La esperanza debida

Ocurre a los 19 años (su cumpleaños).



La esperanza debida

—¿Estás seguro, Mousse?

—Sí, mamá. No te preocupes.

Desde el umbral de la puerta le hago un gesto a mi madre para que vuelva a casa y no se preocupe. Por su expresión no parece que esté teniendo mucho éxito convenciéndola.

—Pero, ¡es tu cumpleaños! Deberías salir de esa casa, aunque sean unas horas nada más —insiste.

—De verdad, no pasa nada —me resisto. Entonces se me ocurre —. Mira, si eso puedo ir mañana o pasado unas horas. ¿Te parece bien?

El gesto de mi madre es de incredulidad. Pero tras un momento, cede y se conforma. Con eso, me da un beso en la mejilla y se despide. Yo cierro la puerta, y aunque me apena verla ir, también me alegro.

Me apena porque le he dicho que no a la fiesta que me habían preparado mis padres. Y hubiera sido la primera que tuviera en tres años.

Pero, siento que estoy cerca de romper el caparazón de Shampoo. Creo que está a punto de aceptarme como su marido al fin.

Poco a poco, durante ocho meses, me he mantenido manso y callado. Le he hecho la comida todos los días. Me he encargado de la casa y he procurado evitar que tuviese que aguantar lo que nos gritan por el pueblo.

Esto la ha calmado. Ya casi no llora por las noches. A veces ha llegado a sonreír incluso. Cuando me mira ya no hay odio ni fuego ni hielo. Hay, o eso me parece, rutina.

Se está acostumbrando a mí.

Por supuesto, alguna vez me descontrolé. Y ella me recordó mi posición. UN par de semanas en el hospital me dieron una paciencia que nunca antes había tenido. Lo malo fueron los gritos de mi madre. Pero eso también terminó calmándose.

Apenas puedo controlar mi alegría al ponerme manos a la obra. Ella está en casa de su bisabuela, preparando un viaje que van a hacer juntas. Cologne quiere retomar el entrenamiento de Shampoo. Dice que no le va a servir para recuperar honor per se, pero seguir ganando el torneo anual puedo ayudar a comenzar otra vez.

A mí no me parece bien, claro. Puedo ser yo el que termine convirtiéndose en el saco de arena de Shampoo. Pero, no he dicho nada. Ahora ese es mi papel.

De hecho, lo que estoy preparando es precisamente para ese viaje. Y es que he conseguido un par de chuís de acero nuevecitos. Son distintos a los que se dejó… A los que se quedaron en Japón cuando nos fuimos. No quiero despertar recuerdos dolorosos.

La tarde está cayendo, y pronto haré la cena. Parece que los preparativos se alargan, así que dejo los chuís dentro de una caja envuelta por mí mismo encima de la mesa, y empiezo a preparar la cena.

Preparo con esmero la mesa con unas magnolias en un jarrón. Son sus favoritas, y el olor se extiende por la casa como mi buen humor. Tanto es así que no puedo evitar empezar a tararear alguna de las canciones extranjeras que he aprendido escuchando la radio en mis ratos a solas.

Siento que las cosas van a ir bien. Que puedo hacerla sonreír. Que puedo hacer que, por un momento, olvide todo lo malo.

Miro por la ventana varias horas después. La noche se ha quedado clara, llena de estrellas. La actividad de la aldea se ha reducido a los paseos de las guardias. Por un momento, siento como si todo estuviera bien. La anticipación por alegrar a mi mujer me embarga. Siento que pudiera dedicarme a ello hasta morir. Buscar cada día una nueva manera de hacer feliz a Shampoo.

La cena, bambú enharinado con semillas de lirio, también está preparada. Y al fin, el sonido de la puerta principal hace que me gire.

Su rostro muestra la alegría que siempre trae cuando viene de ver a su bisabuela y no se ha encontrado a nadie por el camino. Pero, además, lo acompaña la sorpresa que esperaba ver en ella al percatarse del regalo sobre la mesa.

—¿Huelo…?

—Bambú en semillas de lirio —respondo con una reverencia, y espero a sentarme en la mesa a que ella lo haga.

Con solemnidad, pues no le gusta que haga el payaso, descubro la comida. La mirada que le echa al plato hace que me den ganas de cantar otra vez. Pero no lo hago, claro.

Coge una de las tiras y, quemándose los dedos y la boca, se la come con gusto. Casi parece una niña pequeña cuando termina de tragar y su expresión es de maravilloso placer.

Pero no tiene comparación con el momento en el que desmenuza con ahínco el papel de regalo. De hecho, tengo que hacer esfuerzos para no reír de lo feliz que soy viéndola.

Sus ojos son platos cuando levanta las armas en sus manos. Las da un par de vueltas, probando su peso. Sin aviso, usa la derecha para atacarme. No tengo tiempo de defenderme, y mi sangre se hiela. Y pensaba que todo iba tan bien.

Cuando el chuí impacta, no me duele. De hecho, tan sólo me arruga un poco la nariz.

—¡Te pillé! —exclama, y su risa es contagiosa —¡Menuda cara has puesto! —yo sólo puedo sonreír débilmente.

—Gracias —me dice.

Y siento que algo de esperanza ha vuelto a ella.

 


Al capítulo anterior. O a una Vida en Momentos Congelados. O al capítulo siguiente.

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