La tarde

Algunos sueños se ponen en marcha ahogando otros que nunca se expresaron.

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Ocurre exactamente cuando ocurre, a los 21 años y 11 meses de Mousse.



La tarde

—¡Mousse, hay que encargarse de la mesa siete!

—¡Oido cocina!

Tomó una balleta limpia de la cocina y un bote de limpiador, y entre saltos y esquivajes imposibles, recorrió el corto trayecto entre la cocina y la mesa siete. Tomó los platos, limpió la superficie de la mesa con una experiencia que rayaba la maestría, y desanduvo lo andado de una manera aún más espectacular. Con otro giro de muñeca experto, lanzó los platos de tal manera que descendiesen suavemente sobre los que ya había en el fregadero, como si estuvieran hechos de aire en vez de porcelana.

—Buen húmor, ¿eh? —le sonrió Ukyô desde la plancha cuando salió de la cocina para reunirse otra vez con ella.

—¡Cómo no! ¡Todo parece ir a las mil maravillas! ¡Da gusto!

—Me alegro, me alegro —dijo, sonriendo aún más.

Escaneó el restaurante. A pesar de la falta de Konatsu (otra vez enzarzado en alguna de sus cosas de kunoichi), se la estaban apañando perfectamente. Aquel había sido un día bastante ajetreado, pero a última hora de la tarde ya apenas quedaban unos pocos clientes. Ranma había hecho su visita de rigor, y había traído noticias de Akane en forma de carta.

La Tendô y su hermana mayor estaban disfrutando enormemente de la universidad, y al parecer ambas continuaban con buen pie su aventura académica. Akane había dedicado unas cuantas líneas a expresar cuánto echaba de menos estar en casa… y por ende, con Ranma. Y Ukyô… Bueno, se podría decir que había convertido en un arte la acción de no escuchar lo que se oye.

Sin embargo, para él había significado otra cosa. Oír hablar de la universidad le había recordado viejos sueños, viejas aspiraciones que nunca habían llegado a cumplirse. Él ya había nacido medio ciego, pero si perdió la visión casi por completo fue por las noches leyendo a la luz de las velas. ¡Había tanto que aprender! ¡Cuántas partes del mundo que nunca había visto! Tantas culturas, tantas ideas nuevas, tantas cosas explicadas al fin.

Y ahora, mientras vivía en una especie de alquiler con los Tendô, ahorrando algo de dinero cada mes, su sueño estaba al alcance. ¡Podía ir a la universidad, aprender cosas que nunca habría imaginado! La verdad era que ni siquiera sabía que carrera escogería, pero eso le resultaba lo de menos. Sólo con estar allí ya le valía.

—Hey, ¿pensando en algo? —Ukyô le agarró por detrás y empezó a frotarle el cogote con fuerza —¡A ver si te lo puedo sacar a la fuerza!

—¡Eh, eh! —se revolvió zafándose del flojo agarre de su jefa. Hizo aparecer de entre sus mangas una cuerda medianamente resistente y con un experto movimiento de muñeca, la hizo girar alrededor de Ukyô —A lo mejor es mejor que seas tú la que cuente en qué piensa.

Hizo un par de movimientos más y Ukyô estaba atada con los brazos inmovilizados contra el pecho.

—Ya veremos —amenazó al más puro estilo de Osaka. La chef no necesitó removerse como hizo él, sino que simplemente empezó a tensar la cuerda hasta que ésta decidió que el trabajo de retenerla le resultaba demasiado extenuante y decidió que romperse por la mitad era su mejor opción vacacional.

—No deberías usar cuerdas de marca blanca con alguien como yo —continuó Ukyô en un tono burlescamente informativo.

—¿Ah, sí? No sabía que Osaka fuese conocida por la manufacturación de cuerdas —respondió haciéndose el indignado, pero repasando mentalmente todo lo que Ukyô le había contado sobre su ciudad de origen por si acaso se olvidaba de algo.

—No por eso —negó ella, haciendo un gesto como para retirar la respuesta —. Recuerda que uso el estilo de la cocina de okonomiyaki combativa. Yo tengo cosas cómo ¡ésta!

Y de repente, se vio apresado por unos fideos que bien hubieran servido para el primer plato de un gigante. La verdad era que, a pesar del tiempo que habían pasado juntos, nunca se habían dedicado a entrenar juntos. No había mucha razón para ello al fin y al cabo. Los únicos que seguían entrenando eran Ranma y Ryôga.

Intentó escapar de los fideos, pero no tuvo mucha suerte.

—Umm… Tengo que reconocer… —dijo mientras forcejeaba teatralmente —Que estos fideos… están hechos de otra pasta.

Al principio, la chef no reaccionó. Al poco, sin embargo, las comisuras de sus labios empezaron a temblar. Después le siguieron los párpados, e incluso alguna lágrima aventurera se escapó de sus ojos. Finalmente, cuando los temblores se habían convertido en terremotos que recorrían todo su cuerpo, Ukyô explotó, derramando carcajadas por todo el restaurante.

Consiguió cortar los fideos sacando una pequeña hoz de sus ropas y, por un instante, observó a Ukyô luchar contra su propia risa para poder respirar.

Era una sensación increíble. No podía dejar de sonreír cuando veía a alguien en ese estado. Era una especie de nueva afición que había encontrado, una que, sinceramente, le estaba reportando bastante más felicidad bastante más deprisa que las artes marciales.

—¡Eso… ha sido… tan malo! —exclamó entre jadeos Ukyô.

—Extrañamente, casi haces añicos con tu risa ante un chiste malo, así que tiendo a no creerte mucho —respondió haciéndose el serio, dándole nueva vida a la risa de su jefa —. Lo achacaré a la falta de oxígeno en el cerebro.

Quedó otro rato admirando la libertad y la amabilidad de la risa de la chica.

—Gracias —dijo al fin Ukyô cuando se hubo calmado —. Nadie me hace reír así.

—Gracias a ti —respondió realmente solemne. Entonces añadió —. Nunca había conocido a nadie con un sentido del humor más fácil. Estoy casi seguro de que si dijese cosas como “caca, pedo, culo, pis” también te reirías.

Esa vez, ambos se rieron.

Sin pensárselo mucho, abrazó un instante a la chef. Ukyô se lo devolvió tras un momento de sorpresa.

—Bueno, creo que debería empezar a grabar algunas de estas gracias para hacer una cinta y mandártela cuando esté fuera —comentó.

—¿Fuera? —se extrañó Ukyô, con toda la razón del mundo.

—Sí —estaba a punto de revelar la razón por la que llevaba todo el día tan contento, y en ese momento la tontez amenazaba con dejarlo sin la capacidad de habla —. Llevo un tiempo pensando en Akane y Nabiki, que se han ido a la universidad, y hace unas semanas me hice con los papeles para entrar en la misma universidad que ellas…

 


Al capítulo anterior. O a una Vida en Momentos Congelados. O al capítulo siguiente.

Autor: Mu-Tzu Saotome

Estudiante y escritor novel, manga aficionado y cazador de bromas al vuelo.

1 comentario en “La tarde”

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