Conversaciones sobre el miedo

—¿Y por qué hiciste eso?

—No lo sé —respondió escapando de su mirada negra y abismal —. No lo sé. O, al menos, eso digo siempre. Porque en realidad hay mil razones revoloteando en mi cabeza. O tal vez sólo sea una que tiene muchas expresiones. Ya sabes lo mucho que me gusta decir las cosas de muchas maneras distintas.

—Sí…

—Pues eso, por mil razones. O sea, por una. La de siempre. La razón por la que nos agarramos a un clavo ardiendo, al fin y al cabo —hizo un pausa, pero continuó notando la mirada imperturbable de su interlocutora escrutando sus facciones, así que se giró y se hundió en sus ojos negros —. Por miedo.

—¿Miedo? —repitió ella, arqueando sus cejas finísimas.

—Miedo, claro. ¡Parece que no me conocieses! —bromeó. Ella no sonrió, así que continuó —Sí, bueno, es lo que hay. Es lo que soy, en muchos sentido. Un cobarde. Un niño asustado que no sabe qué hacer casi nunca y que intenta salir airoso de todo usando mucho la boca y poco la cabeza. Un cobarde con aires de conferenciante. Lo que mundanamente se conoce como un gili…

—¡Eh!

—Un charlatán. Un bocazas del tres al cuarto. Un pesado.

Ella torció el gesto con desaprobación.

—A mí nunca me has parecido un cobarde…

—Porque contigo estoy cómodo —se adelantó a responder —. Contigo puedo hablar, puedo expresar mis pensamientos más oscuros sobre mí mismo, mis inseguridades, mis faltas. Puedo hacerlo, y te agradezco que me dejes hacerlo, porque sé que contigo no importa lo que diga, no me vas a juzgar. Puedo decirlo porque he entendido, aunque me haya costado, que tú quieres para mí lo mejor. Aunque no de la misma manera que yo lo quiero…

—Sabes que eso… Es imposible.

—Lo sé, pero eso no ahoga el deseo de que ocurra —se removió en su asiento, y tuvo que dejar de ver la forma incómoda de su interlocutora —. ¿Y ves? Ya lo he vuelto a hacer. Hacerte sentir mal, justo cuando me estás ayudando. Soy lo peor.

—No pasa nada.

—Pero sí pasa. ¿Por qué no me puedo callar? ¿Por qué no puedo guardarme alguna cosa? ¿Por qué tengo que ser como un interruptor, que o bien lo dice todo o bien no dice nada?

Ella no respondió, tan sólo siguió observándole con la infinita negrura de sus ojos.

Él hizo un esfuerzo sobrehumano, y retomo su hilo de pensamiento.

—Como iba diciendo: contigo soy capaz de hablar de estas cosas porque me siento cómodo. Pero eso no es valentía. Valentía es salir de mi zona de confort y hablar así de serena y maduramente con personas que no sean tú. Valentía es ser capaz de ser honesto no sólo ante mí, sino ante cualquiera, y expresarlo si es necesario. Valentía es decir cómo me siento… a quién me hace sentir.

—Eso lo haces —dijo ella, y por primera vez se le dibujo una ligera sonrisa en el rostro —, de vez en cuando.

Él le dio la razón entre alguna risa que se le escapaba.

—Sin embargo —continuó —, el miedo al que me refería no era ese. El miedo por el que me comporté así, atontado y despistado, estúpido y egoísta, es otro. Es el tipo de miedo que te entra y ya no te puedes deshacer de él. Como un frío que te cale los huesos, como la angustia de una habitación cerrada. Como cuando ves la espalda de tu mejor amigo alejarse por última vez.

—El miedo que me espoleó fue el que nace cuando te das cuenta de que aquello se va a acabar.

—¿Cómo? No te entiendo —le interrumpió ella —. Así que, ¿como te diste cuenta de que sea acabaría, te comportaste como un idiota? ¿Qué sentido tiene eso?

—Ninguno —respondió él, apesadumbrado pero sabiéndose con toda la razón —. Ninguno en absoluto. Ya lo sé, es que no tiene ningún sentido. Pero así es.

—Mira, puede que tú nunca hayas sentido algo así. Que nunca te haya sorprendido de repente el hecho de que no siempre dormiré en la cama en la que duermo ahora. O que en apenas unos años no me ganaré la vida de la misma manera que lo hago ahora. O que llegará un momento en el que ya no tendré padres a los que llamar para saber qué tal les va, o qué andan haciendo con sus días. Puede que nada de esto haya encontrado nunca un hueco en esa mente tuya que tanto me fascina. Pero yo sí que he sentido esto, muchas veces además —se levantó de la mesa de café que había estado entre ellos toda la tarde, y se dirigió a la ventana que había iluminado su confesión toda la tarde. Los últimos rayos de sol se precipitaban lánguidamente sobre el café frío que aún no se había tomado —. No puedo dejar de sentir que la vida se me escurre entre los dedos. Que la mayor parte del tiempo no estoy haciendo lo que debería hacer, aunque haga justo lo que me gusta. Los años pasan e intento seguir probando cosas con la vana esperanza de que un día encuentre eso que llaman “inspiración”, o mi “vocación”. Y honestamente, se me acaban las fuerzas.

—Y por si esto no fuera poco —continuó, volviéndose a ella y observándola iluminada de forma celestial por la luz anaranjada de la tarde y su amor por ella —, luego están las personas. Las que quiero como hermanas, las que quiero como modelos a los que seguir, y a las que simplemente quiero. Todas mezcladas, hablando en un idioma que en realidad apenas comprendo. Porque a pesar de mi edad, que tal vez también tenga la culpa de alguna cosa, todavía soy como un niño pequeño al que le cuesta distinguir la realidad de sus sueños. Y miro con ojos de cordero degollado y todo el cariño que me permito expresar cuando me hablan, y aunque esta parte de aquí intenta ser racional —se indicó la cabeza —, esta otra —se hizo una cruz sobre el corazón —hace lo que le da la gana. Porque de las dos, sigue siendo la parte más fuerte.

Se volvió a sentar en la silla y, ya sin mirar a su amiga, continuó.

—Por que a pesar de que intente llenar mi cerebro de datos, de recuerdos, de chistes malos, de nombres y de fechas. Por mucho que intente encontrarle un sentido práctico a todo y que cada vez que me cuenten un problema trate de ser el que busca una solución pragmática a la vez que rápida, lo cierto es que escucho con el corazón. Y se me rompe cuando la gente que quiero está mal. Se me retuerce cuando los usan de trapo, y me ahogo con sus lágrimas cuando lloran.

—Y duele… No debería, pero duele. Duele ver, oír y luego callar. Porque a veces, simplemente, quiero decir que yo podría estar ahí. Y sin embargo… Bueno, lo mejor es que me calle. Si aún no tengo claro que yo me quiera, ¿qué sentido tiene poner a otra persona contra las cuerdas?

Ella calló, y por primera vez, apartó la mirada de él, como pensando.

Él se secó con una servilleta y decidió coserse la herida resumiendo.

—Fui un tonto, y suelo ser un tonto que se vuelve mudo en los momentos claves, por el miedo al final de las cosas. En su momento luché, y casi vencí. Pero al final, todo se acaba. Y aunque le digo a todo el mundo que eso no es razón para no intentarlo, la verdad es que soy incapaz de seguir mi propio consejo. Porque duele. Duele más que la propia vida. Y me hago mayor, así que cada día soy más fuerte por fuera, y menos por dentro.

Calló. Se tomó el café, y disfrutó del sabor amargo y desagradable que tenía frío. No tenía ganas de tomar cosas agradables. Miró hacia la ventana, y descubrió que la tarde se había consumido.

—Todo se acaba —empezó ella repentinamente, volviendo de donde se hubiera retirado al pensar —, y eso es innegable. Nada lo sabe mejor que yo. Y aún así, eso no cambia nada. Que te hayas dado cuenta en este momento de tu vida no quiere decir que fuera distinto antes, o que lo sea después. Podías haberte dado cuenta de eso cuando tenías diez años, y eso no hubiera cambiado nada.

—¿Y?

—A lo que voy es que no tiene sentido hacer o dejar de hacer cosas por algo inmutable del universo. Es como darse cuenta de que existe la gravedad y no volver a ponerse de pie por miedo a tropezar. Es ilógico, y lo que es más importante, inhumano —ella hizo un gesto con las manos y apareció una figura humana de luz en la palma de su mano, como un holograma —. Ser humano es errar, acabar, empezar, aprender, amar, sufrir… Vivir no tiene porque ser agradable siempre. Y tampoco tiene porque ser un sufrimiento continuo. Al final, depende mucho más de como te enfrentes a la vida que lo que ella te ponga delante. Conoces gente que lo ha pasado mucho peor que tú y que, sin embargo, es más feliz que tú. Y otras que no han tenido una dificultad en su vida, y que se hunden en la tristeza al primer traspiés que dan.

—Esto es lo que hay —dijo ella levantándose y alisándose la túnica negra con capucha que la cubría —, aquí yo no tengo nada que hacer. Tú tienes que encontrar tu parte más humana, esa que te da miedo y, tal vez, dejarla tomar el control un rato. Cuando lo hagas, tal vez sufras más, tal vez sufras menos. Pero, al menos, estarás viviendo, que es justo lo que ahora no estás haciendo.

—Y cuando vivas, ya hablaremos de segar y de caminar juntos —prometió ella con una sonrisa huesuda y brillante —. Además, ya sabes que soy paciente. Y tú… Bueno, no hay nadie como tú.

Y dejando que sus palabras resonaran con la realidad de la Muerte, desapareció.

 

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