Viejos recuerdos (VII)

Ocurre a los 26 años y medio y unos días. Como los demás capítulos de este título.


Viejos recuerdos (VII)

Odiaba aquella luz eléctrica y fría. Su blancura inocua le traía malos recuerdos. Momentos de espera, indecisión y duda.

Mousse prefirió apagar la luz y quedarse a oscuras. Además, era mejor así. Si aquella mañana al doctor Tôfû le había dado por despertarse pronto, podría pillarle con la luz dada. No; lo mejor era estirar las piernas y levantarse de la cama sin que el doctor lo supiese. Ese loco quiropráctico era capaz de tenerle una semana más en cama si trataba de andar antes de que se lo permitiese. Por otro lado, sí que sentía algo de dolor. No al andar, pero girarse ya era otra cuestión. Tenía la impresión de que arrastraría, al menos una molestia, toda la vida.

Aún así, apartó las sábanas y salió de la cama, irguiéndose todo lo que pudo. Una penetrante punzada de dolor le impuso su límite. Entonces, empezó a andar por la habitación con mucho cuidado, en parte para no darse con la cama, en parte para no hacer ruido y que le descubriese el doctor.

Sin embargo, apenas había dado unos pasos cuando oyó que tocaban en la puerta.

–¿Mousse? ¿Estás despierto? –le llegó la voz del doctor con suavidad.

–Sí, sí –respondió de nuevo en la cama.

Encendió la luz y el doctor abrió la puerta.

No entró solo.

–¡Kaiko!

–¡Mousse! –antes de que pudiera decir nada, se encontró con la chica abrazándole con fuerza. Casi inmediatamente, la herida le empezó a doler y los pulmones empezaron a clamar por el aire que no llegaba.

–Me suele gustar… respirar –consiguió murmurar.

–¡Lo siento! –se disculpó la chica.

–No, si no es que estuviera mal, pero vamos, que el azul para la cara nunca me ha ido mucho –comentó con una sonrisa.

–¡No seas ganso!

–¡Eso me lo dicen mucho!

–Bueno, os dejo que habléis de vuestras cosas –Tôfû había subido las persianas y abierto las ventanas, y tenía una expresión de lo más exasperante pintada en la cara.

–Eso, y así me hace el examen mañana –aventuró Mousse.

–De acuerdo –aceptó de buen grado el doctor –. Señorita Kaiko.

Y cerró tras él.

–¿Señorita Kaiko? –repitió la rubia extrañada –Creo que nunca me habían llamado así.

–El doctor Tôfû está chapado a la antigua –trató de explicar Mousse. Tan sólo consiguió una mirada aún más extrañada de Kaiko. Decidió cambiar de tema –. Pero bueno, ¿qué haces por aquí?

–¿Cómo que qué hago por aquí? –repitió indignada –¡He venido a verte y a estar contigo! ¡Eso es lo que hago por aquí!

–Bueno, mujer, no te pongas así –trató de defenderse.

–Ya te he dicho que tenemos que hablar sobre esa manía tuya de menospreciarte todo el rato –continuó ella.

–Bah, no sé si merecerá la pena –dijo a propósito sin poder aguantarse la risa.

–Me pregunto si la gracia esta tuya te viene de nacimiento o la robaste en alguna feria –dijo Kaiko con tono seco, pero abrazando a Mousse.

–Curiosamente –respondió cambiando a un tono mucho más serio –, empecé con ello cuando vine aquí, a Japón, y empecé a trabajar con Ukyô.

Kaiko se acurrucó contra su pecho, y en un momento, le dio un beso con el que se sintió inundado de amor y comprensión.

–Sabes que, cuando quieras, puedes contarme todo lo que quieras de aquello de China.

Él hizo caso omiso del dolor del costado y se abrazó fuerte a Kaiko.

–En China –susurró al oído de su ángel rubio –, antes de que te conociese, tuve una relación, un sueño hecho realidad. Pero el sueño se convirtió en pesadilla, y ésta me siguió. Siempre en mi mente, en mis sueños, en mis recuerdos. Hasta que hace unos días, cuando vine a visitar a Ranma y Akane, la pesadilla, por fin, me alcanzó.

Retiró un poco las sábanas y le mostró, tratando de deshacer lo mínimo el vendaje, la herida que había dejado la espada al entrar en su costado.

–Esto es la marca que me ha dejado mi pasado –finalizó.

No hubiera necesitado las gafas para ver la expresión de horror de Kaiko. Lentamente, como temiendo que pudiera romperse, ella alargó una mano temblorosa hasta la herida cosida. Tenía que reconocer que para alguien como Kaiko, a lo mejor era demasiado desagradable, pero tenía que continuar hasta el final de una sola vez.

–Mousse… esto…

–Espera, déjame acabar –cogió su mano y se la llevó de nuevo hasta la herida –. Soy un artista marcial, Kaiko. Incluso si quiero y espero que algo así no me volverá a pasar, me temo que las peleas me seguirán toda mi vida. Además, soy el heredero de la escuela de las Armas Ocultas. De alguna manera, algún día, tendré que pasar ese legado a mi propio heredero. Por eso, seguro que esta no será la última vez que sea herido. Ésta es la carga que llevo conmigo, la carga que tendrá que soportar también quién quiera estar conmigo.

Soltó la mano de Kaiko, y ésta la retiró lentamente. Se echó las sábanas de nuevo y tuvo que mirar hacia la ventana.

–Entenderé perfectamente que ahora quieras un tiempo para pensar, ya que esto no es algo fácil de digerir.

–¿Qué tiempo ni qué leches? –se giró sorprendido. En el rostro de Kaiko había miedo y algo de vergüenza, pero por encima de todo ello una enorme sonrisa que brillaba en sus ojos esmeralda –¡Ya estoy demasiado colada por ti como para echarme ahora atrás por unos golpes y unas cicatrices! Además, ¿quién dijo que sería fácil?

–Pero… –intentó explicarse.

–Nada, nada. Ya sé que me vas a decir que no me lo tome a risa, que es una cosa seria. Pero esta decisión que me das ahora yo ya la tomé hace meses. Te quiero, Mousse, y esto no lo cambia. Es tan simple como eso.

Se inclinó sobre él y le besó en la frente.

–Tendré que volver, hablar con mis padres –continuó ella –. En cuanto estés recuperado, ven a mi casa, por favor. Al fin y al cabo, la presentación oficial ante mi familia ha de ser cuánto antes.

–¿Por qué? –se extrañó él. Al fin y al cabo, había pensado que, si todo salía bien, tendría unas semanas de… cariños y cuidados hasta que se recuperara del todo.

–Tú no conoces a mi familia –respondió ella.

Y sin razón aparente, un escalofrío le recorrió la espalda.


Al capítulo anterior. O a una Vida en Momentos Congelados. O al capítulo siguiente.

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