Aceptación

Un conjunto de capítulos en los que Ranma y Kasumi avanzan, no sin dificultades, y los que se quedaron en Nerima ponen en marcha, una vez más, sus propias vidas.

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La carta

Aceptación

El dojo Tendô era un hervidero de actividad. O, siendo más específicos, un caldo de cultivo para un conflicto que bien podría considerarse como la Tercera Guerra Mundial. En esos momentos, las cosas todavía estaban bajo control, pero podría ser que eso no durara. Los gritos que nacían en la sala de estar de la casa huían despavoridos para salir a las calles que rodeaban el edificio.

-¡He dicho qué no y es qué no!-

-Pero… Nabiki, soy tu-

-¡No me vengas ahora con esas! Ni se te ocurra…-

-Nabiki-chan, yo creo-

-Lo siento, Nodoka-san, no hay nada más que decir.-

-Pero-

-¡Pero nada, Ojisan!-

Y Nabiki subió pisando fuerte a su habitación. Decir que estaba cansada de esas discusiones como la que acababa de tener no hacía justicia a lo que realmente sentía. Estaba tan cansada, tan harta, que incluso un par de veces se había planteado llamar a ese par y unirse a ellos.

Pero, siempre desechaba ese pensamiento con la misma rapidez que se formaba meneando la cabeza, como tratando de sacudirse algo que se le hubiera quedado enganchado al pelo. Prefería dejar que, por una vez, fuese su hermana la que tuviera el papel principal en la función. Por último, siempre añadía mentalmente que la idea de hacer de aguantavelas entre esos dos tortolitos no la atraía para nada, mientras mostraba al mundo una sonrisa predadora.

En aquel mismo instante, esa sonrisa predadora estaba firmemente plantada en su cara cuando una de las conversaciones que menos quería tener se presentó en la puerta de su habitación como salida de la nada. Allí, en el umbral, estaba su hermana menor, Akane, con una mirada que gritaba a los cuatro vientos una sola palabra: “Deprimida”. Preguntándose si esta vez sería capaz de controlar su naturaleza ácida y sarcástica, Nabiki respondió la pregunta no formulada.

-Sí, Imoto-chan, puedes entrar.-

-Eh… Sí.-

-Vamos, siéntate en la cama.-

-Sí.-

-¡Estamos hoy habladora!-

-No… No mucho.-

-Ya veo… ¿No tendrá nada que ver con la desaparición de cierto artista marcial, no?-

-¿Qué? ¿Yo? No… Esto, ¿qué me importa a mí…?-

-Sí, ya. Claro. Supongo que el bueno de Ryôga te estará haciendo buena compañía.-

-No… No, él no ha venido-

-Pero P-chan sí que está, ¿verdad?-

-Sí, bueno. Pero, ¿qué tiene que ver…?-

-No, nada, por supuesto. Entonces, claro que no te importa que Ranma se haya marchado…-

-No, digo sí. No, Nabiki. Algo, no lo sé.-

-Pero bien que me gritaste al principio, Imoto-chan.-

-Yo… Fue el momento. Quiero decir, que en realidad-

-Ya, sí. Que no te importa, vamos.-

-¡Sí que me importa! Pero, pero… no de esa manera. Agh…-

-Sí, “Agh” lo resume todo. Esa manera tuya de no decidir sobre nada fue la que echó a Ranma.-

-¿Cómo?-

-Oh, ¿te sorprendes? Hombre, la manera en que lo tratabas además…-

-¿Qué pasa con-

-No, nada. Sólo que hubieras matado a un hombre normal.-

-¿Qué, qué dices…?-

– Oh, fue un simple cálculo. Un poco de física, un libro de comparaciones que encontré en la biblioteca, una calculadora… ¡et voilá! Y aún sobraba fuerza como para romper un bloque de cemento de veinte centímetros de grosor.-

-Pero él… Él era un artista marcial, podía soportarlo.-

-Por esa misma regla, tú también puedes soportarlo, pero nadie lo prueba contigo. Además, ¿qué artista marcial le hace eso a otro un día sí y otro también?-

-Pero yo… No lo hacía todos los días. Ya casi no lo hacía…-

-De acuerdo. Ya casi no lo hacías. Te controlabas algo más. E incluso puede que no tuvieran esa fuerza…-

-Eso. Ya sólo… No eran tan fuertes…-

-Vale. Pero lo importante es la razón. ¿Por qué le dabas?-

-Eh… Siempre, siempre era por alguna razón…-

-Sí, ¿pero cuál?-

-No sé… una buena razón…-

-¿CUÁL?-

-¡Porque me insultaba o hacía cosas pervertidas!-

-¿Sí? ¿Era por eso? ¿O porque no confiabas en él?-

-Yo… Yo no… Sí que-

-¡Ja! ¿Confiabas en él en qué? ¿En que te salvaría cuando te secuestraban? ¿En que haría lo correcto? Ahí yo también confiaría en él. Eso no es nada especial.-

-Pero…-

-¿Sabes cuando tenías que confiar en él? No, no lo sabes. Pues mira, te lo voy a decir. Y gratis, además…-

-¿Y… Y bien?-

-Siempre. Si realmente confiaras en él, primero escucharías su versión. Nada de hacer a conclusiones que salen de la nada. Nada de dar más crédito a lo que dice su máximo rival.-

-Pero… Pero, eso suena a cegarse, a creer ciegamente…-

-Ni mucho menos. Si está equivocado, se lo haces saber. Si te miente, le haces comprender que no debería haberlo hecho. Pero, si lo que se hace es tomar la premisa de “pervertido hasta que se demuestre lo contrario”…-

-Pero… ¡Se convierte en mujer!-

-¡Anda! Y Shampoo, en gata. Y Mousse en pato. ¡Y Saotome-Ojisama en panda, por dios! ¿Y dejan alguno de ellos de ser quiénes son? ¿Dejan de comportarse como siempre?-

-Pero… Pero-

-No más “peros”, Imoto-chan. ¿Te das cuenta por fin? Desconfianza. Ésa es la palabra clave. Ahora, ve a llorar a tu habitación al darte cuenta de lo que has perdido.-

-¿Por… Por qué dices “lo que has perdido”? Todavía puedo ir a buscarle. Él todavía…-

-¿Ah, sí? No lo creo. Recuerda que Kasumi ya ha ido en su búsqueda.-

-¿Y?-

-¡En esta casa todo el mundo parece estar alelado! Jo…-

-¿Qué?-

-Nada. Ahora vete.-

Y, tras unos minutos de indecisión, con las lágrimas balanceándose en el borde de sus preciosos ojos marrones, Akane se levantó y corrió a su habitación, cerrando sin miramientos la puerta de su habitación, tirándose en su cama para lanzarse a un llanto silencioso, empapando su almohada de grandes lágrimas, cada una haciéndola recordar cada uno de los buenos momentos que pasó con el artista marcial llamado Ranma Saotome.

-Y esta vez, no tienes a Kasumi para que te consuele. Ah… Menuda manera de crecer.-

Después de soltar ese pensamiento al aire, Nabiki respiró profundamente, se levantó de la silla, y se dirigió despacio a su puerta. Allí, escrito con la pulcra caligrafía de Kasumi, estaba su nombre pintado sobre el patito amarillo de madera que tiempo atrás había empezado su madre. Cerró dando un portazo y luego se desparramó en la cama, sin ganas ya de seguir las cuentas que estaba haciendo.

Definitivamente odiaba esas conversaciones con su hermana menor.

Hasta ella se ponía de mal humor.

—————————

Habían pasado unas semanas desde aquella terrible noche en la que Kasumi fue atacada por un par de indeseables, y la luz del sol de la tarde se reflejaba de una bella manera en las pequeñas gotas de sudor que corrían por la frente de Kasumi Tendô, en ese momento ataviada con una ropa que jamás creyó volvería a utilizar, y que empaquetó pensando sin muchos remordimientos que sería pasto para trapos o remiendos.

Pero, a pesar de los años, el gi le quedaba como anillo al dedo.

A pesar de estar tan cansada que se tenía que apoyar en sus piernas para mantenerse de pie, una bonita sonrisa consiguió formarse en sus labios. Había conseguido romper los bloques de cemento que Ranma le había preparado sin dificultad, y luego había conseguido aguantar toda la serie de estiramientos y ejercicios que el chico de la coleta la había hecho hacer. Así que, Kasumi sentía que lo había hecho bastante bien.

Pero, eso no era lo que pensaba Ranma. Lo que para Kasumi habían sido una extenuante serie de ejercicios, para el joven artista marcial no eran sino un calentamiento, y ver que a Kasumi ya le costaba respirar hizo crecer en Ranma las dudas sobre si ella sería capaz de aprender cualquier cosa.

-Kasumi… esto…-

En ese momento, la mayor de los Tendô se enderezó, de manera que sus miradas volvieron a encontrarse. Y Ranma pudo ver que los ojos de Kasumi brillaban con esperanza, lo que consiguió que la determinación de Ranma se desinflara como un globo.

-Eh… No nada, que… Que muy bien, que lo estás haciendo muy bien…-

-¿De verdad, Ranma-kun?-

-Sí, sí, por supuesto… Muy bien, eso, muy bien…-

Antes de darse cuenta, Ranma estaba atrapado en un fiero abrazo que le recordaba vagamente a aquellos que recibía de una cierta amazona. Pero lo que realmente creó en él ese abrazo no fue melancolía, sino un terrible sentimiento de culpa y remordimientos que le urgían a romper esa unión. Sin embargo, la calidez y la sorprendente seguridad en el abrazo acallaron los remordimientos del joven de la coleta, consiguiendo que pasara varios minutos perdido en el cuerpo de aquella que había prometido, poco antes de partir, seguirle hasta el fin del mundo si hacía falta, siempre que Akane no recapacitara con el plan que habían ideado.

Por fin, después de lo que pareció una eternidad para la conciencia de Ranma, Kasumi aflojó el agarre hasta que al fin se separaron. Una mirada y un sonrojo después, ambos se dedicaron a recoger los desperdicios de los bloques rotos y otras cosas que habían utilizado en la primera clase de Kasumi de AD, nombre que ambos habían acordado darle.

Unos días después, ambos jóvenes caminaban al borde de lo que parecía el bosque de Mirai, según el mapa que habían comprado en la última ciudad por la que habían pasado. Estaban relajados, bañados por la luz del sol de mediodía, decidiendo por donde entrar al bosque mientras hablaban sobre un tema que había empezado a preocupar al chico de la coleta.

-Pero Kasumi, te digo que esto es algo muy raro.-

-Mira, yo diría que no le busques tres pies al gato y disfrutes del descanso.-

-Pero… No sé. Tanto tiempo sin cambiar… Es presagio de algo malo, ¡lo sé!-

-Empiezas a hablar como un abuelo con heridas de guerra, Ranma-kun.-

-Ja y ja otra vez. Muy graciosa…-

No terminó la frase porque, como si fuesen a cámara rápida, unas nubes negruzcas empezaron a aparecer en el horizonte, dirigiéndose a gran velocidad a la posición que ocupaban Ranma y Kasumi, tapando con ello el benevolente sol que hasta entonces les había acompañado. Asintiendo en señal de aceptación y comprensión, Ranma se paró donde estaba y alzó la vista a las nubes que ya tenía encima.

-¡Eh, para hacerlo más gracioso, ¿por qué no concentras más las nubes?!-

Le gritó con todas sus fuerzas al cielo.

Resulta que, las nubes le hicieron caso, y moviéndose como si estuvieran siendo absorbidas por un enorme agujero en el cielo, se arremolinaron justo encima del todavía chico de la coleta. Ambos jóvenes no podían creerse lo que acababa de suceder. Sin embargo, como habían visto cosas más raras, decidieron dejar la sorpresa para otro día y seguir con lo suyo.

Sin embargo, no todas las nubes se concentraron sobre Ranma, y unas renegadas comenzaron al mismo tiempo que las concentradas, a descargar agua y rayos violentamente. Preocupado por Kasumi, la entonces pequeña pelirroja ordenó a Kasumi que buscara refugio. Mirando a ambos lados, localizó a unos centenares de metros al Este un pequeño edificio. Al acercarse corriendo, perseguida por el pequeño cúmulo de nubes renegado, descubrió que el edificio tenía un pararrayos, lo que alegró en gran medida a la mayor de los Tendô.

-¡Ranma, ven aquí!-

La joven se dio la vuelta y vio a lo lejos a Kasumi cerca de un edificio llamándola con las manos y señalando algo en el tejado de lo que parecía un pequeño almacén. Antes de que pudiese dar un paso en su dirección, la luz cegadora de un rayo atravesó su campo de visión, cayendo justo en el pararrayos del almacén.

Pero, al dejar de cubrirse los ojos de la intensa luz, Kasumi estaba envuelta en lo que parecían arcos eléctricos que salían del suelo. Además, acercándose más, su pelo estaba azotado por un viento inexistente y flotaba a unos centímetros del suelo. Sus ojos estaban vueltos y su expresión era de trance absoluto.

-¡Ka-Kasumi-chan…!-

Ranma todavía estaba a casi cincuenta metros, pero al dar un paso hacía ella, los arcos desaparecieron y Kasumi salió despedida hacia el edificio, derribando una pared y siendo sepultada por los restos de esa misma pared. La joven artista marcial se disponía a correr para socorrer a Kasumi cuando su sexto sentido la detuvo.

-Algo se acerca.-

Murmuró para sí mientras se alejaba más y más del edificio donde Kasumi yacía inconsciente y sepultada. Rezando a todos los dioses de los que había oído hablar por que no estuviera gravemente herida y pudiera terminar la batalla que se avecinaba lo más rápidamente posible, se colocó de nuevo en el lugar donde las nubes ya desaparecidas le habían convertido en chica.

Afortunadamente, no tuvo que esperar mucho hasta que una figura con capa de viaje salió como una exhalación de la espesura del bosque, dando un gran salto y aterrizando enfrente de Ranma, a unos diez metros.

-Por fin, ya era hora. Desde que te he sentido ha pasado una eternidad.-

-Disculpa mi lentitud, pero viajar por el bosque nunca ha sido uno de mis fuertes.-

-Ya, bueno. ¿Quién eres? ¿Qué es lo que quieres?-

-Tan directo como dicen… Lo siento, pero ni mi identidad ni mi propósito tienen importancia ahora. Sólo busco una pelea.-

-¿Ah, sí? Pues vé y búscate un mono para luchar con él.-

-¿Cómo?-

-Lo que has oído, no me interesa. Ya no lucho por luchar. O me das una razón u olvídate.-

-Hmm… Interesante… ¿Qué tal ésta? Digamos que si quieres llegar a la Cueva Platoniana tienes que luchar conmigo. Si no, jamás llegarás allí.-

-Ahá… Ves como no era tan difícil. ¿No me vas a decir el nombre?-

-Nay. Ahora, ¡vamos!-

-De acuerdo.-

De un potente salto, ambos contrincantes se encontraron a mitad de la distancia que les separaba, a unos metros del suelo. Puñetazos y patadas eran intercambiados, pero todos fueron esquivados o bloqueados en ambas partes. Tras más tiempo de lo que la Física permite, ambos contrincantes descendieron por fin, separándose de nuevo, lanzándose miradas evaluadoras que recorrían cada parte de su oponente exhaustivamente. Sin nada que decirse, los luchadores reemprendieron su duelo, esta vez corriendo hasta que era difícil seguirles con la mirada. En el último momento, Ranma volvió al aire de otro salto para lanzar una patada voladora descendente a su adversario, el cuál la esquivó sin mucho problema alejándose unos metros hacia atrás.

Una vez más, los luchadores se miraron, buscando alguna estrategia a seguir. Ranma, que todavía tenía la situación de Kasumi en una esquina de su mente, decidió ir a por todas y terminar la pelea cuanto antes y por los medios que fueran necesarios. Sin más dilación, comenzó a concentrarse en el sentimiento de confianza que siempre residía en su alma, multiplicándolo y dirigiéndolo a sus manos, esperando que eso fuera suficiente para acabar la pelea.

-¡Moko Takabisha!-

Y, como empujada por ese rugido, la bola de ki rellena de confianza salió disparada de las manos todavía abiertas de Ranma, dirigiéndose como un misil hacia el misterioso oponente, el cuál sólo abrió un poco más los ojos en señal de sorpresa antes de ser envuelto por la bola de energía.

-¡Ya está!-

Cuando el polvo desapareció por fin, un cráter de tamaño considerable ocupaba el sitio donde su contrincante había estado hasta antes del ataque. Al acercarse más, Ranma se sorprendió al descubrir a su enemigo esperando de pie, mirándola a ella con unos ojos verdes extremadamente claros. Y sin un ápice de ropa.

-¡Oh, mierda! Toma, ponte algo.-

Así, buscando en su mochila, que había quedado abandonada unos metros en dirección al bosque, sacó un conjunto muy parecido al que solía llevar, esto es, unos pantalones anchos y una camiseta de botones verde, y se lo tiró a su extremadamente femenina adversaria, que seguía mirándola con una mirada confusa. Unos minutos después, la joven, ya vestida, salía del cráter con la vista fija en el cielo.

-¿Quién ha dicho que la batalla haya terminado?-

-¿Eh…? No… ¿Todavía quieres más? Allá tú.-

-Hmm… No, ya es suficiente. No sé si nos volveremos a ver. Hasta entonces, ¡adiós!-

-¿Qué… Cómo…? Pero, ¿significa que sí podré llegar a la cueva?-

-Sí.-

Y sin añadir nada más, la chica dio otro potente salto, y se internó de nuevo en el bosque, tal y como había venido. Ranma se quedó un momento mirando el lugar por donde la figura había desaparecido, preguntándose cuál era el nombre de esa chica y de que manera estaba relacionada con la Cueva Platoniana. Sacudiéndose esos pensamientos, se dio la vuelta y comenzó a correr en dirección al pequeño almacén que adolecía de la falta de una pared. Un minuto más tarde estaba arrojando los escombros por todos lados en su afán por desenterrar a Kasumi.

-Vamos, vamos, vamos… ¿Sí? Sí, aquí está, venga.-

Efectivamente, el cuerpo de Kasumi emergió de entre todos los restos, mostrando unas magulladuras en la cara y unos cuantos cortes en los brazos. Pero eso no tranquilizó a la chica de la coleta, porque lo que de verdad temía eran los problemas internos. Los huesos de Kasumi, que no estaban acostumbrados a recibir esos golpes, muy bien podrían haberse hecho pedazos, o peor, astillarse y clavarse en los órganos internos.

Recordando todo lo que pudo de lo que le había explicado el doctor Tôfû a lo largo de sus visitas a su clínica, hizo el mejor reconocimiento que sus pequeñas manos la permitieron sin entrar en zonas íntimas. Suspiró algo más aliviada cuando terminó probando las últimas articulaciones de las piernas, sin haber encontrado problemas en cuello, espalda y extremidades. Sin embargo, el pecho todavía seguía preocupándole, y la lucha interior entre vergüenza y preocupación comenzó su segunda fase.

Con una mano temblorosa, Ranma empezó a desabrochar los botones la camiseta estampada de flores, y ahora rota y sucia, que era lo único que tapaba la parte superior del cuerpo de la mayor de los Tendô. Cuando sólo los dos botones superiores faltaban, el chico tuvo que parar para que su mano dejara de temblar.

-Si lo dejas así, creo que tendrás espacio suficiente para hacer ese reconocimiento.-

-¿Qué… qué? ¿Kasumi? ¡Kasumi-chan!-

-Sí, sí… ¡Au! Vamos Ranma-kun, tranquilo…-

-Ya… Eh, sí… Menos mal que estás bien…-

-Vale, tranquilo…-

-¡No! Nada de tranquilo. ¿Qué hubiera hecho si te hubiera perdido?-

-Ranma-kun…-

-Dios… No me lo perdonaría… No me lo perdonaría…-

Y entonces, Kasumi se dio cuenta. Ranma estaba llorando. Una lágrima había caído justo sobre sus labios, y entonces había mirado esos ojos azules y profundos como el mar. De nuevo, otra lágrima cayó en sus labios, pero esta vez le pareció la cosa más dulce y buena que nunca había tocado sus labios. Trató de moverse, pero no pudo, porque Ranma la había atrapado en un abrazo suave y cálido que la sorprendió, no por su fuerza, sino por el cuidado que había en él. Le pasó los brazos por la espalda y, con la poca fuerza que le restaba, Kasumi apretó su cuerpo contra el del artista marcial de coleta. Unos minutos después, Kasumi volvía a entrar en un plácido sueño regenerador en los brazos de Ranma.

—————————

-Nabiki-chan, ¿por qué has hecho llorar a Akane-chan?-

-Pero, Kasumi-san… Ella se lo merece, lo sabes.-

-Pero, Imoto-chan… ¿Tenías que ser tan dura?-

-Kasumi… Sabes de sobra que tiene la cabeza tan dura como Otousan.-

-Ah… Ahí tienes razón.-

-Ya lo sé. Pero Onee-san, ¿qué haces aquí?-

-Oh, pensaba que ya te habías dado cuenta. Esto es un sueño.-

-¿Uh? ¡Oh!-

-Sin palabras, ¿eh, Imotochan?-

-Bien… Entonces, si esto es una manera de sacar a relucir mis remordimientos sobre la conversación que tuve con Akane hace un par de semanas, el sueño debería estar a punto de terminar…-

-¡Oh no, eso no es todo! Todavía hay más, tranquila.-

-Y bien…-

-¡Qué poco gusto por el misterio, Imoto-chan!-

-Ya bueno, ya me conoces.-

-Y de esa manera te quiero. Bueno, la cosa es que Ranma se ha marchado conmigo y hay pocas posibilidades de que vuelva…-

-Sí…-

-Y además, parece que lo que sentía por Akane ha pasado a otra persona, o sea, yo…-

-Bue… Bueno…-

-Así que, seguramente, las cosas en Nerima volverán a ser como antes…-

-¡¿Qué quieres decirme?!-

-Que te estás quedando sola.-

-¿Qu… Qué?-

-Pues eso. Ni más ni menos. Ranma se marcha, yo me marcho… Todos se están yendo, y al final…-

-¡No! Eso no está pasando.-

-Yo sólo te digo que no estaría mal que empezaras a hacer algún plan… Sólo, como medida de precaución…-

-¡Pero bueno!-

-¡Oh, mira qué tarde es! Creo que es hora de marcharme.-

-¿Cómo que “qué tarde es”? ¿Cómo demonios puedes saber la hora?-

-Adiós, Imoto-chan.-

-He dicho que esperes un segundo, Onee-san.-

Entonces, el desagradable sonido del despertador barrió el fondo blanco, las nubes, el sol y la figura que se alejaba de su hermana. Despeinada y de mal humor, Nabiki Tendô, en su camisón preferido para dormir, el aguamarina estampado de pequeñas monedas amarillas, se levantó lentamente de su cama al tiempo que quitaba el despertador.

-¡Cómo odio levantarme pronto!-

Murmuró molesta Nabiki. Un año más, las clases empezaban por fin cuando los mediados de Septiembre se instalaban en el calendario. El viento húmedo cargado de hojas secas provenientes del otoño era lo único que acompañaba a la mediana de los Tendô en su camino de su habitación a la cocina, tras haber hecho una parada en el baño. En la cocina, Nabiki se encontró con la que se había convertido en una especie de salvadora para ella.

-¡Hola, Nabiki-san!-

-Buenos días, Nodoka-san. No tendrás por ahí…-

-Tu taza de café, sí.-

Sí. Realmente la ayuda de la madre de Ranma se había hecho vital para ella. Fue curioso ver como un par de discusiones y un par de verdades bien puestas consiguieron que la señora Saotome empezara a pensar más seriamente. Lo que Nabiki había calificado en su ordenador como “Problema de masculinidad” de Nodoka estaba lejos de haber sido erradicado, pero al menos había conseguido que ella se diera cuenta de lo que decía, y ello se convertía en el mejor remedio para el problema.

Además, Nodoka-san, como una madre que no había criado a su hijo, estaba haciendo exactamente lo que cualquiera supondría: Las estaba criando a ellas. Y eso, de nuevo, le venía de perlas a Nabiki. De esa manera, la señora Saotome les preparaba las comidas y hacía gran parte de las tareas del hogar. Sin embargo, fue Nabiki la que… convenció al resto de habitantes de la casa de que no deberían cometer el mismo error que con Kasumi.

Cierto era que Kasumi pudo salir de vez en cuando por ahí, y casi siempre que la familia comía fuera, Kasumi también estuvo con ellos. Pero aún así, tras unas reflexiones hechas tras la partida de Ranma y Kasumi, Nabiki se dio cuenta de que fue demasiado el tiempo que su hermana mayor pasó en casa, por una razón u otra.

Así que, con el tema del cuidado de la casa solucionado, la chica de las finanzas se tomó un respiro durante unos días. Ese respiro, propiciado por el progresivo decaimiento de las discusiones con su padre y sus tíos, terminó con ese extraño sueño que tuvo el primer día de escuela. Después de despedirse distraídamente de Nodoka, la cuál la miró con un poco de preocupación cuando salía por la puerta rozando el marco, Nabiki recorrió el camino al instituto Fûrinkan con el ceño levemente fruncido y la mirada perdida.

No sólo se había dado cuenta de que tendría que hacer frente al inacabable torrente de preguntas que seguro recibiría a propósito de su artista marcial favorito, sino que además tendría que procurar que nadie se enterase de que se había marchado con su hermana mayor. Y, cuando vislumbró de nuevo tras tres meses el gran reloj de su instituto, se acordó de que tendría que lidiar con Tatewaki.

-Y no tengo ninguna gana.-

Se dijo a sí misma mientras se acercaba más y más a la puerta exterior del Fûrinkan. Algo la sacó de sus reflexiones, y ese algo era la absoluta falta del elemento más importante en las escuelas: Los estudiantes. En la puerta principal no había ni un solo estudiante que hablara con sus amigos sobre sus vacaciones o maldijese por décima vez los extravagantes horarios de la escuela. Después de mirarse su reloj para cerciorarse de que tanto el día como la hora eran correctos, Nabiki reemprendió la marcha al interior del instituto.

Sin embargo, al acercarse más, el misterio se resolvió, aunque sólo en parte. Allí, apiñados como sardinas en lata, la mayoría de estudiantes del Fûrinkan se arremolinaban alrededor de algo que estaba en el centro del recibidor del instituto. En cuanto abrió la puerta, los gritos histéricos y extasiados de alumnos y alumnas comenzaron a bañar a la mediana de los Tendô. Sintiéndose melancólica y enfadada a partes iguales por no saber lo que pasaba y por estar a punto de descubrirlo como en los viejos tiempos, Nabiki empezó a hacerse paso entre la muchedumbre mientras se concentraba en todos los gritos que podía para desentrañar su significado.

-¿Pero estáis seguros de lo que ha dicho?-

-¡Qué sí, qué sí! Lo ha confirmado una y otra vez.-

-Creo que yo conozco a esa…-

-¡Guau, tendré que prepararme otra vez!-

-Yo no me lo creo, sinceramente.-

-Pues yo sí. Recordad que ya pasó algo parecido una vez con su otra hermana.-

-¿Ha dicho qué se ha marchado con Kasumi? Pero si mi madre decía que estaba colada por el traumatólogo de su barrio.-

-¿A nadie le recuerda esto a un pésimo romance cómico?-

-A mí.-

-Ahora que lo dices, a mi también.-

En este punto, Nabiki ya estaba enterada del todo. Un segundo después, llegó al centro del círculo de gente para encontrarse frente a frente con su hermana pequeña. Era la primera vez que la había visto desde la discusión que tuvieron medio mes atrás, y su aspecto ya no era el de antes. Su pelo era una maraña de escarpias negroazuladas mal cortadas. Estaba cabizbaja y, aunque su vestido era el mismo, su porte ya no denotaba esa energía casi infinita y esa vitalidad que fue por mucho tiempo la envidia de sus compañeras. Ahora ni siquiera se acercaba a la sombra en la que sus peores momentos con Ranma la habían convertido algunas veces.

Sin pensárselo dos veces, Nabiki agarró a su hermana de su mano, y se la llevó ante la mirada atónita del resto de estudiantes hasta una clase cercana que no se utilizaba la primera hora. Antes de cerrar la puerta, Nabiki les echó a todos una mirada que prometía dolor si alguno se atrevía a escuchar a escondidas. Cerrando de un portazo, se dirigió a su hermana controlando como mejor podía la ardiente rabia que hervía en su interior.

-¡¿Se puede saber qué demonios has hecho?!-

-…-

-¿Acaso te das cuenta de lo que puede suponer para ellos que cuentes lo que han hecho?-

De nuevo, no hubo respuesta.

-Ahora todo el mundo sabrá aquí, y otra vez los chicos empezarán con el…-

-Ya…-

-¿Cómo? ¿Qué estás diciendo? No me dirás… Que te gustaba la atención de…-

-…-

-¡Dios! No… Tú, tú necesitas ayuda, Akane…-

-¿Y de quién crees que es la culpa?-

-¿De quién, Akane?-

-De él.-

-Ahá…-

-Sí, de él. Él siempre hacía que me sintiera especial. Él siempre me daba atención. Él siempre…-

-Ya… Aka… Imoto-chan, tranquila. Mira, vamos a casa y allí…-

-¡NO! No quiero ir a casa. No quiero, no quiero porque me trae recuerdos. Me trae demasiados buenos momentos. Me trae…-

Sin embargo, antes de que pudiera decir que más la traía, Akane rompió a llorar, ya no como una niña pequeña, sino como una mujer que ha perdido a aquel que resultaba ser la persona más importante para ella. Lloraba, al fin, aceptando lo que había sentido, y aún sentía, por Ranma. Lloraba como aquella a la que su amor la había dejado no por un capricho o por no ser lo suficientemente bueno para ella, sino porque ella le había hecho daño. Sus lágrimas eran del más amargo de los remordimientos.

Y Nabiki se vio envuelta súbitamente en la situación que había tratado de evitar con aquella dura charla que tuviera unas semanas antes. Pero, al ver a su hermana ahí cabizbaja, aguantando sus envites, y luego destrozada, llorando su amargura de mujer, habiendo madurado súbitamente y habiendo sido al fin pateada al mundo que siempre había rechazado, entonces, Nabiki Tendô volvió, por segunda vez en un mes y casi contra su voluntad, a dejar a un lado su trabajada máscara para ayudar a carne de su carne y sangre de su sangre.

-Vale… De acuerdo, Akane, tranquila… Shhh… Eso es, tranquila, déjalo ir…-

-Pero… Sniff… Él me odia, seguro…-

-Tranquila… Ya… No lo creas. Él nunca te va a odiar…-

-Eso… Sniff… ¿Eso crees?-

-Sí, pero no te hagas ilusiones…-

-Ya, claro…-

-Venga… Tranquila… ¿Sabes qué?-

-¿Qué?-

-Resulta que ahora nosotras dos somos las que no tienen ni novio ni prometido…-

-¿Y? Sniff…-

-¡Pues que Kasumi se nos ha adelantado!-

-¡Aivá…!-

-¿Tendremos que hacer algo, no?-

-Sí… Jijijiji…-

-Pues haber… Jiji… Y ahora, volvamos a clase.-

-De acuerdo.-

-Y haber si te lavas, guarrilla.-

-¡Oh! Uh… ¡Llevas razón, no me había dado cuenta!-

-Pues si quieres que no se lo diga a nadie te costará 1000 yenes.-

-Hahahaha…-

-¡Hey, no es broma!-

-¡Eres la bomba, Nabiki!-

-Ya, gracias…-

Ambas salieron cambiadas. Porque habían vuelto a ser por fin algo que dejaron de sentir mucho tiempo atrás. Y el redescubrimiento de ese sentimiento enterrado por desgracias personales y falta de ayuda las repuso, las sanó de tal manera que, a muchos kilómetros de allí, una tercera persona tuvo uno de los más cálidos y reconfortantes sueños que había pasado nunca.

Las hermanas Tendô volvían, por fin, a sentirse como hermanas.

—————————

Ese mismo mediodía, cerca de la otra punta de la isla de Japón, la última de las hermanas Tendô yacía envuelta en mantas dentro de una tienda de campaña naranja colocada en un pequeño claro de un frondoso y verde bosque. Dormida plácidamente, ajena a todo lo que le rodeaba, era observada por un chico de coleta experto en las artes marciales que respondía al nombre de Ranma Saotome. Mientras que el rostro de Kasumi era de total calma y sosiego, el de su velador cambiaba una y otra vez de la inquietud a la preocupación, para pasar entonces a la incertidumbre y volver de nuevo a la inquietud. A pesar de todo, Ranma no la soltaba nunca la mano.

Él no podía estar seguro de cuánto llevaba despierto. Desde que su compañera de viaje se hubiera desmayado en sus brazos no sabía si habían pasado unas horas o unos días. Lo que sí sabía era que, en cuanto había dejado de notar la fuerza en su abrazo, la había recogido lo más suavemente que podía y, tras un corto reconocimiento del bosque, había encontrado el claro donde estaban. En unos minutos había montado la tienda y colocado a Kasumi como todavía seguía. De nuevo, en unos minutos que se le hicieron horas, la había dejado allí para buscar maderas y piedras y hacer un fuego donde calentar comida para dársela en cuanto despertase.

Sin embargo, y a pesar de que había terminado el reconocimiento de sus huesos con una seriedad que él consideraba imposible, y no haber encontrado nada, Kasumi seguía sin despertarse, y el temor de que algo realmente malo la hubiera ocurrido y que él no hubiera sido capaz de encontrarlo aumentaba a cada segundo en su interior. Cuando empezaba a agitarse, tratando de decidir si debía esperar más tiempo o buscar algo, cualquier cosa, que pudiera ayudar, Kasumi empezó a removerse en su lecho.

Mientras Kasumi empezaba a abrir los ojos lentamente y hacía intentos de ponerse de pie, Ranma apretó algo más su mano y se acercó para poder ser lo primero que la mayor de los Tendô viera al despertarse, un deseo que había aparecido en un arrebato repentino.

-Uh… ¿Qué ha pasado?-

-Kasumi, ¿estás bien? ¡Dime qué estás bien!-

-Sí, sí, Ranma-kun. Pero no grites, por favor…-

-Lo siento. ¿Qué te duele? ¿La cabeza? ¿Qué es lo último que recuerdas? ¿En qué estabas pensando?-

-Hey, hey, hey… Tranquilo, Ranma-kun, de una en una…-

-Sí, vale…-

-Haber… Sí, me duele la cabeza pero no, no me duele nada más. Lo último que recuerdo es que te estaba llamando desde aquel almacén y que unas nubes extrañas se acercaban a mí cuando todo se apagó… Y la última pregunta no me acuerdo…-

-Bueno, da igual… Entonces, ¿no te acuerdas de lo que hiciste con los rayos y…?-

-¿Cuál?-

-Eh… Da igual. Ahora quiero que comas algo. Voy fuera a prepararlo.-

-Bien, tenía ganas de hacer un po-

-¡Ni hablar! Tú te quedas en cama.-

-Pero-

-¡Y sin rechistar!-

-No…-

-No.-

-Ah… De acuerdo.-

-Así mejor. Ahora espera un rato.-

De esa manera, Ranma salió de la tienda y se entretuvo haciendo lo que ya sería la comida mientras Kasumi le observaba tumbada y arropada por todas las mantas que Ranma había utilizado para hacer su cama improvisada. Sin embargo, la atención de Kasumi estaba muy lejos del fuego que calentaba lentamente su comida. En realidad, la mayor de los Tendô no dejaba de pensar en las palabras que se le habían escapado a su querido artista marcial. La mención de los rayos la inquietaba y la preocupaba. Sabía que había algo que se la escapaba, pero le era imposible decir el qué.

No tuvo mucho tiempo para investigar entre sus recuerdos porque Ranma se dio prisa en hacer la comida y, tal como hacen los hombres recién casados, la trajo la comida a la cama. Ese pensamiento hizo que empezara a reír tontamente como una quinceañera a la que acaban de pedir un beso, transformándose al final en una risa plena y graciosa que se contagió a Ranma, tal y como hacen ese tipo de risas que son tan buenas para el cuerpo y para el alma.

Se pasaron toda la comida en un agradable silencio sembrado de miradas divertidas y nuevos brotes de risas que fueron como la primera. Tras el último brote de risas, decidieron que sería mejor hacer unos kilómetros, no muchos por el estado de Kasumi, a pesar de sus constantes protestas diciendo que estaba perfectamente, con el fin de salir de aquel bosque. Unos minutos más tarde, cuando se disponían a partir de nuevo, Ranma sacó el mapa y, con un rotulador en la boca, buscó la ubicación del bosque que se disponían a abandonar. Tras encontrarlo a unas decenas de kilómetros de su siguiente paso en el viaje, lo rodeó unas cuantas veces. Kasumi, que se había acercado para mirar el mapa y lo que les quedaba por recorrer, añadió, con el rotulador que le quitó a Ranma, unos corazoncitos al círculo, y puso su nombre y el de Ranma a cada lado del círculo.

Al ver esto, el joven artista marcial cambia-sexo levantó la mirada con una ceja arqueada.

-¿Y eso?-

-Ranma-kun, eso… Eso es lo que siento por ti.-

-¿Có-cómo?-

-Eso es lo que quiero de ti.-

-¿De veras?-

-Sí…-

-¿Kasumi?-

-¿Sí?-

-Gracias.-

-De nada.-

-Eh… ¿Vamos?-

-¡Sí!-

Y, agarrada del brazo que Ranma la había ofrecido, Kasumi, junto un joven de coleta muy sonrojado, comenzó a caminar entre los árboles y la hierba mientras algunos rayos de sol se filtraban entre la arboleda, iluminando aquí y allá un tronco o parte del camino, dándole al bosque de Mirai el aspecto de un bosque de cuento de hadas.

A Kasumi Tendô siempre la gustaron los cuentos de hadas.

—————————

Kitakyûshû. El gran cartel de fondo verde y símbolos negros estaba a la derecha del camino, tapándoles el sol a Ranma y Kasumi. Tras adelantarse por detrás del cartel, pudieron ver encerrada entre el mar y los pies de la montaña donde ellos estaban entonces la mediana ciudad de nombre Kitakyûshû, a una semana y media a pie del bosque de Mirai. Esa vívida ciudad era el último paso antes de que salieran de su isla natal. La ciudad marítima albergaba el puerto que tenía el mejor (y más barato) sistema de ferries que cruzaba el Mar del Japón. Aquí cogerían un ferry para llegar al continente y continuar, así, su viaje hacia el Oeste.

Tras admirar un poco más la vista que se les presentaba ante sus ojos, siguieron la carretera en dirección a la ciudad disfrutando de la suave brisa y el radiante sol de un extraño Septiembre que se había presentado más soleado de lo normal. No habían pasado unos minutos caminando cuando, de un pequeño cúmulo de árboles a su derecha, oyeron un grito de rabia y confusión que los sorprendió.

-¡Y ahora, ¿dónde estoy?!-

Ranma y Kasumi se miraron un momento, se encogieron de hombros, y siguieron caminando. Sin embargo, unos pasos después, el dueño de aquella voz salió del bosquecillo corriendo a toda velocidad. En cuanto la luz del sol volvió a bañar sus sentidos, abrió los ojos, porque había salido con ellos cerrados, y vio a Ranma y a Kasumi.

-¡Jo, tío…! Lo que me faltaba…-

Se quejó por lo bajo Ranma mientras hacía un gesto de cansancio absoluto. Tal y como pensaba, Ryôga se enfadó, gritó su indignación y cómo le haría pagar por traicionar a Akane, y por último, se lanzó al ataque.

-Kasumi-chan, si me permites…-

-Ah… Supongo que no hay alternativa…-

Tras ése breve intercambio, Kasumi se apartó unos metros de Ranma mientras éste se preparaba para el ataque de Ryôga. El eterno chico perdido hizo gala una vez más de su peculiar estilo de batalla basado en su inhumana resistencia, empezando el duelo con un fortísimo puñetazo a la cara que Ranma evitó sin ninguna dificultad saltando por encima de su adversario. Sin ninguna esperanza en su voz, Ranma trató de explicarle a Ryôga lo que estaba pasando en realidad mientras esquivaba sin dificultad las patadas y puños encadenados que el joven de la bandana se esforzaba en realizar.

-Ryôga… ¿No podrías escucharme un momento?-

-¿Y qué tienes que decirme? Estás aquí, en Hokkaidô, con otra chica que no es Akane. ¡Estás con Kasumi, además! Menudo…-

-¡Hey! Lo primero, esto es Kitakyûshû, idiota. Y segundo, ¿qué estás pensando de mí y de Kasumi-chan? ¿¡Pero tú eres tonto!?-

En ese momento, el combate dio un giro de ciento ochenta grados. Ranma pasó a la ofensiva y Ryôga tuvo que pasar como pudo a la defensiva. El recuerdo de su lucha con el chico de la coleta cuando la mala suerte hizo que pescara a Ranma en vez de a Akane con aquella maldita caña de pescar de amor volvió vívidamente en aquel momento. Y, como lo hiciera aquella vez, Ryôga llegó a la conclusión de que, si algo no pasaba pronto, iba a recibir la paliza más grande de la Historia.

Más y más puñetazos impactaban en el cuerpo de roca de Ryôga mientras trataba de apartarse de su vicioso atacante, hasta que, por fin, un poderoso derechazo al estómago le mandó volando unos metros. Mientras recuperaba el aliento, empezó a ponerse de pie para ver como Ranma se acercaba a él amenazadoramente. Con un tono que no parecía el suyo, Ranma le dijo algo que se le quedaría grabado como a fuego en su memoria.

-Yo NUNCA le haría daño a Kasumi, cabeza hueca.-

Por supuesto, en ese mismo instante, Ryôga Hibiki sólo escuchó el “cabeza hueca” del final, y respondió al insulto de la única manera que sabía.

-No me llames “cabeza hueca”, imbécil.-

-CLONK-

Ryôga calló entonces cuan largo era al suelo con un nuevo y enorme chichón en la cabeza. Ranma levantó la vista de su ahora inconsciente adversario para ver a Kasumi sosteniendo la única sartén que tenían en el equipaje abollada con la forma de la cabeza de Ryôga. A Ranma se le olvidó todo el enfado y le invadieron unas terribles ganas de ponerse a reír que se aguantó con mucha dificultad.

-Mira… Mira a Ryôga… ¡Vencido por una sartén!-

Y se echó a reír con todas sus ganas, tirándose incluso al suelo porque sus piernas no le sostenían. Kasumi, viéndole riéndose de una manera tan alegre, no pudo evitar sonreír un poco y sonrojarse un poco por su atrevimiento.

-Se ve que al final todo se pega…-

Murmuró entre risas la mayor de los Tendô mientras seguía observando muy entretenida como Ranma intentaba ponerse de pie y dejar de reír al mismo tiempo, sólo para volver a caerse en cuanto se erguía. Unos relajantes minutos después, y cuando el chichón de Ryôga hubiera desaparecido, Ranma y Kasumi discutían sentados al lado del inconsciente Hibiki qué hacer con el problemático, pero a grandes rasgos, buen chico.

-No sé, Kasumi-chan. ¿Qué tal si nos vamos y le dejamos en el bosque? No le va a pasar nada.-

-Pero Ranma-kun, ¡no podemos abandonarle a su suerte!-

-Eh… No parece que vaya a llover, ¿no?-

-No. ¿Por qué-

-No, por nada. Mira Kasumi, vámonos. Le acerco al bosque, lo tapo en unos matorrales, por si acaso, y ya está. Será lo mejor para todos. Seguro que en unos días ya no se acuerda…-

-Pero Ranma… No creo que sea una buena idea… Si me dejaras…-

-¡No! Mira, es buena persona… Más o menos, pero tiene problemas controlando su fuerza.-

En ese momento, los leves quejidos de Ryôga al empezar a notar al herrero que se había trasladado a su cráneo y que estaba golpeando el acero con todas sus fuerzas, haciendo que toda su cabeza retumbara, cortaron la conversación entre Ranma y Kasumi, los cuales se miraron con preocupación. Ranma empezó a coger a Ryôga para cargárselo a la espalda cuando la mano de Kasumi lo detuvo. Ryôga empezó a removerse. En un murmullo apremiante, un nuevo diálogo empezó.

-Vamos Kasumi-chan… Déjame…-

-No, Ranma. Escribimos la carta con la esperanza de que esto no sucediera, pero ha sucedido. Ahora, lo único que puedes intentar es salvar lo que quede de amistad en tu relación con Ryôga-san, en vez de que te odie por el resto de sus días.-

-Kasumi…-

La mayor de los Tendô extendió una mano y agarró con fuerza una de las manos más grandes y curtidas de Ranma. Pasó un momento de absoluto silencio y, tras un ligero asentimiento de los dos, el joven artista marcial tomó unos pasos de distancia, de manera que saliera del campo visual de Ryôga. No tuvo que esperar mucho hasta que el chico de la bandana abrió los ojos, recuperando por completo el conocimiento.

-Oh… ¡Qué dolor de cabeza! Mhhh… ¡Kasumi-san! ¿Estás bien? ¿No te ha hecho nada Ranma?-

Por supuesto, Ryôga pasó por alto el ligero tic que por un momento pareció afectar a la mayor de los Tendô.

-N-No… Ranma-kun no me ha “hecho” nada. De hecho, quería hablar conti-

-Lo siento, Kasumi-san, pero tengo que encontrar el dojo…-

-¡Espera he dicho!-

No fue sorprendente la reacción de Ryôga ante la orden de Kasumi, reacción que compartió con Ranma cuando a él también se la dio bastantes meses atrás: Dio dos pasos para atrás y se sentó tratando de moverse lo menos posible. Una vez en esa posición, la mayor de los Tendô volvió a su ser normal y la sonrisa de cortesía que siempre mostraba volvió a sus labios.

-Bien, Ryôga. Como iba diciendo, quería hablar contigo sobre esa fijación que tienes sobre Ranma. ¿Me puedes decir la razón?-

-¿Eh? Uh… Verás… Había… Um… ¿En el colegio, ya sabes? Pues, en el colegio pas-

-Sí, eso ya lo sé. Nos lo contó cuando intentó acordarse de que te había hecho. Si no recuerdo mal, te devolvió todo de lo que pudo acordarse.-

-¡Pero estaba caducado!-

-Ya… El hecho es que no creo que toda la persecución fuera por eso, ¿no?-

-No… Ya los panes… No me importan. Emmm… ¡Lo que no sabrás es que huyó de un duelo, ¿a que no?!-

-¿Aquel del cual me dijo Akane que llegaste cuatro días tarde? No soy una experta, pero… No llegar a la hora es un insulto al retado muy grande, ¿no?-

-Sí… Ejem… Eso creo, vamos… Pues… Esto, creo que…-

-¿Hay algo más, aparte de Jusenkyô?-

-Eh… No, creo que… ¡¿Qué?! ¿Sa-sa-sabes de… Jusenkyô?-

-¿Qué?-

Murmuró Ranma escondido entre unos arbustos a unos metros del lugar donde Kasumi y Ryôga habían estado conversando. Sin embargo, tuvo que seguir atento y callado para poder continuar escuchando las palabras de la mayor de los Tendô y el chico eternamente perdido.

-Sí Ryôga… Para mí ha sido también una sorpresa el descubrirlo.-

-Ese Ranma… Le, le…-

-¿Eh? ¡Oh, no! Él no me lo ha dicho, lo he descubierto yo sola. Sí, el último comentario que he oído de Ranma ha ayudado… Y claro, todo ha encajado…-

-Kasumi-san, quiero decir que yo, en realidad… Bueno, pues, en verdad… Yo no… Yo nunca quise, pero…-

-Ya, ya… Ryôga, aunque no te lo creas, te pareces más a Ranma de lo que te puedas creer…-

-¿Uh?-

-¡Sí! Ambos os hicisteis leales a la primera persona que os mostró algo parecido a afecto. Ambos… Ambos os enamorasteis de Akane…-

-Kasumi…-

-Kasumi-chan…-

Ryôga se dio la vuelta y vio a Ranma salir de unos arbustos cercanos. Volvió a mirar a Kasumi, y vio como estaba a punto de ponerse a llorar. De nuevo se giró a donde estaba Ranma, sólo para ver como éste iba corriendo hasta Kasumi y la envolvía en un tierno abrazo.

-¡¿Qué estás haciendo, Ranma?!-

-¡No lo sé, idiota! Sólo sé que, si veo a Kasumi llorar, quiero, más que a ninguna, protegerla y hacer que deje de llorar.-

-Mhhh… Ranma, ¿es eso verdad?-

-¡Pues claro que lo es, cabezadura!-

-¡No hace falta que me insultes! Bueno… Si eso es verdad… Tal vez no esté tan mal…-

Ranma alzó la vista para ver como Ryôga recogía su mochila y comenzaba a caminar hacia la puesta de sol, claramente sin dirección ninguna que seguir. Sabiendo el peligro que supondría esperar un instante más, pero odiando la idea de dejar a Kasumi sola cuando estaba llorando, el chico de la trenza decidió llamar a Ryôga desde el sitio en el que estaba arrodillado.

-¡Hey, Ryôga! ¡RYÔGA!-

-¿Qué demonios quieres?-

-Lo siento, ¿vale?-

-¿Có-Cómo?-

-Pues que lo siento. Siento lo que te hice. Y siento lo que le hice a Mousse. Y a Shampoo. Y a-

-Vale, vale, capto la idea. ¿Sabes que eso no arregla nada, verdad?-

-Serás…-

-Tranquilo. Eso no quiere decir que no tenga valor. Um… Gracias.-

-Simplemente… Sé feliz, cabezadura.-

-Lo intentaré, cerebro de mosquito.-

Con esa última frase y una sonrisa en sus labios, Ryôga Hibiki se puso definitivamente en marcha por el mismo camino por el que Ranma y Kasumi habían estado viniendo hasta entonces. Unos minutos más tarde, y bajo la atenta mirada de una Kasumi ya calmada y un Ranma agradecido de cómo había terminado todo, la figura del chico eternamente perdido desaparecía en el horizonte junto a un sol anaranjado del atardecer.

-Un momento.-

-¿Qué, Ranma-kun?-

-El sol… El atardecer… El oeste…-

-Puede…-

En ese momento, ambos jóvenes se miraron a los ojos y juntaron las manos en señal de emoción.

-Tal vez…-

-¡Le has arreglado el sentido de la orientación, Kasumi-chan!-

-¿Lo crees?-

-Bueno, en realidad no estoy seguro.-

-Jo… Menuda manera de… De…-

-¿Qué? Solamente digo la verdad…-

-No tienes ni una vena romántica en ese cuerpo, ¿verdad?-

-Oh, no sé, no estoy seguro…-

Las voces se fueron perdiendo lentamente por el valle mientras Ranma y Kasumi se acercaban, paso a paso, cada vez más a su destino, entonces Kitakyûshû, más tarde, la Cueva Platoniana.

—————————

-Creo que todavía hueles, Akane.-

-¡Vamos! ¡Déjalo ya, Nabiki! No pienso volver a caer.-

-Bueno, tú sabrás… Tú serás la que espante a todos los chicos…-

-Hey, ya te lo he dicho: Puede que Kasumi se nos haya adelantado, pero eso no quiere decir que tengamos que conformarnos con cualquiera que el cielo nos tire a los pies-

-¡YAAY!-

Hasta la aparición repentina de un meteorito blanco que se estampó en el suelo justo delante de las hermanas Tendô, el camino de vuelta al dojo había sido bastante tranquilo. La típica charla de hermanas había decidido hacer, por fin, acto de presencia entre las Tendô. Los primeros días después de la reconciliación habían sido testigos de torpes conversaciones, molestas interrupciones que respondían al nombre de Tatewaki Kunô y Kodachi Kunô, y de desincronización casi crítica. Sin embargo, con el pasar de una semana exacta, cuál máquinas de relojería, la situación entre Nabiki y Akane había llegado a ser de una mediana normalidad. Normalidad que se vio truncada en el preciso instante en el que el ya mencionado meteorito blanco aterrizó a los pies de las hermanas Tendô.

Al agacharse para reconocer el extraño objeto que todavía echaba humo, se dieron cuenta que lo que en un primer momento habían tomado como un objeto del espacio exterior no era sino el único amazona macho que conocían, el guerrero casi cegato llamado Mousse. Antes de que dijeran nada, el chico amazona empezó a removerse en el cráter que su caída había creado.

-Uhnnn… No entiendo…-

-¿Mousse?-

-Uh… ¿Akane Tendô?-

-Sí… ¿Se puede saber…?-

Con un poco de dificultad, Mousse se irguió hasta que las hermanas Tendô entraron en su ya de por sí pobre campo de visión.

-¿Nabiki Tendô?-

-Mousse…-

Hubo un momento de silencio absoluto mientras Akane miraba curiosa a uno y otra. Sólo el sonido de las hojas al ser llevadas por el viento húmedo rompía la quietud de la escena.

-Encantado de conocerte.-

-Lo mismo.-

Tras la caída de espaldas, Akane volvió a insistir sobre lo que la había interesado desde el principio.

-¿Se puede saber porqué has decidido tomar el papel de “MIR” y aparecer como un meteorito delante de nosotras?-

-Bueno, Akane, ha sido… Shampoo.-

-Ahá… ¿Y ha sido por…?-

-Verás… He enfadado a Shampoo.-

Mientras la conversación se desarrollaba, los tres empezaron a caminar inconscientemente, siendo Akane la que llevaba la delantera.

-Mhhh… Tiene que ver con la marcha de Ranma, ¿no?-

-¡Guau! ¿Cómo lo has adivinado, Nabiki Tendô?-

-Heh, pura lógica.-

-Bueno… El caso es que, cuando me enteré de que Saotome estaba siendo acompañado por Kasumi en su viaje, fui a decírselo a… Shampoo… Y bueno…-

-¡Baka!-

-¿Cómo? ¿Perdona?-

-Pues eso, ¡baka perdido!-

-¿Y se puede saber por qué?-

-Porque, ¿a quién se le ocurre? Además, seguro que entraste allí, haciendo todo tipo de payasadas, y se lo soltaste como si fuera la mejor noticia del mundo, arrodillándote ante ella y ya de paso proclamando tu amor por ella con todos los clientes mirando desde que entraste haciendo el tonto.-

Para cuando Akane hubo terminado su diatriba, Nabiki, que no había podido evitar permitir que una sonrisa apareciese en su rostro, reconoció el azul de las tejas de su casa a unas docenas de metros de distancia. Sin embargo, antes de que pudiera decir nada, la inesperada respuesta de Mousse interrumpió los pensamientos de la mediana de los Tendô.

-¡Anda! Resulta que ahora la torpe, malcriada y… Marimacho que no se cosca de nada, que se dejó pasar al chico que consiguió matar a un inmortal por y con ella, ésa misma, va ahora e intenta darme clases sobre como mostrar mis sentimientos. Pero será posible…-

-Tú… Estúpido bocazas egoísta con la personalidad de un niño de ocho años que… Que no sabe aprovechar sus oportunidades… ¿Cómo te atreves a llamarme… Todo eso que me has llamado?-

-Y tú, niña picajosa, ¿por qué dices que tengo la personalidad de un niño de ocho años?-

-HAHAHAHAHAHA…-

El sonido de las carcajadas de Nabiki consiguió eficazmente cortar la discusión que podía haber pasado a mayores. Akane y Mousse se la quedaron mirando un buen rato, bastante sorprendidos, delante de la puerta principal a la finca Tendô mientras la mediana de la familia hacía esfuerzos por aguantarse en el marco de la puerta de madera, pues parecía que las piernas no eran suficiente soporte para ella.

-Hey, Nabiki-neesan, esto no es gracioso. Este… lerdo me está insultando, ¿y tú te pones a reírte?-

-¡EH!-

-Lo siento Akane, pero no lo he podido evitar.-

-Bueno… ¿Entramos o no, Nabiki?-

-Sí, venga, que estoy deseando meterme en el furo…-

-Hey, ¿y yo que hago? No puedo volver todavía…-

-Umpf… Quédate aquí hasta la noche. No creo que a Otousan o a Nodoka les importe.-

-Umm… Gracias, Akane Tendô.-

-¡Y deja de llamarme “Akane Tendô”! Me da repelús.-

-Solamente trataba de ser educado.-

-Pues muéstralo de otra manera.-

Con eso, los tres jóvenes entraron en la casa, las dos inquilinas anunciando su llegada con un poderoso “Tadaima” mientras Mousse se mantuvo extrañamente cohibido y murmurando el saludo correspondiente. Tras explicar la situación a Nodoka y a Sôun en el cuarto de estar mientras Genma escuchaba aburrido, se decidió que el chico de gafas podría incluso quedarse a dormir si fuera necesario, cosa que Mousse les agradeció con sendos abrazos y palabras de gratitud en un tono desmedido, tal y como le hizo saber Akane con su puño cuando Mousse, ciego de alegría fue a abrazarla.

Mientras tanto, en el piso de arriba, Nabiki oía los ruidos sordos de todo el trajín que estaba ocurriendo en el salón mientras, sumergida casi por completo en el agua caliente, pensaba y pensaba en la corta pero intensa interacción que había ocurrido entre su hermana y el amazona casi media hora antes. Le maravillaba y al mismo tiempo le aterrorizaba la similitud entre la conversación que habían tenido hace un rato con lo que se habían dicho Ranma y Akane cuando su relación había empezado. Los veía una y otra vez en su mente, la imagen de Ranma y Akane discutiendo con la de Mousse y su hermana pequeña también discutiendo. Y entonces se dio cuenta de porqué no había podido dejar de pensar en las similitudes desde que había entrado en casa: Mousse no debería comportarse así.

Le parecía increíble que no se hubiera dado cuenta. Pero, un momento después, su asombro desapareció. Pensando un poco, podía señalar perfectamente la razón de que un hecho tan evidente la hubiera pasado desapercibido. Y la razón no era otra que la marcha de Ranma y, en segundo lugar, de Kasumi. Había pensado en ello, pero ahora el hecho de que Ranma y Kasumi habían sido, de alguna manera, los dos pilares que sujetaban su concepción del mundo y, seguramente, de todos los involucrados en mayor medida con la vida del joven Saotome, se presentó de manera aún más contundente. Ellos dos representaban lo que podía esperar y, en mayor o menor medida, prever.

Por una parte estaba Ranma, el imán del caos, el artista marcial capaz de lo imposible y que aún así recibía más golpes que el resto de los que le rodeaban juntos. Era una contradicción, una contradicción que se había vuelto tan normal en las vidas de quiénes le acompañaban como el sol o, graciosamente, la lluvia. “Ranma ‘O lo hago o reviento’ Saotome”, como ella misma le había bautizado cariñosamente en secreto cuando había oído la batalla contra Herb, el príncipe de esa dinastía, para ella, inmoral.

Y por otra parte estaba Kasumi, la típica, pacífica y sumisa esposa japonesa. Algunos decían que eso no era más que una cáscara que ocultaba en realidad desde una vampiresa de grandes poderes hasta una artista marcial de un calibre aún mayor que el de Ranma, pasando por una especulación que molestó en gran medida a la mediana de los Tendô, a saber, que en realidad Kasumi era, por las noches y a escondidas, una dominatrix cuyas preferencias parecían más una enfermedad que otra cosa. Por supuesto, no tardó mucho en encargarse de que la vida fuera n infierno para el que difundió ese rumor. De todos modos, ahí estaba su figura, siempre en una parte de su mente, como una figura que nunca cambiaba, que siempre aparecía aquí o allí en el momento más oportuno para hacer un comentario que, a riesgo de hacerla parecer un poco… perdida, consiguiera deshacer un poco la tensión, o dando los consejos maternales que sólo ella, de entre las tres, recibió de su madre, tomando como una tarea de honor pasar esos conocimientos a sus hermanas menores.

Y es que Kasumi no era un ángel. Nabiki se jactaba en silencio de lo fácil que era verla desde fuera como un ángel o como un demonio, como aquellos mal pensados del rumor. Sí, realmente era muy fácil aplanar su personalidad y convertirla en un rubí de una cara, cuando la realidad era que ni un diamante tallado se acercaba a la complejidad de su hermana. Tampoco era ningún genio escondido, aunque cierto era que tenía una facilidad innata para las lenguas, igualmente cierto era que tanto las matemáticas como la física estaban claramente fuera de su alcance. Su pasatiempo, la medicina, creaba en torno a ella un halo de inteligencia que chocaba frontalmente con la actitud despreocupada, o más exactamente, resignada que había desarrollado. Actitud esculpida por la muerte de su madre, su toma de relevo en el puesto y sus largas noches despiertas llorando en silencio al oír llorar a toda su familia, desde su padre hasta su hermana menor, sintiéndose impotente por no poder hacer nada. Y sobre todo ello, y siendo lo que Nabiki consideraba como lo peor de todo, sus continuos fracasos amorosos, que la marcaron todavía mucho más que todo lo anterior, siendo el caso del Dr. Tôfû tan sólo la punta del iceberg.

Nabiki escuchó a través de las paredes los pasos de alguien que subía por las escaleras a buen ritmo, y eso le sacó de sus reflexiones. Mirándose las manos, vio que tenía los dedos arrugados y, recordando memorias agridulces de los pocos baños con su madre y los bastantes con Kasumi, una sonrisa melancólica, como de muñeca de porcelana, se encaramó triste a su rostro. Y una lágrima sola y pérdida se encontró, tras el largo viaje por el cuerpo desnudo de la mediana de los Tendô, con la infinitud de un océano encerrado en la tina.

-Nabiki, hija, ¿has terminado? Akane-chan está impaciente por entrar.-

-Sí, Obasan, ya está… Saldré en un momento.-

Nodoka Saotome no pudo evitar sentir, de repente y casi sin explicación alguna, una pena tremenda. Mientras bajaba por las escaleras para decirle a Akane que el baño estaría libre en poco tiempo, Nodoka alzó la vista para mirar el techo. Marcas, líneas, pequeños agujeros, tornillos, madera… La… melancolía en la voz de Nabiki parecía subyacer ahora en toda la casa, y Nodoka volvió a sentir un ligero escalofrío recorrer su espalda. En un susurro de pena e incertidumbre, la mujer de pelo rizado se dirigió a los dioses con una mirada que parecía tener muchos más años que su portadora.

-Dioses nuestros, ¿hay alguna manera de ayudarlas?-

—————————

Mousse estaba, cuando menos, sorprendido. Tras haber estado unas horas descubriendo la casa (y haberse topado con una Akane que se estaba cambiando al abrir una puerta del segundo piso, con lo que se había ganado la bofetada más fuerte que había recibido en su vida), la hora de la comida por fin había llegado y, cuando se había acercado a la cocina para ayudar como su costumbre le ordenaba, había sido, literalmente, echado a patadas de allí por una orgullosísima Nodoka.

Así que, sin nada que hacer y un poco confuso, Mousse se había sentado a la mesa tras haber puesto vasos, platos y palillos en su lugar correspondiente. Su atención se vio irremediablemente absorbida por la televisión en color que hablaba sin parar desde una esquina de salón. Interesado, se colocó las gafas correctamente y se acomodó un poco mejor para ver el programa sobre viajes a países del extranjero que estaba emitiendo un especial sobre el país vecino: China.

En ese momento, el timbre de una bicicleta pudo oírse en el salón proveniente del exterior. Mousse, que conocía ese timbre demasiado bien como para equivocarse, empezó a ponerse histérico. Empezó a buscar un lugar donde esconderse mientras Sôun y Genma le miraban impasibles.

-Este chico es un poco extraño, ¿verdad, Saotome?-

-Sí, tienes razón, Tendô.-

Por supuesto, el chico de gafas ignoró la conversación de besugos que acababa de tener lugar cerca de él en pro de seguir buscando refugio. Sin embargo, no tuvo suerte porque, con el sonido de un viento fuerte acompañándola, la amazona Shampoo, de silueta escultural, pelo lavanda y léxico más que limitado, entró en la sala de estar de los Tendô montada en esa bicicleta suya que saltaba más que Kit, el Coche Fantástico, aterrizando sobre la cabeza de Mousse y seguida de cerca por su bisabuela, matriarca de la tribu a la que pertenecían, Cologne, alias “Momia Disecada”.

-Bisnieta, haz el favor de dejar de aplastar el cráneo del ciego idiota.-

-Vale.-

El tono de Shampoo era uno que nadie había oído nunca, tal vez Mousse justo antes de la boda fallida: Era de derrota. El sentimiento de derrota, de abandono y pena que emanaba la joven guerrera amazona les era extraño a todos los que lo habían oído, e incluso Cologne sintió un escalofrío recorrer su arrugado cuerpo al oír como toda la energía parecía haber abandonado a su bisnieta preferida.

-¡SHAMPOO! ¿Ya no estás enfadada conmigo? ¡Oh, Shampoo, sabes que yo te-

El puño combinado de Shampoo y Akane consiguió eficazmente acallar a Mousse que, en un momento, se vio empotrado contra la pared del salón y perdiendo la conciencia. Shampoo no le dio más importancia al suceso, pero Akane, sin embargo, se miró el puño con un gesto de extrañeza que no pasó inadvertido para nadie. Notando las miradas del resto de habitantes del salón, la menor de los Tendô hizo una retirada táctica hacia la cocina. Sin darlo más importancia, Cologne se acercó al cuerpo inerte del amazona caído, le tocó un par de puntos en la nuca, y se retiró a un lado. Los puntos de presión no tardaron en surtir efecto y, un momento después, Mousse se levantaba pesadamente y se sentaba en el suelo.

-Bien, ahora que estás despierto podré decirte lo que necesita ser dicho.-

-¿Y eso es?

-Mmm…-

-¡Oh, venga de una vez!-

-La cosa es que… Nos vamos.-

-Ya… Me lo estaba imaginando…-

-Pues entonces, ¿por qué no has preparado tus cosas todavía?-

-…-

-Ya veo… Así que, estás pensando en quedarte…-

Mousse, ante el asombro de los Tendô, puesto que Nabiki había bajado al fin, y los Saotome, asintió lentamente, como tratando de convencerse de lo que tenía que hacer.

-Así es… Y, bueno, como la decisión ha de ser tomada, supongo que debería hacer la prueba que quería realizar para decidir si quedarme o no.-

Con eso, el joven y casi ciego amazona se puso en pie y, lentamente, como si la distancia entre él y la amazona de pelo lavanda fuera infinita, se acercó a Shampoo bajo la atenta mirada de todos y cada uno de los que estaban allí exceptuando la propia Shampoo, que tenía la mirada perdida entre sus pies, inexpresiva y rígida. Una vez a su altura, Mousse, habiéndose quitado las gafas, levantó con suma delicadeza el rostro de la amazona para descubrir las lágrimas ahogándose en la determinación que emanaba de los ojos granate de la luchadora por naturaleza.

-Dime Shampoo, ahora que Sao… Ranma ya no está, ¿dejarás que te consuele y, tal vez, algo…-

Dejó la pregunta en el aire mientras todos aguantaban la respiración esperando la respuesta de Shampoo. Los segundos parecieron eternizarse y parecía que en cualquier momento los pájaros se quedarían inmóviles en medio de su vuelo. De repente, sin ningún aviso y en un movimiento demasiado rápido incluso para los ojos de los artistas marciales presentes, Shampoo, de una bofetada sobrenatural, le envió volando a través de la sala de estar, hasta caer de culo a unos centímetros del pequeño estanque de los Tendô. No pudo aguantar más las lágrimas y, antes de salir de allí como alma que lleva el diablo tapándose los ojos con el antebrazo derecho, dos personas en toda la habitación pudieron oír el murmullo lleno de pena y remordimiento que la amazona dejó escapar entre sollozos rotos.

-Perdonar… Algún día, Shampoo esperar que a Shampoo perdonar.-

Una de ellas era Cologne, y se le partió el corazón al oír esas palabras con un contexto que sólo ella conocía aquí.

La otra fue Nabiki, que dedujo muchas cosas a partir de eso.

Y no podía aguantarse las ganas de decírselo a Ranma y Kasumi.

—————————

Akane se sentía mal. No físicamente o psicológicamente. Sabía que ni su dolor provenía de su cuerpo ni tampoco se lo estaba imaginando. Le era tan abstracto pero, al mismo tiempo, tan conocido, que la volvía loca y la impedía concentrarse en nada. Y por esa razón estaba en el dojo, rompiendo bloques de cemento, actividad para la que no necesitaba atención o concentración especial, pues le era tan normal como para el resto de los mortales andar de un lado para otro. Además, esto fortalecía sus puños.

-¡KYAHH!-

El decimocuarto bloque de hormigón se pulverizó bajo la tremenda fuerza que había puesto en ese puñetazo. Nuevamente, las imágenes de Cologne disculpándose ante toda la familia, luego ofreciéndoles su hospitalidad en caso de que algún día pasaran por la cordillera de Bayan-Har y, por último, entregando a Mousse un pequeño sobre amarillento que parecía de pergamino, dándole unas palmaditas en la espalda y diciéndole que todo estaría bien pasaron borrosas, como si de un sueño se tratara, por sus ojos.

Pero lo peor de todo, y lo que más la había tocado, fue el estado en el que se encontraba Mousse cuando lo subió a la habitación que habían utilizado los Saotome hasta que Kasumi se marchó y se decidió que pasaran a ocupar esa habitación. No había ayudado nada que pesara más que un hipopótamo, cosa que Akane no consiguió comprender hasta que una cadena desgastada cayó sobre la escalera con un ruido sordo como una serpiente, perdiéndose en las profundidades de la manga de la túnica del chico amazona, el maestro de las Armas Ocultas.

Así que, cuando por fin dejó en el suelo al inmóvil Mousse, respirando con dificultad, estuvo a punto de empezar una discusión, cosa que al parecer le resultaba especialmente fácil con el amazona. Pero, en cuanto se topó con los ojos de Mousse, toda la fuerza y enfado parecieron dejarla como si se tratara de unos malos parásitos que habían estado molestando por un tiempo. Los ojos aguamarina del amazona, océano verde de trigo y coral, siempre encendidos con pasión y, sí, muchas veces rabia y otras tantas dolor, se habían helado. Akane creía haber visto ahí no un mar verde, sino el mismo frío glacial que uno podía sentir en las cimas del mundo, como el Everest, cuando el oxígeno no era un bien abundante y la temperatura y el viento parecían salir directamente de una pesadilla.

Y, sin embargo, al pensar en todo ello, un pensamiento más había aparecido. Un pensamiento, una idea que era la principal responsable de que llevara más de media hora rompiendo bloques de hormigón. Porque, tras haber sentido en sus huesos el frío de la soledad que Mousse sentía, se apoderó de ella la imperiosa necesidad de animar al chico que estaba pasando por sus peores momentos. Sintió el irrefrenable deseo de decirle que todo estaría bien, que de igual manera que los alpinistas se vuelven más fuertes y sabios tras haber soportado las insufribles condiciones y las incontables penurias de una gran escalada, del mismo modo el definitivo rechazo de Shampoo le ayudaría, en cierto modo, a hacerse más sabio en temas de amor y, de esa manera, encontrar, finalmente, la persona adecuada para él.

Quiso decirle también cientos y cientos de razones por las que estaba mejor sin Shampoo, y quiso hacerle comprender la infinidad de nuevas posibilidades que ahora tenía por delante, y cómo un buen chico como él, sin importar sus defectos, podría encontrar con seguridad muchas chicas que quisieran estar con él. Y lo que más la sorprendió incluso a ella misma fue que, mientras le aguantaba la mirada y le agarraba de los hombros, arrodillada ante él, solos en la habitación, aislados de todo cuanto les rodeaba, quiso decirle, por un momento, que siempre la tendría a ella.

-¡KYAHH!-

Y el decimoquinto bloque de hormigón se deshizo, convirtiéndose en polvo que el viento arrastró hasta más allá.

Autor: Mu-Tzu Saotome

Estudiante y escritor novel, manga aficionado y cazador de bromas al vuelo.

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