El diccionario de las oscuras penas: “Vemödalen”

Continúo la exploración de las palabras inventadas por The Dictionary of Obscure Sorrows. Hoy, vermödalen.

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Nueva entrada de la corta serie que se centra en el trabajo que lleva a cabo el canal de youtube llamado The Dictionary of Obscure Sorrows. Hoy, más.

Vemödalen: n. El miedo a que todo haya sido hecho ya.

Me encanta esta palabra. Tal vez porque tiene un punto de tristeza. Tal vez porque, como una persona que intenta crear algo nuevo casi todos los días, no sólo aquí, si no en mi trabajo y en mi día a día, hace mucho ya que me enfrenté con el vemödalen.

Es usual. Cuando se comienza a crear, por simple o básico o personal que sea lo creado, se despierta siempre, pronto o tarde, una voz. Una voz que repite desde los recodos más personales de la mente: “¿Es esto original?” “¿Merece la pena?”

Por supuesto, estas preguntas tienen trampa. Son tramposas, porque no son preguntas objetivas que nos haga otra persona, alguien externo a nuestros miedos y deseos. No, estas preguntas proceden de nuestro interior, nacen de las mismas fuerzas que nos han llevado a crear en primera estancia. Y crear es una manera más o menos pública de poner en tela de juicio nuestras creencias y nuestras convicciones. Cuando creamos, no estamos si no explorando aquello que estamos dispuestos a compartir y mostrar de nosotros mismos. Y nada nos deja en una posición más vulnerable que hacer descender nuestros escudos y permitir que los demás miren dentro.

Vulnerables pues, nos damos cuenta de que hay una manera en la que pueden hacernos daño. Algunos ya la habrán sufrido, y otros sólo lo han visto acontecer de lejos. Pronto, nos damos cuenta de que pueden clasificar nuestras creaciones como “buenas” o “malas”, cuando nosotros nunca jamás pensamos en ellas de esa manera.

Tal vez escribimos porque necesitamos expulsar nuestros demonios antes de que nos devoren el corazón. Tal vez dibujamos porque necesitamos expresar todas esas cosas que no queremos decir, que sabemos traerán problemas. O, tal vez, modelamos porque necesitamos atrapar, aunque sea durante un instante, aquellas imágenes que nos devuelven la confianza en los demás y en la belleza del mundo.

En cualquier caso, nos enfrentamos a la visión crítica de los demás. Y dos caminos se abren: o bien comienzas a buscar un mejoramiento, versiones mejores y mejores de estas creaciones para, no sólo evitar las críticas negativas, sino también acumular las positivas; o bien, dejas de compartir tus creaciones, las encierras y las disfrutas personalmente, cerrando la posibilidad de compartirlas para evitar tener que entrar en ese continuo camino sin fin.

Pero, volviendo a las preguntas. Decía que tenían trampa porque nacen de nosotros mismos. Nacen del mismo lugar de donde procede el ímpetu por crear. Nacen allá donde decidimos que no queremos seguir callados. Allí donde se forjan nuestras propias revoluciones, allí donde nos alzamos y nos rebelamos contra la imagen fija y sólida de lo que una vez fuimos. Donde gritan todas nuestras voces, donde se expresan las facetas que una vez dejamos atrás, y todas las que quieren ser nuestro futuro.

Al calor de todos nuestros fuegos, de las verdades bajo las que queremos vivir, de las mentiras que nos contamos para poder dormir. Al calor de todo lo que somos y de cada uno de nosotros que elegimos no ser, allí comienza el viaje de nuestra expresión, y de allí nacen todas nuestras creaciones.

Porque cuando nos expresamos, estamos sacando algo de lo que somos o de lo que podríamos haber sido, y lo mostramos con el corazón en la mano. En cierta manera, ponemos nuestra persona ahí, dejando que nos capturen de alguna manera incompleta pero cierta. Una trozo de perspectiva que nunca podrá compararse con la completitud de la tormenta que mantiene nuestro movimiento. Y sin embargo, a base de compartir más y más perspectivas, más y más fotografías incompletas de nosotros, llega un momento en el que, de alguna manera, habremos terminado de dejar al descubierto absolutamente todo.

En cierta manera, nos quedamos en carne viva. Y cualquier sal que caiga, ya sean lágrimas o sonrisas despectivas, queman. Y, seguramente, no haya ninguna que queme más que el cuestionamiento de tu originalidad. Que digan que puedan contenerte en las fotos de otro que vino antes que tú. Que duden de que todo lo que has sacado de tu interior sea realmente parte de ti. Que sugieran que, en realidad, no hay nada ahí dentro, que no haces otra cosa que tomar las fotos de los demás y les cambias el marco.

Pocas cosas pueden doler tanto como que alguien niegue tu individualidad de esa manera.

Sin embargo, y aunque cueste, al final nos podemos acostumbrar. Buscamos nuestra propia verdad cuando sacamos a la luz los trozos de los que estamos hechos. Buscamos aquello que nos define y que nos separa de las definiciones; aquello que sólo es nuestro, y que compartimos con todos los demás; aquello que nos impele a abrir los ojos, y que nos cierra los párpados al final del día. Buscamos una paradoja que nos acerque a los demás. Y a veces, tenemos la suerte de encontrarla y mostrársela a los demás.

No es de extrañar, por tanto, que haya quién sienta envidia al observar algo tan imposible descubierto ante sus ojos sin pedir nada a cambio.

Buscamos lo imposible, y a veces lo encontramos. Y hace tiempo, estos milagros eran extraños, escasos. Cuando se conseguían, tan sólo unos pocos podían tener acceso a ellos. Ahora sin embargo, cientos de millones podemos buscarlos. Y aunque todos somos distintos, no somos tan diferentes. Así que no debería resultarnos raro que muchas de las expresiones creadoras que vemos se parezcan tanto. Incluso cuando provienen de personas que no buscan ningún fin al compartirlas, más que el hecho de hacerlo. Ahora tenemos acceso a muchas más creaciones que antes.

Además, el vemödalen puede ser engañoso. Sí, podemos encontrar millones de imágenes de atardeceres. Pero, cada una de esas imágenes tiene un contexto único. Único al fotógrafo, a los que lo acompañaban y a quién lo ve. Incluso la misma imagen puede adquirir significados enormemente distintos dependiendo de en qué momento se aprecie.

Al fin y al cabo, ya lo dijo Carl Sagan:

“The beauty of a living thing is not the atoms that go into it, but the way those atoms are put together.”

Nuestras creaciones no son bellas por lo que son, si no por cómo expresan lo que tenemos dentro.

P.D.: Todos los videos tienen subtítulos para poder entender perfectamente lo que se dice.

Autor: Mu-Tzu Saotome

Estudiante y escritor novel, manga aficionado y cazador de bromas al vuelo.

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