El mejor regalo del mundo (II)

Cuando te recuerdan por qué haces algo, puedes recuperar tu ilusión.

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Ocurre a los 50 años y 3 meses.



El mejor regalo del mundo (II)

Hoy es un día como otro cualquiera.

Tenshi llamó al medio día, como todos los martes. Estaba bien, un poco asustado por su primer examen universitario, pero ilusionado igualmente. Kaiko y yo le aseguramos que todo iba a salir bien, y nos mandamos besos y buenos deseos.

Esta tarde, Tsukiko salió con sus amigas a dar una vuelta. Todavía me sorprende el desparpajo con el que intenta engañarme para que le deje un poco más de dinero del que le permite tener su madre. Hoy la he dejado ganar. No puedo resistir el brillo en sus ojos cuando siente que ha vencido. Empiezo a temer el día en que Nabiki la tome bajo su cuidado.

—Cuidado con esa patada. Quieres que impacte en el esternón, no en la barriga.

Kaiko estará a punto de comenzar la vuelta a casa. Me temo que, por mucho que insista, no voy a convencerla de que deje de trabajar. Ahora estamos bien, seguros financieramente, pero simplemente. No quiere. Además, no creo que en Fukushima la dejaran irse tan fácilmente.

—El hombro más alineado con el resto del brazo. No querrás hacerte daño al lanzar un puñetazo, ¿verdad?

Eso también significa que mi clase está a punto de terminar. Miro el reloj y, efectivamente, penas restan unos minutos. Entre correcciones y consejos, las dos horas de clase se han pasado y yo, no importa el tiempo que pase. Pero con los años, cada vez permito que más cosas sean parte de las responsabilidades de mis alumnos.

—¿Mousse? ¿Profesor Mousse? —la voz procede del umbral de la puerta, y lleva una familiaridad que me desconcierta. Dejando lo que estaba haciendo a un lado, invito a quién quiera que sea a que entre, y pongo mi sonrisa de no haber estado dando clase dos horas.

—¡Profesor Mousse! ¡Qué alegría verle! Temía que si tardaba demasiado ya no podría encontrarle.

La chica que tengo frente a mí sonríe ampliamente, claramente complacida de haberme encontrado. Hago memoria, intentando no cambiar mi expresión, y al fin, el recuerdo vuelve a mi conciencia.

—¡Tomori! ¡Cuánto tiempo!

Su sonrisa se ensancha. Está claro que he acertado. Vino a la escuela un par de años cuando apenas había comenzado. Entonces era una chica a punto de cumplir diecinueve años, algo impresionable pero con cierta maestría para los lanzamientos. Lo dejó cuando tuvo que mudarse, y ahora parece que allá donde fuera encontró una nueva vida, porque parecía una mujer hecha y derecha.

—¿Cómo tú por aquí, Tomori? ¿No me digas que te has mudado de vuelta?

—¡Ya me gustaría! Pero mi marido y yo trabajamos al otro lado de Tokio, así que no puede ser.

—¿Te casaste? ¡Felicidades!

—Gracias, gracias. Y precisamente, a lo que he venido es a darle las gracias.

—¿Y eso?

Estaba confundido. ¿Por qué razón podría darle las gracias? En estos años, su impacto en la vida de Tomori había sido nulo.

—¿Cómo que por qué? ¡Me ha salvado la vida!

—¿Perdón?

—¡Sí, sí! Bueno, no exactamente usted, pero lo que me enseñó aquí.

No alcanzo a comprender, y Tomori debe darse cuenta por mi cara, así que continúa.

—Verá, no hace mucho, volvía a casa por la noche del trabajo cuando un par de ladronzuelos de pacotilla me asaltaron. Iban de negro, con capuchas de calaveras y unas navajas en cada mano. Mi primer instinto fue salir corriendo, pero no estaba segura de poder escapar. Así que hice lo que nos enseñaste una y otra vez: me relajé, controlé mi miedo y me hice consciente de cada centímetro cuadrado de mi cuerpo. Cuando me pidieron el dinero, me negué, e incluso les pedí que me dejaran pasar.

—Tomori…

—¡Escuche, escuche! Al principio se quedaron tan sorprendidos que fueron incapaces de hacer nada. Pero según iba negándome más veces a darles mis pertenencias, más se enfadaban ellos. Finalmente, cuando se habían puesto a rabiar, me atacaron con las navajas.

—Eso seguro que fue…

—Espere, que ya llego. De repente, en un rápido movimiento, desarmé a los dos macarras y me hice con sus navajas, algo mucho más fácil para mí dado mi entrenamiento. Luego aproveché y rompí sus cientos y les envíe de vuelta a su casa de forma bastante humillante, quisiera añadir.

—¡Eso es muy peligroso! —consigo exclamar al fin.

—Tal vez, pero se lo tenían merecido.

—Bueno… —accedió finalmente —Lo importante es que estés bien.

—Por eso quería venir y hacerle esta visita. Gracias, de todo corazón. Lo que me enseñó, lo que enseña ahora… Es maravilloso. Me salvó la vida. Gracias.

De repente, me quedo sin palabras. Hay un agradecimiento tan grande y honesto en ella que apenas puedo responder.

—Gracias —digo al fin, y la mujer, tras brindarme un abrazo cargado de la misma dulzura, se marcha.

En un instante, mi apatía de la clase ha desaparecido. Y en su lugar, una nueva ilusión ha renacido. Apenas puedo entenderlo, pero es como si volviera a empezar, a estar respirando el aroma de este lugar por primera vez.

Es un regalo maravilloso, un regalo que quiero aprovechar.


Al capítulo anterior. O a una Vida en Momentos Congelados. O al capítulo siguiente.

Autor: Mu-Tzu Saotome

Estudiante y escritor novel, manga aficionado y cazador de bromas al vuelo.

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