Sonrisas deshilachadas

La honestidad a veces cuesta decepeciones.

Esta es la tercera versión que escribo de esta entrada. Y, honestamente, no veo que vaya a conseguir lo que intenté en las otras dos, así que voy a cambiar de estrategia.

Tenía muchas ganas de escribir algo más ligero, menos lleno de niebla y tristeza. Y me he chutado con todo lo que me hace sentir bien: he visto capítulos de Scrubs, he escuchado mis canciones más alegres (no mis favoritas, porque son casi todas tristes o melancólicas o taciturnas), e, incluso, ahora mismo estoy escuchando la canción de créditos de La vida secreta de Walter Mitty. En resumen, he intentado buscar todas las cosas que me han cambiado el humor a uno más positivo en algún momento de mi vida.

El problema, por supuesto, reside en que este no es un momento cualquiera de mi vida. Es un momento muy particular, unas semanas y unos meses que me marcarán para el resto de mi existencia. Según The dictionary of obscure sorrows, lo que siento ahora es Dès vu (al final de la entrada voy a poner un link al video, merecen todos muchísimo la pena, y creo que terminaré haciendo una entrada para unas cuantas palabras). Sé que lo que viva y lo que piense ahora se me quedará grabado a fuego en el cerebro por el resto de mi existencia. Y sé que tengo una oportunidad de oro de cambiar justo ahora. Ahora que me toca reconstruirme puedo elegir cómo hacerlo.

Y no quiero fingir. Quiero seguir escribiendo aquí, continuar esta especie de mezcla entre diario, taller literario y expresionismo escrito. Quiero cambiar algunos hábitos, introducir unos nuevos que mejoren mi salud física, y quiero un nuevo nivel de higiene mental que no he tenido hasta ahora. Quiero disfrutar de la soledad, y quiero poder salir de ella sin secuelas para quedar y socializar con tranquilidad, sin la sensación de que necesito o no necesito hacerlo según las circunstancias. Simplemente, estoy intentando ser más fiel y honesto conmigo mismo, a fin de poder serlo con los demás.

En cierta manera me gustaría decir que estoy mejor y ya está. Que lo malo se acabó el día D a la hora H y que a partir de ese momento hice el desembarco en la playa de un nuevo estado anímico y que lo demás quedó al otro lado del estrecho. Me gustaría poder mirar al futuro con el optimismo con el que decidí apuntarme a kung fu y aplicarlo a todo lo demás, como si se me hubiera agotado la tristeza y la nostalgia y tan sólo hubiera sabor felicidad en el menú. Me gustaría, llegados a este punto, haberme recompuesto ya y que ahora tan sólo hubiera tiempo para todas las cosas buenas y nuevas que tengo por delante.

Pero, no es así. Nunca es así. Las personas somos un barullo de emociones, cuyo volumen lo controla otro barullo de hormonas, que a su vez se ve afectado por un barullo de decisiones que tomamos cada día. El nivel de complejidad es apabullante. Y aunque cada día más personas entienden que esto es así, aún nos obcecamos en ponerle cuadrículas a estas cosas e intentar colocarle medias y medianas a este tipo de cosas. Es magnífico pensar como, sin apenas entender como funciona nuestro estado de ánimo, hemos sido capaces de conseguir tanto.

Una vez más, me voy por las ramas. Lo que quería decir es que, sencillamente, durante un buen tiempo, aunque parezca que esté bien, y aunque por el día me divierta y me ría y me duela y vaya y vuelva y haga comida y organice eventos y estudie y apruebe y suspenda y escuche y hable, a pesar de todo esto, seguiré pegando mis trozos. Me seguirá ocurriendo que cuando se acabe el día y todo el mundo se haya ido y me mire ante el espejo, solo y casi a oscuras, una sensación incontenible de rotura me rasgue en dos. Se me parará el corazón y examinaré mi imagen del otro lado con la curiosidad clínica del descubrimiento de una nueva especie. Miraré y me moveré a su alrededor, con el corazón parado y la respiración perdida, tratando de encontrar el punto de donde provienen todos los rotos que me sesgan por dentro. Tiraré de los hilos de una sonrisa deshilachada, y mientras mi mirada se escapa entre párpados de plata, apuntaré con presura cada uno de los sonidos encantados que escapen de mi forma convertida en estatua.

Y habiendo estudiado con tanto detenimiento la parte de mí que hará las veces de maquillaje amable, me retiraré y me esconderé de nuevo en sus adentros, con el fin de no dejar vacías de alma las cuencas de unos ojos que, poco a poco, cada vez ven menos. Menos colores, menos luces y menos razones para seguir abiertos.

Si es que, no se me puede dejar solo. Con nada me pongo como tonto con ese tipo de prosa tan pintada que a veces da la sensación de no ser ni de este planeta. Pero claro, es el tipo de cosa y el tipo de manera de las que me gusta escribir. Simplemente, me sale solo.

Dicho todo esto, de paso un aviso. Esto no significa que no me apetezca hacer todas esas cosas de las que hablaba unos párrafos antes, o que no las vaya a disfrutar. Muy al contrario. Precisamente, contra este manto infinito de gris y negro, las luces de todas esas estrellas que me acompañan son tan brillantes y cálidas que no puedo dejar de sentir lo maravillosas que son. Y además, su contraste me permite encontrar las partes bellas del manto gris y negro que me suele cubrir.

En fin, ya voy terminando. Si bien no es que sea mucho más alegre, al menos no es tan triste. Al fin y al cabo, el tiempo hace su efecto, y las conversaciones amigables también. Me sigue dando miedo que todo esto deje de dolerme en algún momento, ¡pero bueno! No sería la primera vez que estoy muy equivocado sobre algo.

P.D.: Aquí va el link al video del que hablaba, Dès vu. Creo que no tardaré mucho en empezar a hablar de este canal.

Puntos en el corazón

Puede…

Puede que el desastre haya golpeado cuando la marea estaba más alta. Durante los viajes imposibles que una vez hicieron nuestras almas, allá donde el cielo y la tierra se besan; mientras la luz del sol recorría plácidamente las llanuras de una historia que nunca pudo ser.

Puede que nos hayamos mecido entre las olas de una sonata dedicada a las personas que nunca pudimos ser, que siempre tuvimos en el borde de nuestra mirada. Reflejos más luminosos de lo que nunca pudimos ser, seres más amables y más honestos que los que ahora animan nuestros corazones. Esas versiones que se alzan por los cielos, vuelan el uno junto al otro, descubren paisajes imposibles apoyados en los vientos que mutuamente nos cedemos sin reparo. Versiones que ahora vemos, que nos hacen llorar por las noches cuando notamos el frío en nuestras camas, que nos recuerdan todo lo que hicimos mal.

Puede que cuando nos montábamos en aquel coche no recordáramos por qué lo hacíamos; que la rutina de una batalla vencida nos cegara, y atase nuestros corazones a una neblina impenetrable que nos separó de nuestras realidades y nos tornó en estatuas admirables que escondían dentro todas las oscuridades que iban poco a poco comiéndose nuestras esperanzas y nuestros pensamientos de futuro. Y al no compartir más nuestros futuros, éstos se fueron marchitando para siempre en una oscuridad inacabable que se volvió rutina. Y así, en medio de la nada, asustados al no palpar los labios del otro, empezamos a cometer errores que fueron, indefectiblemente, dirigiéndonos al borde del agujero negro, donde va a morir la luz que no alcanzó a iluminar nuestro presente.

Y puede que el espectáculo fuera sensacional, allí donde la oscuridad se encontró con la luz. Saltaron realidades y se dio la vuelta el tiempo. El color se desparramó por nuestras pupilas, y las formas se retorcieron a través del espacio y la realidad. Ya nada pudo volver a ser lo que era, y en medio de las explosiones de nuestros corazones, tan sólo la voz de la resignación respondiendo a la voz de la desesperación. Y su eco se hizo eterno.

También puede que nada de esto tenga nada que ver. Que la realidad sea tan sencilla como que se acabó lo inagotable. Puede que de tanto hablar y de tanto sentir, el corazón y la boca terminaran por ponerse a contratiempo, y aunque la tristeza y el cariño lo inundaran todo, no supieran ponerse de acuerdo hasta que hubo un silencio que les permitiera hablarse. Cuando se dieron cuenta de lo que estaba pasando, decidieron que era el momento de no seguir perdiendo los días y los sentimientos y quedarse con lo que ya tenían, y no arriesgar más romperse en mil pedazos cuando un final anunciado llegara, con todas sus consecuencias y todas sus vicisitudes.

O puede que hartos de todas las cosas que no se podían decir, decidieran romper las barreras de esa rutina que todo lo inundaba, intentar dar un golpe de efecto que hiciera estallar el silencio que todo lo inundaba. Gritar a través del vacío del espacio entre nosotros, y cometer la aventura más arriesgada de todas: hablar de verdad. Ser de una vez uno en valor y en sentido, y por fin expresarse aunque no supieran muy bien qué decir.

Finalmente, puede que no sepa qué decir. Puede que esté aquí, rellenando líneas en un vano intento de expulsar todo lo que duele por dentro. Puede que mire a mi alrededor y vea tantas cosas que no he probado que ahora quiera intentarlas todas, y que me dé más miedo que nunca lanzarme, porque ya casi no tengo tolerancia al dolor. Al físico, porque no creo que pueda acumular más anímico. Y no es culpa de nadie, pues las elecciones siempre fueron mías. Pero eso no quita para que me duela mirar, me duela escuchar y hasta a veces me duela escribir. Porque cuanto más expulso, más profundo busco, y llega un momento en el que tengo que dejarlo por un tiempo para dejar de escarbar trozos de un corazón que todavía se lo piensa dos veces antes de latir ante ciertos recuerdos.

Pero sé que seguiré en este estado si no hago algo, y de alguna manera habrá que salir adelante, si todo lo que tengo a mi alrededor es inalcanzable; y aunque amo las ondas con locura, me toca a mí tomar el control de mis brazos y mis latidos cuando estoy solo ante el peligro, que suele ser a menudo, siempre que las estrellas me sonríen en pleno día. Y es tan fácil perderse en los sueños diurnos, aquellos que solía cerrar antes de empezar, que ahora me inundan porque no vivo en este mundo. Porque aún vuelven aquellos sueños en los que desaparezco y me voy a otra dimensión, y la gente acepta sin remordimientos que ya no estoy, que esas cosas pasan y que tan sólo era yo.

Y en esas dimensiones extrañas encuentro un escapismo que pensé que había perdido, que pensé que ya no necesitaba. Pero ahí está, funcionando a pleno rendimiento cuando me siento a oscuras y dejo que mi cuerpo desaparezca en la oscuridad, y estas melodías me toman ingrávido y me transportan allá donde otros entran por las formas, otros por la droga y otros por simple manía de no escucharse. Me elevo sin alas, y soy el ser más importante de mi propio universo, y observo a la Tierra, sola en la negrura del espacio, y no me detiene ni la falta de aire ni la falta de estima.

Pues por un instante creo, y todas las destrucciones que he vivido últimamente son parte de mí. Se integran y también me elevan, aunque sepa que llegará el momento en el que tiren de mí hacia el suelo. Y de la misma manera que me elevaron, ahora me hagan descender a horcajadas, me ahoguen y me devuelvan a la realidad de la que huía.

Puede –y termino — que todo pase y que al final este tiempo se convierta en huellas borradas por el mar. Y cuando mire hacia atrás me costará sentir lo que una vez me hizo llorar tan amargamente. Pero sé que, aunque haya desaparecido de mis recuerdos, todos estos tiempos estarán cosidos a mi corazón, puntos eternos que vibrarán con cada latido, que en cierta manera, su huella se sentirá en cada respiración, en cada mirada y en cada paso. Una parte más de mí que por siempre se expresará en mis gestos y en mis palabras. Esa tristeza antigua que se comparte entre las sábanas, y en la barra del bar que llamamos honestidad.

Seguro que no te olvidaré nunca.

Seguro que continuaremos nuestras vidas también.

¿Alguna vez..?

Sobre la tristeza de tener una realización que nadie más tiene, y lo solo que eso te puede hacer sentir.

¿Alguna vez te ha pasado que, tras disfrutar de una historia que te gusta mucho, en forma de peli, serie, libro o lo que sea, al reflexionar sobre ella y darte cuenta de lo mucho que te conmueve y que la llevarás siempre contigo a partir de ese momento, te invade la tristeza?

Sé que es raro, pero a mí me sucede. Me sucedió hace poco con Moonrise Kingdom. Es una historia, en realidad, bastante triste. Llena de música fantasmagórica, temas serios y oscuros, y el indefectible ritmo visual de Wes Anderson, capaz de crear nostalgia con colores pasteles.

Entre toda esa amalgama de contradicciones he encontrado cierta inspiración, cierta perspectiva, perfectamente centrada y encuadrada, sobre las verdades que subyacen en este mundo. Sobre la inocencia y su pérdida; sobre la responsabilidad y su adquisición; sobre la realidad y nuestra manera de construirla. En resumen, he encontrado una nueva manera de observar lo que me rodea, y unos nuevos acordes que me acompañen.

Pero eso no es lo importante, o al menos, de lo que quiero hablar. De lo que quiero hablar, sobre lo que pregunto al principio, es la tristeza irremediable que me tomó después. Una especie de nostalgia por algo que nunca he tenido; ese tipo de sentimiento irracional que acosa con más asiduidad a aquellos que aún no han aprendido a tomar las riendas de su propio ser. Un esplín que casi no se puede explicar, pero que me ataca siempre en estas situaciones.

Cuando algo me define; cuando siento que lo que estoy presenciando es una de esas verdades que se esconden a plena vista; cuando no puedo dejar de pensar que el mundo sería un lugar mejor si todo el mundo interiorizase lo que acabo de interiorizar. Entonces, me llena una terrible tristeza que me corta la respiración y hace que pierda un latido o dos de mi vida. Y se me llena la boca de silencio, y mi mente se vacía y se llena sin ton ni son, y no me puedo ni mirar al espejo. Y si no estoy solo con mi reflejo, entonces prefiero esconder la cara. Porque muchas veces la tristeza es demasiada, y no puedo ni mantener la compostura.

Reconozco otra vez que es muy raro. Pero es tan poderoso que no lo puedo negar. Me consume de una forma desmedida, hasta el punto en que suelo revisar varias veces el momento en el que ocurre, y la reacción continúa siendo la misma. Aunque ya lo tenga aceptado o me prepare para ello. Da igual, ese momento me habrá marcado para siempre, y debido a los fuertes lazos que creo entre la memoria y los sentimientos asociados a ella, no fallará en ocurrirme incluso cuando tan sólo esté recordando ese momento.

Honestamente, no sé ni explicar qué me sucede. ¿Es tristeza por la humanidad, una manera de expresar mi desesperanza más profunda por esta especie capaz de lo mejor y de lo peor? ¿O tal vez es algún tipo de onanismo intelectual, una manera sutil de llorar el solipsismo intelectual al que uno se ve sometido a veces al parecer que su ADN se desarrolló en una estrella muy lejana, donde el ser humano era tan sólo un folio mal impreso entre la guía del Museo de Historia Natural Universal? ¿O, tal vez, no sea nada más que la manera de un alma desordenada de expresar una tristeza que no tiene más salida que romper los diques de lo cotidiano y escapar por una grieta entre tanto intelectualismo desbocado que al final no sirve sino para ocultar una mediocridad de la que no se escapa nunca hasta conseguir lo imposible y nunca jamás estar contento nunca más?

Y así, al dejarse ahogar en este océano de tristeza, sentir una justificación más para cerrar los ojos y escapar, venir al folio en blanco y escribir estas cartas sin destinatario que, como buenas riendas, me llevan y me dirigen a seguir avanzando aunque no sepa en qué dirección.

O, tal vez, sea simplemente que soy un tipo triste. Un adicto a la tristeza que necesita su chute incluso si viene de algo alegre, porque de alguna manera hay que poner en marcha la máquina del humor.

Así que, en una especie de nueva y extraña necesidad (tal vez esté madurando, o tal vez me esté haciendo aún más niño), lo pregunto aunque nadie me responda.

¿Alguna vez te ha pasado que te ha hecho sentirte muy triste una lección que has aprendido y que sientes que el resto también deberían aprender, pero te das cuenta de que no lo harán? ¿Sentir que una historia pareciese que está hecha para ti y que nadie a tu alrededor se siente así? ¿Descubrir que nadie entiende una peli o serie o lo que sea como tú, o que nadie le saca el mismo significado?

¿Alguna vez has llorado con un final feliz?

Un año, un objetivo completado

Puesta al día, justificaciones varias por un año de muchas historias y pocas confesiones.

Ha pasado un año (algo menos) desde que comenzó el semanal flujo de entradas que ha mantenido este blog vivo durante 2016. Todas estas entradas eran capítulos de algunos de mis fics de Ranma, y estoy contento de que finalmente todo ese material este aquí, en el blog.

Sin embargo, todo lo que tenía preparado se ha consumido al fin. Ya no queda nada en el sistema, y lo cierto es que tampoco he preparado nada para las semanas venideras. Pero, no me adelanto.

Escribo esto porque quería explicar el porqué de las entradas semanales y el haber preparado tanto material para que subiera de forma automática.

No hace mucho, hablé con un buen amigo mío (de esos con los que sólo puedes quedar un par de veces al año) y hablamos de objetivos, de constancia y de lograr cosas. Y de muchas más cosas, pero eso viene a ser lo que tiene relación con esta entrada. Entre muchas cosas, salió el tema de las resoluciones de Año Nuevo, y yo le comenté que hacía años que ni siquiera me las planteaba, harto de añadir más fracasos a una larga lista.

Pero bueno, en realidad sí que me las planteaba, sólo que en vez de resoluciones, eran objetivos alcanzables, sugerencias de Año Nuevo, por decirlo de algún modo.  Y una de las de 2016 fue publicar todas las semanas en el blog. O al menos, publicar 54 entradas al año (una a la semana).

Originalmente intenté hacerlo en 2014 y 2015, mezclando capítulos, entradas originales y cosas como esta misma. Y fallé estrepitosamente. Pero al comenzar 2016 me dí cuenta de la ingente cantidad de material que estaba en fanfiction.net y no aquí, de tal manera que me puse manos a la obra y programé aproximadamente un año de entradas. Añadí unas cuantas más a lo largo del año para llegar al mágico número de 54 y me alejé de WordPress.

Lo cierto es que no sólo de WordPress, sino de escribir en general. Ha habido algún mes de 2016 que ha sido productivo, pero no demasiado. La mayor parte del año (y, especialmente, el último trimestre) ha sido nulo respecto a creación. Siento una incapacidad interna para crear, para expresarme como es debido, para confeccionar historias que resulten interesantes y divertidas.

Siento que tiene que ver con la tremenda cantidad de malas noticias que se fueron acumulando en los últimos estertores del 2016. Creo que tiene también que ver con el cansancio vital y anímico que a veces mi trabajo termina provocándome. Una especie de desesperación completa por todo lo que me rodea, desde lo que está a mi alcance hasta las noticias más lejanas. Es una agonía al tomar conciencia del rumbo incierto que tomamos como especie.

Siempre he sido un tipo algo taciturno. Tal vez injustificadamente, he sentido una especial aprensión hacia el futuro y lo que puede traer. Pero siempre había sabido volver a la tierra, ver las cosas desde unas perspectiva más limitada, menos peligrosa, y encontrar algo que contar que sintiera que mereciese la pena. Puede que haya perdido eso un poco.

En esta situación, me he refugiado en los mundos de fantasía que no te construir yo: los videojuegos. He jugado más que nunca este año y, a veces, durante un rato, consigo olvidarme de todo lo que me pasa por la cabeza. Y es genial, porque por un rato ya no siento estas terribles tormentas en el horizonte. No oigo sus rugidos y no veo los rayos. Por un rato, soy uno más con la nada.

No sé cuánto durará esto. Siento que hay que cosas que se remueven en mi interior, que quieren ser contadas. Esta entrada puede que sea el comienzo. Volver a la fantasía que brota de uno mismo. Coger esa tormenta y embotellarla y observarla y describirla. Ser, una vez más, honesto conmigo mismo para poder mentirme a sabiendas. Navegar otra vez el maelstrom del alma y hundirse todo lo que haga falta.

Tal vez.

De todas maneras, algo he creado este año. Pocas cosas y casi todas incompletas. Pero lo que pueda usar lo iré subiendo como siempre los sábados. A partir de ahora, sin embargo, ya no serán siempre capítulos de alguna historia mía de Ranma, si no que habrá de todo y, mayoritariamente, confesiones de esas que tanto han pintado este blog.

El enigma… en los píxeles

Tras ahogarme en el extraño mundo de Undertale, recuerdo otro RPG que me hizo pensar… y sentir.

Me he obsesionado un poquito.

Eso, como viene siendo habitual, es un poco ligero. En realidad, me he obsesionado pero a base de bien. Un juego, un RPG llamado Undertale ahora mismo me ha llenado la cabeza de ideas imposibles y reflexiones sobre lo que somos. Tan interesado estoy que no me he permitido ni jugarlo: ya he leído todo lo que se puede leer sobre el pequeño juego creado por un par de personas. Un ejemplo de perseverancia, de deconstrucción bien hecha y de planificación. Prácticamente todas las acciones que el jugador pueda llevar a cabo han sido exploradas con anterioridad por el creador y se han llenado de pistas y guiños a aquel que las explore.

Pero, eso no quiere decir que sea alegre. No, Undertale usa las ganas de explorar del jugador para expresar su mensaje. Y este mensaje es, sin lugar a dudas, agridulce. Porque el RPG es un género de lo más oscuro si se piensa bien. Las razones… Bueno, se lo dejo a quién quiera sentir esta experiencia. Y sí, uso sentir a propósito: la historia que se desarrolla tiene varias perspectivas. Desde la más “humana”, la más pegada a la tierra y “realista”, hasta la más alejada y universal, todas estas perspectivas o historias que se entrecruzan tejen un entrelazado tan potente y real que es muy difícil no ser absorbido por las vidas que ahí transcurren.

Sin embargo, no es sobre Undertale que quería hablar hoy. Es sobre el otro RPG que me vino a la mente cuando empecé a descubrir sobre qué iba Undertale: Terranigma.

Aquí he hablado, de pasada, algunas veces sobre Terranigma. Publicado en 1995 por Quintet bajo el paraguas de por la entonces Square-Enix, Terranigma fue uno de los primeros RPGs que llegaban a Europa traducidos. Por aquel entonces, eso no era para nada común debido a los enormes gastos que suponía, pero haciendo una fuerte apuesta por este título, Square-Enix decidió localizarlo (que así se llama el proceso de traducción y adecuación a distintos idiomas), haciendo las delicias de los fans europeos que no controlaban el inglés, además de popularizarlo más allá de lo usual.

Hace muchos, muchos años, después de la época de la SNES, pero antes de que Internet llegará a mi casa, mi hermano trajo un CD. En él, más de 300 juegos de la SNES. Entre ellos, como no, Terranigma. Claro, cuando sólo había un ordenador y era de mi hermano, poco podía hacer. Pero, cuando al fin yo también tuve ordenador, le pude dedicar el tiempo que quise (a grandes rasgos, todo el que tenía, vamos).

Entonces, ya un poco más mayor, pude entender en lo que me metía. En este juego empiezas en una aldea de lo más normalita. Árboles por aquí, gallinas, molinos, un riachuelo, el azul cristal… ¿Azul cristal? Sí, ese es el color del cielo, y hay que tener cuidado, porque según el Sabio de la aldea, es mágico. Tú, Ark, después de armar un buen revuelo en la aldea, eres retado por tus amigos a abrir de alguna manera la puerta que el Sabio siempre tiene cerrada. Como lo consigues, todos huyen, pero tú decides explorar el sótano que se abre. Al final encuentras una caja. Una caja extraña de la que salen voces. Y cuando la tocas…

Bueno, si sigo, puedo contar toda la historia. A partir de aquí hago importantes spoilers de la trama, pero como el juego tiene más de 20 años… No me parece que sea motivo de nada. El caso es que, al tocar la caja, un rayo de luz cubre toda la aldea, aparece un demonio amigo llamado Yomi, y todo el mundo, excepto el Sabio y tú, son convertidos en piedra. El Sabio te enseña entonces que has abierto la caja de Pandora, y es momento de romper el perfecto equilibrio entre Luz y Oscuridad que había reinado. Hay cinco torres a las que tienes que ir, y allí, vencer a un Brujo. Al hacerlo, el mundo de arriba comenzará a despertar.

Sí, no estás en cualquier mundo. Estás bajo la corteza del mundo, y lo que haces despertar son los continentes. Así, empieza tu aventura. Despertando al mundo, continuando con plantas y animales y, como no podía ser de otra manera, terminando con el despertar de los humanos. Tú, Ark, un chico travieso de Crysta, la aldea escondida, devuelves la vida al planeta y pones en marcha la evolución humana, e incluso ayudas a sus grandes inventores a alcanzar a través de la técnica.

Y es que, el enorme alcance del que hace gala este juego me dejó totalmente anonadado. Lo recorres todo, encuentras historias en los sitios más recónditos, y ayudas, si tienes suerte y no pasas sin querer un punto sin retorno sin hacer lo que tienes que hacer, a que la humanidad vaya avanzando a través de la tecnología y de su historia. Es, simplemente, algo que nadie se había atrevido a hacer antes en un RPG. Luchando, subiendo de nivel y guiando a la humanidad. Lo típico.

Por todo esto, y por la historia de amor imposible que se desarrolla al mismo tiempo, este cuento interactivo se agarró a mi cerebro durante mucho tiempo, invitándome a viajar a este mundo sin par cuando necesitaba volar. Porque, cuando derrotas al mismo Mal en el corazón del Mundo, transciendes tu forma corpórea, unificas las dos caras del Mundo y, al fin, adquieres una nueva forma. Un ave, que surca los cielos de ese mundo que has ayudado a construir, que viaja entre las máquinas que la humanidad ha creado con tu ayuda. Y cuando lo has visto todo, viajando durante estaciones con tus poderosas alas, llegas a un apartado bosque, a una casa que es aquella en la, hace mucho tiempo, vivías en el centro del Mundo. Allí te espera, como no podía ser de otra manera, Elle, tu amor. Y sin mostrarte si Ark ha vuelto a su forma humana, tan sólo se oye que llaman a la puerta, y Elle se levanta a abrir…

Con un final así, tan increíblemente poderoso, simbólico y precioso, poco queda sino guardar todo el viaje en el corazón. Este puede ser uno de esos grandes ejemplos en los que el viaje es tan bueno como el destino. Porque ambas cosas te hacen replantearte algo tan importante como tu lugar: ¿cuál es mi lugar en el mundo? ¿Cuál es mi lugar en la vida de las personas que amo? ¿Lo puedo cambiar? ¿Lo puedo mejorar? ¿Puedo hacer un mundo mejor? ¿Pueden hacerme mejor persona los que me aman?

Todas son preguntas tan profundas que a veces da un poco de vértigo planteárselas. Pero, para mí hoy, lo increíble es que un juego pudiera hacer que me planteara estas cosas, sobre todo cuando todavía no era ni mayor de edad.

Ahora, todas esas preguntas, toda la potencialidad que sentía entonces, la revivo al escuchar esta canción, la que he puesto al comenzar el post. Es el tema final, mientras aparecen los créditos y ese viaje del que he hablado va ocurriendo. Son de esos acordes que me calman, que me hacen recordar lo mejor, lo más bonito y lo más sereno que hay en mí o en el universo que conozco. Son la expresión de la aventura que llega a su justo fin, el cuento que cierra con su moraleja, aunque sea tan ambigua como una pregunta. Son, a grandes rasgos, otra manera de recordar mis momentos más queridos de la juventud. Cuando empecé a entender, a un nivel realmente emocional, la importancia de ser bueno hacia la humanidad.

Podría ahora lanzarme en una tangente sobre la fragilidad de la civilización, pero creo que en este texto ya hay suficiente existencialismo. Bastante he mostrado ya como para encima obligar a escuchar mi opinión sobre temas de actualidad. Eso mejor para twitter, que así todo sube y baja más rápido.

Lo único que me gustaría añadir es que oigan esa canción. Tal vez, obvien que es de un videojuego, si nunca han sido cosa de su agrado. Simplemente, dejen que el piano y la cuerda les hablen. Dejen que les cuenten su viaje, la travesía por las culturas, las historias y los sueños de todas las consciencias que participaron. Y busquen. Tal vez encuentren ese ave que yo oigo surcar entre las notas por el mar, las montañas y los campos. Tal vez la vean y, por un momento, puedan entender mejor porque esta música me hace mejor persona.

Y si lo hacen… Busquen su música. Yo estaría encantado de oírla.

La infinita tristeza de lo que no empieza

La madrugada del 5 de junio de 2015 me pregunto qué es exactamente lo que estoy haciendo. Como es habitual, no encuentro respuesta.

Recuperando otra entrada antigua. Del 5 de junio de 2015. Casi un año ha pasado, y aunque no todas las dudas se han resuelto ni todas las pesadillas se han ido a dormir, mucho ha cambiado desde entonces.

Leer más “La infinita tristeza de lo que no empieza”

Tiempo de lluvia y vacío

En aquellos días de lluvia (26/11/2014), se despierta una nueva sensación: el vacío no me deja ver, me ahoga y me confunde.

La verdad es que, con un viaje, pocas horas de sueño y trabajo por las mañanas, esta semana he tenido que echar mano de alguno de los viejos textos que tenía por ahí. Éste, del 26 de Noviembre de 2014, me ha llamado especialmente la atención.

Seguramente, la semana que viene volvamos a la programación habitual. Hasta entonces, un poco de nostalgia sentimental. Leer más “Tiempo de lluvia y vacío”

Lo evidente de lo increíble

Apenas a unas horas de hacer mi primer viaje para ver a una amiga y no a la familia, pienso en algo que escribir. Y se me ocurre que no es mala idea pensar un poco en por qué voy a hacer este viaje.

En esta semana extraña y bastante extenuante, me enfrento a una nueva aventura.

Es una aventura pequeña. Modesta en comparación con las odiseas y epopeyas que otros Ulises viven a mi alrededor. Poca cosa para una persona cualquiera que está acostumbrada a los pájaros de metal y a empaquetarse en un equipaje de mano. Es casi rutina para los jóvenes, para los que han hecho de la exploración su modus vivendi, para los que no prestan atención a las imágenes de lo que puede ir mal, para los que pueden acallar esos nervios que no te dejan dormir y provocan un sudor frío cuando la hora del despegue se acerca.

No es ningún drama, aunque parezca que lo pinto así, pero sí es algo nuevo para mí. Es la primera vez que tomo un vuelo yo solo y mi destino no es la familia o la universidad. Al fin y al cabo, para alguien de costumbres y sueños moderados, una excursión en avión es sin lugar a dudas lo más alejado a la rutina que se pueda imaginar. Y está bien, porque es vital no quedarse encerrado siempre en lo mismo, incluso cuando lo deseo a veces con extremada fuerza. Aunque a veces sin quererlo, acepto totalmente que llevar las rutinas al extremo de volverlas irrompibles e inflexibles no hace más que hacerme daño.

Así que lo dicho, con ilusión y cierta cantidad de congojo, acometo este placer que es reunirme con esa sabia de montes verdes y calas olvidadas en los mapas. La reunión me transporta ya, antes incluso de que ocurra, a otras épocas, a otras versiones de mí mismo. Más ignorantes, más energéticas y, en definitiva, más jóvenes. Pero reflejos de mí afortunados por haber conocido y haber convivido con esta mujer de irrepetible carácter y perenne expresión.

Y eso me alegra, porque esas imágenes antiguas me recuerdan también cosas que quería hacer. Proyectos, gustos, horas de mi vida que invertí, que no puedo dejar que se queden a medias. Porque la única manera de estar totalmente contento conmigo mismo, en mí caso, es terminar lo que dejé empezado. Puede ser una especie de compulsión que apenas puedo controlar, pero tiene lo bueno de darme, a veces, esa energía que necesito para ponerme en marcha.

Porque, cuando lo pienso, ahora mismo estoy bastante bien. Avanzando al fin en varios frentes. Algunos tan difíciles como siempre. Otros aún más extraños y complicados de lo que jamás pude imaginar. Pero uno en particular me trae buenas vibraciones. Una de las partes de mi vida que nunca supe como iba a mostrarse. Hablo de mi trabajo, claro, el que me cayó del cielo de repente y que me está demostrando, casi sin darme cuenta, que hay algo que sí puedo hacer. Que demuestro poco a poco que lo puedo hacer, y mejor que otros incluso.

La divulgación, aunque sea tan constreñida como debe ser cuando se tiene el tiempo y la materia ya medida, es lo que hago. En cierta manera, es lo que hacía tiempo atrás. Aunque en Valladolid nunca llegué a tomármelo en serio (demasiado ocupado estaba en ser joven e inexperto ante todo), al llegar a las islas descubrí que era una cosa que podía hacer. De ahí que me apuntara a un grupo que tenía ganas de hacer precisamente eso, y que se lo puso incluso en el ADN. Tenía ganas de probar a contarle a la gente lo que se perdía cuando miraba sólo una parte de las cosas. De alguna manera tenía que transmitir la visión casi transcendental que adquirí del universo de los grandes divulgadores del siglo pasado. Tanta belleza, pienso, no puede quedarse escondida de todos los que nunca se plantearon como funcionan las cosas.

Y a base de leer, escuchar, repasar y compartir, continué por ese camino. He aprendido más sobre cómo transmitir conocimiento en estos años que en el resto de mi vida. Atrás se quedan los años en los que intentaba torpemente explicar algún tema a mi familia. Más atrás queda cuando me resigné a no hacerlo. Ahora he encontrado un lugar y unas personas que aprecian el esfuerzo que conlleva seguir este extraño y siempre cambiante camino. Es revigorizante poder hablar con gente que comparte esas inquietudes, y que está dispuesta a ponerse delante de más de 300 personas a hacer un poco de teatro y hacer reír a la gente, para conseguir al mismo tiempo que entiendan que transmitir la Ciencia es fundamental en esta sociedad que sufre de amnesia parcial.

Aún me fascina que, por ahora, esta faceta sea la que pone un techo sobre mi cabeza y comida en mi plato.

Y volver al pasado, reconectar con aquella que representa lo mejor de mí mismo tiempo atrás, renueva mis ganas de seguir mejorando en esto que hago. Comunicarme más y mejor, y pasar de transmitir esta importante información a fascinar con ella. Mi objetivo ya no es solamente hacer que la gente comprenda la importancia que tiene que estén informados sobre, por ejemplo, la tecnología que manejan, sino que les fascine tanto saber cómo funciona que sientan la necesidad de informarse y, a su vez, transmitirlo también.

Y todo, por un viaje que aún no ha empezado, pero para cuando se publiquen en estos párrafos, ya estará en marcha. Así que, gracias. Porque de vez en cuando está bien romper la rutina. Porque aunque un poderoso Sueño me ata a las siete islas donde el tiempo anda de buen humor, la metrópolis merece una visita de vez en cuando, sobre todo cuando en su interior va floreciendo esa inigualable Flor de las Tormentas. Porque sé que el recuerdo de los días que aún están por llegar se mantendrá conmigo para siempre, y que me servirá de faro cuando me pierda en la neblina de la rutina que a veces se me descontrola.

Gracias por todo lo que me has ayudado a crecer. Aunque no te lo creas, a ti también te lo debo.

Asocial social

Una confesión más, y ésta sobre lo social que este asocial a veces es, y la raíz de este comportamiento que me obsesiona y me preocupa.

Me encuentro, con cierta regularidad, dividido a la hora de decidir si soy animal social o un viejo asocial.

Si bien es cierto que sigo convencido de que la manera con la que puedo vivir haciendo y haciéndome el menor daño es retirándome de los grupos sociales y aparcando toda interacción con mis semejantes hasta sobrevivir con la mínima necesaria, tampoco puedo negar que amo compartir mis velos y mis desvelos con el Sueño que a veces me acompaña. Y a veces, también, me gusta desperezar mis huesos acostumbrados al silencio y zambullirme en el sórdido ruido de la conversación con extraños.

Así, equilibrando mi amor un poco malsano por las sombras, la lluvia y la soledad bien entendida, existen en mí pulsiones que me llevan a desear buen tiempo, una buena bebida y una conversación larga y totalmente en contra. Es casi como si dos personas vivieran en un mismo cuerpo. E, incapaces de decidir a quién pertenece, deciden turnarse los latidos con el fin de vivir ambos lo que desean.

Lo peor es que estos cambios de actitud no sólo me confunden a mí, sino a los que me aguantan y me quieren. Porque si ya es difícil congeniar y compartir conmigo, aún lo es más cuando puedo cambiar totalmente de parecer en un abrir y cerrar de ojos. Al cabo de un tiempo, me he dado cuenta de que a la gente le gusta que le sorprendas, pero también que eso no ocurra demasiado a menudo. Porque entonces eres inconsistente, irracional y demasiado difícil saber cómo vas a reaccionar a las cosas, que al cabo de un tiempo, es algo normal y necesario.

Lo cierto es que me asusta un poco. Desearía, muchas veces, no ser así. Ser un poco más predecible, y yo creérmelo también. Porque lo principal es que aún me siento dividido. Ni lo malo de ser así me convence para dejar de serlo. No lo puedo entender, y me trabo y me detiene entrar en esta dinámica de extrañeza de mí mismo.

Siempre que puedo, me detengo para estudiarme un poco. Analizar que me está haciendo funcionar, qué me hace cambiar y qué me hace permanecer igual. Pocas cosas he mantenido conmigo el suficiente tiempo como para poder apreciar una evolución visible. Como para poder sacar algún dato sobre mí mismo que pueda decir tiene algún sentido real y algún viso de ser real. Cuando se es tan voluble, es muy difícil asegurar nada sobre uno mismo. Las cosas parecen poder atribuirse siempre a algún estado pasajero o algún cambio de humor súbito. Por eso, encontrar algo estable, algo de lo que pueda estar seguro siempre se vuelve de capital importancia. Y ayuda.

Pocas cosas se mantienen, pero algunas hay. Por ejemplo, llevo más de diez años llenando hojas con mis desvarío y de mis sentimientos. Son pueriles, incompletos y feos en muchas ocasiones. Pero son míos, al fin y al cabo, y tan sólo reflejan algo evidente: sólo soy una persona. Con muchos fracasos a su espalda; con envidias e incapacidades, y otras mil cosas negativas.

Pero, también, con alguna positiva. Ahí están, y su valor no es mío para poner.

También resisten los años unas pocas amistades. Amistades que atesoro e intento mantener, porque nunca volveremos a ver los átomos perdidos en un agujero negro, pero sí las llamadas perdidas. Y estas amistades tienen tanta razón, y tantas razones además… Por alguna razón, me resisten y me sobreviven, y a pesar de lo bueno y lo malo que hago, siguen cogiéndome los mensajes. Y aunque de alguna manera resulta gracioso usar estas confesiones como comunicaciones, lo cierto es que nada se compara a tenerlos delante y poder recibir su sabiduría en directo. Y quedar un poco más calmado al verles tan bien rodeados.

Luego, hay nuevas amistades, cosecha tempranilla, futuros moldeadores de la realidad en la que todos viviremos, mentes preclaras que conseguirán hacer avanzar el conocimiento de la humanidad con su tesón y su inteligencia. Chicos y chicas que me enorgullece conocer, aunque seamos tan distintos como el blanco y el negro. Gente que te hace mejor sólo con estar a su alrededor.

Pero, si alguien ha sufrido lo que soy y lo que no termino de ser, ese debe ser el Sueño que me acompaña. Interrumpidamente a veces, con momentos de menos y momentos de más, conociéndome como nadie, ayudándome la que más. Cualquier disculpa es poca, testigo de mi mejor y mi peor. Ahora mi objetivo es hacerte feliz, aunque a veces me parezca que hago todo lo contrario. Todo es más real que nunca, y por eso tengo más miedo que nunca.

Al final, como viene siendo habitual, tuvo que haber disculpas. Pero lo prefiero a dejarlo. Para mí significan dos cosas, una buena y una mala. La mala, que sigo sin arreglar cosas que llevan mucho tiempo estropeadas. La buena, que aún no he aceptado esos errores y quiero corregirlos.

Así que, aún me quedan disculpas que pedir, para bien o para mal.

Canciones que trascienden

Obsesionado, como suele ser usual en mí, con cierta canción, le doy otra vuelta de tuerca a lo que una composición puede trascender a su propio medio.

No puedo negar que, en buena parte, estas entradas tienen parte de diario.

A veces se me suben las metáforas a la cabeza e intento escribir algo con cierto toque lírico. A veces toco temas un poco alejados de mí, y a veces simplemente se me va la cabeza y lo que quiero es dejar fluir mi consciencia y ver qué sale. Pero, en general, hay siempre el elemento común de hablar, más o menos rebuscado, de mí.

Eso es lo único continuo, lo único que se repite sin cesar en este lugar; algo, por otro lado, natural, ya que se trata de un blog, y ese es uno de los objetivos de un sitio así. Es, al fin y al cabo, el hilo conductor de esta historia maltratada por la pluma de este escritor regulero que soy yo.

Por eso, muy de vez en cuando, me gusta dejar todo el atrezzo y todos los maquillajes y simple y llanamente hablar de algo que me ha pasado a mí. Por suerte, no es una época que me suela durar mucho, y así no tengo que hacer sufrir a nadie más de la cuenta.

Y hoy me gustaría dar cuenta de una canción de la OST de Transistor, aunque bien podría hablar de muchas. Me gustaría centrar la atención especialmente sobre Paper Boats.

Esta canción lleva dando vueltas por mi cabeza unas semanas, y parece haberse instalado para siempre.

Y es que es increíble. ¡Cómo en tan poco tiempo y con tan pocas palabras se pueden decir tantas cosas!

La voz de Ashley Barret, la cantante, tiene un toque que parece directamente sacado del Nueva York de los años 20. Esa melodiosa seda acústica que te habla de lo imposible que es que no termine junto a alguien. Junto a él.

Porque es importante recordar a quién va dirigida la canción. Hay unos pocas con parte vocal, y todas las que la tienen están íntimamente relacionadas con la historia del videojuego. Todas están muy dirigidas.

A partir de ahora entro en zona de spoilers, así que si en algún momento hay interés en jugarlo, recomiendo no leer lo siguiente. Si no, aquí vamos.

Paper Boats en particular está dirigida al coprotagonista de la historia, el único ciudadano de CloudBank que no está en el sistema. B es la ciudad interconectada y automatizada que es, sin lugar a dudas, el tercer protagonista de la historia. Este hombre que está fuera del sistema tiene algún tipo de relación sentimental no romántica con Red, la protagonista. Y según avanza el juego, este hombre se sincera y confiesa su amor por Red. Y ésta desarrolla tanto cariño hacia él que termina convirtiéndose en algo más. Y cuando, llegado el final del juego, todo el poder que Red adquiere no puede salvar a su salvador, ella decide acompañarle en su vida en muerte.

Por supuesto, me estoy dejando cosas, muchas cosas por el camino. Pero ese es, a grandes rasgos, el devenir del argumento. Paper Boats aparece al final, cuando todo ese círculo se ha completado, y ya sólo queda expresar lo que Red ha desarrollado hacia su compañero. Cuando Red al fin puede abrazar a su compañero, ella, que ha estado muda hasta entonces, lo saluda con un “Hi” que, bueno, dice más de lo que se puede comprender sin jugar el juego. Y entonces, de fondo una imagen de ellos dos, los créditos empiezan a aparecer, y comienza la canción.

Arriba está la canción para que se pueda escuchar mientras se lee la entrada. Porque no quiero estar dedicando muchas líneas a lo que dice exactamente la canción. Pero sí quiero hacer especial hincapié sobre un par de versos.

We are magnets pulling from different poles // With no control // We’ll never be apart. Me encanta esta parte. Hacer que un concepto tan científico como el funcionamiento de los imanes se convierta en una metáfora de encontrar a otra persona. Me parece realmente excepcional. Y va tantísimo y tan bien con la temática del juego, que no hace sino reforzar la capacidad de la canción de mezclarse con el argumento y, así, reforzarlo aún más.

We can run, but we can’t hide // Try. Otras pocas líneas que me encantan. Me encantan porque demuestran una seguridad de Red en sí misma que me fascina y me enamora. Creo que durante mi vida casi siempre he volado alrededor de mujeres seguras de sí mismas. Y que, precisamente, lo que más feliz me ha hecho ha sido poder ayudarlas cuando flaqueaban en esa seguridad. Cuando necesitaban a alguien con quién hablar, con quién plantearse preguntas jodidas sobre su existencia, quiero pensar que he formado parte del grupo de personas que les ha ayudado a volver a mirarse en el espejo y ver lo mucho que valen. Porque, si alguna vez lo he conseguido… Bueno, eso vale más que cualquier otra cosa que consiga en la vida.

¡Qué le voy a hacer! Me atraen las personas seguras de sí mismas. Aunque luego eso me dé problemas cuando no coincida con ellas. Esa siempre ha sido la parte que debería mejorar.

Pero, volviendo al juego. Por lo que acabo de decir, es fácil deducir que otra razón por la que me he obsesionado con el juego ha sido, precisamente, su personaje principal. Red, esa cantante de fuego y hielo, que no está dispuesta a rendirse aunque toda una ciudad esté contra ella. Aunque lo haya perdido todo. Aunque todo esté en contra, no se rinde. Y a pesar de la admirable fortaleza que demuestra con cada paso que da, todavía sigue siendo una persona. Una mujer que está sintiendo como una persona que ha dado la vida por ella sufre y pierde la esperanza. Y como, poco a poco, se da cuenta también de que lo que siente por su salvador es más que amistad. Supongo que, en parte, esta fascinación proviene de que me considero poca cosa, un tipo corriente de poca valía, y que por eso precisamente me llama tanto la posibilidad de enamorar a alguien tan fuerte y tan autosuficiente.

Por suerte, conozco gente así. De algunos y algunas, soy amigo, y es un honor. De otra, soy algo más. Y soy muy feliz por ello. Siempre hay esa sensación, esas ganas de salvar, de abrazar y hacer sentir bien cuando todo va mal. Aunque, poco a poco, comprendo que debo respetar cuando no quieren eso.

Porque a veces es el momento de abrazar, y otras es el momento de mostrarse duro como la roca.

Y a veces hay que encarnar un ángel destructor que rehaga la realidad a voluntad.

Y ya después, en la intimidad, ya se volverá vulnerable entre tus brazos, como una niña o un niño ante la oscuridad. Esos son los monstruos de los que le puedes proteger.

Y que ella o él te proteja de los demás.