El comienzo (I)

A veces, las historias más importantes empiezan de las maneras más simples. Y por ello, se convierten en las más bonitas.

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Esto sucede a los 23 años y 1 mes.



El comienzo (I)

Deseaba con todas sus fuerzas que esto le ayudase a empezar el nuevo año con mejor pie que el anterior.

Había decidido llevar la túnica de combate, y ahora se estaba arrepintiendo enormemente. Un sol de justicia hacía que su pelo ardiese y sudase de una manera exagerada. Estaba prácticamente seguro que no tenía nada que ver con el hecho de haber quedado con Kaiko para estudiar.

Pero quería dejar claro desde el principio que no era un chico muy normal. Así luego ella no se sorprendería si algo extraño ocurría a su alrededor. Y con un poco de suerte, no saldría despavorida a las primeras de cambio. Además, hacía mucho que no se había puesto la túnica. Akane y Nabiki habían insistido vigorosamente en que se comprara algo de ropa más usual y la usase al ir a las clases.

Miró el reloj. El de péndulo que se saco de la manga. Aún quedaban cinco minutos hasta la hora acordada. Guardó el aparato antes de que se pusiese a dar las horas. Ya había recibido suficientes miradas extrañadas como para rellenar una vida completa.

—¡Hola! ¿Mousse?

Se dio la vuelta y, efectivamente, ahí estaba la chica. Ligeramente rubia, ligeramente atlética, su andar no tenía nada de ligero. Sin embargo, antes de que pudiera hacer algún gesto de desaprobación, consiguió contenerse.

—No te he visto llegar —comentó invitándola a entrar en el edificio.

—Ya, es que he atravesado la biblioteca. Vivo en la otra dirección —explicó con una sonrisa.

—¡Ah! Deberías habérmelo dicho. Hubiéramos quedado en la otra entrada.

—No pasa nada —respondió agitando una mano —. Bueno, ¿dónde vamos?

La biblioteca de la universidad no era nada del otro mundo para los estándares japoneses. Seguramente, en cualquier otra parte del mundo, hubiera resultado un portento arquitectónico de eficiencia y tecnología. Pero aquí, la mayoría de los estudiantes recorrían sus pasillos sin ni siquiera mirar hacia arriba.

Pero si se miraba, se descubría un edificio de diez pisos abierto de arriba a abajo por el pasillo principal, por el que en ese momento andaba junto a Kaiko. Pasillos laterales cruzaban en distintos sitios en cada altura el abismo central, conectando las dos mitades de la biblioteca como el corpus callosum une los dos hemisferios del cerebro. Todo esto estaba iluminado por un enorme tragaluz que colgaba del centro de la estructura, permitiendo el ahorro de energía por el día.

—Esta misma debería estar bien —su mirada descendió de nuevo hasta Kaiko, que le hacía gestos para que entrara en una sala de estudio con la puerta abierta.

Accedió, encontrando una sala rectangular llena de mesas de todo tipo, desde individuales hasta de docena, la mayoría totalmente vacías. Se sentó en la mesa de dos más cercana que vio, y la chica le siguió al instante.

Entonces, Kaiko empezó a sacar libros de una cartera que ni siquiera se había dado cuenta de que llevaba con ella, hasta que llenó la mitad de la mesa. Un poco abochornado, sacó de entre las mangas un par de fajos de apuntes ni siquiera gruesos, un taco de folios en blanco y un par de bolis.

—¿Cómo…? —comenzó Kaiko con la boca abierta.

—Es una cosa que hago —cortó sin explicar mucho —. Otro día si eso te lo cuento. ¿Empezamos?

—No, no, espera —insistió la chica —. Eso es… ¡increíble! ¿Qué más puedes sacarte de las mangas? ¿Es como magia o algo así?

—No es magia —negó recuperando un orgullo que no había usado en mucho tiempo —. Es entrenamiento. Una escuela de artes marciales. Soy uno de los pocos que aún la practica.

—¿Artes marciales? —los ojos de Kaiko parecían querer salirse de sus órbitas —¿Sabes artes marciales? ¿Has luchado o algo con ellas?

—Deberíamos estudiar —respondió, y su tono algo brusco claramente alcanzó a Kaiko, que se retrajo un tanto.

—Lo siento si he sido grosera en algún momento.

Incómodo con la repentina formalidad, buscó exageradamente entre sus ropas y produjo un lirio de origami, que dejó delante la chica. Ésta casi saltó en su asiento y lo examinó con cuidado desde todos los ángulos.

—Un día quedamos y te enseño si quieres —aventuró, y cuando la sonrisa demasiado excitada de Kaiko le respondió, continuó —. Ahora, sin embargo, a estudiar.

—Sí.


Al capítulo anterior. O a una Vida en Momentos Congelados. O al capítulo siguiente.

Autor: Mu-Tzu Saotome

Estudiante y escritor novel, manga aficionado y cazador de bromas al vuelo.

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