La llave

Relato corto, tema propuesto por @divagacionistas (la primera vez que participo en esta especie de desafío que llevan a cabo con regularidad).

El reflejo de una puerta me acaricia la espalda.

Es una puerta cuyo marco no aprecio bien. Diría que parece normal, rectangular y de madera barata. Pero entonces serpentea y se curva. Se hace grande y se vuelve diminuto, y cambia de color como un camaleón asustado. Y ya no es de madera, sino de recuerdos, de sueños, de expectativas, de futuro… Y vuelve a ser el marco más normal del mundo.

Al otro lado veo, al fondo del reflejo, una corriente que nunca acaba. Una corriente imparable de las voces, las caras, los cuerpos y las ventanas por las que los espío. Mezclados los sentimientos, como ramas en un río desbordado, colorean esta visión sin fin que se derrama por la puerta que tengo a la espalda.

Me da miedo. Tantísimos segundos, todos marcados de mis ilusiones y mis penas, atravesando salvajemente el umbral de esta puerta que no sabe quedarse quieta, obligándome a recordar cada instante de cada momento de cada día de cada presente que he querido olvidar. En algún momento, no puedo dejar de apreciar la violencia con la que avanza esta corriente entre mis sienes, de cabeza a la puerta que se abre imposible a mi espalda.

Tengo un cerrojo entre las manos. Y no importa cuánto lo mire, entre mis manos no hace nada.

Así que lo lanzo hacia atrás y se cierra la puerta. Observo expectante el lento movimiento que pone cierre a esa puerta y a ese marco que todavía fluctúa. Y tras una eternidad en un instante, el sonido de un suave toque de madera contra madera pone fin a la corriente y al miedo que arrastraba.

La puerta a mi espalda en el espejo está cerrada.

Al darme la vuelta, la puerta frente a mí se ha abierto al fin.

Ya puedo salir, y despertar.

Lluvia de estrellas

Un viaje imposible, un encuentro fortuito y un pecho en llamas.

Hubo una vez que me encaramé a la Luna.

Ascendí sin preocupaciones entre las esferas de un firmamento perfecto. Atravesé el éter invisible que separa todas las cosas y, alcanzando con el brazo estirado, acaricié la superficie nacarada de la reina de la noche.

Cuando me posé, las estrellas, diminutos puntos fulgentes, caían a mi alrededor como un torrente de luz que procedía de mis sueños más profundos. Recogí una, y al observarla, me dí cuenta de que me devolvía la mirada. Imposible y olvidada, compartió conmigo su infinito calor, dándome la fuerza para continuar en esa situación tan particular, en la superficie lunar, observando mi tierra de lejos.

Y entonces, me la tragué.

Apareció en mis manos, unidas para sujetarlo, mi corazón. Aún brillaba dónde rozó a la estrella cuando ésta ocupó su lugar. Sin uso para él, guardé mi corazón en un diminuto baúl que metí en mi bolsillo. Aún fuera de mi cuerpo, latía con la vieja pena que siempre había usado como fuego. Me dio pena, así que lo guardé con mis mejores recuerdos y algunas buenas intenciones, para que se conservara algo menos triste mientras disfrutaba de la estrella de mi pecho.

Con el calor de la estrella en mi cuerpo, recorrí a voluntad la negrura del espacio más profundo sin miedo ni frío. Llegué hasta la última esfera de cristal, e hice música golpeando el límite de mi universo. Recogí brazadas de éter y esculpí los sueños que me hicieron sonreír. Hice caminos de luz entre los planetas y el sol, para poder volver en cualquier momento, y construí una cabaña en las junglas indómitas de las lunas ocultas de tu mente. Me convertí, sin darme cuenta, en explorador y misionero de todo un cielo que intentaba comerme sin que yo sospechara nada.

Y de repente, me caí.

Se acabaron mis nuevos poderes. Caí y caí hasta que reboté de vuelta en la Luna. La estrella seguía en mi interior, latiendo y cediéndome su calor por estar en mi pecho; pero brillaba mucho menos. Había encontrado la tristeza, y tornó mi presencia en ausencia. Nada de lo que le dije, y tampoco nada de lo que sentía la convencieron de que estaba con ella. Simplemente, nada era suficiente, y su luz se fue apagando.

Entonces se me ocurrió. Ya que había abandonado hacía tanto mi tierra, tal vez podríamos pensar en vivir juntos en el firmamento. Retornarla, aún en mi pecho, de vuelta con sus hermanas, allá donde las estrellas viven: en nuestros pensamientos pasados. E hicimos un trato. Ella brillaría y, de vez en cuando, volveríamos a aquel momento en el pasado, para que se sintiera como en casa una vez más.

Brillamos juntos más que nunca. El universo se nos quedó pequeño, e hicimos planes para visitar cada uno de los planetas, sus lunas y los pensamientos imposibles de todos los artistas que alguna vez vivieron. Eramos uno, al fin, y nada podía hacernos retornar a la realidad que habíamos dejado atrás. Brillábamos más de lo que nunca habíamos brillado por separado.

Y sin embargo, una vez más, caí.

La estrella se enfrió. Mi pecho quedó al descubierto. Confundido, pregunté por qué. La respuesta se perdió entre las nubes de mi tierra según caía hacia ella.

Y al llegar al suelo, tan lejos de la Luna, los planetas y todos los satélites, se estalló el baúl que contenía mi corazón. Saltaron los trozos y se perdieron los mejores momentos y se evaporaron las buenas intenciones.

Apenas latía. No me había dado cuenta, pero viajar con la estrella lo había llenado de lascas, de muescas. Se había vuelto frágil como el cristal. Tanto calor lo había fundido y lo había vuelto a forjar, y con un toque, estalló. Viajar por el universo lo había privado de aire, y luchar en las junglas indómitas lo volvió asustadizo. Aún en mi bolsillo dentro de un baúl, mi corazón me había acompañado todo el viaje. Y yo sin cuidarlo lo más mínimo.

Así que me puse manos a la obra y lo recompuse. Ya no sería como antes, eso era imposible. Pero, al menos, podría volver a darle forma. Durante tres noches y tres días, trabajé sin descanso. Primero, recogiendo todos los trozos que se habían esparcido por mi tiempo. Luego, formando con ellos una imagen de mi corazón, nueva y fracturada, pero entera. Y, finalmente, pegando todos esos trozos con lo que tuviera a mano: lágrimas, sonrisas, suspiros… Algunos trozos pegaban mejor con las primeras, otros con las segundas; y con las terceras, le devolví el ritmo al terminarlo.

En cuanto empezó a latir una vez más, salió la estrella de mi interior. Me miró con pena y, más fría que nunca, se despidió de mí, triste porque mi pecho no llegó a ser el hogar que buscaba. Yo le ofrecí mi sonrisa, y aunque pareció agradarle, se fue a buscar su propio calor antes de probar mi sonrisa.

Sólo, y atado por la gravedad otra vez, coloqué mi corazón en mi pecho y este se cerró. Me dolió, ya que la forma de mi nuevo corazón era rara y tenía bordes que cortaban, pero volví a latir.

Ahora miro hacia arriba, allá donde viven las estrellas, y me pregunto cuál fue aquella que una vez compartió su calor conmigo. Me pregunto si volveré a surcar el firmamento, y si aquella estrella se llevó algo de mí.

Y hay días que me parece que asciendo sin preocupaciones, aunque no sé si es verdad o tan sólo son imaginaciones mías.

Dicen que en el mañana hay lluvia de estrellas.

Regresando

Cambio de ritmo para el blog

Aparto un momento la atmósfera un tanto oscura que me ha invadido estas semanas para hacer una actualización sobre el blog.

Llevo un par de semanas con el ritmo de publicación aumentado. Muchas cosas en muy poco tiempo, y ganas, casi terapéuticas, de escribir. Es que no sólo me han pasado muchas cosas, sino que además mi momentánea obsesión por los trabajos de Wes Anderson alcanzó su punto álgido, y se ha dado muy bien a darme una especie de arquitectura sobre la que construir estos extraños relatos que han ido apareciendo estos días.

Así que, de una manera fortuita, mi vida se ha convertido tontamente en algo más o menos relatable, así que he aprovechado y he sacado todo lo que he podido de todas estas sensaciones que a veces amenazaban con atarme a la cama y esconderme del mundo.

Sin embargo, yo no soy capaz de mantener este ritmo durante mucho tiempo. Ha sido un bonito experimento en medio de esta tormenta, venir aquí y dedicarle un buen rato a estar delante de la pantalla, intentando encontrar la manera de abrir las puertas y expulsar lo que me carcomía. Ser un poco más abierto y al mismo tiempo un poco más onírico, decir las cosas sin ser evidente.

Como digo, ha sido bonito, y también doloroso. Pero no pretendo volver al vacío emocional que construí unos meses atrás. Hay cosas que ya no podrán volver, y una de ellas es la inacción que me lleva deteniendo desde hace tantísimo tiempo. Ya casi no recuerdo cuando no era así, y esta manera de ser ahora me resulta pavorosa. Y nunca me he sentido más contento de sentir miedo.

No creo que vaya a haber cambios radicales. Me conozco demasiado: me resisto a los cambios cuando son tan repentinos. Pero, de la misma manera que la canción que acompaña este post va cambiando paulatinamente hasta convertirse en algo totalmente distinto, así me gustaría ir evolucionando. Sutilmente, con mejores y peores momentos, hacia algo mejor, alguien mejor. Más fuerte, con menos remordimientos y con más ganas de que llegue el mañana.

Y eso que el futuro es más incierto que nunca.

Además, le prometí a cierta estrella que cambiaría un poco el tono de las próximas entradas. Así que debería intentar escribir algo un poco más alegre… ¡aunque no prometo nada!

Aguja en el pajar

Dudas, dolor y destrucción.

Lo peor son las dudas.

Porque en este momento de aceptar la realidad, de rodar con los golpes y seguir adelante, de flotar por encima de la superficie y no dejarme hundir; en este momento en el que debo levantar la vista y mirar con esperanza el futuro, mi mirada me pesa, se queda pegada al suelo. Me pierdo en el gris, en las líneas que no se acaban, en todas esas cosas que le sorben el color a la realidad. Mudo y sordo, camino sin sentido cuesta abajo, sin pensar a dónde voy o qué hago con mi tiempo. Tan sólo quiero quemarlo, que pase y quede detrás de mí, huir de todo lo que puede hacer, de lo que me hará.

Porque, ¿qué será de todo esto? De los sentimientos que ahora me queman, de la realidad que me cuentan, de todo lo que no puedo siquiera dejar de ver, de oír. De todas las miradas, de todos los susurros, de esas caricias que una vez compartimos con el otro con todo el corazón. Las almas que una vez fueron una, los oleajes que capeamos juntos, los viajes que realizamos a mil y una realidades. Todo lo que una vez fue nuestro, que ahora se deshilacha en tuyo y mío; todo lo que siempre quisimos, ese futuro que ya no será, tanto luchar y al final, ya no importa, porque se apagó el fuego que alejaba el invierno de esa soledad que había olvidado, ese silencio cuando me escondo entre las sábanas.

Y saber que ya no aparecerás, que no me esperan más sorpresas por las noches, que las estrellas vuelven a estar ciegas y que tu mirada ya no es la misma. ¿Y qué ha sido de la mía? No lo sé, ya no me miro en el espejo, porque siempre que miro tan sólo veo un muñeco, un títere cuyos hilos están viciados, que perdió sus articulaciones cuando las palabras se ataron a su cuello. Que ya no queda aire, me ahogo cuando miro por la ventana y no hay nadie para apartar este silencio ominoso, este nuevo compañero que todo lo ensordece, que ya nada parece de este mundo, que nada me queda en el mundo, aunque siga girando y todo se haga borroso, y yo buscando el final de un viaje que acaba de perder todas las direcciones y todas las intenciones.

Si una vez yo no sentía esto, si yo tenía una luz al final del camino, mi propia estrella, una guía entre la niebla de la juventud; y ahora ha desaparecido, ya no queda ni la luz ni la sabiduría ha llegado aún. Vuelvo a estar perdido, y estoy partido: todo es nuevo otra vez, pero ya no estoy seguro de querer lo nuevo. Aunque lo viejo esté roto, al menos existía, y la promesa de lo nuevo ya no tiene efecto en este marinero que fue a parar a mal puerto. ¿Por qué debería seguir, si no me apetece? Si acaso siento que he vuelto al principio, que vuelven los viejos sueños y las certezas aún más antiguas. Si todo esto no hace más que confirmar aquel viejo sentimiento de imposibilidad; si lo intenté con todas mis fuerzas y aún así no fue suficiente, tal vez sea el momento de aceptar lo que ha sido demostrado una y otra vez. Que hay cosas que no pueden ser, que hay quienes están condenados a ser la aguja en el pajar: siempre rodeados, siempre solos.

Pero, ¡qué más da! Si todo esto durará hasta que vuelva el entumecimiento, la parálisis de la rutina, del escapismo desmesurado de una vida en algodones. No sentir por ser tan difícil, tan sólo imaginar todo lo bueno, nada de lo malo. Ser otro contacto ausente de una lista infinita en una vida que no se detiene ante nada ni nadie. Si puedes desaparecer entre las grietas de la distancia y el tiempo, ser imposible porque fuiste a intentarlo y comenzaste de la manera más difícil, y ahora ya no tienes energías para nada más. Invertiste todo, y lo perdiste.

Ahora toca destrucción. Frente al espejo, esa imagen fracturada que mantuviste unida por otros, ya no puede estar más. No queda más que romperla, destrozar ese espejo, y con el, todas las mentiras que se han ido convirtiendo en una máscara que te quema la piel, no te deja ver y vicia el aire que respiras. Destruir cada segundo de mentiras e imposibles. Quemar todo lo que se ha vuelto veneno, y no dejar que el cariño envenene nada más de falso amor. Respirar en la ventana, salir y caer, volar o no, lo que dicte cada uno de esos sentidos que se embotaron y se volvieron en tu contra. El dolor es honesto, atraviesa todas tus mentiras para llegarte directo al corazón. Agárralo con fuerza y no lo sueltes jamás, y elige: o dejas que te consuma, o lo consumes, parte de ti para siempre, combustible para que nadie más tenga que sentirse así.

¿Y después de todo esto? Seguramente reconstrucción. Quién sabe. Nada es seguro y todo es probable. Tal vez se pueda imaginar algo nuevo, tal vez se pueda crear algo que sea verdadero, una verdadera expresión de esa alma que se vuelve a formar, más estallada pero duradera.

Por ahora, sin embargo, continúa el final de todo. Aunque sea bajo la piel, aunque sea con una sonrisa y el final de una mentira que es costumbre usar. Porque no importa lo que diga, si cuando aplico la pluma al papel éste acaba mojado, significa que aún me estoy curando. Y que duele, aún duele aunque no entienda nada.

Pero eso es bueno. Significa que aún queda algo, que no se ha consumido todo mi capacidad de sentir. Que ésa es mi mayor duda. Porque de tanto entumecimiento, de tanta parálisis, empezaba ya a dudar de que hubiera algo moviéndose por dentro. Imaginaciones mías, me decía. Pero no.

Duele. Pero eso es bueno.

Eso es que estoy vivo.

Yo solía

Mis textos han cambiado. ¿Cómo he cambiado yo?

Yo solía rimar.

Solía escribir textos con una cierta aliteración, con un sonido repetido que seguía perdido por las lineas de mi atención, un carruaje de sentido que transportaba mi corazón por entre la tinta de mi expresión.

Solía hacer eso todo el rato. Me di cuenta el otro día, revisando entradas antiguas para esa tarea siempre pendiente que es hacer una selección de lo mejor (o lo menos malo). Me perdí por mi pasado, que aquí expuesto, no me pareció tan malo. Y tal vez sea que mi estilo ha madurado o que simplemente he perdido aquello con lo que llegué a engatusar a personas mucho más sabias que un servidor, pero lo cierto es que ya no queda casi nada de aquel estilo lírico, artificioso pero natural, que ahora releo con cierto asombro.

No estoy seguro de que pueda recuperar esas capacidades. Mi vocabulario ahora me resulta atrofiado, casi desvalido, en comparación con aquellos viejos textos. Ahora soy más parco, menos refinado, aunque también más incisivo, más real. En cierta manera, he perdido parte de la inocencia de esa otra juventud. Cuando todo era perfecto porque era inalcanzable. Cuando miraba siempre mis deseos a contraluz, y cegado, cantaba loas como un niño, sin saber la realidad que se escondía entre el fulgor. Ahora ya no hay ni loas ni cantos, pero aún queda un dulce recuerdo de un tiempo mejor, de estar rodeado por las personas más increíbles del mundo.

En cierta manera, estaba en lo cierto.

Las cosas han cambiado. Si fuera capaz de eliminar de la ecuación mis altibajos emocionales, creo que descubriría que mi placer al escribir ha ido disminuyendo paulatinamente con el tiempo. Cuantas más cosas me han pasado, buenas y malas, menos tiempo he querido dedicar a esta afición que en otro tiempo fue terapia. He confesado mis demonios a personas que me han escuchado, y con ese cambio, se ha secado el pozo de donde salían estas palabras. Al fin y al cabo, este “arte” siempre ha sido mi manera de lidiar con mis taras (y con las taras de alguna que otra persona). Y seco, sin hojas de papel mojadas, ¿qué tengo que contar si no banalidades de primera categoría? ¿Qué es sino una costumbre que me empeño en no abandonar? Que la sigo disfrutando, eso también es verdad, pero que, en cierta manera, ha perdido su sentido más fundamental.

Este blog ha sido mi principal válvula de escape a nivel personal que he tenido durante muchos años. Tantos sueños, deseos e imposibles que he expresado en estas lineas, disfrazadas con pronombres y pesadillas para que no fueran descifradas por aquellas personas a las que siempre ha estado dedicado cada minuto de mi tiempo que vive en este lugar. Casi un cuarto de millar de entradas atestiguan algo que sabe cualquiera que me conozca, que puedo hablar de mí sin parar. Me he movido por la península y fuera de ella, y siempre he vuelto a este lugar, más pronto o más tarde, para recordar, explicar y compartir. Ya no entiendo mis semanas sin compartir algo de mí.

Lo que pasa es que ya no sé qué decir. Ni cómo decirlo.

Tal vez sea la crisis de los 30, que se aproximan sin respeto. Tal vez sea la definitiva muerte de la inocencia o de la esperanza, ambas maltrechas y desnutridas en un mundo que tan sólo alimenta mentiras y supersticiones. Tal vez sea tan sólo un momento como otro cualquiera en el que el insomnio y los tonos tristes hacen mella en esta psique tan cansada. Tal vez sea la espera por ese abrazo que no llega.

Tal vez sea que quisiera haber leído aquellos textos, conocer a aquella persona que tenía escrita la poesía en la piel y que quemaba con la intensidad de su realidad; que quería haber dicho aquellas palabras aunque fuera imposible que sirvieran para nada, y haberte dejado marchar sin este peso en el corazón que todavía me ahoga algunas noches; que no quería soltar aquel abrazo aunque nos hubiera llevado toda la noche, y bajo la luz de aquellas farolas antiguas y frías, darte un beso en la mejilla, romper un poco mi cascarón y expresar por una vez bien todo lo que significas para mí, para que te llevases al este lo mejor de mí.

Tal vez sea que lo mejor de mi vida se me ha ido, y con lo lento que soy, ahora por fin me he dado cuenta de todo lo que he perdido, y ahora, paralizado, todo lo que puedo hacer es mirar al cielo e imaginar que vosotras lo estáis mirando también. ¡Si hubiera sabido entonces todo lo que sé hoy! ¡Si me hubiera atrevido como ahora! ¡Si le hubiera dado la importancia que merecía a aquello que la tenía! Bueno… estaría haciendo trampa a mi propia vida.

No puedo negar, sin embargo, que a veces me gustaría. Que pierdo el sueño y gano canas viajando desde la cama al pasado, donde todo era perfecto porque era inalcanzable. Nunca me manché las manos. Ahora parece perfecto, pero simplemente era inocente. Tan torpe, tan tonto… Casi entrañable.

Yo solía soñar.

A propósito

Declaro que te amaré despacio, incluso cuando no haya tiempo y se acabe el aire.

Te amaré despacio.

Entre los días que pasarán despacio. Entre las playas escondidas y las planicies salpicadas de nuestra niñez. Cuando quieras y cuando te olvides. Mientras te vuelves a acostumbrar a mi mirada fija en tu futuro, y en tus pecas, que reflejan toda una vida bajo aquellos árboles que nos escondieron.

Cuando aquella caleta desapareció, y dejamos las historias y empezamos a amarnos despacio, yo te hice una promesa. Con tu tocadiscos a un lado, palabras que no entendíamos y el murmullo de un mar en calma. Despacio, según se escondía un sol demasiado avergonzado de nuestro atrevimiento, te amé despacio. Y tus cuentos nos acompañaron toda la noche, hasta caer rendidos bajo las estrellas. Sin dejar de acariciar tu pelo, imposiblemente seco en aquel lugar. Nuestro pequeño lugar en un tiempo que habíamos tomado de prestado. Aunque acabara aquella misma mañana, te prometí que nunca acabaría. Que nuestra historia no tendría final, aunque llegara a la contraportada.

Así, cuando todo ha cambiado, te amo despacio. Y te oigo en mis silencios, cuando huyo de mi mismo y me alcanza un rayo en mitad de la tormenta que a veces me rodea. Incluso si no te tengo a mi lado, siento tu calor, y me vuelven a brillar las mejillas, y la sonrisa conquista mi rostro sin que pueda hacer nada. Y nada quiero hacer, sino escapar de esta prisión y llevarte de aventura por todas las islas que nunca han aparecido en un mapa. Perdernos sin miedos, saltar por donde los demás andan, correr por donde paran y volar por donde ni siquiera lo intentan. Porque tienes la capacidad de hacer de lo imposible otra aventura, y no te das cuenta, de la forma más bonita, que me has hecho de imposible, y que tú siempre lo fuiste. Que nada de lo que hacemos tiene sentido, y que por eso es tan importante que no dejemos de hacerlo.

Hay mil razones más por las que seguiré amándote despacio. Desde el salón, el ecuador y el espacio. Con el periódico, las canas y los dolores. Y sin ellos, y sin nada; tan sólo con todo mi corazón, que late si le prometo que te volveré a ver. Que no hay nada al final que evite que volvamos a nuestra imaginación. A hacer todos esos viajes entre las sábanas. A mirarnos y ser felices, con lo más sencillo, que no es sino todo lo que nos queremos, y estas líneas se quedan cortas, aunque lo que dicen no es completo, sí es totalmente cierto. Porque poco importa que todo sea sueño, cine o realidad. Hay un reino, bajo la Luna ascendente, en el que todo esto es verdad y mentira. Donde los sueños se han hecho tierra, y de ésta han brotado nuestras almas, que visten a personas distintas, aunque sigan siendo nuestras.

Tú tienes un pelo rojo e imposiblemente seco, y la mirada profunda porque estás cansada de ver tan sólo la superficie de las cosas; yo no sé pronunciar las eses y llevo sólo en este mundo más tiempo del que debería. La isla es más pequeña, y sus costumbres, extrañas. Los amigos no estarán hasta que no dejen de ser enemigos, y tenemos a todo el mundo en contra. Pero, nos acompaña un ojo que sólo ve las cosas como fotos, y unos acordes fantasmagóricos que nos divierten. Nada es cierto, pero es muy real, y no hay diferencias ciertas. Estamos allí, aunque miremos desde aquí.

Al final, en ambos lugares, llegamos a lo mismo: nos amaremos despacio, puesto que si se acaba, tendremos todo el tiempo del mundo. Del tuyo y del mío.

Dedicado a la Flor del Sueño, y al Reino de la Ascensión de la Luna (Moonrise Kingdom)

Imagen de benjaminflouw.

Recuerdos (I)

Una serie de recuerdos imaginados que ponen en contexto aquel texto que se titulaba “Recuérdame”.

Recuerdo aquel día por la playa.

Unas nubes negras amenazaban tormenta en el horizonte, pero paseamos hasta la playa igualmente. La brisa levantaba tu pareo y trataba de arrebatarme mi sombrero, pero nunca le tuvimos miedo al fresco. Los rayos del Sol, aunque débiles en ese otoño, eran más que suficientes para nosotros. Lo importante, al fin y al cabo, era la compañía.

Tú tenías tu cámara. Y yo te tenía a ti.

Caminamos muchas horas descalzos por la arena mojada. La conversación iba y venía como la marea, y al tiempo que esta arreciaba, así lo hacían las palabras. Nos dijimos muchas cosas, y también nos dimos silencios para poder guardarlas. No había prisa, apenas sentimiento. El invierno se acercaba y nos daría el tiempo que necesitábamos para todo. Confiábamos en que la tormenta que se acercaba pusiera punto final a aquello.

En cambio, tan sólo cambió el decorado. Volvieron los zapatos, dejamos la arena y nos dirigimos a las rocas, eso sí, tan vírgenes como la arena. Llegaron los colores vivos, y pensamos en el futuro. El paraguas se abrió, y entre la serena lluvia, sentimos que nos limpiábamos de lo que nos ahogaba en la playa. No más reproches, apenas alguna palabra. Los abrazos y las miradas decían todo lo necesario. El único sonido importante era las olas rompiendo contra aquel risco escondido en una costa perdida al final de la tierra.

Habíamos vuelto al tiempo antes de perdernos.

Maravillados por la sabiduría de la clepsidra, nos sentamos allí. Tiritábamos, pero no importaba. El frío era más real que el calor de la mañana. Las fotos eran borrosas, mal iluminadas; y aún así, perfectas capturas de un nuevo capítulo que jurábamos mantener abierto toda la vida. Ya no teníamos el paraguas, preferíamos que la lluvia jugase con nuestra piel a sus anchas. Incluso brindamos con un té frío que nos hicimos en ese mismo momento.

Calados hasta los huesos, supimos entonces lo que sólo habíamos intuido antes.

Que las almas pueden tener compañeras mucho más íntimas que la sangre. Que amar se conjuga de muchas maneras, que la felicidad puede ser incompleta aunque te llene a ti por completo. Que hablar no es lo mismo que conversar, y que vivir no es suficiente para compartir. Que, a veces, puedes ver a otra persona aunque no esté; y que viajar a veces tan sólo es una manera de volver a casa.

Durante unos instantes, entendimos lo que no se puede decir con palabras. Sentimos verdaderamente todo el significado de las palabras que nos acompañan con regularidad, que no sabemos decir con toda la honestidad que se merecen. Mientras la lluvia caía, y el sol se asomaba, y la tormenta rugía, y el mar chocaba y las rocas se quejaban; mientras nosotros reíamos y nuestros cuerpos tiritaban y las miradas se cruzaban; mientras nuestros corazones se acompasaban por unos instantes, comprendimos unas palabras.

“Amiga” y “amigo”, se llamaban.

Ojos que no ven, corazón que se sorprende

Un aviso sobre el rumbo del blog, y unas pocas palabras sobre esa sorprendente revelación que se está haciendo típica.

La de hoy será una entrada escrita en primera persona, sin muchas metáforas o recursos literarios varios. En parte porque debe servir como aviso de un pequeño cambio, y en parte porque quiero compartir algo que me ha pasado toda la vida, pero que recientemente ha vuelto a ocurrir.

El aviso no es más que, a partir del último sábado de este mes, los sábados se publicarán capítulos de mis fanfiction de Ranma 1/2. Hasta final de año, de hecho, porque tenía un montón de material guardado que tenía que subir aquí, así que hay meses y meses de capítulos que, semana a semana, se irán publicando. Por tanto, quedan avisados que los sábados se van a dedicar, a partir de mayo y hasta finales de año, a mis fanfiction de Ranma 1/2.

Sin embargo, dado que he estado casi dos meses subiendo entradas sobre, voy a llamarlas así, “mis cosas”, con la regularidad que quería, voy a intentar postear algo de ese estilo todos los miércoles. De tal manera que no pierda el ritmo que he cogido y simplemente cambiar de día las entradas más personales.

En resumen, los miércoles serán, a partir de mayo, los días de las entradas más personales, y los sábados serán para los capítulos de mis historias de Ranma 1/2. Aún así, les invito a leer dichos capítulos. En muchos de ellos no hago más que ponerme la piel de un personaje para expresar mis propios desasosiegos y alegrías.

Cambiando de tema, me gustaría plasmar aquí lo que vengo rumiando unos días, desde que una buena amiga del trabajo me confesó que había comenzado a visitar este blog.

Y es que, en los muchos años ya que llevo llenando hojas en blanco, ya sean físicas o electrónicas, con mis desvaríos, esta situación se ha dado varias veces. Cierto es que, últimamente, me siento mucho menos acongojado al confesar que llevo una de estas raras cosas que son los blogs. De hecho, empiezo a decirlo con cierto orgullo y con muchas ganas de que lo lean. En buena parte empecé esta aventurilla para que pudiera recibir algún tipo de comentario sobre lo que escribía.

Los comentarios que recibía en ff.net siempre habían sido, cuanto menos, poco críticos. A ver, siempre es muy agradable recibir los ánimos de una persona anónima que decía haber disfrutado de lo que había escrito. Pero hay algo distinto al hablar cara a cara con alguien que ha leído lo que has escrito. Es mucho más rápido, directo y natural, y puedo extraer mucha más información en mucho menos tiempo. No es que escriba para la que le guste a la gente, pero me gusta saber porque a la gente le ha gustado algo o, más importante, porque no le ha gustado.

Volviendo al tema, siento que estas sorpresas que se lleva a la gente al leer lo que aquí expreso no hacen sino dar fuerza a una sensación que me ha acompañado durante toda la vida: no termino de ser yo mismo ahí fuera. Tal vez sea la razón por la que me gusta estar, en cierta manera, aislado. Tal vez no sea más que una capacidad de actuar y de hacer teatro que nunca he desarrollado, y que ha encontrado otros derroteros. O, tal vez, no sean más que las secuelas de un niño un poco miedica que quiso encajar después de que sus amigos de toda la vida le dieran la espalda. Pero la cuestión es sencilla, y es que lo que ve la gente no encaja con lo que luego descubren.

Aunque claro, una parte de mi mente me sugiere otra idea: ¿no será, tal vez, que estamos tan acostumbrados a juzgar a los libros por su tapa que luego, cuando se abren, nos sorprendemos? Quiero decir, que no sólo es que sea más fácil catalogar a la gente con un par de etiquetas y seguir adelante (entre los 20 y los 30 conocemos a la mayor parte de las personas con las que vamos a coincidir en nuestra vida). Y es muy fácil hacer eso. Pero es que además parece que hemos evolucionado para hacer exactamente eso. Al fin y al cabo, el cerebro se forma una idea de la personas que tiene delante en apenas unos segundos. Estamos hechos, en cierta parte para eso.

Por suerte o por desgracia, en cierta manera hemos sobrepasado eso. Como bien decía Carl Sagan, ya no estamos sujetos sólo a los instintos o necesidades. Desde que tenemos consciencia somos capaces de sobreponernos a los mecanismos simplemente evolutivos y podemos usar el razonamiento.

Por eso, tal vez, siento que sería ideal si estás sorpresas fueran menos comunes. Una pequeña parte de mí piensa que eso debería significar que vamos dejando atrás los instintos menos justos en la sociedad en la que vivimos ahora.

O tal vez simplemente soy un tipo de lo más extraño, que también es posible. Polifacético, variado o multi… Raro, vamos. Raro como un perro verde.

A mí eso me divierte.

Sombras en blanco

La Noche en Blanco, un doppleganger aparece.

Hoy te volví a ver.

No estabas aquí, claro. Las intenciones de una vez se diluyeron en tal vez y ojalás que jamás ocurrieron. El tiempo se hizo paso entre nosotros hasta que apenas ha quedado un vestigio vacío de fotos a las que se les echa un ojo y estados a distancia que no dicen nada.

A pesar de esto, te vi. Estabas incluso más radiante de lo que nunca te pude ver. Llena de vida, sin problemas, amada y amando. Casi se me escapa una lágrima de alegría al verte así. Ni el fénix mismo habría podido revivir mejor que la imagen tuya que hoy me encontré.

La persona que habitaba tu imagen nunca se dio cuenta. Se lo comenté a una amiga, mi mente comenzó a trabajar, pero nunca dejé que ella se diera cuenta de que te veía. Amiga de amiga, ella era lo menos importante, aunque sea un poco brusco decirlo así. Al fin y al cabo, estaba demasiado alegre de verte como para pensar en esas cosas.

Hoy te volví a ver, y jamás te había visto como te vi esta noche. Los años que me han dejado avanzar a través de nuevas aventuras y desconocidas relaciones tintan mi loca visión, ahora renovada ante todo. ¡Qué descanso verte abrazada y que mi corazón no pierda más el compás! Todo ha cambiado para mí. ¿Qué será de ti?

Con todo lo que una vez sucedió, tal vez una gota en tu mar de vida, tsunami en el mío. Ahora no queda sino un recuerdo dulce y embriagado, y apenas la curiosidad de un desenlace entonces imposible. Todas los versos que se derramaron y todas las lecciones que se aprendieron, son ahora palabras que se acurrucan en el fondo del corazón que ahora late y vibra, feliz de ser más grande.

Esta noche, tu sombra me ha devuelto aquella imagen tuya que la niebla del tiempo ya iba desdibujando. Poco importa ya lo cierta que sea. Todas las cosas buenas quedan, y del resto jamás se volvió a pensar. Ahora disfruto de lo bueno que me diste como un regalo que siempre llamaré presente.

Hoy te volví a ver, y la paz me dejó pensar. Pensar en aquella que ahora me acompaña y me ayuda, aquella que abrazo y que se lleva mi pensamiento y mi aliento. Tu sombra me atravesó sin esfuerzo, no viendo nada donde yo estaba. Y eso me permitió verte como nunca te vi: solitaria e independiente ante  la vida que se afana en vencer.

Hoy te volví a ver, aunque hace tanto que no te veo. Pero cuando te tuve delante, me dí cuenta de que debería darte una vez más las gracias. Al fin y al cabo, morir de amor siempre es mejor hacerlo en los brazos de tu asesina.

Hoy te volví a ver, Flor del Pensamiento, y por eso seguiré regando tu recuerdo.

Semanas de verano

Me pidieron un texto. Me peleé con mi bloqueo hasta que obtuve esto.

Y de repente me encuentro, esta noche de semis, queriendo pedirte perdón.

Tantas cosas han pasado, tan deprisa, tan pocas, tantas yo quería. Tan buena, enseñándome lo que la vida me había escondido; libre, sin pedir nada a cambio, tan sólo un cariño que yo ya deseaba dedicarte. Así, bebí de tu experiencia, de la miel que guardas entres tus capas de hiel.

Lo confieso: me siento tan pequeño, tan lento. Aún no sé si lo que puedo ofrecer es todo lo que mereces. Me temo que la duda nunca dejará de acosarme, por muchas noches que me duerma en tus brazos. Por muchas mañanas que me levante con tu sonrisa. Soy débil, un Shinji Ikari que de repente ya no necesita pilotear el EVA; puedo negar lo que más me conviene, todo desde la ignorancia. Busco la sonrisa ajena, no sé reconocer la mía en el espejo.

A pesar de conocer parte de tu inteligencia, a pesar de saber tanto y tanto queda por descubrir, me lleno de miedo. Solamente deseo que tengas toda esa paciencia que no tengo derecho a pedirte. Al fin y al cabo, ¿desde cuándo las diosas deben esperar a que los mortales les den lo que les deben? Sí, casi como una obra perfecta de la mitología antigua, así he de considerarte.

Es tu recuerdo, tan vívido, enmarcado de oleaje y nubes, lo que me empuja a hacerme mejor. Encuentro fuerza en tus ojos para hacer lo que debo hacer. Es tu voz el ungüento con el que curo mis heridas. Y tu tacto hace tiempo ya que se convirtió en mi piel, para así poder sentirte cerca hasta en la distancia.

Y mientras en las noches te recuerdo, los días van pasando como si de un sueño mal terminado se tratase. No siento la realidad bajo mis pies. No siento el aire en mis pulmones. Tampoco el ruido de los coches se registra en mi corazón. Me faltas entre los brazos, a mi alrededor, trabajando en el ordenador, en el sofá, en el baño, en la cocina. Es extraño no cocinar contigo en mente. Y las películas que querré ver contigo, que no puedo ver ahora, se amontonan en el disco duro.

Soy un autómata que está conectado al teléfono móvil y a la nostalgia. El tiempo ya no tiene una importancia real. Ahora, tan sólo la luz me sigue conectando a lo que pasa a mi alrededor. La luz, pues es lo único que podría trasladarme lo suficientemente rápido de vuelta a tu lado como para que me importe algo. Las palabras incluso, antiguas compañeras de travesuras y lloros, van poco a poco dejando de hablarme, ya no las entiendo. Ya no me entiendo. Ya no.

Por eso, con todas esta indefensión, escribo este requiem por mi alma perdida. Ya no quiero volver al antes. Ya tan sólo quiero llegar a lo que dejé. Sacudirme toda esta incapacidad de avanzar, este desdén por el trozo de tierra donde nací, y encontrar el futuro que mi mente continua nublando a pesar de mis encabezonados intentos por dilucidar. Y entonces, al fin, vivir.

Vivir, contigo, hasta que el foco del faro dé su última vuelta. Y en ese momento sentiré al fin que llegué a mi destino.