Un momento, fe de (er)ratas

Aprovecho esta entrada, que va a ser escrita de una manera mucho más directa, con menos metáforas y esas cosas, para decir que, tal como están las cosas en este país que habito, se me han quitado bastante las ganas de escribir. Lo que está ocurriendo es una puta locura, y creo que lo que más me enfada es que los responsables, los verdaderos responsables de alimentar esta crispación hasta que se descontrole, son inmunes a todo el caos y odio que están creando.

En fin. Volviendo a temas más locales, llevo unos días dándole vueltas a algo que dije no hace mucho. Hablando sobre este lugar con una amiga, una persona de gran talento y vida increíblemente ocupada —tan ocupada que nunca dejaré de admirarla por navegar ese mar embravecido que es su día a día —, surgió la necesidad de explicar el motivo de la existencia de este rincón.

Cualquiera que me haya conocido más allá de las cuatro paredes de la que sea mi habitación en el presente “sabe” que soy un tipo risueño. Graciosillo —a veces hasta la exageración —, con tendencia a intentar llenar cada frase con un juego de palabras, o algún chiste que rellene cualquier tipo de silencio que se produzca en la conversación. Si no, puede que llene los paseos con datos aleatorios, de los que acumulo cientos o miles en la barra de bar que es mi mente, o tal vez lanzándome con entusiasmo desbordado sobre algún tema obtuso y extraño que, probablemente, casi nadie conozca o, al menos, tenga el mínimo interés.

En resumen, hablo poco de cosas importantes, mucho de tonterías y de todo con mucha exageración de por medio.

Regresando a esta conversación, cuando esta amiga explicó como es este blog a sus amigos, una mezcla bastante más oscura de mis intereses, mis miedos y, en general, mi parte más oculta, hubo extrañeza en los rostros de sus amigos. “¡No es posible!” “¡No lo parece!”, dijeron. Y yo, que si soy algo, soy un exagerado, completé la imagen de “artista” atormentado con el chiste del payaso que triste va a ver al médico y éste le recomienda asistir a su propia actuación.

Y he aquí la razón de esta entrada. Y es que, en público se me da bien explicar una idea y olvidarme totalmente de los matices y de los dobleces que pueda tener, y por eso necesito tiempo y un poco de noche y de paredes para poner mis pensamientos en orden y poder expresarme completamente.

Es verdad que hay tristeza debajo de una máscara de jovialidad que a veces no sé llevar. Es verdad que muchas veces, mientras sonrío y hago sonreír haciendo el saltimbanqui, hay una parte de mí que no está allí, que se obceca en recordar algún momento vergonzoso de la larga lista a la que tiene acceso mi memoria. Es verdad también que mi visión de la vida se debate entre el pragmatismo y el nihilismo más absoluto la mayor parte del tiempo, incapaz como soy de borrar de mi memoria la verdadera escala de este universo que vivimos, los fallos que repetimos como especie y la actitud que demuestro yo mismo a veces ante los problemas reales que nos acucian.

Y es verdad que, en algunos momentos, tumbado en la cama y mirando un techo extraño, he sentido una angustia existencial que casi me ha dejado sin respiración. Me he dado cuenta de lo inhóspito que estar vivo en este mundo, lejos de las personas con las que has crecido, rodeado de extraños que, tan sólo con tiempo y mucho esfuerzo, pasarán a ser conocidos, amigos y, finalmente, una nueva familia que, por desgracia, puedes perder con una sonrisa. Me ha aterrorizado darme cuenta de que vivir es luchar, cada día y cada instante, por existir, y cubrir cada necesidad, siendo una persona honesta, íntegra y equilibrada. Que vivir es un juego del que salir es perder y en el que no te preguntaron si querías entrar.

Y a veces, estoy triste por cosas más simples. Por amores imposibles, por amistades a distancia, por tonterías más cercanas, o por lo lejos que están las estrellas.

Dicho todo esto, pareciera que realmente vivo atormentado a todas horas. Que mi vida es un sinvivir por no morir, y que morir es el sinvivir que me dará una verdadera vida. Pero nunca he sido muy fan de Santa Teresa de Ávila. Todo esto es, si acaso algo pasajero.

Tengo unos años ya, y aunque todavía soy un misterio para mí mismo en muchos aspectos, algunas esquinas de mi corazón ya las empiezo a conocer. Y una de ellas, que a veces bromeo diciendo que es la que tengo de artista, está inundada con las mareas de los cambios de humor. No son repentinos, y no los veo patológicos, pero están ahí. En unos días puedo pasar a preferir la oscuridad y el frío. O el sol y la playa. Y de vuelta a la niebla.

Porque soy, supongo, como todas las personas. Nunca estoy completamente contento o triste. Cuando estoy triste —y, normalmente, me refugio en este lugar para que todos lo veáis —, intento encontrar la belleza escondida en las lágrimas. Y si soy capaz de destilar un poco de esa belleza, me alegro. Y cuando estoy feliz no puedo evitar fijarme en lo efímero de aquello que me alegra y pensar en que se acabará en un tiempo ínfimo. Y aunque que las cosas se terminen me entristece, incluso ahí descubro la belleza que esa finitud le da al tiempo que comparto con otras personas.

Supongo que lo que quiero decir es, simplemente, que estoy agradecido del tiempo que la gente comparte conmigo, aunque no puedo evitar pensar que tal vez lo estén desperdiciando por estar conmigo.

Sí, todavía tengo ciertas partes de mi amor propio que tengo que curar.

Por eso, esta fe de erratas. No, no soy un artista atormentado. No soy Robin Williams, con su enorme genio y sus verdaderos problemas para ser feliz. Y tampoco soy una persona risueña llena de risa y alegría. Tan sólo soy una personita diminuta que a veces se olvida de la increíble oportunidad que significa estar vivo, que lamenta decisiones de su pasado; que le fascinan las demás personas de una manera honesta, que desearía ayudar de verdad a sus amigos, aunque sienta que es demasiado cobarde como para conseguirlo.

Tan sólo soy una persona que un día decidió dejar de narrarse a sí mismo sus sentimientos y empezó a escribirlos para poder seguir avanzando.

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