Fragilidad

Con más vida detrás que delante, ¿qué es lo importante? ¿Ha merecido la pena?

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Lo vive a los 85 años, justos.



Fragilidad

Mis dedos añosos recorren temblorosos el marco de la foto. Ojalá recordara algo más de aquel día.

El espejo me devuelve la mirada. La mirada comienza lejos, mucho más allá de mis ojos. Hay muchas cosas en las que prefiero no pensar cuando me miro al espejo así, pero no todas me obedecen. A veces, me asaltan los recuerdos, y mi viejo corazón sufre con los latidos desbocados de otros años.

Mi pelo ya es blanco. La espalda se ha encorvado, y sin quererlo, he terminado copiando a la “vieja momia”, como solía llamar a la anciana Cologne. Ahora yo también tengo un bastón, y como me siga encogiendo, también va a terminar siendo más grande que yo. Y no puedo evitar fijarme en que mis venas se marcan muy azules contra mi piel seca, llena de manchas y de antiguas marcas que ya no desaparecerán. Tanto tiempo intentando mantenerme oculto por mi escuela, y ahora hasta mi interior se puede ver a simple vista.

Avanzo. Me dirijo lentamente al salón. Tantos años en esta casa, y aún siento orgullo al ver el edificio. Han pasado tantas cosas… Si no te hubiera contado todas mis historias…

Mi querida mujer no está en casa. Si no, estaría en el salón, en medio de alguna manualidad, como siempre. Siempre tan vivaz, siempre tan activa. Nunca has parado. Creo que te diste cuenta de que tu vida sería así desde el momento en el que te expliqué que era un artista marcial. Es una de las pocas cosas que le puedo agradecer a las artes marciales: tanto entrenar, tanto mantener el cuerpo que nuestra vida se mantiene plena incluso con estas edades. Bueno, gracias a eso y a los potingues que Cologne nos dejó. ¡Menudas son las Nujiezu con eso de envejecer!

En el salón, me siento en el suelo frente a la mesa. Con cuidado, primero agacharse, luego un brazo, después una pierna, luego la otra y finalmente el resto del cuerpo. Para bien o para mal, hace mucho que no soy un artista marcial del mayor calibre. Y el tiempo pasa factura.

Pero, vuelvo a mirar la foto. Eres tú hace más de cincuenta años. Una pamela, un traje de verano y una mirada. Me encanta esa mirada. Como si te hubieras dado cuenta justo en ese instante que, más de cincuenta años después, nos querríamos como el primer día. No sin altibajos, claro, pero como el primer día. Porque recuerdo esa misma mirada de ayer por la tarde, cuando fuimos a visitar a nuestros nietos.

¡Esos pequeños diablos! Los de Tenshi son igual que su padre: testarudos, orgullosos y un poco rebeldes. Pero son buenos, son tan buenos… A veces me sorprende que sean mis nietos. A sus edades yo estaba tan obsesionado. ¡Con lo ridículo que me parece ahora! Es increíble. Así estaba yo, ciego en medio de mis sueños extraños. Y mientras, la vida pasando y yo sin prestarle atención.

Pero bueno, esos pequeños diablos no tendrán que preocuparse por algo así. Son más libres de lo que yo nunca fui, y eso me alegra. Significa que le hemos dado a su padre cosas que yo no tuve. Y eso es lo mejor que podía pensar llegar a hacer.

Dentro de poco estarán aquí. Es mi cumpleaños al fin y al cabo, y sé qué llevan preparando algo varios días. Y aunque estoy seguro de que lo disfrutaré, realmente mi regalo es verlos a todos. Verlos a ellos, a Ranma y su familia, a Zu-Ren, a los de Shampoo… Tras tanto tiempo, tantas peleas y tanta vida, lo que más feliz me hace es ver a mi familia y a mis amigos, y hablar con ellos. Saber de sus vidas.

El timbre acaba de sonar. Creo que oigo la voz de mi mujer llamándome.

Y puede que no pueda correr o que mi corazón ya no lata con tanta fuerza, pero nunca he sido tan feliz como cuando los veo a todos en el umbral de la puerta, agolpándose para verme.

Mi vida ha merecido la pena.

 


Al capítulo anterior. O a una Vida en Momentos Congelados. O al capítulo siguiente.

Autor: Mu-Tzu Saotome

Estudiante y escritor novel, manga aficionado y cazador de bromas al vuelo.

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