Es de noche. Luna llena

Ocurre a los 25 años y 8 meses.



Es de noche. Luna llena

Con cuidado, con enorme cuidado, avanzó hasta la puerta de su habitación al ritmo de la respiración de la figura que yacía en su cama. Todo fuera por no despertarla. Sin saber muy bien cómo, logró su objetivo y, aún con más cuidado, abrió la puerta en completo silencio y salió de la habitación.

Cuando cerró, con tanto cuidado como cuando abrió, respiró al fin tranquilo. Aún así, se mantuvo un momento al lado de la puerta, esperando oír a Kaiko levantarse. Pero lo único que escuchó fue su acompasada respiración, y se permitió un hurra mental.

Lo cierto era que las pintas que llevaba no eran precisamente adecuadas para pasearse. Con la intención de no hacer ruido, había recogido la ropa del suelo con la que se había encontrado de camino a la puerta. Así que con una camiseta de tirantes y unos pantalones cortos se fue derecho a la cocina salón del piso.

Estaba contento de poder haber alquilado ese piso para los últimos meses de clases antes del verano. Hacía que sus… encuentros con Kaiko fueran más privados. No quería ni imaginarse como hubiese sido todo aquello si hubiera continuado en la residencia. Puede que él hubiera tenido alguna reticencia, pero seguro que Kaiko no, y cada día tenía más claro que era incapaz de negarle ciertas cosas a su novia.

No tardó en llegar a la cocina, y cansado como estaba, echó mano de lo más simple y se hizo un par de sándwiches al más puro estilo occidental para cenar. Otra cosa en la que se diferenciaban Kaiko y él: ella podía pasarse horas y horas sin comer ni beber; él, debido a su condicionamiento de artista marcial, debía llevar a cabo sus comidas con cierto empaque. Pero bueno, eso no quería decir que no pudiese retrasarlas un rato si así lo pedía la situación.

Y entonces sonrió. La comida se tostaba en la sandwichera, y la luz de la luna llena iluminaba toda la estancia, colándose mortecina por las ventanas. Se acercó hasta una de las ventanas y observó la Luna, enorme pintada contra los rascacielos del fondo. Y sintió que se dejaba llevar por uno de esos extraños momentos en los que se da un paso atrás y se observa la vida de uno desde otro punto de vista.

Sintió un calor, una sensación de difícil descripción al pensar en la mujer que dormía en su habitación. No podía dejar de sonreír al pensar en ella (ni tampoco pudo evitar que un par de imágenes de dos rombos le vinieran a la mente también), y casi podía ver su vida reorganizándose a su alrededor. Un tiempo atrás hubiera afirmado que era más probable que Ranma pensara antes de hablar que él llegara a estar en su situación actual. De hecho, seguramente se hubiera reído de quién hubiera aventurado tal posibilidad y luego lo habría enviado a ver al doctor Tôfû.

Pero ahí estaba. Disfrutando de la brisa de un verano incipiente, de la luz de la Luna y… de quemar sus sándwiches.

Con una maldición silenciosa, desconectó el aparato y sacó la comida apunto de carbonizarse del mismo. Por suerte, pudo salvarla a tiempo y, aún quemándose un poco la lengua, comenzó su largamente atrasada cena.

Sin embargo, no dejó de sentirse afortunado. Y eso que era incapaz de dilucidar su futuro. Estar con una persona como Kaiko tendía a hacerle eso a uno. Pero por primera vez en muchísimo tiempo, no le importaba. Sabía que lo que fuera que viniese sería bueno mientras tuviera a Kaiko a su lado. Todo lo demás le parecía accesorio. Un simple añadido con el que podía estar más o menos de acuerdo, pero que siempre era supeditado a estar con ella. A compartir lo que viniese con ella.

Porque con ella todo parecía valer muchísimo más la pena. Con ella cobraban sentido el “sacrificio” y la “generosidad”. Con ella, los problemas eran más, pero su importancia era menor. Todo parecía poder solucionarse. Nada era imposible. La vida se hacía, de repente y sin previo aviso, un juego de dos. Y entre dos, todo era mejor.

Lo cierto era que una parte de su mente le repetía que estaba demasiado cansado y que estaba empezando a alucinar. Y tampoco podía discutir gran cosa con esa parte de sí mismo. Realmente sentía sus párpados caer con cada mordisco que le daba a la comida calentita. Tan sólo necesitaba terminar para saber que podría dormir toda la noche tranquilamente. Así que intentó recuperar el hilo de sus pensamientos, pero tan sólo recuperó una hebra.

Se sentía a gusto con Kaiko. No tenía que hacer ni ser nada que no era con ella, y eso le fascinaba y le aterraba a partes iguales.

Le fascinaba porque le abría una puerta de libertad y sinceridad que jamás había explorado con otra persona. No tenía que ser Nujiezu, o experto en las Armas Ocultas, o un hombre que se transformaba en pato. Lo era todo, y mucho más, y todo era bienvenido. Y casi no se lo podía creer.

Le aterraba porque sabía que entre todas las túnicas y las gafas y las armas y los trucos y las bromas había algo oscuro. Algo que siempre había escondido. Algo que había tratado de enterrar a conciencia. Y le llenaba de congoja que, o Kaiko lo descubriera y le dejara por ello, o no lo descubriera y le hiciera daño alguna vez por esa parte oscura suya.

Aún así, sentía que apenas tenía ningún control, y que las cosas llegarían a su debido tiempo. Así que, sin nada que poder hacer, se resignó con una sonrisa al tiempo que acababa su cena.

Dejó el plato que había usado en el fregadero y miró una última vez a la Luna llena. Se había levantado un tanto, y dejando atrás los rascacielos, ya no parecía tan grande. Más dormido que despierto, le dedicó un guiño a la esfera gibosa y se encaminó en silencio absoluto hacia su habitación.

No estaba seguro de que fuera a recordar aquello al día siguiente (así de cansado estaba), pero le dio igual. Sabía que ese calor que sentía en el pecho no se iría de un día para otro.

De hecho, tenía todas las de quedarse. Por el resto de su vida.


Al capítulo anterior. O a una Vida en Momentos Congelados. O al capítulo siguiente.

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