco decirlo así. Al fin y al cabo, estaba demasiado alegre de verte como para pensar en esas cosas.

Hoy te volví a ver, y jamás te había visto como te vi esta noche. Los años que me han dejado avanzar a través de nuevas aventuras y desconocidas relaciones tintan mi loca visión, ahora renovada ante todo. ¡Qué descanso verte abrazada y que mi corazón no pierda más el compás! Todo ha cambiado para mí. ¿Qué será de ti?

Con todo lo que una vez sucedió, tal vez una gota en tu mar de vida, tsunami en el mío. Ahora no queda sino un recuerdo dulce y embriagado, y apenas la curiosidad de un desenlace entonces imposible. Todas los versos que se derramaron y todas las lecciones que se aprendieron, son ahora palabras que se acurrucan en el fondo del corazón que ahora late y vibra, feliz de ser más grande.

Esta noche, tu sombra me ha devuelto aquella imagen tuya que la niebla del tiempo ya iba desdibujando. Poco importa ya lo cierta que sea. Todas las cosas buenas quedan, y del resto jamás se volvió a pensar. Ahora disfruto de lo bueno que me diste como un regalo que siempre llamaré presente.

Hoy te volví a ver, y la paz me dejó pensar. Pensar en aquella que ahora me acompaña y me ayuda, aquella que abrazo y que se lleva mi pensamiento y mi aliento. Tu sombra me atravesó sin esfuerzo, no viendo nada donde yo estaba. Y eso me permitió verte como nunca te vi: solitaria e independiente ante  la vida que se afana en vencer.

Hoy te volví a ver, aunque hace tanto que no te veo. Pero cuando te tuve delante, me dí cuenta de que debería darte una vez más las gracias. Al fin y al cabo, morir de amor siempre es mejor hacerlo en los brazos de tu asesina.

Hoy te volví a ver, Flor del Pensamiento, y por eso seguiré regando tu recuerdo.

Silencios cristalinos justo enfrente

Hay gente que calladamente sigue adelante sin parar ni pedir ayuda.

A finales de Mayo de este año, una vez observando desde un lado, vuelvo a descubrir una parte del ser humano que me fascina e inspira, siempre con una canción muy especial como fondo y camino.

 

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