Noches eternas

El leve sonido del ventilador se perdía entre las infinitas hojas que, tiradas sobre la cama, le invitaban a darse por vencida.

Sentada, estiró los brazos por encima de su cabeza en un vano intento por recuperar la concentración. Bostezó, se frotó los ojos y peleó consigo misma para no dar un grito de hartazgo a las tres de la mañana.

Su mesa de estudio, ampliamente iluminada por un flexo que daba demasiado calor, era otro mar de apuntes, fotocopias, ejercicios, dibujos, gráficas y toda clase de material que se obcecaba en quedarse en el papel y no meterse en su, ya de por sí bastante llena, cabeza. Y a toda esa información no parecía importarle lo más mínimo Puedo que llevara meses estudiándola y casi una semana enclaustrada ante el terrible prospecto de un examen final que, si ningún apocalipsis astronómico lo evitaba, se celebraría en unas seis horas.

—¡Estoy jodida! —murmuró entre dientes.

Cogió un folio. Observó el diagrama que portaba. Era exactamente igual al que había dibujado hacía cinco meses en otro folio, que seguramente estaría perdido en el mar de la cama. Exactamente igual que las, aproximadamente, millones de copias que había hecho durante el curso para metérselo en la memoria. Era el mismo petulante y obstinadamente irrecordable diagrama con el que llevaba batallando desde el comienzo de la asignatura. Más que un diagrama, parecía la típica canción que te encanta pero cuyo estribillo eres incapaz de recordar. O el autor de ese libro genial que leiste hace poco. O la sonrisa de aquel chaval…

—¿Cómo vas?

La voz a su espalda la devolvió a la madrugada calurosa e infinitamente corta que le estaba tocando vivir. Dejó el folio en la mesa, se quitó los auriculares y giró la silla.

—No muy bien —respondió, torciendo el gesto.

Él sonrió ligeramente.

—Bueno, de puñetera pena, más bien —se sinceró.

—¿Segura? —se extrañó él, torciendo la nariz de esa manera que solía hacer.

—Sí, segura —insistió, y se giró de vuelta a su mesa, sus papeles y su desesperación.

—Bueno —empezó él, y al instante notó sus manos calientes en sus hombros. La camiseta de tirantes es lo que tenía: la dejaba un poco indefensa ante sus manos —, en ese caso, lo mejor que puedo hacer es escabullirme y dejarte tranquila…

—Pero…

—… pero no sin antes intentar ayudarte un poco con esta tensión tuya que tanto te gusta acumular.

Y empezó a estrujarle los hombros como sólo él lo hacía. Había delicadeza, fuerza y un poco de miedo en su manera de recorrer sus músculos, de acariciar su piel. No era un profesional, pero hacia tiempo que sospechaba que hubiera dado lo mismo si lo hubiera sido. La razón por la que disfrutaba tanto de sus masajes no era, para nada, que fueran buenos o malos.

Eran libres. Dados de forma libre, sin esperar nada a cambio. Y eso… Bueno, no se encontraba en casi ningún sitio.

Se dejó llevar un rato por las sensaciones, y con los ojos cerrados, palpó la mesa hasta encontrar el mando del ventilador y le subió un poco la potencia. Él se rió abiertamente.

—Calor… —ronroneó tranquilamente.

En lo que le pareció un instante, el masaje se acabó, y él la giró levemente y la besó en la frente.

—¡Mucha suerte mañana!

Dejó por un momento de mirar los papeles y agudizó el oído. Escuchó sus pasos alejándose. Abriendo la puerta principal y cerrándola con cuidado. El sonido del portal al cerrarse por sí solo. Y, finalmente, el motor de su coche volviendo a la vida y alejándose calle abajo.

Sí, estaba cansada, harta y un poco desesperada. Tenía mucho que hacer aún, y descansar se estaba convirtiendo en un concepto que sólo podía ver sobre el papel.

Pero, en cierta manera, tenía suerte. Y podía hacerlo todo. Ya en otras ocasiones había tenido el agua al cuello de la misma manera, y había salido airosa. Ahora, además, tenía su apoyo. Y eso significaba que podía llegar mucho más alto.

Cerró los ojos y dejó que el aire del ventilador le pusiera la carne de gallina. Tenía mucho que hacer y necesitaba estar despierta.

Abrió los ojos, y se puso a ello.

—Puedo hacer esto.

La noche continuó.

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