El cumpleaños (I)

Ocurre a los 21 años, justos.



El cumpleaños (I)

Se despidió del doctor Tôfû con una reverencia, a la tradición japonesa.

—Venga, venga —respondió el doctor haciendo un gesto para apartar tanta formalidad —. Deja tanta reverencia. ¡Nos vemos mañana! ¡Disfruta de la tarde!

Sonrió, sabiendo que eso calmaría al doctor, y le hizo entender que le haría caso.

De hecho, en vez de tomar su camino habitual para ir a casa de los Tendô-Saotome, se dirigió al centro de la ciudad. Al fin y al cabo, era un día especial. Y aunque no tenía claro qué debía hacer -ni siquiera si debía hacer algo-, se había decidido a, al fin y al cabo, hacer algo especial.

Se guardó la túnica en la mochila con la que acudía todos los días a la consulta de Tôfû, y se quedó sólo con la ropa informal que había comprado según los consejos de Nabiki Tendô. No había sido barata, pero cumplía extraordinariamente bien su deber de hacerle pasar desapercibido por Nerima.

Hablando de Nabiki, aún no tenía claro por qué la hermana mediana había decidido ayudarle. Se lo preguntó directamente, pero sólo consiguió una vaga respuesta sobre favores debidos. Y una sonrisa… Una sonrisa como las peores que podía recordar entre las Nujiezu. Pero, en todo caso, ella le había dirigido hacia el doctor cuando éste había vuelto de su viaje de investigación. Aunque de eso se había enterado más tarde. Simplemente, un día Nabiki le recomendó que buscara un trabajo en la clínica de Tôfû.

—”Creo que allí encontrarás un hueco” —había terminado. Y entonces, la sonrisa.

Eso fue unos meses atrás. Y Nabiki tuvo razón, por supuesto. A Tôfû le resultó como caído del cielo. Tenía una terrible cantidad de datos que procesar de sus viajes de investigación médica, y mantener al día la clínica y avanzar en su investigación habían dejado de ser compatibles. Pero, contratándolo a él a un precio moderado, todo se había arreglado. No iba a ser un trabajo para siempre, pero era bueno para los dos. Él empezó a darle su punto de vista, forjado entre las Nujiezu y la parte más salvaje de China, en alguna de sus teorías médicas, mientras que Tôfû le enseñó las bases de la quiropráctica con satisfactorios resultados.

Y con el sueldo, pagar por alojarse con los Tendô se había vuelto más fácil. Incluso le sobraba algo de dinero. Y ese algo lo había empezado a acumular. No sabía muy bien para qué, pero era algo que le salía de forma natural.

Tan sólo necesitaba acallar esa parte de él que le imploraba que usase el dinero para cogerse un barco de vuelta a China a visitar a su familia.

Y, precisamente para despejarse un poco la mente, se había puesto en marcha hacia el distrito comercial de Nerima. Aunque el tiempo estaba extrañamente moderado para la época del año, no había esperado para nada la acumulación de gente que se encontró por las aceras, yendo y viniendo con una velocidad y una coordinación que le pasmaban.

No estaba acostumbrado a tanta gente junta. Aún. Y le fascinaba, sobre todo, la capacidad de los japoneses de hacer de forma natural ríos de personas que iban a contracorriente y que, sin embargo, no se mezclaban ni se estorbaban de ninguna manera. Y pensar que en la aldea, una mirada era suficiente para detener el curso de los habitantes allí donde ocurriera.

Pero, se dejó de malas nostalgias y sacó un papel del bolsillo. Allí tenía apuntado el nombre de un restaurante que había descubierto en un rato muerto en la clínica. Parecía ser bueno y los precios no eran desmesurados. Ahorrando un poco era fácil permitirse una buena comida allí.

Y eso era exactamente lo que pretendía hacer. Ni regalos, ni celebraciones ni nada por el estilo. Llevaba casi cuatro años cocinando para sí mismo y para otros. Su regalo iba a ser que otros cocinaran para él por una vez.

Tratando de no perderse en la muchedumbre, se encaminó hacia la parte más antigua de Nerima, dejando a los lados neón y cemento. Poco a poco, la muchedumbre de compras fue desapareciendo hasta que, al fin, tan sólo unas pocas personas caminaban por las calles que recorría. Y, al girar una esquina y dejar atrás un enorme edificio, se encontró delante de una construcción que no esperaba ver.

Claramente era el restaurante. En un cartel a la entrada de la tapia que rodeaba los terrenos, el nombre del restaurante en enormes kanjis negros, como escritos a mano, dominaba la vista. Más allá, lo que podía ser una copia perfecta del edificio donde vivían los Tendô se alzaba, incluyendo las tejas azules.

Se quitó las gafas, las limpió, y se las volvió a poner.

La copia seguía allí.

Dejó escapar un suspiro y se encaminó hacia dentro. Se había dado un largo paseo para llegar hasta allí, y no iba a permitir que el aspecto del edificio le dejara sin su comida de cumpleaños. Ganando resolución a cada paso, abrió la puerta y entró.

Por suerte, pues no estaba seguro de que su resolución se hubiera mantenido en caso contrario, la distribución interior era totalmente distinta. La entrada era mucho más amplia, y tras cerrar la puerta, se acercó al escritorio que dominaba la estancia. Una joven, absorta en un ordenador, era la única persona allí.

—Buenas tardes.

—¡Oh! ¡Buenas tardes! —se sintió un poco culpable de no haber carraspeado un poco antes de saludarla, porque pareció descolocada de no haberle escuchado entrar —¡Sí! ¿Dígame? ¿Quería algo?

—Sí —respondió intentando sonar de lo más formal —, quiero comer.

Silencio.

Entonces, ante los extrañado parpadeos de su interlocutora, añadió:

—Aquí.

Más parpadeos.

—Ahora, si pudiera ser.

Por fin, algo más que parpadeos.

—Claro, claro… ¡Pero no hay mesas! —dejó de mirarle y se dedicó a teclear en el ordenador, haciendo sonidos de lo más negativos —No, ¡ni una!

—¿Nada?

—Nada —tecleó un poco más y ladeó un poco la cabeza —. Lo único que queda es una mesa que está reservada.

—Vaya… —no parecía que fuera a poder comer allí.

—¡No me lo creo!

Se dio la vuelta. Reconocía esa voz. Se recolocó las gafas y, efectivamente, ante él, una de las pretendientes de Ranma, Ukyô Kuonji, le observaba con la sorpresa pintada en la cara. Su espátula gigante seguía pegada a su espalda; su traje azul de chef de okonomiyaki seguía plano a la altura de su pecho y su pelo largo seguía libre. La única diferencia que pudo apreciar era el par de centímetros que había crecido desde la última vez que la había visto y un cierto deje mucho más… maduro.

—Hola… —respondió con cautela. Aunque no detectaba ninguna agresividad, no estaba seguro de qué esperar.

—Mousse, ¿no te acuerdas de mí?

—Sí, sí… Es sólo que…

—Ya, no hace falta que digas nada —se acercó a él y se recogió el pelo en un par de moños.

Miró hacia otro lado con una punzada en el corazón. Eran iguales que los que solía hacerse Shampoo.

—¿Y cómo tú por aquí? —siguió ella, inconsciente de su gesto —Había oido que habías vuelto, quién sabe por qué, y que vivías con los Tendô. ¿No estás trabajando para el buen doctor?

—Sí, trabajo con Tôfû ayudándole en la clínica —respondió para cambiar de tema.

—Perdone…

Ambos se giraron hacia la empleada, y ésta miró directa a Ukyô.

—Señorita Kuonji, su mesa está lista.

Entonces se dio cuenta.

—¿Tienes mesa reservada?

—Sí, claro. Vengo aquí muy… —la chef se cortó, como si no hubiera querido decir eso —¿Y tú por qué quieres saberlo? ¿Quieres comer aquí?

—Lo cierto es que sí —y viendo que Ukyô le seguía observando, esperando algo más, y aunque no tenía ganas, se confesó —. Es que es mi cumpleaños y quería ir a comer a algún sitio.

—¿Hoy es tu cumpleaños? —repitió la chef —¿Hoy?

—Sí.

—¿Y por qué no estás con los Tendô?

—No me resultaba… cómodo.

Se le quedó mirando. Y a pesar de la incomodidad que sentía, siendo observado como un bicho, no pudo evitar fijarse en la potencia de la mirada de Ukyô. Parecía como si le estuviera radiografiando. Sintió que necesitaba ponerse su túnica de combate otra vez.

—¡Vale! —exclamó al fin la chef. Se giró hacia la chica, que todo el rato les había observado sin mediar palabra —Naoko, cariño, aquí Mousse me va a acompañar hoy. No hay ningún problema, ¿verdad?

—Por supuesto que no, señorita Ukyô —respondió con una sonrisa.

—Perfecto —se giró hacia él y, ofreciéndole el brazo, le hizo un gesto para que la acompañara.

—Pero…

—No “peros”.

—Pero yo…

—Sin “peros” he dicho.

—Pero tú…

—Ya está bien con los “peros” —fue hasta él, le colocó el brazo entre el suyo, y empezaron a caminar hacia el salón principal.

—Ya somos personas mayores —le dijo en voz baja —. Lo pasado, pasado está. Para mí, eres un viejo amigo que hacía mucho que no veía.

—Vamos a comer algo por tu cumpleaños.

Y no tuvo respuesta, así que fue exactamente lo que hizo.

 


Al capítulo anterior. O a una Vida en Momentos Congelados. O al capítulo siguiente.

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