Bolsillos vacíos

Tengo tantas cosas que hacer como ganas de escapar.

Tengo la sonrisa en los labios y las lágrimas en el corazón. Tengo ganas de salir, porque mientras camino por las calles de esta ciudad postiza, bajo las nubes de una lluvia que no llega, parece que soy feliz. Porque encerrarme en casa ya no es lo que era: se amontonan los recuerdos y me ahogo en pensamientos que no me llevan a ninguna parte. Y continúo dándole vuelta a las mismas canciones, y me sigo dejando llevar por esa parte que lo pinta todo de negro.

Tengo los ojos quemados de tanto mirar para atrás. Ciego ante el presente que se va escurriendo entre los dedos, nada queda del sueño que una vez se consumía entre estas cuatro paredes. Tan sólo algunas palabras que tengo escritas por aquí, que se ríen impertinentes de la esperanza que una vez sirvió de velo, que me desafían a intentarlo de nuevo. Mentiras que tuvieron pinta de ser verdad, soledades que se extienden como modelos indecentes que esculpen con sus sonrisas extraviadas otra tarde más que paso encerrado en mi habitación, y no sé bien qué hacer.

Tengo los brazos caídos, incapaces de aguantar otra vez el peso de un día que se despierta lleno del mismo sudor frío. Las mismas pesadillas entumecen mis dedos y descolocan mis hombros, y el dolor del vacío, más pronunciado que nunca, me atraviesa los latidos y los cose a mis quejidos. Y ya no tengo más remedio que quejarme para latir, aunque sea una pésima manera de llenar mis momentos, los silencios, y sentencio que la hora de la muerte es en pretérito, aunque no hubiese nadie para apuntarla.

Tengo miedo de que ahora la tristeza me espera con los brazos abiertos. Que mi fortaleza se haya convertido en mi prisión. Que tener miedo se haya convertido en el modo de vida que trabajar para el resto de mi existencia. Si hacía poco no tenía ni por donde cogerme, y ahora me quedo tendido de cualquier cosa, de cualquier mirada que me recuerde cuando las miradas decían más de una cosa. Tengo todo el tiempo del mundo para autocompadecerme, y al parecer ni un sólo segundo para arreglarme o para cuidarme. Tengo la cama sin hacer y no tengo fuerzas para abrir las ventanas.

Tengo mil cosas que una vez dije, y tengo aún más escritas en un cuaderno que se consume. Y sin embargo, aunque me sepulten los apuntes y las ganas, ¿cuánto hace que no expreso ni un recuerdo en este templo? Será que no tengo tampoco la autoestima como para intentar repetir el éxito que un año pasado fue, y que me ha gustado explicar a todo aquel que se dejara encandilar por unas palabras de amigo y amistad. Tengo mucho que hacer, pero tan sólo me centro en repetir los fracasos que una y otra vez acumulo por todos lados como si me fuera la vida en ellos. Y lo hace.

Tengo hastío de estar cansado. Estoy cansado de estar cansado, y de tanto repetirme lo cansado que no quiero estar, termino bostezando un tortazo a mi propia lógica. Y tampoco puedo hacerme mucho caso, porque por mucho que cambien las cosas, las cosas parecen seguir igual, y al resguardo de la noche, cuando debería estar labrándome ese futuro del que todos me hablaron con un libro y una libreta, lo que hago es pintar de forma absurda este cuadro que llamamos relato, aunque sea reflexivo, pasivo y en primera persona. Y mientras tanto, tengo pensamientos errantes sobre personas que sí estarán usando este rato para avanzar en el camino que se abrieron. Y me acongoja pensar como me dejarán atrás, porque otros ya lo han hecho antes, y como todos los cuentos, habrá un colorín colorado con el que se me encogerá el corazón cuando hayan cambiado las estaciones y hayan vuelto.

No me queda mucho más, pero todavía tengo alguna cosa que confesar.

Como por ejemplo, que aún tengo sueños sin sentido en los que mi vida corre peligro. Y a pesar de que me angustian y me lo hacen pasar mal, son los únicos que recuerdo, como si fueran los únicos que producen un impacto en mí. En cierta manera, tengo la ligera sospecha de que tanto navegar por este océano que son mis tristezas ha terminado por retorcer mis felicidades hasta tal punto que ya no las reconozco, y como un triste Acab que ya nada siente como los demás, me muevo viento en popa en dirección a mi Moby Dick, que no es sino terminar triste en algún rincón inhóspito del planeta. Y allá, tal vez, tener al fin algo de paz, sabiéndome indefectiblemente alejado de todo lo que fui.

Tengo, en estas fantasías de escape, un hueco que me acompaña, ya para siempre. Una sombra que ya nunca se volverá a llenar. Una mentira que me acompañará hasta el final de mi camino. Y tengo una taquicardia cada vez que el corazón se me sale por los ojos, porque ya no está para esos trotes. Pero no lo entiende, e intenta rellenar este hueco con los imposibles que le rodean.

Y ya no tengo ganas de mentir más, y aún me estoy decidiendo sobre si fingir es una manera de mentir. Por ahora va ganando el sentido común, apoyado firmemente por la vergüenza. Pero, ya no tengo nada seguro, y no descarto que un día de estos deje los poemas y las indirectas. Y tal vez, sin tener red de protección ni nada por el estilo, me lance al vacío del dolor más grande, tan sólo para poder disfrutar durante la caída de la breve pero intensa sensación de libertad que da sentirse ingrávido, avanzando vertiginosamente hacia una muerte segura, con la simple verdad en el pecho de que es mejor morir al caer que vivir sin avanzar.

Tengo esto, y otras cosas, en mi interior. Cada vez que me miras. Cada vez que sonrío. Cada vez que no digo nada.

Tengo ganas de tener ganas.

Hasta entonces, aquí estoy, con los bolsillos vacíos y la cabeza llena.

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