La vuelta (II)

Ocurre a los 18 años y dos meses.



La vuelta (II)

La vuelta fue silenciosa.

Y no sólo al llegar a la aldea. Allí no esperaba grandes recibimientos. Nunca los había tenido. Aunque, volviendo con la Matriarca y su bisnieta, pensó que al menos alguna de los miembros del Consejo estaría allí para recibirlas. O alguna de las trabajadoras.

O, acaso, las guardias de la puerta.

Pero no, absolutamente nadie les recibió cuando cruzaron el umbral de la empalizada y regresaron, de manera oficial, a la aldea de las Nujiezu.

—Al fin… —oyó a Cologne a murmurar.

Hubiera expresado algo parecido, sino fuera porque temía romper el silencio que se había instalado entre ellos. Y es que, apenas habían intercambiado las mínimas palabras necesarias durante el viaje. A pesar de no entender muy bien por qué Shampoo no se alegraba como él de terminar esa época infructuosa en Nerima, podía respetar su deseo de mantenerse en silencio. Era Cologne la que le intrigaba.

A la momia disecada siempre le había gustado recitar sus planes para el futuro en voz alta. Y siempre le había dado igual que él estuviera delante o no. Siempre le había faltado al respeto de esa manera. Decía que, al fin y al cabo, él no podía hacer nada para cambiar sus planes.

Pero, el viaje había sido silencio. ¿Acaso casarles iba a significar más cambios? Suponía que la noticia haría que su familia se alzase un poco en el escalafón social. Por suerte, sus padres nunca habían sentido la necesidad visceral de ascender como mucho otros, actitud que le había ayudado enormemente a ejercer su libertad de elección.

Por otro lado, no conocía suficiente las altas esferas como para siquiera hacerse una idea de lo que significaría su unión para la familia de Shampoo y Cologne.

Aun así, eso le daba igual. Su único objetivo era hacer feliz a Shampoo. Todo lo demás le daba lo mismo.

—Bueno —comenzó Cologne, sacándole de sus pensamientos —, nosotras dos volvemos a nuestra casa. Tenemos… que hablar con nuestra familia. Tú deberías hacer lo mismo —y tras una pausa en la que pareció languidecer, terminó —, bisyerno.

Podía confesar que le encantaba hacer rabiar a la momia disecada, pero la forma en la que dijo lo de “bisyerno” le quitó toda la energía. Lo único que se sintió con ganas de hacer fue asentir y enfilar hacia su casa, a las afueras de la aldea.

Por el camino tampoco se encontró a nadie. La aldea parecía desierta, y algo extraño empezó a revolverse en su mente.

Sin embargo, llegó a la puerta de su casa antes de que ningún pensamiento pudiera formarse del todo. Con cierta anticipación, tocó un par de veces en la puerta, y al instante se oyeron un par de grititos de sorpresa.

—¡Hijo! —exclamó su madre al abrir la puerta.

Antes de que pudiera responder nada, su madre se abalanzó sobre él y casi chocaron las gafas.

Tras un rato en el que casi pierde el conocimiento, consiguió separar a su madre y obsevarla con una sonrisa.

—Madre, el tiempo no pasa por ti, ¿eh?

Y no lo decía por decir. Su madre seguía con las mismas gafas redondas y enormes que le cubrían la mitad de la cara, los moños de pelo negro a los lados y la ropa lisa y cómoda con la que la recordaba. De hecho, no quería estar seguro de que fuera exactamente la misma imagen con la que se marchó dos años atrás.

Su padre, detrás de su madre pero con una sonrisa igual de grande, parecía, sin embargo, haber encogido. Parecía un poco más pálido de lo normal, e, incluso con la sonrisa sincera que le dedicaba, parecía preocupado.

—Papá —le llamó, y tras abrazarse, bromeó —. ¡Parece que se te hubiera aparecido la Sylphé vengadora! ¿Qué te pasa?

—En realidad no es nada —se adelantó su madre. Ella parecía más molesta que otra cosa —. Ya sabes que tu padre hace más caso que yo a lo que habla la gente.

—Pero cariño —se volvió hacia ella y, sin su sonrisa, su padre parecía totalmente desencajado por la preocupación —, lo que se comenta…

—¡Son habladurías! —exclamó tajante.

—¡Sabes que hay más que eso! —contravino su padre.

—¡Bueno! ¡Bueno! —alzó las manos en señal de apaciguamiento y sus padres, en contra de lo que esperaba, de hecho, se calmaron.

—A lo mejor —aventuró —, lo mejor sería que me contaséis lo que pasa.

Sus padres se miraron y, con cierto fastidio por parte de su madre y alivio por parte de su padre, éste dijo:

—Sí, pero antes deja tus cosas y aseáte un poco. Has hecho un largo viaje, al fin y al cabo.

Unos minutos después, sin mochila a la espalda, una aseo rápido y una muda nueva de ropa, Mousse se sentó junto a sus padres en el pequeño salón de su infancia.

—Vayamos al grano —comenzó su madre, como siempre tan directa —. Lo que tu padre oyó, y que conste que a mí me siguen pareciendo habladurías, es lo siguiente.

—Que vuelves a la aldea como marido de Shampoo, la bisnieta de la Matriarca.

—Es cierto —intervino.

—¡Ves! —exclamó su padre.

—Que —continuó su madre sin inmutarse —este matrimonio es un movimiento de Cologne para no perder más honor con el tema de su bisnieta.

—¿Qué! —exclamó sorprendido.

—Y que, de todos modos, os desterraran de la aldea durante un par de generaciones.

—¿Qué! —repitió aún más anonadado.

—Dos de tres, no está mal.

Se giraron los tres y, en el umbral de la puerta, se mantenía imposiblemente en equilibrio, encaramada a su bastón, la Matriarca. Sin ni siquiera esperar a ser invitada, Cologne se internó en el salón y se enfrentó a los tres.

—¡Matriarca! —exclamaron sus padres, inclinándose varias veces en señal de respeto.

—Momia disecada —exclamó poniéndose las gafas, ya que no quería apuntar mal —, ¿qué haces aquí?

—Mousse —exclamó su padre ante la falta de respeto.

—No pasa nada —dijo Cologne —. Lleva haciéndolo dos años. No voy a hacer nada que no haya hecho ya. Yendo a tu pregunta, pretendía explicarte lo que te acaban de contar tus padres. Todo es cierto, excepto lo del destierro. Eso lo he evitado yo.

Su mente se lanzó a la carrera ante la confirmación. ¿Una treta de Cologne? ¿Un movimiento de la Matriarca para salvar el honor de su bisnieta? Entonces…

—Entonces, ¿era eso? ¿Esa era la razón?

La Matriarca asintió.

—Más vale que te prepares —añadió la anciana con tono recio —. Tienes muchas cosas que aprender, y muy poco tiempo para ello. La ceremonia tradicional será en un par de semanas.

Y entonces, ante la perspectiva de su sueño convertido en una falsa, tuvo una inspiración de aquel Mousse que luchó en el Monte Fénix, y una loca idea se le escapó.

—¿Y si me niego?

La pregunta sorprendió tanto a la momia que casi pareció afectarla físicamente. Pero, se recuperó y añadió a su rostro una sonrisa muy peligrosa.

—Ahora eres un instrumento para salvaguardar mis intereses y los de Shampoo. Tu valía es la de ese instrumento. Si ya no sirves, ya no vales. Así de sencillo.

—¡Con todos los respetos, Matriarca, mi hijo vale mucho más que una simple herramienta o instrumento!

El grito de su madre lo dejo anonadado. Y al parecer sorprendió lo suficiente a Cologne como para dejarla descolocada. Lo suficiente como para que perdiera su risa malévola y dijera:

—Bueno. Pues haz lo que quieras. Si aceptas, ven conmigo.

Y salió de la casa a rebote de bastón.

Se quedó mirando a sus padres, que parecían muy tensos pero más seguros. Y le hubiera gustado decir algo, pero como cada vez los rebotes de bastón de Cologne se oían más lejos, les dio un beso rápido a sus padres y, con un mano se despidió.

—Lo siento —dijo mientras se alejaba —, pero ahora me debo a mi mujer. Vendré en cuanto pueda. ¡Os veo en la ceremonia!

Y así, se marchó de casa.


Al capítulo anterior. O a una Vida en Momentos Congelados. O al capítulo siguiente.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s