Yo solía

Allí

Yo solía rimar.

Solía escribir textos con una cierta aliteración, con un sonido repetido que seguía perdido por las lineas de mi atención, un carruaje de sentido que transportaba mi corazón por entre la tinta de mi expresión.

Solía hacer eso todo el rato. Me di cuenta el otro día, revisando entradas antiguas para esa tarea siempre pendiente que es hacer una selección de lo mejor (o lo menos malo). Me perdí por mi pasado, que aquí expuesto, no me pareció tan malo. Y tal vez sea que mi estilo ha madurado o que simplemente he perdido aquello con lo que llegué a engatusar a personas mucho más sabias que un servidor, pero lo cierto es que ya no queda casi nada de aquel estilo lírico, artificioso pero natural, que ahora releo con cierto asombro.

No estoy seguro de que pueda recuperar esas capacidades. Mi vocabulario ahora me resulta atrofiado, casi desvalido, en comparación con aquellos viejos textos. Ahora soy más parco, menos refinado, aunque también más incisivo, más real. En cierta manera, he perdido parte de la inocencia de esa otra juventud. Cuando todo era perfecto porque era inalcanzable. Cuando miraba siempre mis deseos a contraluz, y cegado, cantaba loas como un niño, sin saber la realidad que se escondía entre el fulgor. Ahora ya no hay ni loas ni cantos, pero aún queda un dulce recuerdo de un tiempo mejor, de estar rodeado por las personas más increíbles del mundo.

En cierta manera, estaba en lo cierto.

Las cosas han cambiado. Si fuera capaz de eliminar de la ecuación mis altibajos emocionales, creo que descubriría que mi placer al escribir ha ido disminuyendo paulatinamente con el tiempo. Cuantas más cosas me han pasado, buenas y malas, menos tiempo he querido dedicar a esta afición que en otro tiempo fue terapia. He confesado mis demonios a personas que me han escuchado, y con ese cambio, se ha secado el pozo de donde salían estas palabras. Al fin y al cabo, este “arte” siempre ha sido mi manera de lidiar con mis taras (y con las taras de alguna que otra persona). Y seco, sin hojas de papel mojadas, ¿qué tengo que contar si no banalidades de primera categoría? ¿Qué es sino una costumbre que me empeño en no abandonar? Que la sigo disfrutando, eso también es verdad, pero que, en cierta manera, ha perdido su sentido más fundamental.

Este blog ha sido mi principal válvula de escape a nivel personal que he tenido durante muchos años. Tantos sueños, deseos e imposibles que he expresado en estas lineas, disfrazadas con pronombres y pesadillas para que no fueran descifradas por aquellas personas a las que siempre ha estado dedicado cada minuto de mi tiempo que vive en este lugar. Casi un cuarto de millar de entradas atestiguan algo que sabe cualquiera que me conozca, que puedo hablar de mí sin parar. Me he movido por la península y fuera de ella, y siempre he vuelto a este lugar, más pronto o más tarde, para recordar, explicar y compartir. Ya no entiendo mis semanas sin compartir algo de mí.

Lo que pasa es que ya no sé qué decir. Ni cómo decirlo.

Tal vez sea la crisis de los 30, que se aproximan sin respeto. Tal vez sea la definitiva muerte de la inocencia o de la esperanza, ambas maltrechas y desnutridas en un mundo que tan sólo alimenta mentiras y supersticiones. Tal vez sea tan sólo un momento como otro cualquiera en el que el insomnio y los tonos tristes hacen mella en esta psique tan cansada. Tal vez sea la espera por ese abrazo que no llega.

Tal vez sea que quisiera haber leído aquellos textos, conocer a aquella persona que tenía escrita la poesía en la piel y que quemaba con la intensidad de su realidad; que quería haber dicho aquellas palabras aunque fuera imposible que sirvieran para nada, y haberte dejado marchar sin este peso en el corazón que todavía me ahoga algunas noches; que no quería soltar aquel abrazo aunque nos hubiera llevado toda la noche, y bajo la luz de aquellas farolas antiguas y frías, darte un beso en la mejilla, romper un poco mi cascarón y expresar por una vez bien todo lo que significas para mí, para que te llevases al este lo mejor de mí.

Tal vez sea que lo mejor de mi vida se me ha ido, y con lo lento que soy, ahora por fin me he dado cuenta de todo lo que he perdido, y ahora, paralizado, todo lo que puedo hacer es mirar al cielo e imaginar que vosotras lo estáis mirando también. ¡Si hubiera sabido entonces todo lo que sé hoy! ¡Si me hubiera atrevido como ahora! ¡Si le hubiera dado la importancia que merecía a aquello que la tenía! Bueno… estaría haciendo trampa a mi propia vida.

No puedo negar, sin embargo, que a veces me gustaría. Que pierdo el sueño y gano canas viajando desde la cama al pasado, donde todo era perfecto porque era inalcanzable. Nunca me manché las manos. Ahora parece perfecto, pero simplemente era inocente. Tan torpe, tan tonto… Casi entrañable.

Yo solía soñar.

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