Es de noche. Luna creciente

Bajo las sábanas, nuevas épocas comienzan.

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Ocurre a los 24 años y 5 meses.



Es de noche. Luna creciente

Una brisa fresca entraba por la ventana entreabierta. El frescor de la noche veraniega apenas era capaz de contrarrestar el calor que sentía, pero aún así le ayudaba y le hacía sentirse algo más cómodo. Una franja de luz eléctrica anaranjada se colaba junto al viento, casi alcanzando su forma, tapada en todo caso por las mantas y sábanas de su cama.

—Si tienes frío, cierro la ventana —se giró, encontrando su visión inundada al instante por la belleza de aquella que le acompañaba en su cama —. Pero es que, después de habernos pasado aquí todo el día, me da la sensación de que es buena idea dejar esa ventana abierta un rato.

—No, no. Estoy bien, tranquila —respondió, y no pudo evitar que se le formara una sonrisa enorme tan sólo por mirar a la mujer que tenía al lado, alrededor de la cuál se perdían sus brazos y sus piernas.

La ropa, tirada en el suelo, era la única testigo de la desnudez que ambos compartían bajo las sábanas. Su piel centelleaba a cada roce, y su olfato estaba totalmente sobrecargado por el aroma de ella. Sus ojos, a pesar de todo lo que tenían, se habían acostumbrado bien a la oscuridad tan sólo mitigada por la luna creciente, y le permitían de tan cerca observar con cierta claridad el rostro angelical de ella. Simplemente, se sentía en el cielo.

—Es curioso, nunca pensé que alguien que se había criado en la zona más salvaje de China fuera a tener frío por abrir un poco la ventana en medio del otoño japonés…

—Bueno, eso tendría algo de sentido si no fuera porque esa zona salvaje de la que hablas siempre fue bastante más caliente que la media de la zona donde se enclavaba. Cosas de ser limítrofes con la gente del Monte Fénix —aclaró con picardía, y se ganó un beso de su interlocutora por sus molestias.

Los cabellos dorados de ésta conseguían reflejar en cierta medida la tenue luz lunar. Incluso, si no fuera por que sabía que no podía ser, incluso diría que eran capaz de reflejar las estrellas del firmamento. Era algo sensacional, un detalle que no podía dejar de admirar, de observar lentamente con una sonrisa pintada en la boca mientras el resto de la gente le tachaba de raro. Simplemente, sentía que aquella obra era mucho más sublime que cualquier otra cosa que nunca hubiera observado.

—Me imagino que ahora la pregunta a hacer es: ¿y ahora, qué? —dijo, casi pensando en voz alta más que realmente formulando la pregunta.

—Ahora todo, cariño —y a pesar de la caricia de Kaiko, un pequeño escalofrío lo recorrió —. ¿Frío?

—No, tan sólo malos recuerdos —entonces fue él quién silenció a su acompañante con un beso. Aquello era algo de lo que hablarían… en su momento.

—”Ahora todo…” Eso suena como un montón de trabajo, la verdad —continuó él.

—La verdad es que puede serlo, sí —afirmó Kaiko—. Casi con toda seguridad, lo que se nos viene encima es mucho más de lo que nunca ninguno de nosotros hemos experimentado jamás. Pero mientras lo hagamos con ganas…

Por un momento, dejó que sus pensamientos se sobrepusieran a la voz de Kaiko. Lo que había pasado… No había salido indemne de todo ello, ni siquiera sabía si su pasado no volvería a buscarle de alguna manera. Sabía que tenía manías, fobias, miedos… Un conjunto de malos atributos que estaba seguro no le eran agradables a nadie. Y eso sin contar que se convertía en un pato (que ella parecía haber aceptado perfectamente, pero a ver) y que estaba más o menos ciego. Ah, y era un artista marcial, con todo lo que algo así implica. En suma, tenía muchas dificultades para ver cómo a alguien le parecería material de “novio”.

—La verdad sea dicha, estoy bastante asustado —confesó al fin, sumando en unas palabras todo lo que había considerado hasta el momento.

—Bueno, eso se pasa.

—¿Seguro?

—Te lo digo yo.

—Ah, bueno. Entonces… vale.


Al capítulo anterior. O a una Vida en Momentos Congelados. O al capítulo siguiente.

Autor: Mu-Tzu Saotome

Estudiante y escritor novel, manga aficionado y cazador de bromas al vuelo.

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