Cayendo en tus pupilas

Conversaciones en una oscuridad…

Nada. Vacío literal. Completa y absoluta oscuridad.

— ¿Dónde estás? –preguntó su voz al vacío.

–Aquí –respondió la oscuridad.

Hizo lo que pudo para guiarse con las manos y, con cierto miedo, se estiró lo que pudo sin dejar de tocar la pared a su espalda. Por fin, tras unos instantes de agonizante vacío, rozó la cama. Más calmada, se sentó al borde, sintiendo el frescor de las sábanas de seda, y lo recorrió con las manos hasta que lo encontró, a su derecha, inmóvil en medio de la nada.

–¿Qué hacemos así? –preguntó, incómoda con su silencio.

–Esperar.

–¿Esperar? ¿A qué? –insistió. Semidesnuda, el frío no tardaría en hacerla enfermar. Además, tenía otras intenciones para la noche, las sábanas… Y para él.

–Esperar a que sean lo suficientemente grandes.

Dejó escapar un sonido de asentimiento, aunque no tenía ni idea de lo que estaba hablando. Y ya llevaba un tiempo así: sin entender exactamente de qué hablaba cada vez que se quedaban a oscuras.

Pensó que sería más fácil. Hasta entonces, cuando se apagaba la luz, no importaba con quién, lo siguiente siempre había sucedido solo. No necesitaba hacer mucho. Los instintos se activaban y, sin hacer mucho más que yacer allí y dirigir un poco los movimientos de su acompañante, encontraba su felicidad momentánea.

No se hacía muchas ilusiones tampoco. Sabía de sobra que aquello sólo duraba una noche. Tal vez algo de la mañana también. Y después, vuelta a empezar. Escondida bajo la abrasadora luz del día, se ponía su disfraz de modosita risueña y comenzaba la caza. La búsqueda del próximo corazón del que sacar unos latidos prestados para poder levantarse una vez más y volver a empezar.

–Ya casi.

–Claro.

No le prestó atención. Estaba claro que iba para largo. Tal vez tendría que dejarlo por imposible y darse por vencida esa noche. No parecía que fuese a encontrar nada en esa oscuridad; ni felicidad momentánea, ni duradera, ni nada. Tan sólo una triste excusa llena de vergüenza y frustración, la atropellada búsqueda de ropa tirada y más excusas mientras se cierra la puerta. No sería la primera vez, y seguramente tampoco la última. Aunque sí sería un poco más decepcionante de lo habitual. Al fin y al cabo, para una vez que elegía por los ojos…

–¿Alguna vez has pensado en el negro de tus ojos?

La pregunta la pilló por sorpresa, especialmente en aquella absoluta oscuridad. Tenía la costumbre, desde pequeña, de cerrar los ojos cuando estaba a oscuras. La hacía sentir como si estuviera en un sueño muy real donde podía imaginar todo lo que quería.

–¿Las pupilas?

–Sí, exactamente –pudo notar su cuerpo girando hacia, supuso, ella, así que hizo lo mismo –. Las pupilas, allí donde van a morir las miradas.

–Y donde nacen también –no quería entrar al trapo. Quería hacer otras cosas más interesantes que hablar sentada sobre la cama, desnuda de ombligo para abajo, ¡maldita sea! Pero no pudo resistirse a responderle. Sus ojos… Eran una de sus armas habituales.

–También –le agradó que le diera la razón –. Aunque a mí siempre me han interesado más a donde van las miradas, más que de donde parten. Me fascinan los finales, aunque me aterran también –hizo una pausa y soltó una pequeña risa entre dientes –. Supongo que no tiene mucho sentido, ¿verdad?

–No mucho.

–Acércate, por favor –de repente, su tono se llenó de súplica. Su paciencia se agotaba, pero cumplió porque conllevaba un acercamiento –. Gracias. Quiero que me mires a los ojos.

–¿Qué? –si acaso se había vuelto tonto, no sabía decir. Lo que sí podía decir es que no le estaba gustando nada todo el asunto.

–Sólo quiero que me mires a los ojos.

–Encien-

–Sin luz. Tal como estamos.

No le dio tiempo a echarlo de su habitación porque, antes de que pudiera decir nada, la agarró por los hombros y, suavemente, la acercó hasta él. De repente, pudo sentir su aliento caliente en su boca y en su cuello, y todo su rostro irradiaba un calor tranquilo e invitante. Como no le quedaba otra, inspiró, y la cabeza se le nubló con el aroma que despedía su pelo, igual que unas horas atrás cuando lo eligió.

Y mientras, en sus hombros, sus dedos dibujaban tan suavemente como una pluma formas aleatorias, provocando que la piel se le erizara y que su pecho comenzara a subir y bajar de forma desbocada.

Estaba claro que eran muy compatibles. No tenía claro por qué tampoco. Al fin y al cabo, no cumplía los estándares que solía exigir, ni tampoco le había parecido más interesante que la media. Había resultado gracioso, sí, pero nada más allá de lo normal. Todo parecía indicar que era alguien de lo más normal, mundano incluso.

Pero cuando se acercaba…

–Creo que he puesto mis ojos a la altura de los tuyos. ¿Puedes ver algo?

Su voz la sacó del trance, y se espetó mentalmente. No era más que uno más. No debería estar actuando como una quinceañera cualquiera a la que la prestan atención por primera vez. Era más que eso: más mujer, más experimentada y más pragmática que una niña así. Había conocido más tristezas y más decepciones que nadie, y no tenía fuerzas ni ganas de caer en hechizos tontos de una noche, sobre todo con alguien que, en principio, no era su tipo ideal.

Aún así, tenía cierta curiosidad. Movió la cabeza un poco para adelante, y pudo notar la nariz de su acompañante. Regresó a la posición original y comenzó a escanear con cuidado la oscuridad frente a ella.

–¿Ves algo? –insistió él, y pudo notar la expectativa en su voz.

Continuó observando la oscuridad. Miró en todas direcciones, e incluso entrecerró los ojos, a pesar de que sabía que era una soberana estupidez.

–No ves nada, ¿verdad? –dijo él al cabo de un rato, decepcionado.

–Es que no hay manera humana de ver nada en esta oscuridad –trató de defenderse. Algo le dijo que había dado la respuesta incorrecta.

–No pasa nada –pero el tono le decía lo contrario.

Fue a ponerle la mano en el pecho, pero él se levantó. Intentó seguirlo con la mano, pero su audición le dijo que él se estaba moviendo por la habitación, al parecer recogiendo sus cosas.

–Las tuyas no son lo suficientemente grandes –comenzó mientras seguía moviéndose por la habitación, consiguiendo que su voz fuera un fantasma incorpóreo que se contoneaba frente a ella –. Pero ese no es el verdadero problema. El problema, claro está, somos nosotros.

–¿Qué problema?

De repente, sus manos la cogieron suavemente de la nuca y la invitaron hacia adelante. Y casi al mismo tiempo, notó sus labios en la frente.

–Digamos que soy yo –su tono había cambiado. Volvía a ser de cariño, como antes de apagar la luz.

Tomó sus manos y se las juntó y se las apretó con mucho cariño.

–Debes encontrar a alguien cuyas pupilas veas refulgir incluso en la oscuridad absoluta. Cuando lo hagas, podrás dejar de malgastar tu vida en puertos estériles que no te aportan nada.

Ese fue el momento para quedarse en silencio.

–Eres genial –añadió su compañero en la oscuridad –, pero no te quieres aún lo suficiente. Y hasta que no te quieras, tus pupilas no refulgirán para que las encuentre el barco adecuado.

–¿Cómo?

–¡Cuídate! ¡Y prohibido recordar!

Y sin decir nada más, se fue.

Se arrastró por la cama y se escondió bajo las sábanas. Y aunque decidió tratar de olvidar todo y dormir, por no poder hacer lo primero, le eludió lo segundo toda la madrugada. Y es que, en su mente, recuperó las últimas palabras del que antes le acompañaba en la oscuridad, y le dio vueltas. Y más vueltas y aún más vueltas.

Y se dio cuenta de que eligió mal.

La oscuridad no venía de las lámparas apagadas, ni de la desaparición del Sol tras el horizonte ni de nada externo. La oscuridad venía de su interior, y no lo había querido comprender hasta entonces.

Así que, abrió los ojos de verdad, y durante un instante, estuvo ante la forma de quién le había acompañado hasta un momento antes. Y entre la luz que entraba de la ventana y la que provenía de sus ojos, pudo distinguirlo todo otra vez por vez primera.

Sonrisas deshilachadas

La honestidad a veces cuesta decepeciones.

Esta es la tercera versión que escribo de esta entrada. Y, honestamente, no veo que vaya a conseguir lo que intenté en las otras dos, así que voy a cambiar de estrategia.

Tenía muchas ganas de escribir algo más ligero, menos lleno de niebla y tristeza. Y me he chutado con todo lo que me hace sentir bien: he visto capítulos de Scrubs, he escuchado mis canciones más alegres (no mis favoritas, porque son casi todas tristes o melancólicas o taciturnas), e, incluso, ahora mismo estoy escuchando la canción de créditos de La vida secreta de Walter Mitty. En resumen, he intentado buscar todas las cosas que me han cambiado el humor a uno más positivo en algún momento de mi vida.

El problema, por supuesto, reside en que este no es un momento cualquiera de mi vida. Es un momento muy particular, unas semanas y unos meses que me marcarán para el resto de mi existencia. Según The dictionary of obscure sorrows, lo que siento ahora es Dès vu (al final de la entrada voy a poner un link al video, merecen todos muchísimo la pena, y creo que terminaré haciendo una entrada para unas cuantas palabras). Sé que lo que viva y lo que piense ahora se me quedará grabado a fuego en el cerebro por el resto de mi existencia. Y sé que tengo una oportunidad de oro de cambiar justo ahora. Ahora que me toca reconstruirme puedo elegir cómo hacerlo.

Y no quiero fingir. Quiero seguir escribiendo aquí, continuar esta especie de mezcla entre diario, taller literario y expresionismo escrito. Quiero cambiar algunos hábitos, introducir unos nuevos que mejoren mi salud física, y quiero un nuevo nivel de higiene mental que no he tenido hasta ahora. Quiero disfrutar de la soledad, y quiero poder salir de ella sin secuelas para quedar y socializar con tranquilidad, sin la sensación de que necesito o no necesito hacerlo según las circunstancias. Simplemente, estoy intentando ser más fiel y honesto conmigo mismo, a fin de poder serlo con los demás.

En cierta manera me gustaría decir que estoy mejor y ya está. Que lo malo se acabó el día D a la hora H y que a partir de ese momento hice el desembarco en la playa de un nuevo estado anímico y que lo demás quedó al otro lado del estrecho. Me gustaría poder mirar al futuro con el optimismo con el que decidí apuntarme a kung fu y aplicarlo a todo lo demás, como si se me hubiera agotado la tristeza y la nostalgia y tan sólo hubiera sabor felicidad en el menú. Me gustaría, llegados a este punto, haberme recompuesto ya y que ahora tan sólo hubiera tiempo para todas las cosas buenas y nuevas que tengo por delante.

Pero, no es así. Nunca es así. Las personas somos un barullo de emociones, cuyo volumen lo controla otro barullo de hormonas, que a su vez se ve afectado por un barullo de decisiones que tomamos cada día. El nivel de complejidad es apabullante. Y aunque cada día más personas entienden que esto es así, aún nos obcecamos en ponerle cuadrículas a estas cosas e intentar colocarle medias y medianas a este tipo de cosas. Es magnífico pensar como, sin apenas entender como funciona nuestro estado de ánimo, hemos sido capaces de conseguir tanto.

Una vez más, me voy por las ramas. Lo que quería decir es que, sencillamente, durante un buen tiempo, aunque parezca que esté bien, y aunque por el día me divierta y me ría y me duela y vaya y vuelva y haga comida y organice eventos y estudie y apruebe y suspenda y escuche y hable, a pesar de todo esto, seguiré pegando mis trozos. Me seguirá ocurriendo que cuando se acabe el día y todo el mundo se haya ido y me mire ante el espejo, solo y casi a oscuras, una sensación incontenible de rotura me rasgue en dos. Se me parará el corazón y examinaré mi imagen del otro lado con la curiosidad clínica del descubrimiento de una nueva especie. Miraré y me moveré a su alrededor, con el corazón parado y la respiración perdida, tratando de encontrar el punto de donde provienen todos los rotos que me sesgan por dentro. Tiraré de los hilos de una sonrisa deshilachada, y mientras mi mirada se escapa entre párpados de plata, apuntaré con presura cada uno de los sonidos encantados que escapen de mi forma convertida en estatua.

Y habiendo estudiado con tanto detenimiento la parte de mí que hará las veces de maquillaje amable, me retiraré y me esconderé de nuevo en sus adentros, con el fin de no dejar vacías de alma las cuencas de unos ojos que, poco a poco, cada vez ven menos. Menos colores, menos luces y menos razones para seguir abiertos.

Si es que, no se me puede dejar solo. Con nada me pongo como tonto con ese tipo de prosa tan pintada que a veces da la sensación de no ser ni de este planeta. Pero claro, es el tipo de cosa y el tipo de manera de las que me gusta escribir. Simplemente, me sale solo.

Dicho todo esto, de paso un aviso. Esto no significa que no me apetezca hacer todas esas cosas de las que hablaba unos párrafos antes, o que no las vaya a disfrutar. Muy al contrario. Precisamente, contra este manto infinito de gris y negro, las luces de todas esas estrellas que me acompañan son tan brillantes y cálidas que no puedo dejar de sentir lo maravillosas que son. Y además, su contraste me permite encontrar las partes bellas del manto gris y negro que me suele cubrir.

En fin, ya voy terminando. Si bien no es que sea mucho más alegre, al menos no es tan triste. Al fin y al cabo, el tiempo hace su efecto, y las conversaciones amigables también. Me sigue dando miedo que todo esto deje de dolerme en algún momento, ¡pero bueno! No sería la primera vez que estoy muy equivocado sobre algo.

P.D.: Aquí va el link al video del que hablaba, Dès vu. Creo que no tardaré mucho en empezar a hablar de este canal.

Puntos en el corazón

Puede…

Puede que el desastre haya golpeado cuando la marea estaba más alta. Durante los viajes imposibles que una vez hicieron nuestras almas, allá donde el cielo y la tierra se besan; mientras la luz del sol recorría plácidamente las llanuras de una historia que nunca pudo ser.

Puede que nos hayamos mecido entre las olas de una sonata dedicada a las personas que nunca pudimos ser, que siempre tuvimos en el borde de nuestra mirada. Reflejos más luminosos de lo que nunca pudimos ser, seres más amables y más honestos que los que ahora animan nuestros corazones. Esas versiones que se alzan por los cielos, vuelan el uno junto al otro, descubren paisajes imposibles apoyados en los vientos que mutuamente nos cedemos sin reparo. Versiones que ahora vemos, que nos hacen llorar por las noches cuando notamos el frío en nuestras camas, que nos recuerdan todo lo que hicimos mal.

Puede que cuando nos montábamos en aquel coche no recordáramos por qué lo hacíamos; que la rutina de una batalla vencida nos cegara, y atase nuestros corazones a una neblina impenetrable que nos separó de nuestras realidades y nos tornó en estatuas admirables que escondían dentro todas las oscuridades que iban poco a poco comiéndose nuestras esperanzas y nuestros pensamientos de futuro. Y al no compartir más nuestros futuros, éstos se fueron marchitando para siempre en una oscuridad inacabable que se volvió rutina. Y así, en medio de la nada, asustados al no palpar los labios del otro, empezamos a cometer errores que fueron, indefectiblemente, dirigiéndonos al borde del agujero negro, donde va a morir la luz que no alcanzó a iluminar nuestro presente.

Y puede que el espectáculo fuera sensacional, allí donde la oscuridad se encontró con la luz. Saltaron realidades y se dio la vuelta el tiempo. El color se desparramó por nuestras pupilas, y las formas se retorcieron a través del espacio y la realidad. Ya nada pudo volver a ser lo que era, y en medio de las explosiones de nuestros corazones, tan sólo la voz de la resignación respondiendo a la voz de la desesperación. Y su eco se hizo eterno.

También puede que nada de esto tenga nada que ver. Que la realidad sea tan sencilla como que se acabó lo inagotable. Puede que de tanto hablar y de tanto sentir, el corazón y la boca terminaran por ponerse a contratiempo, y aunque la tristeza y el cariño lo inundaran todo, no supieran ponerse de acuerdo hasta que hubo un silencio que les permitiera hablarse. Cuando se dieron cuenta de lo que estaba pasando, decidieron que era el momento de no seguir perdiendo los días y los sentimientos y quedarse con lo que ya tenían, y no arriesgar más romperse en mil pedazos cuando un final anunciado llegara, con todas sus consecuencias y todas sus vicisitudes.

O puede que hartos de todas las cosas que no se podían decir, decidieran romper las barreras de esa rutina que todo lo inundaba, intentar dar un golpe de efecto que hiciera estallar el silencio que todo lo inundaba. Gritar a través del vacío del espacio entre nosotros, y cometer la aventura más arriesgada de todas: hablar de verdad. Ser de una vez uno en valor y en sentido, y por fin expresarse aunque no supieran muy bien qué decir.

Finalmente, puede que no sepa qué decir. Puede que esté aquí, rellenando líneas en un vano intento de expulsar todo lo que duele por dentro. Puede que mire a mi alrededor y vea tantas cosas que no he probado que ahora quiera intentarlas todas, y que me dé más miedo que nunca lanzarme, porque ya casi no tengo tolerancia al dolor. Al físico, porque no creo que pueda acumular más anímico. Y no es culpa de nadie, pues las elecciones siempre fueron mías. Pero eso no quita para que me duela mirar, me duela escuchar y hasta a veces me duela escribir. Porque cuanto más expulso, más profundo busco, y llega un momento en el que tengo que dejarlo por un tiempo para dejar de escarbar trozos de un corazón que todavía se lo piensa dos veces antes de latir ante ciertos recuerdos.

Pero sé que seguiré en este estado si no hago algo, y de alguna manera habrá que salir adelante, si todo lo que tengo a mi alrededor es inalcanzable; y aunque amo las ondas con locura, me toca a mí tomar el control de mis brazos y mis latidos cuando estoy solo ante el peligro, que suele ser a menudo, siempre que las estrellas me sonríen en pleno día. Y es tan fácil perderse en los sueños diurnos, aquellos que solía cerrar antes de empezar, que ahora me inundan porque no vivo en este mundo. Porque aún vuelven aquellos sueños en los que desaparezco y me voy a otra dimensión, y la gente acepta sin remordimientos que ya no estoy, que esas cosas pasan y que tan sólo era yo.

Y en esas dimensiones extrañas encuentro un escapismo que pensé que había perdido, que pensé que ya no necesitaba. Pero ahí está, funcionando a pleno rendimiento cuando me siento a oscuras y dejo que mi cuerpo desaparezca en la oscuridad, y estas melodías me toman ingrávido y me transportan allá donde otros entran por las formas, otros por la droga y otros por simple manía de no escucharse. Me elevo sin alas, y soy el ser más importante de mi propio universo, y observo a la Tierra, sola en la negrura del espacio, y no me detiene ni la falta de aire ni la falta de estima.

Pues por un instante creo, y todas las destrucciones que he vivido últimamente son parte de mí. Se integran y también me elevan, aunque sepa que llegará el momento en el que tiren de mí hacia el suelo. Y de la misma manera que me elevaron, ahora me hagan descender a horcajadas, me ahoguen y me devuelvan a la realidad de la que huía.

Puede –y termino — que todo pase y que al final este tiempo se convierta en huellas borradas por el mar. Y cuando mire hacia atrás me costará sentir lo que una vez me hizo llorar tan amargamente. Pero sé que, aunque haya desaparecido de mis recuerdos, todos estos tiempos estarán cosidos a mi corazón, puntos eternos que vibrarán con cada latido, que en cierta manera, su huella se sentirá en cada respiración, en cada mirada y en cada paso. Una parte más de mí que por siempre se expresará en mis gestos y en mis palabras. Esa tristeza antigua que se comparte entre las sábanas, y en la barra del bar que llamamos honestidad.

Seguro que no te olvidaré nunca.

Seguro que continuaremos nuestras vidas también.

Comienzos

Un viaje imposible para un comienzo imposible.

Comienza un nuevo giro. Mirando al Sol, nuevos cantares y nuevos paisajes.

Comienza todo de nuevo. Son nuevas sonrisas, nuevas lágrimas y nuevas confesiones, aunque sean heridas viejas. Son nuevas experiencias, siempre que desciendo por este afluente de vuelta a mi corazón, en el bosque de mis vergüenzas. Continúo hasta encontrar de dónde brotan todas estas lágrimas, en un valle de remordimientos. Y por fin, arranco del mapa todos estos lugares, y en una maceta en el alfeizar, planto todo esto junto a las semillas de un nuevo yo. Tal vez, con el Sol y la nueva lluvia, algún día crezcan madreselvas y nuevas canciones, y germine un nuevo destino, un mar en el que navegar otra vez, cuyo fondo esté poblado de mis antiguos naufragios, hogar de mis nuevo sueños, y de los bailes imposibles que brillan como estrellas en la noche abisal que es su hogar.

Comienza un nuevo fuego de la noche de San Juan en una playa desconocida. Tumbado sobre la arena, me hundo poco a poco, y van desapareciendo las viejas estrellas. Me transporto entre mil colores y el caleidoscopio de mi mente por los tiempos pasados y las tormentas que trajeron consejos y las olas que me permitieron elevarme entre el fuego del falso cariño. Y cuando ya no puedo aguantar las vueltas y el dolor, se acaba, me deja, y sin fuerzas, abro los ojos por primera vez. Las estrellas son todas nuevas, tan lejanas como siempre, tan sólo duelen menos. Sólo duelen menos, aunque no sea difícil. Menos brillantes, y la Luna sonríe apesadumbrada, clavada en el cielo con las palabras de una despedida, se derraman sus lágrimas invisibles por toda la eternidad.

Comienzan todos los bosques a volverse fantasmagóricos, ahogados en bruma y el ulular de un búho que no puede dormir los recorren. El apesadumbrado quejido de flores que llevan muertas entre la bruma toda una eternidad que nadie conoció. Se posan en sus pétalos muertos las esperanzas perdidas, los sueños robados y las expectativas malogradas. Y como una cascada de tristeza, se acumulan en el pantano donde dan hogar a nenúfares multicolor, llenos de la amargura que llevaban las palabras que nunca se dijeron. Perviven durante siglos, incapaces de morir porque nunca podrán expresar la razón de su existencia, eternamente vivos por no poder morir. Y mientras, los sauces llorones continuarán cubriéndolo todo, peleando como caballeros, con sus infinitas hojas, por los rayos de sol que nunca podrán llegar a su objetivo.

También comienzan los desiertos a volverse multicolor, soledades hechas león que nunca han tenido amigos, tiempos que se deshacen sobre las dunas, incapaces de hacer tic-tac en su justa medida, absurda parodia de la mayor fuerza de nuestro universo. Porque sin tiempo no hay recuerdos, y sin recuerdos hay olvido, y así surgieron todas las sombras, los inviernos y la verdad, que quema y arranca la piel de unos labios nacidos de ortigas, de una imagen de cartón piedra que pintamos mientras tuvimos los ojos vendados. Y mientras las dunas avanzan, cubriendo los ojos de una tierra incógnita, todas nuestras palabras son arrastradas por el viento, perdidas entre los barcos que se llevan nuestros amores de verano y la ilusión de esa inocencia que perdimos entre suspiros. Y en las entrañas de este nuevo desierto, allí donde se esconde el oasis de nuestra verdad, allí descansan todas las carreteras que nos vieron sonreír, los árboles que nos dieron sombra mientras nos abrazábamos, las sábanas con las que nos escondimos al volar, los rayos de sol que nos iluminaron al besarnos. Allí, sin esperar a nadie, estamos nosotros, cuando todo era tan imperfecto como ahora, pero aún no nos importaba.

Al fin, comienza también ahora un nuevo hogar. Las puertas serán reforzadas, y las paredes se funden con el asfalto y con las ganas de no-vivir. Más rígidas y más maleables que nunca, toman formas imposibles, se mantienen y se retuercen, y se hacen invisibles cada vez que saco un boli y lo apunto al desván. No hay calefacción en este nuevo hogar, tan sólo el fuego hueco de un enfado sin razón, y las razones huecas de un teatro de fin de semana, una representación ilegal de unos sueños que se venden al mejor postor, una realidad alternativa que amenaza con absorber todo lo demás. Soplaré todo el polvo de los estantes, y retiraré las sábanas blancas de los muebles. Dejaré a la vista las alhajas, y en la caja fuerte guardaré papeles sin importancia y tickets sin usar. Apagaré las luces, y cuando ya no pueda aguantar más, abriré las ventanas y dejaré que entre el invierno. Se enfriarán mis corazones y ya no pensaré más. Tan sólo sentiré viejos sentimientos y viejas sensaciones. Soplaré y soplaré todo lo que he sufrido y dejaré que entre nueva música, y se derramarán como enredaderas mis historias por la fachada, y surgirán de ellas cientos de flores, donde se acumularán sueños, esperanzas y expectativas. Dibujaré estrellas en mis techos, y por la noche, brillarán titilantes, bailando imposiblemente en el fondo de mi pupila, repitiendo todos aquellos movimientos que una vez me hundieron en arenas movedizas multicolor. Y en el sótano, al fondo más profundo, instalaré un oasis artificial, donde pueda volver a ver todas las veces que fui feliz, siempre que me olvidé de todo menos de ti, siempre que la sonrisa no fue un maquillaje amable.

Ahora que comienza mi primer día sin ti, recuerdo lo que ha acabado. Porque la parte más difícil de acabar es volver a empezar, y por muchas luces que se enciendan a mi alrededor, ninguna brillará tanto como tú. Y aunque algún día parezca que no recuerdo nada de lo viejo, lo cierto es que siempre lo llevaré puesto; bajo la piel, donde nunca nadie lo vea. Sólo tú, que siempre pudiste ver mi interior sin esfuerzo, aunque no te dieses cuenta. Nunca nadie me conoció como tú, y ahora tendré que cargar por siempre con el adiós que te dí.

Y llora el río cuando pasa, porque sabe que no volverá.

Cuando ya no quede nada

Miedo a olvidar, aunque ya no quede nada.

¿Y qué será de todos estos recuerdos?

Después de que se haya roto, según ocurrían las mañanas y las sábanas, me encuentran en singular, con los rayos de la mañana llegan el frío y las dudas, y la paralizante posibilidad de que todo desaparezca. Y me entran taquicardias y quiero volver a esconderme entre las sábanas. Ese frío y esas ganas de llorar, el miedo de un niño que va a perder su inocencia, que ve llegar el final de los días sin preocupaciones.

Llega la manecilla de las horas al final, y me tiemblan los recuerdos y se ciega la mirada que intenta escapar de esta atmósfera de imposible remordimiento. Me ahogo al levantarme, y siento que cubro algo más que mi cuerpo cuando me pongo el uniforme reglamentario. Pero entonces, viene una ola que todo lo cubre, que me insensibiliza ante el fuego que me quemaba al ver todo lo que era nuestro. Tan sólo una ligera sensación de desasosiego se mantiene como picor en mis manos; todo lo demás desaparece, se pierde entre los rayos de un Sol que no reconozco, vestido de amabilidad y cortesía que nos enseñan a tener aunque no las sintamos.

Y me marcho. Tomo el camino del presente y decido no hacer caso a las señales. Porque lo que hay que hacer es caminar, continuar entre las mentiras que se volvieron respeto, ser una vez más lo que nunca pude ser. Estar, al fin y al cabo, porque a nadie le interesa lo que seas en realidad: tan solo necesitan un depositario de aquello que necesitan expulsar.

Y entre toda la mediocridad y toda la falsedad, vuelve ese miedo congelado, las dagas de un pánico que no se puede aplacar, con el que tan sólo se puede convivir. Porque si un día me levanto y ya no queda nada, si la más bella de las estaciones se lleva el recuerdo de todo lo que una vez fuimos, ¿quién podrá devolverme toda la felicidad y la tristeza que una vez sentí? ¿Quién podrá asegurar que no vuelva a confiar y ser traicionado? ¿Cómo podré dormir otra vez en solitario sin sentir un frío infernal en los huesos? ¿Cómo podré, en resumen, ser yo, si esa parte desaparece en el éter y me reduzco a mi mínima expresión?

Me despeño por estas preguntas sin un final a la vista. Tan sólo el sueño inquieto, viciado, vacío de descanso ante una nueva realidad que no deja nunca de recordarme que hubo otro momento, más elevado, en el que no estaba sujeto a las leyes naturales ordinarias. Un momento en el que todo era uno, y uno era todo: no sin dolor, siempre con ganas de más, aunque todo fuese un final dispuesto a repetirse siempre.

Los recuerdos aún están frescos, pero me imagino cuando se hayan desgastado, y no quiero ser así jamás.

Porque, si los recuerdos se desgastan y dejan de clavárseme en el corazón. Si ya no mana corazón de una herida tan profunda, ¿qué me distingue de un gris sin rostro, de un día más olvidado en el calendario sin nada sobre lo que escribir? ¿Cómo podré elevarme otra vez por entre mi mediocridad y ser, aunque sea por un solo instante, algo más de lo que nunca he sabido ser? Mi destino, si los recuerdos se desgastan, estará sellado entre silencios e islas lejanas. Eterna noche iluminada por las luces eléctricas, nada más que silencio vacío envolviendo una vida de trajines comunes que no dicen nada, que pueden ser perfectamente olvidados con tan sólo mirar un poco hacia adelante o hacia atrás.

Si los recuerdos de este momento se desgastan, y ya no me arrancan la piel cada vez que asoman, habrá perdido el sentido recordar, y expresar mi decepción será la única manera de expresarme. Porque, si no queda dolor, si no quedan sensaciones que atraviesen las barreras de silencio y sinsentidos que una vez construí, encerrado en mi propia cabeza, tan sólo armado con las insuficientes formas de unas cartas a nadie, se marchitarán mis ojos y se romperá mi voz. Quedaré vacío, sin el más mínimo sentido; serán los paseos por la playa otra manera de regar a mi soledad, y todo mi calor se perderá entre una tormenta en algún mar del Norte. Perdido, paseando y divagando entre bosques encantados y acantilados sin fin, ya no habrá conversaciones que todo lo cambien, tan sólo la pregunta del momento de partir.

Perdido, y lleno de recuerdos romos, no tendrá sentido tener sentido en un mundo que nada me puede decir. Será tan solo otra espera, silenciosa y amable, mientras me comentan lo mucho que las cosas han cambiado, que todo es distinto, que ya no queda tiempo. Que estoy lejos de tu centro, que pudo haber sido pero que ya no será. Que ya no queda nada, y aunque mucho lo siento, ya no puede hacerse nada. Que todo está preparado, que nada puede ser cambiado.

Que sólo pueden ser ya recuerdos, puesto que el futuro es amistad, aunque luego resulte que no sabemos que significa eso.

Ojalá me sirvan siempre, y la excusa no se gaste.

Y que no cambie.

Un pequeño aviso

Aviso de que, debido a un cambio radical en mi vida, las próximas entradas pueden ser… poco optimistas.

Tengo que dar un pequeño aviso. En realidad, es sólo una excusa para empezar a sanar la herida que se abrió en canal, pero como excusa que es, siento que debo expresarla tan bien como pueda.

Aviso de que no entiendo nada. Que cuando más viejo me sentía, viene la vida y me devuelve a la casilla de salida. Que si pensé que ya había sentido el dolor más grande, me equivocaba. Que las cosas, una vez más, se acaban.

Aviso de que, a consecuencia de que haya desaparecido el suelo bajo mis pies y el techo de mi cabeza haya salido volando por una tormenta tranquila pero final, tal vez mis renovados esfuerzos por mantener vivo este lugar se vean en cierta manera truncados. Tal vez, durante unas semanas, me escueza la herida y tan sólo derrame mi alma de una manera muy específica, a saber, suspirando de nostalgia por lo que nunca tuve y lo que ya no será jamás. Puede que durante un tiempo, se acaben las bromas y las reflexiones; los defectos personales y los sueños; y tan sólo pueda escribir sobre las pesadillas y las mil ideas que se arremolinan en mi pecho y a veces no me dejan ni respirar.

Puede que durante unas semanas vuelva a las películas que me enseñaron, a las series que me hablaron y a las canciones que siempre me enmudecen. Puede que aparezcan mensajes dirigidos que nadie entenderá. Puede que quebrante aquí mismo mi alma para expresar todo lo que ahora, sin ningún control, se remueve en mi interior y me impide dormir con normalidad. Y puede que me rompa en el escenario y no quiera ver a nadie mientras recojo los trocitos y hago lo que puedo por caminar con cierta intención.

Ahora mismo me debato entre lo que siento y lo que debo, y no tienen sentido ninguna de las dos. Todo es como un sueño, como una pesadilla que no se acaba, con la que trato de convivir haciendo caso omiso a todos los sonidos. Ya no escucho a mis voces. Mis días son un compendio de silenciosos pensamientos que se dedican a sobrevolar mi consciente sin el arrojo suficiente como para zambullirse en ese océano de emociones que arrecia justo debajo. Sin barco ni capitán, navego sin velas y el timón está roto, pero el horizonte promete paz sin silencio, que ahora mismo es lo que me da más miedo, porque nunca antes había estado tan callado mi cerebro.

Es como ser prisionero de uno mismo. Querer sentir una cosa y tener otra muy distinta gritándote al oído.

Y todo es muy distinto. Y todo es igual. Es una sensación tan rara. Como nostalgia de algo que nunca tuve. Tan absurdo como cierto, me recorre por completo.

En todo caso, esto no es más que un aviso. No me quiero explayar aquí demasiado, teniendo en cuenta que la programación habitual se va a ver alterada por este tipo de textos. Ya habrá tiempo de intentar expresar toda la confusión que ahora vivo.

Hasta entonces, me sigo preguntando: ¿qué ha pasado?

Un año, un objetivo completado

Puesta al día, justificaciones varias por un año de muchas historias y pocas confesiones.

Ha pasado un año (algo menos) desde que comenzó el semanal flujo de entradas que ha mantenido este blog vivo durante 2016. Todas estas entradas eran capítulos de algunos de mis fics de Ranma, y estoy contento de que finalmente todo ese material este aquí, en el blog.

Sin embargo, todo lo que tenía preparado se ha consumido al fin. Ya no queda nada en el sistema, y lo cierto es que tampoco he preparado nada para las semanas venideras. Pero, no me adelanto.

Escribo esto porque quería explicar el porqué de las entradas semanales y el haber preparado tanto material para que subiera de forma automática.

No hace mucho, hablé con un buen amigo mío (de esos con los que sólo puedes quedar un par de veces al año) y hablamos de objetivos, de constancia y de lograr cosas. Y de muchas más cosas, pero eso viene a ser lo que tiene relación con esta entrada. Entre muchas cosas, salió el tema de las resoluciones de Año Nuevo, y yo le comenté que hacía años que ni siquiera me las planteaba, harto de añadir más fracasos a una larga lista.

Pero bueno, en realidad sí que me las planteaba, sólo que en vez de resoluciones, eran objetivos alcanzables, sugerencias de Año Nuevo, por decirlo de algún modo.  Y una de las de 2016 fue publicar todas las semanas en el blog. O al menos, publicar 54 entradas al año (una a la semana).

Originalmente intenté hacerlo en 2014 y 2015, mezclando capítulos, entradas originales y cosas como esta misma. Y fallé estrepitosamente. Pero al comenzar 2016 me dí cuenta de la ingente cantidad de material que estaba en fanfiction.net y no aquí, de tal manera que me puse manos a la obra y programé aproximadamente un año de entradas. Añadí unas cuantas más a lo largo del año para llegar al mágico número de 54 y me alejé de WordPress.

Lo cierto es que no sólo de WordPress, sino de escribir en general. Ha habido algún mes de 2016 que ha sido productivo, pero no demasiado. La mayor parte del año (y, especialmente, el último trimestre) ha sido nulo respecto a creación. Siento una incapacidad interna para crear, para expresarme como es debido, para confeccionar historias que resulten interesantes y divertidas.

Siento que tiene que ver con la tremenda cantidad de malas noticias que se fueron acumulando en los últimos estertores del 2016. Creo que tiene también que ver con el cansancio vital y anímico que a veces mi trabajo termina provocándome. Una especie de desesperación completa por todo lo que me rodea, desde lo que está a mi alcance hasta las noticias más lejanas. Es una agonía al tomar conciencia del rumbo incierto que tomamos como especie.

Siempre he sido un tipo algo taciturno. Tal vez injustificadamente, he sentido una especial aprensión hacia el futuro y lo que puede traer. Pero siempre había sabido volver a la tierra, ver las cosas desde unas perspectiva más limitada, menos peligrosa, y encontrar algo que contar que sintiera que mereciese la pena. Puede que haya perdido eso un poco.

En esta situación, me he refugiado en los mundos de fantasía que no te construir yo: los videojuegos. He jugado más que nunca este año y, a veces, durante un rato, consigo olvidarme de todo lo que me pasa por la cabeza. Y es genial, porque por un rato ya no siento estas terribles tormentas en el horizonte. No oigo sus rugidos y no veo los rayos. Por un rato, soy uno más con la nada.

No sé cuánto durará esto. Siento que hay que cosas que se remueven en mi interior, que quieren ser contadas. Esta entrada puede que sea el comienzo. Volver a la fantasía que brota de uno mismo. Coger esa tormenta y embotellarla y observarla y describirla. Ser, una vez más, honesto conmigo mismo para poder mentirme a sabiendas. Navegar otra vez el maelstrom del alma y hundirse todo lo que haga falta.

Tal vez.

De todas maneras, algo he creado este año. Pocas cosas y casi todas incompletas. Pero lo que pueda usar lo iré subiendo como siempre los sábados. A partir de ahora, sin embargo, ya no serán siempre capítulos de alguna historia mía de Ranma, si no que habrá de todo y, mayoritariamente, confesiones de esas que tanto han pintado este blog.

Ojos que no ven, corazón que se sorprende

Un aviso sobre el rumbo del blog, y unas pocas palabras sobre esa sorprendente revelación que se está haciendo típica.

La de hoy será una entrada escrita en primera persona, sin muchas metáforas o recursos literarios varios. En parte porque debe servir como aviso de un pequeño cambio, y en parte porque quiero compartir algo que me ha pasado toda la vida, pero que recientemente ha vuelto a ocurrir.

El aviso no es más que, a partir del último sábado de este mes, los sábados se publicarán capítulos de mis fanfiction de Ranma 1/2. Hasta final de año, de hecho, porque tenía un montón de material guardado que tenía que subir aquí, así que hay meses y meses de capítulos que, semana a semana, se irán publicando. Por tanto, quedan avisados que los sábados se van a dedicar, a partir de mayo y hasta finales de año, a mis fanfiction de Ranma 1/2.

Sin embargo, dado que he estado casi dos meses subiendo entradas sobre, voy a llamarlas así, “mis cosas”, con la regularidad que quería, voy a intentar postear algo de ese estilo todos los miércoles. De tal manera que no pierda el ritmo que he cogido y simplemente cambiar de día las entradas más personales.

En resumen, los miércoles serán, a partir de mayo, los días de las entradas más personales, y los sábados serán para los capítulos de mis historias de Ranma 1/2. Aún así, les invito a leer dichos capítulos. En muchos de ellos no hago más que ponerme la piel de un personaje para expresar mis propios desasosiegos y alegrías.

Cambiando de tema, me gustaría plasmar aquí lo que vengo rumiando unos días, desde que una buena amiga del trabajo me confesó que había comenzado a visitar este blog.

Y es que, en los muchos años ya que llevo llenando hojas en blanco, ya sean físicas o electrónicas, con mis desvaríos, esta situación se ha dado varias veces. Cierto es que, últimamente, me siento mucho menos acongojado al confesar que llevo una de estas raras cosas que son los blogs. De hecho, empiezo a decirlo con cierto orgullo y con muchas ganas de que lo lean. En buena parte empecé esta aventurilla para que pudiera recibir algún tipo de comentario sobre lo que escribía.

Los comentarios que recibía en ff.net siempre habían sido, cuanto menos, poco críticos. A ver, siempre es muy agradable recibir los ánimos de una persona anónima que decía haber disfrutado de lo que había escrito. Pero hay algo distinto al hablar cara a cara con alguien que ha leído lo que has escrito. Es mucho más rápido, directo y natural, y puedo extraer mucha más información en mucho menos tiempo. No es que escriba para la que le guste a la gente, pero me gusta saber porque a la gente le ha gustado algo o, más importante, porque no le ha gustado.

Volviendo al tema, siento que estas sorpresas que se lleva a la gente al leer lo que aquí expreso no hacen sino dar fuerza a una sensación que me ha acompañado durante toda la vida: no termino de ser yo mismo ahí fuera. Tal vez sea la razón por la que me gusta estar, en cierta manera, aislado. Tal vez no sea más que una capacidad de actuar y de hacer teatro que nunca he desarrollado, y que ha encontrado otros derroteros. O, tal vez, no sean más que las secuelas de un niño un poco miedica que quiso encajar después de que sus amigos de toda la vida le dieran la espalda. Pero la cuestión es sencilla, y es que lo que ve la gente no encaja con lo que luego descubren.

Aunque claro, una parte de mi mente me sugiere otra idea: ¿no será, tal vez, que estamos tan acostumbrados a juzgar a los libros por su tapa que luego, cuando se abren, nos sorprendemos? Quiero decir, que no sólo es que sea más fácil catalogar a la gente con un par de etiquetas y seguir adelante (entre los 20 y los 30 conocemos a la mayor parte de las personas con las que vamos a coincidir en nuestra vida). Y es muy fácil hacer eso. Pero es que además parece que hemos evolucionado para hacer exactamente eso. Al fin y al cabo, el cerebro se forma una idea de la personas que tiene delante en apenas unos segundos. Estamos hechos, en cierta parte para eso.

Por suerte o por desgracia, en cierta manera hemos sobrepasado eso. Como bien decía Carl Sagan, ya no estamos sujetos sólo a los instintos o necesidades. Desde que tenemos consciencia somos capaces de sobreponernos a los mecanismos simplemente evolutivos y podemos usar el razonamiento.

Por eso, tal vez, siento que sería ideal si estás sorpresas fueran menos comunes. Una pequeña parte de mí piensa que eso debería significar que vamos dejando atrás los instintos menos justos en la sociedad en la que vivimos ahora.

O tal vez simplemente soy un tipo de lo más extraño, que también es posible. Polifacético, variado o multi… Raro, vamos. Raro como un perro verde.

A mí eso me divierte.

La infinita tristeza de lo que no empieza

La madrugada del 5 de junio de 2015 me pregunto qué es exactamente lo que estoy haciendo. Como es habitual, no encuentro respuesta.

Recuperando otra entrada antigua. Del 5 de junio de 2015. Casi un año ha pasado, y aunque no todas las dudas se han resuelto ni todas las pesadillas se han ido a dormir, mucho ha cambiado desde entonces.

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