Viejos recuerdos (VI)

Ocurre a los 26 años y medio (y unos días).


Viejos recuerdos (VI)

Mousse se puso derecho bajo la atenta mirada del doctor Tôfû.

No tuvo ningún problema al poner los pies descalzos en el suelo. Como mucho, el frío que le recorrió la espalda. Por supuesto, el quiropráctico no se conformaría con tan poco.

—A ver, ahora intenta hacer unos giros de cadera —le ordenó.

Hizo los giros y, aunque sintió una ligera punzada de dolor, como un pinchazo profundo e insistente, no permitió que su gesto cambiase lo más mínimo.

—Estoy bien, doctor —intentó convencer a Tôfû con tono suplicante —. Lo único que me falta para poder estar del todo bien es poder dejar la clínica. De verdad.

El médico le dedicó una mirada llena de sospecha.

—Parece que, efectivamente, estás recuperado del todo —sabía que aún faltaba algo —, pero, como no estoy seguro de que estés siendo sincero sobre si te duele o no, voy a mantenerte aquí otro par de días como mínimo.

—¡Pero, ya estoy bien, no puede seguir dejándome aquí sin hacer nada! ¡Tengo… compromisos que me requieren cuánto antes!

—¿Por “compromisos” te refieres a esa chica rubia que vino ayer?

Maldito doctor y maldita sonrisilla paternal. No se le escapaba absolutamente nada de lo que pasaba en su clínica.

—Y… ¡entrenamiento! ¡Y las clases! ¡Y más cosas! —se apresuró a añadir.

—Bueno, para acelerar tu vuelta a tus… cosas —y el énfasis en esa palabra lo sonrojó —, voy a dejar que camines por la clínica. Con cuidado y sin forzarte, eso sí.

Por un momento pensó en presionar algo más para conseguir su liberación, pero pronto recapacitó. El doctor Tôfû no iba a permitirle de ninguna manera intentar acortar su estancia allí. Era un doctor demasiado bueno como para permitir eso.

—De acuerdo —aceptó al fin —. Pero ni un día más.

El quiropráctico rió con fuerza, y Mousse terminó uniéndosele. Después de murmurar algo sobre jóvenes cabezotas, se despidió de él con intención de visitar al resto de sus pacientes.

Ya solo, la ventana atrajo toda su atención. El callado murmullo de la lluvia golpeando el cristal le atrapó, y se dio cuenta de lo afortunado que había sido durante su pelea. Si hubiera cometido un fallo al ejecutar el Xifa Xiang Gao y se hubiera empapado… No quería ni imaginar lo que esa espada le hubiera hecho a su forma de pato.

—Bueno, si no es mi yerno en camisón —se dio la vuelta y, efectivamente, ahí estaba Cologne sacudiendo el agua de su paraguas —. La verdad, creo que el cambio de túnica a camisón no te favorece en nada.

—Yo nunca te dije nada de tu estrambótica manía de vestirte con trapos aunque todo el mundo sabe que a las momias siempre os han quedado mejor las vendas —respondió.

—Debería darte un bastonazo por eso —le amenazó la anciana meneando el bastón —, pero no quiero alargar aún más el trabajo de ese esforzado doctor.

—Sí, claro…

—¡Será mejor que no me tientes más!

Los dos se callaron, pero de forma sonriente. Aprovechó para fijarse bien en Cologne. Parecía más cansada de lo que nunca la había visto. Tenía unas profundas ojeras debajo de sus grandes ojos, juraría que le habían salido nuevas arrugas bajo las viejas arrugas, e incluso su lenguaje corporal delataba el cansancio que no mostraba en su voz.

—¿Cómo estás? —preguntó serio.

—Creo que ya lo sabes —contestó la anciana Nujiezu igual de seria —. Lo que hiciste lo ha complicado todo. Hubiera sido más sencillo si…

—Tal vez —evitó que Cologne tuviera que acabar ese pensamiento —. Pero pienso que fue lo mejor.

—Seguramente sí, pero tanto ella como sus padres y el resto de su familia más cercana tienen ahora un largo camino que recorrer.

—Cologne…

—Yo me mantendré al margen por ahora —continuó sin hacerle caso —. Supongo que pasaran unos años hasta que pueda estar junto a ella sin problemas.

—No te estarás culpando por lo que ha pasado, ¿no? —cuando dejó de mirarle, obtuvo toda la respuesta que necesitaba —No te puedes culpar por lo que hizo Shampoo. Ella fue perdiendo el contacto con la realidad poco a poco. Nadie hubiera podido darse cuenta. Si hay alguien que tiene algo de culpa, eso sería yo. Intentando protegerla tan sólo alimenté su falsa realidad.

—Eso es muy noble de tu parte, yerno, pero ambos sabemos que es mentira —era su turno para estar callado y mirar hacia otro lado —. Tú intentaste protegerla y ayudarla como bien sabías. Le salvaste la vida. Y yo no pude darte ni un consejo sobre cómo ayudarla. Tanto tiempo siendo su entrenadora, y no tenía nada que decirte de valor. Aún hoy es vergonzoso…

Hubiera respondido, pero sabía que Cologne no le permitiría decir nada. Así que tan sólo caminó hasta ella y le puso una mano en su diminuto hombro.

—Me salvaste la vida más de una vez, sobre todo en los primeros meses. Salvándome la salvaste a ella y le diste, creo yo, algunos de los mejores meses de su vida. Por lo menos, fueron los mejores de la mía.

No sabía si esas palabras le servirían de algo a la Matriarca, pero sintió la necesidad de decirlas.

—Aún me duele el hecho de que te necesitara como intermediario entre ella y yo —confesó la mujer sin fuerzas —, pero supongo que ahora tengo una segunda oportunidad.

—¡Eso está mejor!

Entonces, ella hizo algo que nunca le había visto hacer: se equilibró sobre su bastón en toda su altura y le dio un abrazo. Muy sorprendido, devolvió el abrazo con cuidado y respeto.

—Verdaderamente te has convertido en una preciosa adición a nuestra familia.

Y con eso, antes si quiera de que pudiera decir nada en agradecimiento, Cologne se marchó, encaramada a su bastón, por donde había venido, dejándolo con las ganas de pasar más tiempo con la que había pasado de ser su bisabuela política a su bisabuela.

 


Al capítulo anterior. O a una Vida en Momentos Congelados. O al capítulo siguiente.

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