Nadie como tú

Es increíble todo lo que puedes llegar a compartir con una persona que te acompaña durante 25 años.

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Ocurre a los 53 años, en el 25 aniversario de su boda.



Nadie como tú

La excitación y la anticipación amenazaban con hacerle explotar mientras esperaba.

Se movía con una fluidez y un ímpetu que, pensaba, ya no eran suyos. Los sonidos que salían de él, casi los chillidos de un colegial, resultaban impropios de su edad. Pero estaba solo en casa, y los únicos testigos eran las velas, las flores y el tocadiscos.

Le había dejado claro a Tenshi que no le quería en casa esa noche, y su hermana había decidido sospechosamente elegir justo esa semana para tomarse sus vacaciones. Mientras sem¡ montaba en el taxi con las maletas había asegurado que “no quiero tener nada que ver con eso”.

Sin apoyo, Tenshi se había refugiado en casa de su prometida.

El corazón le vibró al pensar en ellos. Y pensar que había criado junto a Kaiko, que eran ellos mismos, pero tan diferentes. No podía estar más agradecido que lo que estaba por sus hijos. Era una sensación maravillosa, eso de estar orgulloso de los hijos.

Pero tenía alguien más de quién estar orgulloso.

Recordaba aquel día, muchos años atrás, que preparó la casa como lo estaba haciendo en ese momento. Las luces, al mínimo; la música, agradable y mágica en el fondo; la cena, apunto de ser emplatada, deliciosa y tan cuidadosamente elegida; las flores, fragantes y vibrantes, en el centro de la mesa preparada. Incluso los pétalos que había dejado indicando el camino de la entrada a la cocina estaban perfectamente colocados.

Y en el bolsillo interior de la chaqueta que llevaba puesta, su primer regalo de Kaiko, lo que había escrito.

El tiempo parecía no fluir mientras esperaba. Pero ya no le hacía desesperar. Había madurado más allá de eso. Por contra, disfrutaba de cada segundo que pasaba, permitiendo que su mente se llenara de recuerdos dulces, tiernos, reconfortantes…

De repente, oyó la cerradura de la puerta principal abrirse, y su corazón se aceleró de inmediato. Al fin había llegado.

—¿Mousse? —le vino la voz con inseguridad.

—Sigue las indicaciones —dijo, y no pudo evitar que se le escapara un gritito de emoción.

Poco a poco, los pasos de Kaiko se fueron acercando y cuando se asomó por el umbral de la puerta, se volvió a enamorar. Sus líneas de expresión denotaban sorpresa y enmarcaban esos ojos verdes que le volvían loco. Su pelo rubio y corto aún se agitaba cuando le vio. Sus labios, mínimamente pintados, resaltaban y atraían toda su atención. No importaba que los conociese bien; era como si no los hubiera probado nunca.

Se permitió el lujo de probarlos, intensamente. Su intensidad fue devuelta con sorpresa al principio, y con aún más pasión al final.

—Feliz aniversario, mi amor —dijo simplemente.

Cenaron entre besos y miradas que sólo dos personas que llevaban veinticinco años juntos podían dedicarse, tan llenas de entendimiento, de pasión.

Cuando terminaron, se cogieron de la mano y fueron a su habitación. Allí les esperaban más velas y más pétalos.

—Quiero darte algo —dijo, mientras ambos se metían en la cama.

—Mientras no te lleve mucho tiempo.

Rieron y se besaron. En sus ojos podía ver el deseo que bullía bajo la piel de su esposa. Pero quería recitarle lo que había escrito. Para él, era necesario para que la noche fuese perfecta, y así se lo comunicó a su Kaiko.

—Adelante —le invitó ésta. Desdoblando la hoja, empezó.

—”Nadie como tú para hacerme reír. Nadie me conoce como tú. Sólo contigo puedo compartir mis ganas de vivir, mis penas, mi todo…”

—”Nadie como tú para pedir perdón —continuó —. Me proteges, me ayudas a avanzar, a evitar el dolor. Tienes la virtud de saber escuchar, de darme tranquilidad. Me das fuerza para mirar a lo que viene, a la oscuridad.”

—”Sólo tú lo comprendes. Sólo tu mirada es suficiente.”

—”Veinticinco años ya. De momentos congelados. Toda una vida.”

—”Y siempre encontraras una manera, harás un plan para hacer realidad todos esos sueños que aún nos quedan por vivir.”

—”Gracias, cariño. Por toda una vida de felicidad.”

Y se calló. Ya no era necesario decir nada más. No necesitaban, a partir de ahí, las palabras para comunicarse. Sus miradas eran más que suficiente.

Y mientras yacían, quemados por el fuego de la pasión que compartían, tantos años y tantos recuerdos los envolvieron, alejándoles del mundo que los rodeaba, escondiéndolos en una crisálida de su propio universo, mezclando el pasado y el presente en el cálido abrazo de un futuro juntos.

Y aunque siempre lo habían sabido, volvieron a descubrir esa noche que nunca nada los volvería a separar.

 


Al capítulo anterior. O a una Vida en Momentos Congelados. O al capítulo siguiente.

Autor: Mu-Tzu Saotome

Estudiante y escritor novel, manga aficionado y cazador de bromas al vuelo.

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