Respirar

Camino de luz

Me ahogo, lentamente.

Sin aspavientos. Sin mostrar que la vida se me escapa. Me ahogo mientras sonrío, mientras disfruto de la luz templada de otoño. Mientras dejo que la lluvia tranquila limpie mis cristales. Mientras acarician mi alma tus palabras.

Me ahogo, pero prefiero guardarme mis penas y sonreír una vez más. Observar la ciudad donde te conocí, el ir y venir de la gente, hipnótico espectáculo de estrellas fugaces que se pierden entre las calles. Me despierto con el rumor de los pinos mecidos por el viento, aquellos en cuya sombra nunca nos refugiamos. Tan sólo en mis sueños, tan sólo en mis pesadillas. Tan sólo un imposible más de un largo camino flanqueado de mis fantasías abatidas.

Tranquilamente, tras la tormenta, me hundo en este océano sin fin, donde me ahogo. Rodeado de todos estos futuros que no pudieron ser, se alza ante mí el último que sufrió el destino de mi inconsciencia. Como una sirena me llama, me invita a renunciar al aire, a volver a respirar. Si no estás tú, no merece la pena abrir los ojos. Ni tocar, ni sentir. No merece la pena luchar contra la corriente que tira de mi hacia abajo, hacia el abismo sin luz. Nada tiene sentido, y tras un tiempo en la oscuridad, pierdo las nociones de tiempo, de espacio. Todo es ahora, y aunque no estoy en ningún sitio, puedo sentir mi cuerpo bajo la presión.

La presión de todo lo que no digo. La presión de tu mirada inquisitiva, de esos faros que intentan iluminar la caverna donde se esconde mi corazón. La presión de mirarte, de observar tus gestos sin que te des cuenta, memorizar tus rasgos con el fuego que aún arde en mi interior. La presión de saber sin saber, de estar sin estar. La presión de ser una luz con un corazón de sombra. La verdad que envuelve una mentira. La presión de aguantar, de pensar que todo está bien, aunque el agua de la clepsidra se derrame por este corazón de arena.

Y a pesar de todo, despierto. Atrás queda el abismo, hundido en sudor. La oscuridad vuelve a ser ligera, casi amiga. El océano queda lejos, aunque el abismo aún se encuentra justo detrás de los ojos. Y la presión atrapa mis palabras en mi garganta. Se quedan moribundas en un recodo de mis intenciones, y se acumulan sin quererlo. Me ahogo en mis deseos, me ahogo en mis verdades y en mis mentiras. En todo lo que quisiera decir.

Me ahogo con las miradas que van a morir al suelo. Que vuelven perdidas, sin saber muy bien qué ha pasado. Me ahogo con las palabras que nacieron sin momento ni lugar. Con las que tienen fecha de caducidad. Con las palabras que pueden cambiar mi vida.

Me ahogo con este corazón que deja de latir cuando te acercas, cuando notas mi presencia, cuando te acomodas a mi lado.

Porque a veces, cuando estamos solos, me olvido de como respirar. Porque quiero vivir de tu aire, me ahogo si sólo puedo respirar.

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