El viejo al final

Tal vez una historia, tal vez algo distinto. Mar, tormenta y faro, y un momento nocturno.

Con las persianas bajadas, el reloj marcaba la medianoche con el sonido incesante de su timbre. De fondo, entre las formas cambiantes de las llamas, el crepitar de un fuego casi ahogado rompía el silencio de sus pensamientos.

Fuera, más allá de esas cuatro paredes maltrechas, preñadas de cuadros de mar y faros, llovía con la intensidad de las tormentas que marcan un final. Nada sabía del pueblo que se extendía intranquilo hacia el interior de la isla. Nada sabía tampoco de la gente que, asustada, debía permanecer encerrada en sus casa, rezando a la nada impelidos por la ignorante esperanza de que aquello no fuera el fin del mundo.

El mundo. ¿Qué importaba todo eso? A él, absolutamente nada. Tan vacío como el espacio exterior, como las conversaciones que mantenía desde que la Luna se despidió de él por última vez. Que las nubes cubriesen su brillo nacarado, la sonrisa que siempre brillaba en aquel orbe de blanca belleza, transporte celestial de sus sueños más queridos. Y como ya no estaba, ¿qué quedaba sino sentarse ante el fuego de su chimenea y dejarse hipnotizar por las llamas de un corazón que se perdió?

Acerca sus manos gastadas a las llamas. No hay frío, tan sólo la vaga intención de atrapar la última luz del universo. Abrazar lentamente la estrella de su hogar, la fuente del calor que ya no siente en sus huesos. Pero, la lluvia arrecia, y se mezcla con el fuego el sonido de los cristales vibrando, el incesante martilleo de la tormenta fuera, como una visita molesta que no entiende que el tiempo para las visitas se consumió.

El viejo se remueve en la silla tosca de madera que lo sostiene. Si no puede disfrutar del fuego, ¿qué le queda ya? Se mira las manos, astilladas como las vigas expuestas de su casucha, y se da cuenta de que tiemblan. Salpicadas de sabañones y heridas mal curadas, su mirada se lanza por entre sus dedos para acabar, una vez más, en las llamas agonizantes. Y entre la lumbre saltan chispas ambarinas, diminutas estrellas fugaces cargadas con las esperanzas de un futuro que se consume ante sus ojos, que se estampa contra sus cuatro paredes, que lo dejan sordo con su estruendoso grito incesante.

No sabe cuántas horas han pasado, o si acaso han sido días de encierro. Pero la luz se ha ido, el frío ha llegado y el martilleo ha cesado. Tan sólo quedan lejanos tambores. Se levanta con dolor, se rasca la barba descuidada y recoge su sombrero de ala corta. Se enfunda una gabardina atacada por la humedad, más marrón por sucia que por diseño, y sin preocuparse por las llaves, se hace al exterior.

Le esperan las estrellas sobre su cabeza, las nubes sobre el mar y los rayos en la lejanía. Parece que tan sólo han pasado unas horas, pero ya no le importa el tiempo. Los segundos le han arrebatado el fuego, y las manecillas, con nocturnidad, la cordura. Le han dejado solo con sus preguntas, y ya no podrá perdonarlas. Su final es tan cierto como el punto final en una despedida, y como ya no tiene nada de lo que hablar, calla. En silencio, toma el camino que asciende por el acantilado, y sin más compañeras que las mudas constelaciones, asciende hacia las osas, los héroes, los monstruos y la confusión de una humanidad huérfana en la oscuridad del infinito.

Le iluminan el camino los intermitentes fogonazos del horizonte y su tacto contra la pared de piedra. Algunas hierbas, recias inquilinas de un risco que presenta batalla a un mar casi siempre embravecido, le rozan los pies y le marcan el camino. Y mientras, las yemas de sus dedos sufren al besar los filos de una roca que ha presenciado más tormentas que toda la inteligencia junta. Sus talones, a través de las zancas de piel y vejez, cuentan sus pasos sobre la resbaladiza superficie de ese camino mojado que es más un ascenso al infierno que un camino de bueyes.

Tras varias docenas de fogonazos, alcanza el viejo a ver por primera vez el faro del que se hizo cargo al huir de si mismo. Huele al fin la madera de roble que se consume, y se le mezcla la esencia con su propio sudor, cada vez más copioso, y la fragancia, cada vez más sutil, del mar que continúa con su incansable empeño por recuperar una tierra que una vez le perteneció. Respira profundamente, dejando que se le cuelen los recuerdos de flores perfumadas y el cabello castaño que olía a lilas y azahar. Y aunque se humedece la cara, no ha vuelto a llover.

Abre la puerta de esa vela artificial, y degusta con cierto placer el sabor a hojas viejas que impregna el lugar. Lámparas de aceite vacías, una mesa redonda que preside la estancia, y unas escaleras que serpentean por la pared hacia arriba, hasta perderse en la oscuridad. Debajo de estas, en montones tan altos como se dejan, libros y libros que esperan. Silenciosos, siempre dispuestos, libros que amarillean por el lomo. Enciende una de las lámparas que aún escondía algo de aceite, y toma el único libro que descansa sobre la mesa.

Pasa un par de páginas, pero para continuar, se lame los dedos. Se da cuenta entonces, el sabor de su pasado perdura en esas páginas. Y antes de que se de cuenta, una foto medio borrada se desprende de entre las páginas.

Acerca la fotografía a la luz, y sus ojos marrones se derrumban al ver los verdes que le devuelven la mirada. Ya no hay vuelta atrás.

Asciende por las escaleras sin prisa. La foto está en su bolsillo interior, y la lámpara, tirada contra los libros. Arden las intenciones en su pecho, y al alcanzar el balcón, ya no siente frío. En su corazón vuelve a estar ella, que le llama desde el mar, invitándole a sentir su abrazo una vez más. Las llamas a sus pies le recuerdan lo que le queda en el interior de la isla, aquellas promesas que no pudo cumplir al volver a su faro. Y, por desgracia, la voz de la promesa es débil, indefensa, inocente…

Y mientras desciende hacia el abrazo eterno de ella, su promesa llora olvidada en una cesta ante una iglesia de piedra.

Y la luz de la Luna la ilumina, pero su llanto no cesa. El mar se lo llevó todo.

 

Miradas

Relato para Divagacionistas de Mayo 2017. Tema: Distancia.

Cuando tu sonrisa es mi espejismo; cuando tu voz es mi aire. Cuando mis sueños se difuminan en conversaciones inocuas que hacen correr las horas. Cuando pienso que estás ahí, pero en realidad no lo estás.

Cada vez que te veo y sonrío; cada vez que vemos juntos otra mañana morir para convertirse en despedida. Cada vez que las estrellas esconden mi mirada y quedas a salvo de tanta pena y tantas verdades a medias. Cada vez que me soplas tus secretos y mi alma se acurruca en tus palabras.

Y siempre que mis sueños te llevan al mar y a los corales, y descienden entre el atardecer y el rayo verde de mi esperanza, entonces me doy cuenta de que tenemos suerte. Suerte de que haya este abismo invisible entre nosotros. Este valle de sonrisas amables y silencios tranquilos; pensamientos eternos dedicados a los ausentes, a los presentes cuando ya no es momento de compartir nuestros gestos y nuestras costumbres.

Pues “tú” y “yo” no se mezclan, y sólo tengo para ser feliz la triste tarea de evitar mezclar el brillo de tu sonrisa y la oscuridad de mi nostalgia.

Y evitar así que te acuerdes de mí allí, tan lejos, a diez centímetros de mí.

En lo alto de una escalera

Relato corto sobre una noche en la que descubres la imposibilidad del amor que sientes.

Para acompañar este relato corto, y como una manera de inspiración, pongo al final letra y música de Lo que hay que aguantar de Ismael Serrano.

Mi luz particular se encontraba >>