Vestido azul

Ocurre a los 25 años y 6 meses.



Vestido azul

El viaje se le hizo lo suficientemente largo.

Era una ocasión a la que aún no estaba acostumbrado. Y, en parte, le alegraba y le entristecía a partes iguales.

Desde que había escapado, los Tendô y los Saotome se habían portado muy bien con él. Al principio con una distancia totalmente comprensible. Pero, al cabo de un tiempo, prácticamente le habían adoptado como a uno más. Le habían ayudado como a uno de los suyos. Y jamás podría expresar completamente lo feliz que eso le hacía sentir.

Por otro lado, su familia biológica… Su madre y su padre, abandonados. Pero no tuvo otra opción. Cuando escapó de la aldea, era su vida la que estaba en juego…

Pero bueno, eso estaba fuera de su alcance. Tan sólo podía esperar y desear que todo saliese bien.

El tren estaba, al fin, llegando a la estación, y una amable voz femenina anunciaba insistentemente la llegada a la parada de Nerima.

Y podía esperar casi cualquier cosa al volver a pisar aquella parte de Tokio. Cualquiera, excepto lo que le estaba esperando en el andén.

—Señor Mousse, ¡aquí!

La voz aguda y afeminada de Konatsu cortó el sonido del bullicio como un cuchillo caliente la mantequilla. Y cuando vio su rostro, el corazón le dio un vuelco.

Era la viva imagen de la preocupación.

—¿Konatsu? ¿Qué pasa? ¿Qué haces tú aquí?

—La señorita Ukyô me… pidió que viniese a buscarlo.

Agachó la cabeza y su tono se hizo más afectado con cada palabra.

Su duda al hablar le dejó anonadado, parpadeando como un pez fuera del agua.

Indicó a Konatsu que le guiara, y mientras caminaban, un pensamiento empezó a formarse en su mente.

Sabía que Ukyô se había vuelto más huraña últimamente. Ranma se lo había contado en gran detalle, quejándose además de que ya le cobraba los okonomiyakis como a cualquiera. Konatsu había dejado escapar algo también. Él mismo había dejado de recibir respuesta a sus cartas y llamadas.

Y estaba preocupado, por supuesto. Sobre todo con todo lo que les había costado conseguir animarla después de que el compromiso se oficializase y, al fin, llegase la muy retrasada fecha de la boda de Ranma y Akane. Por eso, siempre supuso que según se acercase esa dichosa fecha, Ukyô podría volver a entristecerse y volver a sumirse en el trabajo.

Pero, ¿mandar a Konatsu a buscarle el mismo día que llegaba? ¿Y con esa preocupación en el kunoichi? De hecho, no quería preguntarle. Había conocido lo suficiente a Konatsu como para saber que, cuando hablaba sobre Ukyô, cualquier parecido con la realidad era pura casualidad.

Apenas diez minutos después llegaban al Utchan’s.

Cerrado.

Sin embargo, no supo si calmarse o preocuparse aún más.

Entró en el restaurante y se calmó un poco. Todavía permanecía el olor a okonomiyaki en el ambiente, y la plancha aún estaba caliente. Konatsu, sin embargo, seguía igual, y le instó a subir.

—Yo me quedaré aquí y me disculparé con cualquier cliente que pueda venir.

Asintió y subió las escaleras al apartamento.

—¿Ukyô? —preguntó tímidamente en el descansillo.

—Aquí —oyó la voz de la chef llena como nunca de su acento de Osaka emergiendo de su habitación.

Su habitación estaba… rara, por resumir. No le era desconocida. Durante el tiempo que había trabajado con la cocinera había limpiado, visitado, ordenado y rebuscado esa habitación en varias ocasiones. Y con el paso del tiempo, se había llenado de recuerdos de todo tipo. Las viejas cortinas del establecimiento solían colgar por encima de la ventana que daba a la calle. En el aparador se habían ido amontonando, poco a poco, varias decenas de fotos de las aventuras que había vivido allí. El diploma del Furinkan solía colgar encima de la puerta, y el aparato de karaoke que decía “no tener” solía andar por el suelo, ya que nunca le daba tiempo a esconderlo.

Y sin embargo, no vio nada de eso. Todo había desaparecido, quién sabía donde. La habitación estaba tan limpia y desnuda como, suponía, debía haber estado al llegar allí por primera vez.

Y ella. Ukyô llevaba puesto exactamente el mismo vestido azul de chef de okonomiyaki con el que, le contó, llegó a Nerima. El mismo con el que la conoció por primera vez. El mismo con el que le dio trabajo a su vuelta a Nerima.

—Hola —apenas pudo oírla, pero le impresionó enormemente la pequeña sonrisa valiente que puso. Sus ojos brillaban.

—Hola —respondió. Su mente se había puesto en blanco.

—¿Qué tal en la universidad? —notó que casi no pudo decir las últimas sílabas.

—Bien, bien… —y después de un momento, añadió —Mejor que el primer año.

—¿Y eso?

—Las notas van mejorando.

—¿Sólo?

Se le secó la garganta. Una duda terrible se adueñó de él y empezó a sentir un sudor frío por la espalda. Taquicardia. Se le nubló la vista, incluso con las gafas puestas. Pero se obligó a permanecer de pie con una ligera sonrisa pintada en el rostro. Algo que había aprendido muchos años atrás, con cierto ángel.

—No —respondió, y la lengua parecía estar en medio —. Hay algo más.

Ella no dijo nada.

—Alguien más —se corrigió, y miró a otro lado que no fueran sus ojos chispeantes y su sonrisa valiente.

—Has hecho nuevos amigos —se le adelantó —. Eso está bien.

—Sí —afirmó volviendo a mirarla. Se arrepintió en el mismo instante en que le vio cerrar los ojos —. Pero no es eso.

—¿Y qué es?

Ojalá pudiera no oír su voz temblando.

—He conocido a… una chica.

La palabra se quedó en el ambiente un buen rato, flotando extraña entre los dos.

—Es normal —retomó al fin Ukyô —, en las universidades suele haber gente de ambos sexos.

—Sí, pero… Esto es más íntimo.

Ukyô dio un paso atrás. Su expresión, que había sido todo el rato chispeante y valiente, se nubló por un momento.

—¿Estás… saliendo con ella? —preguntó, recuperando su expresión.

—Bueno, hemos empezado a…

—¿Lo estás o no?

—… Sí —jamás había sentido tanta incertidumbre y debilidad al hablar de lo que había comenzado con Kaiko. Y eso que las cosas habían sido extrañas e inusuales para él. Pero siempre había habido una enérgica confirmación de su relación. Pero, ante Ukyô, con esa Ukyô, se sentía tan pequeño, tan inadecuado.

—Yo también quiero —confesó la chef de repente.

—¿Quieres? ¿Quieres el qué? —preguntó sin querer comprender.

—Quiero… esas cosas.

De repente se fijó en que había dejado de rehusar su mirada. Ukyô le miraba con una fiereza y una intensidad que tan sólo el odio helado de Shampoo se le podía comparar. Pero esto era fuego, puro fuego incontrolado en los ojos de la chef.

Fuego para expresar algo que… ¡Maldita sea! ¿Pero qué demonios estaba pasando? ¿Acaso era una extraña broma del destino?

Fuera lo que fuera… No podía ser. No podía estar pasando. ¿Y él qué iba a saber? Había habido veces que le había parecido ver una mirada extraña en la chef. Un mirar de reojo y una sonrisa. Una mirada intensa cuando estaban a solas. Pero él nunca… Nunca hubiera podido imaginar lo que estaba pasando. Era Ukyô, por todos los santos. Estaba obsesionada con Ranma y con su trabajo. ¿Qué posibilidades había de que ella fuera a… a fijarse en alguien como él? Ninguna. ¡Ninguna en absoluto! Era un amigo. Nada más que un amigo.

—Soy tu amigo —dijo al fin —, y puedes contar conmigo para lo que…

—¡No! —calló al instante. La fuerza, el enfado… Varios huesos por todo el cuerpo le retrotayeron a otra época —¡No voy a permitirlo! ¡Me ha costado mucho volver a… volver, como para perder antes de empezar a luchar!

Silencio. Silencio que no se atrevió a romper. Fue ella quién, tras calmarse, continuó.

—Lo siento. No debería haber reaccionado así. Sobre todo con lo que has pasado. Lo siento.

—Está bien.

—Lo siento.

Se quedó un momento mirándola. Ahí, tan llena de determinación, de fuego, de pasión… Pudo ver toda la fuerza de Ukyô, el enorme espíritu que la sostenía por dentro, luchando por escapar. Pudo verla convertirse en mucho más… Y sintió miedo. Era como mirar un reflejo extraño de Shampoo. Y tal vez no tuviera ningún sentido, pero tuvo miedo.

—Podemos ser amigos —ofreció al fin, fallando miserablemente al intentar mirarla a la cara.

Sintió, físicamente, el aura de Ukyô expandirse y calentarse, y llenar la habitación. Pero no recibió ningún golpe, tan sólo un largo suspiro de la chef. Ésta se sacó un sobre de entre su traje y se lo entregó.

—Al menos, ¿un abrazo? —pidió recuperando esa sonrisa valiente que le dolía mirar.

Asintió, incapaz de decir nada. Intentó lanzarse a ese abrazo, pero no podía. No tuvo, sin embargo, tiempo de preocuparse.

—Esa carta… La escribí hace unas semanas, en mi casa en Osaka. Frente al mar —confesó la chef —. Espero que no esté muy salada.

No dijo nada.

—En cierta manera, es mi renuncia. Mi final.

Al fin, pudo mirarla a los ojos. Y entre las chispas de luz que formaban las lágrimas que recorrían su cara, vio el fuego de sus ojos congelándose.

—Adiós, Mousse.

Y se fue.


Al capítulo anterior. O a una Vida en Momentos Congelados. O al capítulo siguiente.

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