Cambios

Nada es eterno, ni siquiera la nostalgia por las cosas queridas. Y poco a poco, se construyen nuevas necesidades, nuevos gustos y nuevos objetivos.

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La carta

Cambios

Era tan bello.

Kasumi Tendô no era capaz de arrancar su mirada de la magnífica puesta de sol que desde la cubierta del Ferry 111 observaban casi todos los pasajeros apoyando los codos como si fueran grandes árboles que hubieran crecido en el borde de un mundo plano. La suave brisa marina que por tanto tiempo había anhelado desde que la aventura en aquellas islas paradisíacas se la hubiera descubierto por primera vez hacía ondular su larga cabellera marrón de una forma a la vez sensual y pacífica. De igual manera se movía el vestido lila con puntos que cubría su cuerpo hasta las rodillas. Por último, sus zapatos de tacón bajo extrañamente inmaculados le daban al conjunto un contraste de colores que le daban un aire de misterio que sólo aumentaba la sensualidad que emanaba de ella.

Mientras tanto, Ranma, que había ido a dar un paseo por el barco para, secretamente, cerciorarse de que no había nadie abordo que pudiera estar remotamente relacionado con ellos, miraba serio la espalda de la mayor de los Tendô. Y es que, la pequeña conversación por el teléfono móvil que Nabiki les había escondido en el equipaje le había inquietado en gran medida. Simplemente, en una voz neutral y utilizando cuantas menos palabras, la hermana mediana Tendô les había comunicado la partida de las amazonas, el rechazo de Shampoo y la reacción, o más bien, la falta de reacción por parte de Mousse y las acciones de Cologne, todo lo cual había dejado pensando a los dos viajeros sobre cuales eran las posibilidades de que se encontraran con las amazonas en su camino de vuelta a casa.

-Bah, eso es imposible.-

-Sí, ciertamente muy difícil, Ranma-kun.-

Había sido lo que se habían dicho justo después de colgar. Y sin embargo, Ranma era incapaz de quitarse una sensación de anticipación que le hacía ver a amazonas de cuerpo voluptuoso y pequeños troles con un bastón dos veces su tamaño por todos lados. Suspirando, se acercó silenciosamente a la aún ignorante Kasumi que seguía quieta disfrutando con todos sus sentidos del corto crucero que el destino parecía haberla regalado.

-¿Qué tal por ahí, Kasumi-chan?-

-¡AH! ¡Me has asustado, tonto!-

-Lo siento, no lo pretendía.-

-Hmm… Tienes que enseñarme a hacer eso.-

-En realidad, no ha tenido misterio ninguno porque estabas demasiado concentrada en la puesta de sol.-

-Que por cierto, gracias. Ha sido todo un detalle que al final aceptaras coger el ferry de la noche, a pesar de que es más lento que el de la mañana.-

-No ha sido nada. Ven, vamos a dar una vuelta por la cubierta.-

Así, cogidos del brazo, Kasumi y Ranma empezaron a andar lentamente por todo el ferry, observando de igual modo al resto de pasajeros y al barco en sí, objeto del cuál ambos coincidieron en su magnificencia y enorme cuidado por el detalle. Todos los pisos, como pudieron observar en su paseo, tenían ese parqué tan inconfundible de los barcos de lujo, además de que no había un lugar en las paredes que no estuviera adornado con algún motivo naval, desde remos de formas varias hasta anclas de diferentes tamaños y materiales. Los botes salvavidas, ordenados con intensa escrupulosidad y tapados con grandes telas de un verde desteñido por el paso del tiempo y los envites del agua salada, colgaban de unos enormes y amenazantes cables de acero, que se volvían invisibles por la noche, cuando la luz de los innumerables farolillos dispersos por el buque como hadas en un bosquecillo guiaban a los pasajeros de sus habitaciones al gran espacio abierto en la proa del barco, donde, con la partida de los últimos rayos de sol, se organizaba una pequeña fiesta con bebidas, aperitivos y música al más puro estilo occidental, mezclándola con lo nacional honrando a alguna divinidad que sólo los marineros conocían.

El recorrido por el ferry les llevó más tiempo de lo que habían previsto, de manera que, cuando volvieron a apoyarse en la barandilla donde su paseo había empezado, la noche era ya cerrada, y la luz de la luna y las estrellas era ya visible a pesar de la iluminación de los farolillos de colores. Su conversación se había mantenido en exclamaciones de asombro al ver éste o aquel instrumento o parte de la decoración que había hecho relucir la ignorancia de la que ambos eran presos en temas de náutica, un tema que, de todos modos, ninguno de los dos se había visto nunca necesitado de aprender.

Mientras los dos observaban la belleza de la luna, un número cada vez mayor de personas comenzaron a correr al otro lado del barco, a babor, haciendo mucho ruido y con obvia prisa. En un primer momento, Ranma y Kasumi los ignoraron, pero cuando les empezaron a llegar gritos de gente histérica, no tuvieron otro remedio que darse la vuelta y dirigirse ellos también a babor, no sin antes dejar escapar un largo suspiro que se perdió entre lo que ya empezaba a ser un griterío demencial. Al acercarse, pudieron empezar a distinguir los gritos de la gente que ya empezaba a huir de la zona.

-¡AAAHHH! ¡Vuela! ¿Te has dado cuenta? ¡Vuela!-

-¿Cómo ha resistido ESO…?-

-¡¿Pero qué es…?!-

-¡Lanza rayos! ¡Todo el mundo, aléjense!-

-¿Pero no es una mujer?-

-¿”Lum”? A mi ese nombre me suena…-

-Es él. Ese maldito chico de Tokio y su novia extraterrestre.-

-¿Ataru Moroboshi? ¡Dios, estamos condenados!-

Entonces, Ranma se acordó. Ataru Moroboshi. Mientras él había estado entrenando con su padre, este Ataru Moroboshi, por lo que luego se había enterado, había tenido que salvarles de una invasión extraterrestre “jugando” con una alien al “corre que te pillo”, algo que le había resultado estúpido a más no poder. De todas maneras, lo había conseguido y, más o menos, se había ganado el cariño de toda la humanidad, uno arriba uno abajo. Sin embargo, unos años después, estando Ranma todavía en su largo viaje de entrenamiento, una nueva competición de corre que te pillo se había celebrado, al parecer por una discusión entre esos dos. Además, unas setas gigantes habían aparecido por toda la Tierra, algo de lo que Ranma se enteró de primera mano, cuando una de ellas creció justo debajo de él, elevándole varias decenas de metros en unos minutos. Lo peor de todo fue que, además, tuvo que ingeniárselas para bajar solo, pues su padre insistió en que viera el viaje hacia el suelo como un método más de entrenamiento.

De todas maneras, unos días después, pudo ver como una bandada de cerdos voladores recorrían el cielo comiéndose las dichosas setas alienígenas y todo volvía a la normalidad. No supo nada más de esa pareja hasta ahora, que estaban en el mismo barco que él y, como le habían dicho que era normal cuando se trataba de ese chico con fama de mujeriego, creando problemas.

Un momento después, las últimas desgraciadas personas que habían tenido la mala suerte de concentrarse en el lugar donde una discusión había empezado entre la extraña pareja abandonaban como podían el lugar. Ahí se le presentaba a Ranma una escena que, de haber sido su vida un poco más normal, le hubiera sorprendido de manera excepcional. Sin embargo, la única reacción de Ranma ante la bizarra imagen no fue nada más que parpadear. Una vez. Pero fuerte.

Una mujer de veintitantos, de pelo largo y ataviada en lo que parecía una versión más extensa de un sujetador y una braga atigradas que dejaban al descubierto sus brazos y sus largas y esbeltas piernas perseguía a un hombre de aproximadamente su misma edad, de estatura media, bastante en forma y con unas expresiones que ponían a todos los sentidos de Ranma en alerta, a pesar de que comprobó desde el primer momento que el hombre no tenía ningún entrenamiento de artes marciales. Y hasta ahí, lo que podía considerarse normal.

Pero es que, todavía había más. Y es que Ranma no pudo evitar que una media sonrisa se formara en sus labios. La hembra, que por lo que dedujo debía ser la extraterrestre de marras, estaba levitando a un par de metros del suelo mientras lanzaba rayos que impactaban una y otra vez en el chico, el cuál corría de un lado a otro esquivando la mayoría de arcos eléctricos, y aguantando de una manera que no era natural los que le impactaban.

Entonces fue cuando la extraterrestre disminuyó su altura hasta que, agarrando por los hombros a su huidiza presa, descargó toda su furia en forma de electricidad, dejando tras unos segundos completamente achicharrado a su objetivo. En circunstancias normales, y tras fijarse en los cuernos cónicos que le salían de los lados a la chica, tal y como a algunos de los demonios con los que se había enfrentado, siendo aquel pequeño y molesto demonio succionador de malos sentimientos el primero en venir a la mente, Ranma, como buen artista marcial y conocedor de sus responsabilidades, habría entrado en acción al ver el castigo que el hombre estaba recibiendo. Sin embargo, un instinto, el mismo que le mantenía vivo en los combates más decisivos, le retuvo a la hora de entrar en la “pelea”, si podía llamarse así, que se desarrollaba ante sus ojos.

No era su instinto de supervivencia. Ni los rayos ni la resistencia antinatural del chico a ellos le inquietaban. Se había enfrentado contra cosas mucho peores, siendo las bolas de fuego de Saffron su referente más cercano. Y sin embargo, no se veía impulsado a entrar en la lucha y defender al chico que ya debía estar almacenando en su cuerpo más voltios que los que produciría una central térmica en un año.

Simplemente, muy en el fondo, Ranma sentía que el chico… se lo merecía.

Los gritos de la extraterrestre ordenando a su “querido” que se comportara sacaron a Ranma de su ensimismamiento, cuya primera reacción fue mirar a su derecha para comprobar que Kasumi estaba ahí con él. Efectivamente, la mayor de los Tendô estaba parada a su lado, con una mano en la boca abierta y los ojos como platos. Al chico de la coleta no le costó imaginarse la razón por la cual su compañera de viaje estaba tan sorprendida: Aunque su aislamiento debido a sus interminables tareas en su propia casa no fue tan absoluto como pudiera parecer desde fuera, Kasumi definitivamente había salido menos de casa que él, ya fuera a pie o vía VAN cortesía de Akane. Y eso había conseguido que, al pasear por los distintos distritos de la gran ciudad que era Tokio, él se hubiera encontrado con cosas… aún más raras que su habitual. Sin embargo, la mayor de los Tendô nunca había tenido que dar esos largos paseos de vuelta a casa, de modo que, ver a gente levitar y aguantar cosas simplemente inhumanas la provocaban gran estupor.

Ranma asintió en silencio, aceptando el hecho de que lo que estaba sucediendo delante de ellos era raro incluso para un vecino de Nerima.

-¡Oh… Realmente hay cosas… interesantes fuera de casa!-

-Tú lo has dicho…-

Sin más comentarios, se dieron la vuelta para marcharse cuando, aparecido de la nada, el chico que había recibido el castigo de la extraterrestre rodeó con un brazo los hombros de Kasumi, poniéndose entre ella y Ranma, el cuál no se esperaba que el supuesto Ataru Moroboshi pudiera moverse tan rápido. A pesar de que las facciones del entrometido denotaban una seriedad absoluta, sus palabras le delataban, según la opinión de Ranma, como el pervertido que era.

-Oye, ¿cuál es tu dirección y número de teléfono, eh?-

-Pe-Pero…-

-Venga, no tengas miedo…-

-Querido… ¿Tengo que recordarte que-

-¡TÚ! Suéltala…-

La voz de Ranma se oyó claramente no sólo por encima del barullo que se estaba montando a su alrededor, sino también por todo el barco, y a más de uno le dio un escalofrío al oírla. Incluso la extraterrestre se cortó a media frase y se le quedó mirando con una mirada que decía: “¿Dónde he oído yo eso antes?”. Por supuesto, el grito atrajo la atención de Ataru, que de nuevo puso una cara tan seria que no parecía suya. Sin embargo, un segundo después estaba al lado de la extraterrestre, agarrándola de la mano y mirándola fijamente a los ojos.

-Lum, ¿cuánto me quieres?-

Con esas cuatro palabras, la extraterrestre comenzó a chisporrotear y una sonrisa se dibujó en su exótico rostro. Al grito de “Te quiero así de mucho”, se echó a los brazos de su “querido” con los ojos cerrados. Sin embargo, cuando levantó los párpados, vio con un poco de preocupación y mucha rabia que, quién estaba entre sus brazos no era su Ataru, sino Ranma, que a duras penas podía mantenerse consciente después de la descarga que había recorrido su cuerpo. Mientras, a un lado, el verdadero Ataru había vuelto a rodear a Kasumi con un brazo y volvía a insistir en que le diese su dirección y número de teléfono.

Con la firme intención de dar a su pervertido particular una lección que jamás olvidara, Lum se dirigió de nuevo levitando a donde su Ataru estaba flirteando con una nueva desconocida que, además, parecía que estaba con su novio de viaje. Pero, una vez más, se vio superada por dicho novio que, en un alarde de fuerza y resistencia, se la adelantó y, con las pocas energías que le quedaban, lanzó un puñetazo a Ataru que impactó perfectamente en su cogote, enviándole varios metros por el aire hasta aterrizar en la cubierta de una manera poco ceremoniosa.

Con un murmullo en el que creyó distinguir un “Ja, así aprenderás”, Ranma se desmayó. Kasumi se acercó a él muy preocupada mientras Lum, levitando a unos metros del suelo, lo miraba todo con el ceño fruncido. Por una parte, no le gustaba que Ataru hubiera recibido ese golpe en la cabeza, pero le gustaba mucho menos que tonteara con otras, así que, encogiéndose de hombros, levitó hasta donde yacía su hombre, desmayado también a causa del golpe.

La mayor de los Tendô, viendo como la mujer se llevaba al molesto hombre inconsciente hacia la parte del barco donde estaban una mitad de las habitaciones, decidió que lo mejor para ellos sería descansar también. Así, echándose a Ranma a la espalda como tiempo atrás había hecho incontables veces con su hermana menor, después de que hubiera estado entrenando en el dojo durante todo el día hasta quedar rendida, sola con sus pensamientos, llorando en silencio por que su madre “se había ido a un sitio del que no se vuelve” y se había olvidado de ella, de esa misma manera, haciendo gala de una resistencia que pocos consideraban que tuviera, recorrió medio barco hasta llegar a la habitación bajo la trémula luz roja, verde y amarilla que iluminaba aquí y allá el todavía reluciente parqué de la cubierta.

Al entrar en su camarote, no sin grandes dificultades por la carga que llevaba, dejó a Ranma en una parte de la cama sin muchos miramientos para ir seguidamente al baño. En parte enfadada y en parte complacida consigo misma por haber sido capaz de llevar a Ranma a cuestas tanto tiempo, salió del baño unos minutos después lavada y cambiada, ataviada en un largo camisón amarillo que la llegaba hasta las espinillas. Con algo de dificultad, metió a Ranma en la cama, sintiéndose demasiado cansada como para sentirse avergonzada por el hecho de que, por fin, iban a dormir en el mismo lecho.

Poco después, ella ya estaba debajo de las sábanas, buscando la posición ideal para que el sueño la alcanzara. Se dio la vuelta y descubrió, para su sorpresa, que estaba apoyándose en Ranma. Se iba a apartar, la oscuridad escondiendo el sonrojo que cubría su cara, cuando oyó a su compañero de cama decir su nombre en susurros ahogados, llamándola como si se estuviera alejando, miedo palpable en su voz. Viendo que esas pesadillas no parecían pasar, y sintiéndose segura por la oscuridad, se acurrucó contra Ranma con la esperanza de ayudarle a pasar una mejor noche.

Pocos minutos después, cuando Kasumi ya se había rendido al cansancio, el chico de la coleta dejó de removerse y de lanzar susurros ahogados para pasar a sonreír como un tonto en sueños, que pasaron a ser de lo más agradables.

Mientras, una sombra vio todo lo ocurrido en la habitación por una pequeña ventana. La sombra, satisfecha, dejó entonces a los dos casi-novios, por fin, solos de verdad.

—————————

El día en el barco empezaba, para los marineros, una hora después de que saliera el sol. Para la mayoría de turistas, esa era una hora arcana de la que no querían tener conocimiento. Sin embargo, en este viaje del 111, unos pasajeros estaban, cuando los marineros comenzaron a salir a cubierta para limpiar los restos de la fiesta nocturna y abrillantar, si era posible, un poco más el suelo, ya levantados y haciendo ejercicio. Además, viendo como uno de ellos, un chico de coleta, saltaba desde la barandilla hasta uno de los cables que sujetaban los botes salvavidas, y de ahí hasta la punta de la única chimenea que en ese momento estaba apagada, para mantener el equilibrio con un solo pie imitando la postura de los flamencos, al ver eso, los marineros decidieron que, por esa vez, la norma que prohibía a los turistas pasear por la cubierta cuando los marinos estuvieran realizando alguna tarea podía hacer un par de excepciones.

Así que, bajo las miradas casuales de algunos trabajadores, Ranma y Kasumi llevaron a cabo sus ejercicios matinales, una amplia variedad de ejercicios para aumentar desde la agilidad hasta el control del cuerpo en el aire. Por su parte, los entrenamientos que tenían que ver con el fortalecimiento del cuerpo siempre los hacían por la tarde, por ser más extenuantes y porque, normalmente, se necesitan algunas ayudas en forma de pesos, como grandes piedras, para cargar o arrastrar.

De esa manera, cuando los pasajeros más madrugadores empezaron a salir de sus camarotes, los dos ex-habitantes de Nerima volvieron a su habitación, ambos con una sonrisa dibujada en el rostro por la sensación de cansancio que su entrenamiento matinal les había causado. Una vez allí, ambos se ducharon, dejando Ranma el primer lugar para Kasumi haciendo gala de una caballerosidad que lentamente había ido despertando desde la boda fallida.

Una vez que ambos se hubieran duchado, se tiraron sobre la enorme cama de matrimonio que habían compartido esa noche, derrotados momentáneamente por el cansancio. El joven artista marcial cerró un momento los ojos, disfrutando de la tranquilidad que le envolvía, sólo para que, al abrirlos de nuevo, se encontrara con los profundamente azules ojos de la mayor de los Tendô a unos centímetros de los suyos. Y, a pesar de la cercanía, no se sintió incómodo, sino que, además, pensó que nunca podría empacharse de esos zafiros incrustados en la figura de un ángel terrenal.

De la nada, el ángel le hizo una pregunta que le sacó de su enfrascamiento.

-Ranma-kun, ¿por qué me elegiste a mí?-

-¿Cómo has dicho, Kasumi-san? No te entiendo.-

-Pues eso, que por qué empezaste a abrirte conmigo, por qué no con tu madre o Akane, ¿eh?-

-Mmm… No lo sé. En realidad, no tenía otra opción.-

-Así que… No había otra opción…-

-Oh, venga, Kasumi… No quería decirlo así…-

-Pero es la verdad…-

-… Mira Kasumi. Es verdad, eso es así. A mi madre… Todavía no tenemos ese tipo de relación. La quiero y la respeto, pero… Simplemente, no creo que sea el fuerte de ninguno de los dos.-

-Heh… Los sentimientos no parecen el fuerte de los Saotome, eso es verdad…-

-Ya. Y con Akane… Tardé mucho tiempo en aceptar lo que sentía por ella. ¿Crees que podría ir un día y decirle “Akane, tenemos que hablar, porque ya no estoy seguro de que lo que supuestamente no hay entre nosotros pueda funcionar”? No sé si alguna vez habría aceptado que mantuvimos esa conversación.-

-Si lo pones así…-

-¿Lo ves, Kasumi?-

-Sí… Todavía… ¿Todavía sientes algo por ella?-

-Sí, digo… ¡No! Agg… No puedo negar que… que me hubiera gustado que funcionara, si algún día hubo algo, pero hoy… hoy eso es historia.-

-¿Historia?-

-¡Exactamente! Puede que te eligiera a ti para hablar por eliminación, por azar o por cualquier medio extraño que quieras, pero de lo que estoy seguro es que no me arrepiento que fueras tú la que resultó pasar todas esas horas en el dojo haciendo alguna tarea menor mientras me escuchabas y, sobre todo, me apoyabas…-

-Ranma…-

-… Y es más, quiero que sepas que te encuentro muy gua-a-a-a-a-a… Gu-a-pa… ¡Bonita!-

En ese momento, una llorosa Kasumi, que había sentido desde rabia hasta resignación durante la conversación, se echó al cuello de un sorprendido Ranma, que sólo atinó a abrazarla de esa manera mecánica, casi robótica que caracterizaba al artista marcial más orgulloso y al mismo tiempo tímido de todo el Japón.

Y es que Kasumi descifró al momento el significado detrás de ese halago, ya que haber convivido durante tanto tiempo con el joven artista marcial la había enseñado que su austeridad de palabras, en parte producida por la falta de vocabulario, era también, de hecho, un rasgo natural del chico. Así que, cuando por fin era capaz de dejar escapar una palabra de halago, significaba el doble que con cualquier otra persona.

Kasumi buscó en ese momento los ojos de Ranma, encontrándolos, hundiéndose en ellos al tiempo que él se hundía en los suyos, el contacto entre sus pieles quemándola y aliviándola de una manera confusa y maravillosa. El momento era perfecto, e incluso la suave luz de la mañana que entraba por la pequeña ventana acompañaba a la escena. Kasumi no dudo un segundo, y comenzó a acercar sus labios a los de Ranma, expectantes, deseables.

Pero, Ranma se apartó. Se deshizo del abrazo de Kasumi y caminó hacia la puerta, dándola la espalda. Apoyó una mano en la puerta, como si necesitara ayuda para mantenerse erguido. Se le veía tiritando y, a pesar de que estaba dándola la espalda, Kasumi supo perfectamente que estaba al borde de las lágrimas. Pero no podía comprender.

La mayor de los Tendô no era capaz de adivinar la razón detrás de la reacción de su artista marcial. ¿Acaso tenía una pinta horrible? No podía ser eso. No es que se hubiese puesto como para ir a un baile, pero se había lavado bien. ¿Acaso no le resultaba atractiva? Pero le acababa de decir que la encontraba guapa. No encontraba respuesta, y por eso estaba empezando a perder la paciencia. Era algo que ambos querían, algo que no le haría daño a nadie, y sin embargo él siempre lo evitaba. Pues bien, Kasumi se estaba cansando.

-Lo siento, Kasumi.-

-¿Sabes que estás actuando como un niño? ¿Cómo el niño que eras cuando llegaste a Nerima?-

-Pero Kasumi… Hasta ahora-

-Sí, ya lo sé. ¡Pero a mi me ha pasado igual, y no me ves alejándome de todo lo que pueda tener un mínimo matiz sexual!-

-¡Ya claro! Pero tú no has tenido a una horda de-de…-

-¡Mira un momento! Antes tú me has dicho que no te importaba como esto había llegado a ocurrir, que solamente el hecho de que haya ocurrido es lo importante. Y ahora yo te digo que, si vas a seguir anclado en el pasado, no vas a conseguir otra cosa que miseria y tristeza. Tienes que dejar eso atrás si quieres que esto siga. Ranma, hasta yo tengo mis límites. Me gustas, me gustas mucho y, en este momento te digo que sería feliz si supiera que voy a pasar el resto de mi vida contigo. Incluso casarnos ha pasado a un segundo plano. Pero si sigues mostrándote tan desinteresado, tendrás que terminar este viaje solo.-

Un torbellino de emociones hizo presa a Ranma. De repente, se veía confrontado a una decisión, a una decisión demasiado parecida a las de su pasado. Pero se dio cuenta de que tenía que romper con el pasado. No podía imaginarse este viaje sin Kasumi, pero tampoco se podía imaginar que pasaran a ser “algo más” tan pronto. Se dio la vuelta para verla ahí, sentada en la esquina de la cama, mirándole, sin enfado ni rabia, pero con una determinación de acero, la viva imagen de su madre, tal y como ella misma se la había descrito. Cerrando los ojos, para, un momento después, suspirar pesadamente y acercarse lentamente a su compañera de viaje.

Poniéndose a la altura de la mujer, la cogió una de sus manos, pequeñas, no tan suaves como las de las muñecas pero más que las suyas, y firmes. Tan firmes o más que las suyas. Y Ranma sintió algo extraño en su pecho. Una sensación de seguridad, algo que pareció llenar un trocito de él que no sabía que tenía incompleto. Sin avisar, abrazó a Kasumi como si fuera su salvavidas, manteniendo su fuerza al mínimo. Y no necesitó pensar más.

Cogió delicadamente el rostro de Kasumi, que todavía estaba sorprendida por el repentino abrazo. Apartó el poco flequillo que el mes sin peluquero la había dado, de ese marrón brillante que casi parecía vivo, y montó la mirada sorprendida de Kasumi con una de amor y deseo. Y lentamente, temblando un poco al principio, pero controlándolo antes de que pudiera romper el encanto, acercó su boca a la de su compañera.

El primer contacto fue trémulo, rápido y casi imaginario. Pero el roce se convirtió en contacto, y sus labios húmedos pudieron por fin sellarse en lo que fue el primer verdadero beso de Ranma Saotome y Kasumi Tendô.

La sensación que les recorrió el cuerpo fue maravillosa, como si al mismo tiempo se les quitara un peso de encima y se sellara un compromiso nunca mencionado. Y unas enormes sonrisas gemelas se formaron en los rostros de los dos ex-vecinos de Nerima.

Porque, por fin, ambos habían dejado atrás las pesadillas.

—————————

Habían pasado unos días desde la partida de las amazonas, y en el dojo Tendô todavía se respiraba el aroma de cambio y melancolía. Ambos provenían, de una manera u otra, del joven de gruesas gafas que se había convertido en otro residente de la ya atestada casa Tendô.

Mousse, el en otro tiempo conocido como perseguidor incansable de la bella Shampoo, había perdido toda su energía. Normalmente se le veía en su habitación o en el tejado de la casa, sus gafas escondidas en algún lugar que nadie sabía, con la mirada perdida en un lugar indescifrable, mientras murmuraba palabras sordas que le daban el aspecto de un vidente demasiado ocupado en ver cosas del más allá como para fijarse en este mundo.

La atmósfera de rechazo, hacia él y hacia los demás, que lo acompañaba era insoportable para casi todos los habitantes del edificio. Pero, por suerte, Nodoka y Nabiki aún no se habían dejado doblegar por la fuerza de ese rechazo.

La primera estaba, a propósito, terminando los últimos detalles de la especie de sorpresa que había preparado para el joven deprimido, sentada mientras rellenaba unos papeles esparcidos por toda la mesa de la cocina.

-Bueno… Y con esto… No deberían quedar mucho…-

Una sonrisa se dejaba entrever en las maduras facciones de la mujer. Tenía además el mismo brillo en los ojos que se le ponía a Ranma cuando decidía algo. Decisión no era la palabra, sino casi una locura por completar la tarea, por batir el reto y hacerlo lo mejor posible.

Paró un momento de escribir, y se quedó mirando un momento el sol que refulgía por la inmaculada ventana de la cocina. No podía evitar preguntarse que estaría haciendo su hijo, y sobretodo, con quién estaría haciéndolo. Pero dejando bromas aparte, la realidad era que tenía todas sus esperanzas puestas en ese viaje.

Ahora, los últimos días que Ranma había pasado entre ellos adquirían un nuevo significado. Donde antes sólo había visto cansancio, ahora veía algo mucho más profundo y doloroso: Desesperanza. Y ahora todo estaba tan claro como el agua. Para ella, Ranma había aguantado de manera encomiable, pero ni su hijo estaba hecho de acero. Al final, las presiones habían sido demasiado. Y aún así… sentía que algo se le escapaba.

Pero el mensaje, por lo menos a ella, la había quedado claro. Era hora de abandonar, de vencer esa parte de ella que la había consumido poco a poco durante estos diez largos años, que la había hecho actuar de una manera que la avergonzaba y la aterrorizara a partes iguales. Da igual todo lo que Genma le hubiera contado al chico con anterioridad, su actitud como madre había sido pésima, hasta tal punto de hacer temer a su propio hijo por su vida.

Y lo peor de todo es que no fue sin razón.

Notó como un pequeño río de lágrimas descendían por su mejilla, amenazando con emborronar los papeles que tanto la había costado rellenar. Se secó las lágrimas con la manga de su kimono y limpió la cara con agua del grifo. No, no volvería a cometer los mismos fallos. Ahora ella había sido retada, y se entrenaría para que cuando volviera su hijo en general, pudiese ver en ella la figura de madre que ella siempre se había considerado, más bien estricta en comportamiento pero comprensiva en los temas realmente importantes.

Y tenía el método perfecto para entrenarse como madre.

-Hey, Nodoka-san, ¿y todos estos papeles?-

Nabiki había entrado en la cocina y había empezado a ojear los papeles, su naturaleza curiosa guiando sus acciones. Nodoka volvió, otra vez, a sonreír de esa manera tan peculiar.

-No son nada… Sólo los papeles REGLAMENTARIOS que hay que rellenar para que entre al Fûrinkan…-

-Ya, ya, vale. Pasando al tema principal… ¿crees que tendrá una nota-

-Un ochenta y dos.-

-Exactamente, no sé cómo vas a-

-Sobre ochenta y cinco.-

—Eso quiere decir…—

—Ochenta y cinco es, más o menos, ciento veinte en nuestro sistema.—

—¿¡Cómo!?—

—Lo que has oído. Puede que las Nujiezu vivan en un pueblo apartado de toda la civilización, pero la educación y el saber no es algo que desprecien. Y sí, antes de que lo preguntes, sus exámenes sí muestran de forma fiable los conocimientos de la persona.-

—Entonces, eso quiere decir…-

—Que Mousse-kun es muy inteligente. Pero…-

—¿Pero?-

—No estaría bien que todos los alumnos del instituto lo supieran. Ya sabes el tipo de bromas que suelen gastar…-

—Te costará cinco mil yenes.-

Al contrario de lo que Nabiki había supuesto, tenía el dinero delante de ella incluso antes de que pudiera abrir la mano para recibirlo. Al mirar a Nodoka con los ojos muy abiertos, vio que su expresión era una mezcla de enfado y pena.

—No te creas que esto va a suceder siempre, jovencita. Es sólo que… esto es muy importante, Nabiki. Hay que ayudarle, hay que sacarle de esa depresión que tiene… Y lo único que se me ha ocurrido es esto. Para ser sinceros, hace mucho que no hago de madre, ¿sabes? Y al parecer me estoy volviendo mayor, y me cuesta idear un simple plan…-

—Nodoka-san… Nodoka, escúchame. Aunque no te lo creas, te entiendo. Mira, por fin me estoy comportando como una hermana mayor con Akane, ¿y sabes qué? Es totalmente diferente a como pensé. He estado pensando, y lo que ha pasado nos ha cambiado a todos, para un lado o para el otro. Sé que lo estás haciendo lo mejor que puedes, y se agradece.-

—No sé que decir…-

—Normalmente, ahora me tendrías que abrazar, aunque con esta ropa-

Nabiki no pudo terminar su consideración porque Nodoka la envolvió en un fiero abrazo muy poco común entre las madres normales japonesas.

Nabiki se encontró pensando que ella no era una madre normal.

Tenía un hijo que se convertía en hija y un marido que en cualquier momento podía ser sedado y puesto en una jaula para su protección como especie protegida, al fin y al cabo.

Pero era sin lugar a dudas una gran madre.

Siempre que no tuviera su katana cerca.

Unos horas después, Nabiki terminaba de arreglar su blusa azul cielo recién comprada mientras se quejaba por lo bajo de madres sobrexcitables y la manía de la gente de abrazar a todo el mundo. Seguidamente, la colgó en su armario, ahora lleno de su ropa, y el buen humor en el que había estado hasta entonces, desapareció.

Por primera vez desde hace varios años, podía ver el fondo del armario. Y eso no le gustaba nada.

No es como si su hermana no fuera a dejarla cualquiera de sus cosas, gracias a su recientemente reencontrada relación hermana mayor-hermana menor, pero el significado de su armario ropero vacío era otra cosa más importante. Representaba de alguna manera todo lo malo o dudoso que había hecho hasta ahora. Coger lo de los demás sin preguntar, hacer cualquier cosa para no gastar un yen, un poco de extorsión (nada ilegal, por supuesto), y la lista continuaba.

Sacudió esos pensamientos de su cabeza, cerró el armario y se decidió por tomar un poco el aire delante del pequeño estanque. Unos minutos más tarde, tras un pequeño desvío por la cocina para restarle un refresco a la nevera, Nabiki, sentada en el porche, perdía su mirada en el sol reflejado en el agua cristalina del estanque. Como no estaba pensando en nada, se dedicó a seguir con la mirada la silueta del pequeño pez que tenía como hogar el estanque.

—Parece tan perdido, ¿verdad?-

La voz de Mousse provenía de justo detrás de ella, y, aunque no se había dado cuenta de que él estaba ahí, no se sintió amenazada, Simplemente, había demasiada melancolía en esa voz como para sentir otra cosa que no fuera más melancolía. El amazona se sentó a su lado sin añadir nada más. Pasó un largo minuto hasta que las palabras de Nabiki, con un tono que igualaba al de Mousse, rompieron el silencio.

—Tal vez… Pero, ¿quién dice que no lo hace por alguna razón?-

De nuevo, el silencio se instaló entre ellos, y ninguno de los dos apartaba la mirada del líquido elemento.

—Aún así, si no sabemos la razón por la que se mueve, siempre nos parecerá que está perdido.-

El sol comenzaba a tornarse anaranjado, y la silueta del koi empezaba a emborronarse y perderse entre las sombras de las rocas que rodeaban el pequeño estanque.

—Y, aún así, aquel que llegara a conocer esas razones vería en las idas y venidas del pequeño pececillo la mano del instinto y la necesidad.-

—Pero si nadie las descubre…-

—¡Pero si uno solo lo hace!-

Angustia y un poco de enfado resonaban en la voz de la joven.

—Nadie lo sabe, Nabiki Tendô, nadie lo sabe…-

—No seas tan egocéntrico, chico. Akane, por ejemplo, sabe lo que se siente. Y yo… también.-

Mousse pensó sobre esas palabras y, aunque no quería admitirlo, vio que seguramente eran ciertas, aunque una duda le asaltó.

—¿Tú?-

Las tinieblas lo ocupaban casi todo, cubriendo la expresión de Nabiki y guardándola para ella misma.

—Sí… ¡Pero ese no es el tema aquí!-

La ferocidad de esa frase incomodó a Mousse, que al instante supo que había abierto una vieja herida. Sin embargo, el tono suave y casi suplicante que vino después le sorprendió aún más.

—Mousse… Hazme un favor, maldita sea, y sal adelante. Estoy segura de que a los que les importas te lo agradecerían.—

—Ése es el problema, Nabiki Tendô: no le importo a nadie.-

—Tonto… Le importas a muchos… Cada uno a su manera, pero les importas…-

—¿Seguro?-

—Cien por cien.-

Finalmente, el último trocito del orbe anaranjado desapareció, dejando paso al fantástico espectáculo de infinitas y titilantes estrellas sobre el fondo aterciopelado. Con expresión confusa, como tratando de discernir un hecho especialmente rebuscado, Mousse se acercó al pequeño estanque.

—¡Eh! Te vas a caer.-

Mousse se dio la vuelta para ver que Nabiki había desaparecido y su sitio lo había ocupado la impetuosa menor de los Tendô. El amazona no pudo evitar que una media sonrisa melancólica se formara en sus labios.

—Nunca se lo he dicho a nadie, pero, al volar en mi forma de pato, con el viento en mis alas y cuando las personas no son más que puntos de colores, entonces siento que verdaderamente puedo pensar con claridad.-

—¡Oh! Bonito…-

—Eh… Gracias por alojarme, Akane Ten… Akane.-

—No hay de que.-

—Hasta luego.-

Así, el chico se introdujo en el pequeño estanque, activando la maldición. En cuanto se deshizo de las ropas y las sacó del agua, echó a volar, sin lanzar un graznido durante todo el proceso.

Mientras tanto, Nabiki, desde su habitación, vio por la ventana como un pato blanco como la nieve remontaba el vuelo desde el jardín, para perderle cuando se colocó delante de la Luna. Suspiró y, un momento después, se tumbó en su cama, su vista fija en el techo, sus pensamientos dirigiéndose al pasado.

—————————

Tan sólo habían pasado unos minutos desde que los dos jóvenes habían compartido su primer beso, y Ranma y Kasumi salían de su habitación al aire fresco de la mañana. Un viandante cualquiera podría pasar por alto el enorme cambio que las dos personas habían sufrido. No se habría dado cuenta de nada porque, en general, no había ninguna característica importante que mostrara tal cambio. Un observador sagaz, sin embargo, hubiera visto un signo inmediatamente.

Ranma y Kasumi iban, por fin, cogidos de la mano.

Pero, la despreocupación no le duró mucha a la pareja pues, cuando no habían dado ni unos pasos en dirección al comedor, se toparon con la pareja de la noche anterior. Ranma, aún sin soltar a Kasumi, pasó a una posición defensiva al ver a Ataru, el cuál hizo lo mismo, aunque de una manera mucho más disimulada.

Durante la comida, ambos hombres se echaron miradas amenazantes, aunque la presencia de las chicas impidió que el comedor se convirtiera en un caos. Sin embargo, todo cambió cuando bebieron, de un trago, sus respectivas bebidas. Cuando dejaron sus vasos en la mesa, ya no tenían esa expresión de desconfianza y enemistad que hasta entonces había sido una constante desde que se encontraran en la cubierta. No, su expresión había cambiado por completo, y ahora mostraba unas sonrisas tontas y unos ojos desenfocados.

-¡Oh! ¿Lum, qué les pasa?-

-No es nada Kasumi; sólo una vieja receta familiar. Ya sabes, para cuando se juntan todos los hombres de la familia.-

Kasumi volvió a mirar las caras de Ranma y Ataru y tan sólo pudo decir una cosa.

-Potente…-

-Sí, ¿verdad? Es lo que tuve que utilizar cuando ‘darling’ y yo durmimos jun-Ooops!-

-Ahí va…-

Lum y Kasumi se dieron la vuelta para ver a una joven que no podía contar más de veinticinco años, de altura media, con el pelo del mismo color que el de Kasumi, recogido además de la misma manera que ella lo solía llevar, es decir, en una cola de caballo lateral, luciendo un conjunto de camisa naranja y minifalda verde que realzaba sus atributos naturales. Además, unas minúsculas gafas colgadas de su nariz le daban un toque de inteligencia, mientras que la mirada perdida y la pausada voz de las que era dueña tintaban esa visión con inocencia.

-Lo siento, pero no he podido evitar oír vuestra conversación.-

-No pasa nada. En realidad, es culpa nuestra, por hablar de estas cosas en público.-

-No… Ya… Ya me da lo mismo. Mientras no se lo digas a ‘darling’…-

-Ahí va, así que no se lo has dicho.-

-No, no creo que se lo tomara muy bien.-

-Pero…-

-Hey, tú lo que pasa es que quieres un poco, ¿no?-

-¡Ahí va! Pues no sé…-

Mientras las tres mujeres se embarcaron en crear una lista de los momentos idóneos cuando se podía añadir la pócima familiar de Lum en la bebida del chico amado por la recién llegada, los dos chicos, calmados y, aún más importante, bastante desinhibidos y sin nada que hacer, comenzaron a hablar, siendo Ataru quién empezara la conversación.

-Mírala, ahí está. Seguro que maquinando algo nuevo para rebajarme a decir que… la quiero.-

-Sí… Sé lo que es eso. Cuando un escalofrío te recorre la espalda sólo con su presencia.-

-Sí… Y luego, si no le sale bien, librando su frustración sobre mí.-

-¡Y encima, no digas nada!-

-¡Cómo si fuéramos su saco de arena personal!-

-Ah… La vida puede ser muy injusta a veces…-

-Tú lo has dicho.-

-Hey, tío. No pensaba que tú pudieras conocer todo eso. ¿Cuánto tiempo…?-

-No lo sé, he perdido la cuenta. Diez o doce, no sé.-

-Guau… Sí, te has ganado parte de mi respeto.-

-Gracias. ¿Tú cuanto?-

-Oh, yo por suerte no lo voy a tener que aguantar más, o eso espero. Pero antes, dos años de eso, pero desde varias fuentes.-

-Umm… ¿Cuántas?-

-Sin contar a Ucchan, tres.-

-Vale, tú también te has ganado mi respeto.-

-Gracias. Y oye, ¿cómo haces para sobrevivir a los rayos que te lanza?-

-No es nada. Sólo que me he acostumbrado.-

-Ya me imagino. Como yo y mi cabeza, entonces.-

-¿Eh?-

-Sí, mira.-

Y sin mediar más palabra, el ebrio muchacho atravesó con su cabeza y al parecer sin demasiado esfuerzo, el plato, la mesa y la pata que había debajo como si fueran de mantequilla, dejando en los tres objetos la forma de su cabeza, pelo y todo. Como cabría esperar, mucha de la gente que les acompañaba en la mesa tomó ese momento para huir, en parte horrorizados y en parte fascinados por el poder de destrucción que sólo la cabeza de aquel chico de coleta podía provocar. Sin embargo, Ataru solamente alzó una ceja en un gesto muy poco común en él al observar el pequeño destrozo (para sus estándares) y al chico que los había causado enderezándose para encararle.

-A esto me refería. Un par de años de “La maza infernal”, y esto es lo que consigues. Bueno, esto, y una migraña continua, aunque no la suelo prestar atención.-

-Ya… eso es lo que no me cuadraba.-

-¿A qué te refieres?-

-No, nada. Que me parecía raro que todo fueran beneficios y no hubiera ningún… efecto secundario. Yo por ejemplo, con tantas descargas tengo un no sé qué con los electrolitos, o algo así. Debo llevar una dieta y tal, aunque si no encuentro trabajo, siempre me puedo hacer hueco en mantenimiento de redes eléctricas. La verdad es que a veces es útil.-

-Sí, eso parece…-

-Um… tal vez a ti te vendría bien. Con eso de ser artista marcial y todo eso…-

Mientras Ranma meditaba sobre la posibilidad de la invulnerabilidad a la electricidad, Kasumi y Lum, habiendo despedido unos minutos antes a la mujer de diminutas gafas, se volvieron para asegurarse de que sus “hombres” seguían comportándose suficientemente civilizados. Ranma, empujado por el brebaje familiar de Lum, le dedicó a su ex-ama de casa una sonrisa medio ebria, medio, y a Kasumi le dio un vuelco el corazón ante esa parte, lujuriosa.

Pero, justo en el instante en el que la joven apartó su mirada con un sonrojo tintando sus delicados pómulos, un rayo, en la lejanía del horizonte, atravesó la figura de la chica, sorprendiendo a Ranma, y asustándolo hasta sus entrañas, que por un momento parecieron querer salírseles como si su interior quemara. Recordó entonces el chico aquel episodio de extraño poderío, cuando Kasumi había demostrado algún tipo de unión con alguna fuerza natural y bestial, de lo que ella no recordaba nada y que él había evitado recordarla por miedo a que se repitiera y pudiera dañarla de alguna manera.

-Sí… Yo también necesito esa resistencia a la electricidad.-

-¿De-de verdad? ¿Lo dices en serio, Ranma?-

-Sí, Ataru.-

-Pero… no va a ser nada agradable.-

Curiosamente, a pesar de que era media mañana, y la conversación conservaba todo el fulgor que había tenido desde que comenzara, los bostezos y los párpados cayendo como si fueran de plomo hicieron acto de presencia paulatinamente. Con una sonrisa en los labios, y descansando su cabeza en sus brazos apoyados sobre la mesa que le quedaba, y siendo imitado por Ataru, Ranma respondió con la voz segura y un deje de humor amargo extraño en él.

-Bueno, como decía mi padre: “El camino de un artista marcial está cargado con sufrimiento.”-

-¡Oh! ¿Acaso murió tu padre?-

-Peor, aún está vivo.-

Y ambos sucumbieron al sueño inducido por el bebedizo de Lum.

Tras un tiempo, que Ranma dedujo fueron horas, pues un tono carmín teñía el cielo, el joven artista marcial consiguió despertarse, aún así soñoliento, para descubrir que recordaba vívidamente la conversación que había tenido con el chico de Tomobiki y que tenía un dolor de cabeza sólo comparable al que producirían cien puñetazos de Ryôga en el cráneo. Mientras trataba de enderezarse sobre la mesa, sintió como Ataru recuperaba también la conciencia y, al parecer, también sentía los estragos de la bebida sobre su cerebro. Un pinchazo especialmente fuerte amenazó con partir la cabeza de Ranma en dos.

—¡Ay…!—

—Tú lo has dicho, Ranma. —

—Au… es mi primera resaca, y ya sé que no quiero ninguna más…—

—Pues para mí no es la primera, y sin embargo, me duele como el primer día. No lo entiendo…—

—Con esto no funciona el repetirlo una y otra vez hasta acostumbrarse, ¿eh?—

—No…—

Ambos se volvieron para ver a sus chicas, que les esperaban pacientemente unos sitios a la derecha, mirándolos como a un par de niños pequeños, con una mirada de infinita paciencia y ternura.

—A lo mejor, Ranma, no hayamos quedado tan mal…—

—Tal vez, Ataru, tal vez…—

En aquel instante, los dos chicos se dieron cuenta de que lo que habían tomado por el cielo carmesí del atardecer no era sino una tela que había sido colocada encima de la mesa donde habían comido, que filtraba la luz del sol y la teñía de naranja y daba a la mesa la luz típica del ocaso. Se levantaron pues y, con paso todavía tembloroso, se acercaron hasta la barandilla del barco. Descubrieron entonces asombrados que el sol apenas se había movido desde que habían caído presos de la inconsciencia.

—Síp, sólo os habéis estado dormidos unos diez minutos, ¿a qué si, Kasumi-chan?—

—Sí… Ranma, ¿estás bien? Te veo un poco…—

Pero Kasumi no dijo como le veía porque él se dio la vuelta y lanzo por la borda gran parte de lo que había comido. Ni siquiera su estómago endurecido por… las pruebas que había tenido que pasar fue capaz de mantener toda la comida que había engullido después de tomarse el bebedizo de Lum. Cuando terminó de lanzar alimento para los peces al mar, se hizo una promesa que, no obstante, gritó a los cuatro vientos, hasta que su cabeza le recordó que no estaba para gritos, y se limitó a decirla en voz normal mientras apretaba fuertemente su puño.

—¡No vuelvo a beber nunca!—

En aquel preciso instante, para eterna tortura y dolor de Ataru y Ranma, la estruendosa bocina del barco vino a la vida, anunciando la próxima llegada al destino fijado. De esa manera las dos parejas se separaron y se dirigieron a sus camarotes, no sin antes acordar un lugar donde verse antes del desembarco.

Cuando Ranma y Kasumi se adentraron en el camarote que hasta unas horas compartirían, se llevaron la sorpresa de su vida al ver una pequeña y arrugada figura de pie sobre la cama.

—¡Cologne!— —¡Vieja!—

WHACK. La anciana amazona se sentó en la cama después de intentar enseñarle modales a Ranma por centésima vez y les hizo un gesto para que se sentaran junto a ella. Un momento después, la pareja, que inconscientemente, y discretamente también, se habían tomado de la mano, acribillaban a preguntas a la pequeña, pero poderosa, amazona.

—Cologne-san, ¿cómo está usted?—

—Hey, vieja, ¿qué haces aquí?—

—¿Ha venido sola?—

—Como estés tramando algo, te—

—WHACK. Muestra un poco de respeto hacia tus mayores.—

Con aquello, ambos jóvenes se calmaron un tanto, dejando de hacer preguntas y limitándose a observar a la anciana Amazona que había aparecido en su camarote.

—Para que lo sepáis, no viajo sola. Shampoo viene conmigo.—

Ranma emitió un ligero gruñido de desesperación, pero Kasumi le apretó suavemente la mano con la que la tenía agarrada y le dedicó una sonrisa tranquilizadora.

—Esto segura de que todo irá bien.—

—Ojalá tengas razón, Kasumi. Ojalá.—

El intercambio no pasó desapercibido para Cologne, que vio sus sospechas confirmadas. El joven había construido una relación con Kasumi Tendô justo delante de las narices de todos, y ellos habían sido demasiado ciegos como para darse cuenta.

Y ahora, se encontraba delante de un nuevo dilema. Sus leyes eran estrictas, y no porque Ranma hubiera encontrado un verdadero amor o Kasumi la cayera bien iban a dejar de traerle al pueblo Nujiezu y hacer que se casara formalmente con Shampoo.

—El beso, de hecho, es como un “anillo de compromiso”, fuerte, pero anulable en algunas ocasiones especiales.—

Pensó la Matriarca para sí mientras los dos jóvenes la veían cavilar en silencio.

Autor: Mu-Tzu Saotome

Estudiante y escritor novel, manga aficionado y cazador de bromas al vuelo.

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