El día en la escuela (III)

Ocurre a los 39 años.



El día en la escuela (III)

Esto era nuevo.

Atravesó el umbral del edificio sintiendo cierto asombro. No importaba cuantas veces fuera al colegio de sus hijos, siempre se sorprendía ante el tamaño de aquel edificio dedicado por entero a la enseñanza. Comparado a su aldea natal, donde apenas sumaban veinte niños y niñas aprendiendo por curso, esto era descomunal. Era una peculiaridad, pensó, que permeaba a todos los aspectos de la vida japonesa: grandes construcciones donde se apiñaban muchos de ellos. Era, por otro lado, lógico: eran tantos, y su territorio tan limitado.

Pero, dejó esa filosofía suya a un lado y se centró en el motivo de su visita. Recordó de visitas pasadas dónde, en aquel laberinto de pasillos y clases, se encontraba el despacho de la directora, y se dirigió hacia allá a buen ritmo. Mientras caminaba, repasó mentalmente lo que su mujer le había dicho.

–”No seas muy duro con él. Sabes cómo pueden ser de crueles los niños con estas cosas. Tan sólo se ha defendido.”

Aún así, eso no era justificación, y tanto él como su hijo debían saberlo. Esto no era Nerima, ni la aldea Nujiezu. Y ese otro niño no era como Ryôga o Ranma. No, este no era el camino.

Finalmente alcanzó el despacho y, renovando su resolución, dio un par de toques en la puerta de brillante madera.

–Adelante –ordenó una voz femenina desde dentro.

Entró y cerró tras de sí. Hizo una ligera reverencia y tomó el asiento al lado de su hijo.

–¿Papá? –se extrañó su hijo. No sabía muy bien si debía mostrarse enfadado o reconfortante con su hijo, pero al ver su expresión de tristeza y remordimiento, la elección se hizo sola.

–Ya estoy aquí, campeón. No te preocupes –y le revolvió un poco el pelo, devolviéndole un poco la sonrisa que tanto amaba.

–Señor…

–Mousse –suplió volviéndose hacia la señora.

Ahora que le veía de cerca, cara a cara, y no en una de esas reuniones a las que había asistido meses atrás, se dio cuenta de que era más joven de lo que parecía. Su atuendo discreto y formal, las gafas amplias y redondas y el moño en el que se había recogido el pelo enmascaraban con sorprendente efectividad el hecho de que ni se le veían arrugas ni canas. Era, supuso, el precio a pagar por ostentar un cargo de tanta importancia a tan temprana edad.

–Sí, señor Mousse –reanudó la mujer con tono, como toda su apariencia, formal –. Le he hecho venir porque su hijo aquí se ha… visto envuelto en otra trifulca.

–¡Yo no la empecé! –interrumpió.

–¡Tenshi! –exclamaron ambos al mismo tiempo. Aquello silenció al pequeño al instante, y provocó que ambos se mirasen.

–Lo siento –se disculpó Mousse –. ¿Decía?

–Sí. Yo misma, mientras daba un paseo por los terrenos de la escuela, descubrí a su hijo Tenshi peleándose con el alumno Norito. Aunque en realidad, más que pelearse, habría que decir que descubrí a su hijo pegando a su compañero.

Entonces notó que la incredulidad tomaba a la mujer.

–No entiendo como su hijo podía llevar todas esas cosas entre sus ropas. De repente, su hijo empezó a lanzar un montón de cuerdas y cadenas y qué sé yo más al alumno Norito. Lo atrapó y le hizo caer al suelo –entonces perdió la incredulidad y ganó de vuelta la mirada reprobatoria –. En ese momento fue cuando intervine y los separé.

Miró hacia su hijo y no pudo evitar sentir una chispa de orgullo ante su habilidad.

–No creo que sea algo de lo que sentirse orgulloso, señor Mousse.

–No, por supuesto que no –negó con absoluta seriedad.

–Bueno. Aunque esta no ha sido la primera vez que su hijo ha tenido problemas, como el alumno Norito no ha sido herido más que en su orgullo, no habrá mayor castigo de lo que ya ha habido. Sin embargo –alzó la voz al ver que Tenshi se removió en su asiento, y se dirigió a él directamente –, no quiero volver a tenerle aquí nunca más mientras siga en esta escuela, ¿me ha comprendido, jovencito?

Tenshi asintió con fuerza.

–Muy bien, puede volver a clase. Ahora –y entonces se giró hacia Mousse –, me gustaría hablar con usted.

Su hijo se le quedó mirando un momento. Hizo un gesto diciéndole que todo estaba bien, y salió disparado.

–Dígame –dijo cuando su hijo cerró la puerta tras de sí.

–Bien, voy a ir directamente al meollo de la cuestión –le avisó la directora –. Por lo que tengo entendido, usted proviene de China, ¿verdad?

–Así es –confirmó.

–Entonces, supongo que ya se imaginará lo que pasa –suspiró la mujer.

–Pues la verdad es que no –contravino con curiosidad –. Por favor, explíqueme.

–Usted… ¿no está al tanto de las relaciones entre nuestros dos países? –inquirió la directora con aún más curiosidad que él.

–Es que aunque vengo de China, la aldea donde nací siempre ha estado… muy orgullosa de su independencia de la República Popular –explicó.

–Ah… Bueno, la cuestión, y me resulta extraño tener que explicárselo así, es que nuestros países no se llevan bien. Nada bien –aseguró la mujer con un tono de verdadero aburrimiento –. A mí, personalmente, me parece una cosa del pasado que no debería afectar a las nuevas generaciones, pero hay muchos que no piensan así, e inculcan en los pequeños una… desconfianza, por no decir otra cosa, hacia los chinos.

–Eso explica…

–Me temo que sí –se adelantó la mujer –. Me temo también que el enemigo al que se enfrentan tanto su hijo como usted no se le puede ganar con golpes… o cadenas. Autocontrol, esa es la clave.

Asintió lentamente, tratando de entender la tarea que tenía por delante. No iba a ser fácil, pero era la excusa perfecta para hablar con Tenshi de lo que significaba realmente aprender artes marciales. Esta tan sólo serviría para reforzar sus enseñanzas.

–Muchas gracias –dijo finalmente, levantándose para marcharse –. Hablaré con mi hijo para que esto no vuelva a suceder.

–De acuerdo –ella se levantó también y le estrechó la mano, recuperando su aura formal –. ¡Ah! Una cosa más.

–¿Sí?

–No más cuerdas y cadenas.

–Eso… puede resultar difícil.


Al capítulo anterior. O a una Vida en Momentos Congelados. O al capítulo siguiente.

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