Los costes (I)

Tras tantas peleas y sacrificios, es natural plantearse si todo ha merecido la pena. Lo importante, claro, es responderse, sea de una manera u otra.

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Ocurre con 41 años.



Los costes (I)

El espejo es una de esas cosas que menos favorece al cuarentón.

Mi reflejo me devuelve una mirada cansada. No sería de extrañar, pues acabo de terminar la clase de la tarde, y a pesar de la ligereza de mis enseñanzas aquí, toda una tarde de ejercicio ahora me afecta más que antes. Sin embargo, mi reflejo no está algo cabizbajo y, como decía, cansado por eso. Estoy haciendo cuentas. Y no sé si me salen.

No me puedo quejar respecto a mi vida en nada, excepto en una cosa: las artes marciales.

Les he dado tantas cosas. Tantos momentos, tantos recuerdos, tantos sacrificios. Todos en las artes marciales. Practicando. Luchando. Estudiando. Hay tanto de mí invertido en estos movimientos, en estas enseñanzas milenarias, que ya no sé muy bien dónde empiezan las katas y donde acaban mis movimientos naturales. Llenan tan completamente mi mente que a duras penas soy capaz de pensar en cualquiera otra cosa sin recurrir a las metáforas y métodos de las artes marciales.

¿Y ahora qué? Ahora que son mi método de subsistencia, mi forma de vida, temo que se conviertan en la obsesión de mis hijos.

Puedo ver el comienzo de las arrugas en mis ojos. Ya hace años que me empezaron a salir canas, y muchos más que los niños me llaman señor. Sonrío, de forma amarga, ante las pruebas evidentes de que, sí, envejezco. Mejor que muchos de mis amigos que no practican artes marciales; peor que los que las practican más que yo. Me permitirán pasar más tiempo con mi mujer y mis hijos; eso sí tengo que agradecérselo.

Y sin embargo, ¡cuánto peligro han traído a toda mi familia! Peleas y más peleas para probar la valía del estilo. ¡Y cosas peores! Ranma, Shampoo, Zu-Ren… ¡Cuántas peleas innecesarias a lo largo de mi vida! Verdaderamente, no sé si puedo decir que he usado las artes marciales de forma correcta.

Y ahora que mi cuerpo empieza a decaer, que ni me muevo ni pienso tan rápido como antes. Ahora que me preocupan más las facturas que los milímetros que me he desviado en mis katas, hago balance. Las artes marciales, y todo lo que me han traído, las busqué por Shampoo. ¿Hubiera sido diferente mi presente si no hubiera empezado a aprender la escuela de las Armas Ocultas? Seguramente. No haber conocido a Ranma, a Akane, a Kaiko… Casi prefiero ni pensar en esa posibilidad. No puedo imaginarme sin ella.

Así que, eso es lo que queda. Sin las artes marciales, no tendría ni a mujer ni a mis hijos. ¡Qué sería de mí! O más bien, ¿qué soy yo sin mi mujer ni mis hijos? Pues nada más que otro cuarentón solitario al que lo que más le preocupa es que le salen arrugas. Sí, las artes marciales me han complicado la vida tantísimas veces que he perdido la cuenta. Pero, al mismo tiempo, me han dado esos problemas que te alegran la vida.

Bienvenidos sean pues los problemas.


Al capítulo anterior. O a una Vida en Momentos Congelados. O al capítulo siguiente.

Autor: Mu-Tzu Saotome

Estudiante y escritor novel, manga aficionado y cazador de bromas al vuelo.

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