Almas, deseos y reencuentros

Sayonara Amazonas: El viaje de Ukyô

Almas, deseos y reencuentros

Unos días después, caminaba por las calles del distrito comercial sin hacer mucho caso a lo que veía.

Sí, estaba recorriendo el asfalto y la acera de su niñez, y sí, seguramente debería haber capturado a Konatsu y haberlo traído consigo, tener al kunoichi entretenido un rato. Pero al parecer su padre se había propuesto hacer eso mismo, y hasta ahora había hecho un trabajo envidiable.

Así que, sin mucho más que hacer y sin ganas de estar en su casa, se había puesto a caminar mientras pensaba en su madre, mientras trataba de encontrar el equilibrio que ella siempre le daba. Y con el equilibrio, las respuestas que le evadían.

Ante sus ojos, yattais de mil colores como el que una vez le fue arrebatado se amontonaban ante las entradas de otras tiendas, y los olores de sendas mil cocinas la tentaban y la llamaban como las sirenas de Ulises. Podía distinguir fácilmente quién conocía su oficio, y esos se contaban con los dedos de una mano. Entre toda la algarabía, pues la calle por la que pasaba en aquel momento parecía el metro de Tokio en hora punta, pudo ver incluso a uno de estos buenos cocineros recogiendo su tienda móvil y marchando a buen trote por la calle que llevaba a la playa, seguramente buscando nuevos clientes. Y mientras la forma del yattai desaparecía entre la muchedumbre, un suspiro se escapó de entre sus labios.

Había muy pocas cosas que echara de menos de su juventud, pero el yattai era una de ellas.

—¿Ukyô? ¿Ukyô Kuonji? ¿Eres tú?

Volvió a la realidad y a fijar la vista al frente justo a tiempo para descubrir a una chica que debería ser de su misma edad haciéndose camino a duras penas entre los dos jubilados que tenía en frente.

Era… alguien que no sabía reconocer. Podía decir que parecía de la zona, que el sol la había visto con ropa corta más que a ella y que no debía llevar una vida muy física. Sus ojos eran oscuros, mucho más que los suyos, pero el pelo era tan claro que daba la sensación de ser extranjera. Por otro lado, el yukata veraniego que trataba de recolocarse después de hacerse paso deshacía esa idea.

Aunque lo que más le hubiese gustado era terminar aquello antes de que empezara, una voz en su cabeza le recordó que no tenía nada que hacer. No queriendo luchar consigo misma, se rindió ante la vista de tener una conversación con aquella chica que no recordaba.

—Mmh… No me recuerdas, ¿verdad? —aventuró la aparentemente conocida —No me extraña… Y encima teniendo en cuenta cómo me porté, no me extraña nada.

—Perdón, hace mucho que no he estado por aquí, así que no sé… —trató de disculparse la chef.

—No tienes por qué disculparte, ya te lo he dicho. Soy Mariko Himomiya, de la escuela primaria.

El nombre actuó como una especie de resorte, liberando al fin en su embotada mente los recuerdos que tenía sobre esa chica.

—¡Es cierto! —exclamó emocionada —¡Solíamos ser amigas, ¿verdad?! Recuerdo que solíamos encontrarnos en el parque cuando nuestros padres nos daban un paseo.

—¡Sí, así es! ¡Sí!

—Éramos inseparables —recordó Ukyô —. Nos pasábamos horas en la playa, o más concretamente, en el mar.

—Y luego nos llevábamos unas broncas… —añadió Mariko.

—Y nos castigaban unos días, pero lo volvíamos a hacer —rio Ukyô.

No recordaba mucho más, así que supuso que, en algún momento, simplemente perdieron el contacto.

Decidieron tomar algo para celebrar el reencuentro, así que se acercaron a uno de los yattais que la chef había marcado como bueno, y se sentaron la una junto a la otra. Mariko dejó un bolso sobre la barra que Ukyô no sabía de dónde había salido, y ésta dejó su enorme espátula apoyada a su lado. El dueño apenas sí reparó en el exagerado instrumento. Mariko sin embargo…

—¿Y eso? ¡Parece una pala gigante!

—Es una espátula de combate… —corrigió Ukyô apretando los puños.

—Ah, claro… —Mariko pareció desinflarse un poco.

El cocinero les puso delante un buen plato de soba al estilo del lugar, y Ukyô comenzó a dar buena cuenta del bol, imaginando por un momento que ella expandía el negocio y comenzaba a hacer soba también. “¡So-ba! ¡Qué tontería!”, pensó.

Su vieja amiga, sin embargo, continuó contemplando la sopa como si fuera el fondo del mar.

—Si no te gusta la soba, siempre te puedo poner algo de… —comenzó el vendedor, sólo para ser interrumpido por la joven.

—Ukyô, ¡lo siento mucho! ¡Me comporté como una idiota, y no sirve la excusa de que teníamos cinco años! Debería haber seguido a tu lado. Me debería haber dado lo mismo lo que dijesen. ¡Lo siento mucho!

Se quedó con los fideos colgando. Se había girado poco a poco hacia Mariko mientras ésta hacía su dramática confesión. Y la sorpresa no parecía querer dejarla terminar de comer.

—Creo que la soba no es el problema —comentó el vendedor, girándose para dedicarse a otra cosa y despertando a Ukyô.

Esta sorbió los fideos (y le dio la sensación que hacía tanto ruido como la muchedumbre al otro lado de las cortinillas), y abrió la boca para decir algo. Pero se dio cuenta de que no sabía qué decir. Así que volvió al principio de la conversación.

—La verdad es que no recuerdo…

—Cuando te pusiste a entrenar —comenzó Mariko apartando la vista de ella —, te volviste bastante… impopular. Sobre todo con todo el asunto ése de “dejar la feminidad” en pos de la venganza. Así que empezaste a ir al mar a entrenar en vez de a jugar, y en el colegio, más de lo mismo. El resto de las chicas te hicieron el vacío, y tuve que elegir…

—No pasa nada, Mariko.

—Pero entiéndeme, Ukyô. No querías tener nada que ver con nadie. Siempre andabas a lo tuyo. No hablabas con nadie. Todo se reducía al entrenamiento y a odiar a alguien que ni siquiera estaba ya allí.

—Lo sé, lo sé —Ukyô extendió una mano hacia Mariko, apoyándola en su hombro —. Me doy cuenta que no debí ser la amiga modelo que alguien pudiera tener. Pero esa vendetta ya se acabó.

—¿Ya tomaste tu venganza? —preguntó Mariko, una mezcla de esperanza y espanto.

—Sí, bueno —realmente no tenía ganas de hablar de ello, así que hizo un resumen —. Esa parte está satisfecha.

—Entonces, ¿has recuperado tu feminidad? La ropa que llevas…

—Es de chef de okonomiyakis. Y sí, más o menos la he recuperado.

—¿Ya no tienes ganas de venganza?

—Mmh… No.

—No pareces muy convencida.

—Ya.

—¿Así que no más Ranma en tu vida?

Entonces sintió una especie de cosquilleo en los dedos, y estos agarrando algo metálico con fuerza.

—¿Por qué? ¿Acaso estás detrás de él? ¿Te gustaba? ¡Pues yo soy su prometida guapa!

Y colocó su espátula de combate a su lado, casi clavándola en el cemento.

—Um… diría que no —se respondió Mariko tras haber tragado saliva —. Aún sientes algo por Ranma, ¿verdad?

Ukyô, al escuchar el tono calmado que la hablaba, se dio cuenta de lo que acababa de pasar, y se maldijo una vez más. Lo había vuelto hacer. Volvía a ser aquella tarde en el Cat Café de nuevo. Dejó su espátula de nuevo donde había descansado hasta entonces, respiró profundamente varias veces y respondió.

—Soy su prometida.

—¡Eso no significa nada! —exclamó Mariko —Técnicamente, también lo eras cuando tenías ganas de arrancarle la cabeza. ¿Qué pasó?

—Bueno, cuando lo encontré a él y a su padre, no tuve problemas en aplicar mi venganza sobre Genma. Sin embargo, cuando intenté hacer lo mismo con Ranma, no se dejó. Es un luchador excelente. Fuera de mi alcance, de hecho. Fue de mal en peor hasta que me tenía totalmente a su merced. Y entonces… Entonces me volví a enamorar de él.

—¿¡Qué!? —gritaron al unísono Mariko y el vendedor.

—¡No se meta en esto! —amenazó Mariko. Se giró hacia Ukyô y también parecía que tenía ganas de amenazarla —¡Pero si se fueron con tu yattai! Si juraste venganza. Si entrenaste durante más de diez años sólo para eso. Y aún así…

—Aún así —confirmó ella.

—Hay que ver… Tenías esa faceta escondida, pero no desaparecida.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Ukyô, recordando el nuevo acertijo que le había planteado la anciana.

—Ya sabes. Ukyô, la guerrera en contra de la feminidad y por la venganza, aún escondía en su interior a la chica de cinco años enamorada de su amigo. La primera Ukyô perdió el control en ese momento y afloró la segunda.

—Pero siempre era yo —trató de argumentar la chef.

—Claro, ambas son tú. Son… facetas. Estados. Como el agua y el hielo. Hecho de lo mismo, pero distinto.

—Como un huevo que pasa a estar frito, los fideos que se cuecen o el aceite que se evapora…

—Sí… Algo así —aceptó Mariko, claramente perdida.

Pero la mente de Ukyô no lo estaba. De hecho, trabajaba a todo vapor. No había tenido ningún sueño sobre botellas y arena, pero estaba prácticamente segura de que esto era a lo que se refería la anciana. Botella y arena eran distintos aspectos de la misma cosa. Y daba lo mismo de que se estuviera hablando, pues eran la misma cosa, aunque las utilidades fueran distintas. Por ejemplo, no era lo mismo poner los fideos al principio que al final al cocinar un okonomiyaki. Seguían siendo fideos, pero le daban una textura diferente. O la misma salsa de soja. Podía poner soja directamente, pero la salsa, que al final era soja fermentada, sabía totalmente distinta.

Lo mismo tenía distintos aspectos, distintas propiedades.

Las dos amigas pasaron el resto de la tarde paseando y recordando los viejos tiempos, cuando apenas eran unas niñas. Ukyô no volvió a perder la compostura cuando Mariko mencionó a Ranma, aunque sí que tuvo que hacer esfuerzos para no apalizarla cuando le confesó que todo el debacle con el rey del juego le pareció divertido.

Poco a poco, los rayos del sol perdieron la batalla a la oscuridad y la luz eléctrica. Cuando los últimos tocaban retirada hacia el mar, Ukyô y Mariko alcanzaban la entrada de la casa de la chef.

—Hacía mucho que no veía esta casa —confesó con tono reverencial Mariko —. Si no fuera por los parches, casi ni se podría decir que ha pasado el tiempo por ella.

—Ya, muy graciosa.

—Ya me conoces.

Ambas rieron un buen rato.

—Me alegro de haber pasado esta tarde contigo —afirmó Mariko cuando las risas se detuvieron.

—Yo también —concurrió Ukyô —. De hecho, deberíamos repetir esto algún día. Puedo enseñarte algunas técnicas para conseguir más helado a menos precio en las heladerías —aventuró guiñando un ojo.

—¿Ah, sí? ¿Y has aprendido esas “técnicas” tú solita?

—No —contestó ya riéndose —. Las he aprendido de mi prometido.

—¿¡Qué!?

—¡Nos vemos pronto! —y se metió pícaramente en casa.

Habían pasado unos días desde que se había encontrado con Mariko, y el plan que rápidamente había puesto en marcha estaba a punto de dar sus frutos.

Sorprendentemente, su padre no sólo no evitaba a Konatsu, algo que la mayoría de los hombres allí en Nerima solían hacer, sino que no se separaba de él. Tenía a su camarero siempre cerca, ocupado en cosas como revisar la casa, ordenarla, limpiarla y cientos de otras tareas. Eso si no era simplemente tenerle cerca para contarle batallitas de su época como chef primerizo.

Todo esto hubiera estado muy bien, ya que así no era ella la que tenía que aguantar el torrente inacabable de historias de su padre, si no fuera porque desde el principio le había prometido a Konatsu que le enseñaría la ciudad. Tampoco es que hubiera demasiado que enseñar, pero empezaba a estar harta de tener que pedir turno para tener al kunoichi a su alrededor, como estaba la mayor parte del tiempo en Nerima.

Por esto, había ideado un plan. Aquella mañana se había asegurado de que quedara el aceite justo para hacer la comida. Además, había escondido los botes sin abrir de otras tres especias. Y tal como planeó, su padre, que era muy estricto con eso de tener todos los ingredientes necesarios en casa para cocinar bien, se había puesto un poco histérico. Así que, como buena hija, se ofreció a ir a comprar lo que faltaba. Con la condición de llevarse a Konatsu.

—Lo que se hija, pero vuelve antes de la cena, ¡por lo que más quieras!

—Por supuesto, papá.

Así, agarrando a un sorprendido Konatsu, salió disparada hacia la calle con una sonrisa de oreja a oreja.

—¡Al fin! ¡Pensaba que no conseguía sacarte de esa casa nunca! —exclamó cuando calculó que estaba lo suficientemente lejos.

—De su casa, señorita Ukyô.

—Ya, ya…

Podía sentir sus ganas de corregir al kunoichi fluyendo hacia el mar perezosamente. “Señorita Ukyô” le resultaba una manera tan rara de que se refiriesen a ella. Y sin embargo, ahí estaba, dejándolo estar. Aceptándolo.

—Bueno, esta parte de la ciudad ya la has visto —dijo cuando alcanzaron la parte del paseo marítimo que visitaron el primer día —. Aquí solía venir a practicar. El paseo no llegaba hasta aquí, pero tampoco era muy diferente.

—Así que aquí entrenó, ¿verdad?

—Gran parte del tiempo, sí.

—Da una sensación de… abandono —Konatsu parecía bastante inquieto, incómodo. Ukyô decidió que ya habían pasado suficiente tiempo allí, así que se encaminó junto al kunoichi al centro de la ciudad.

La noche se les echó encima antes de que alcanzaran su destino, así que cuando entraron en el distrito comercial, las luces lo invadían todo. Decenas de tiendas y restaurantes anunciaban sus nombres con grandes carteles iluminados. Algunos usaban las luces para escribir su nombre en la noche. Otros, dibujaban sus productos; y algunos confiaban simplemente en su marca.

Por supuesto, no tenía ni punto de comparación con algunas partes de Tokio. Solamente pasando por Akihabara al anochecer podía comprender uno lo que significaba realmente que algo te llamara la atención. Pero aún así, la moderada publicidad de su ciudad guardaba un encanto que ella misma no podía explicar. Había… mar por todos lados.

—¡Oh, es increíble! —exclamó Konatsu con la boca abierta —¡Es todo tan precioso!

—Estoy de acuerdo —rió Ukyô.

—¡Deberíamos hacer algo así en el Utchan’s, señorita Ukyô!

—Tal vez algún día cambie mis cortinas por algo de luz, Konatsu. Por ahora, sin embargo, tendremos que apañárnoslas como estamos.

Pararon un momento en una pequeña tienda de barrio a coger el aceite y las especias. Una señora anciana y encorvada que no paraba de reír se encargaba de la tienda. Ukyô la saludó como si la conociese de siempre aunque era incapaz de reconocerla. Simplemente sentía que allí podía hacer algo así, algo que no se le ocurriría intentar en Nerima.

Tras eso, mientras caminaban por esas calles, Ukyô le iba contando cosas de su niñez.

—Sí, en ese callejón de ahí es donde el Rey del Juego instaló su tienda. Mi padre y yo solíamos ponernos un poco más allá, a la derecha, así que le teníamos delante todo el rato. Fui para allá sólo para saber por qué se arremolinaba tanta gente, pero…

—El juego es una cosa muy mala, señorita Ukyô —dijo sombríamente el kunoichi —. Rápidamente uno se olvida de lo que tiene y sólo puede pensar en lo que podría tener. Hay malos espíritus alrededor.

Ukyô, a pesar de que la curiosidad le arañaba en que cada neurona de su mente, prefirió no preguntar de dónde venía tanta seriedad. Simplemente, siguió con su historia.

—Sí, bueno. Al cabo de un rato perdiendo de todo fue cuando acudí a Ranma, que por entonces vivía con su padre en una tienda de campaña en un parque cercano. Pensé que le daría una paliza en su propio juego. Al fin y al cabo, era el mejor en todo…

—¿Y…?

—¡Perdió tanto o más que yo! ¡Era un negado total!

—¿No me diga?

—¡Cómo te lo cuento!

Se rieron a costa del mayor interrogante de su vida. Y fue una sensación muy agradable.

—En fin, descubrimos que había andado haciendo trampa, así que le atamos y le tiramos al río con la firme intención de no volver a verle y olvidarnos de todo —la risa le desapareció rápidamente —. Sin embargo, no tuvimos tanta suerte.

Siguieron caminando un rato hasta que se encontraron en un parque. Ukyô recorrió el lugar hasta que encontró un banco específico, e invitó a Konatsu a que se sentara a su lado.

—Ahí —dijo entonces, señalando justo enfrente —es dónde Genma y Ranma se instalaron.

La parcela no tenía nada en particular. Unos árboles a un lado, unos arbustos al otro, un hilillo de agua que corría algo más atrás. El típico espacio en el que cualquiera podría acampar. Y sin embargo, ¡cuántas horas había pasado en aquel lugar, compartiendo su vida con Ranma!

Puede que hubiera olvidado a Mariko, pero recordaba perfectamente aquella época. Sus juegos con Ranma (que en retrospectiva le parecían más unas vergonzosas pérdidas ante Ranma), el okonomiyaki de después, hablar y jugar más… Esto último era lo que menos se daba, ya que Genma casi siempre requería de su hijo casi en cuanto terminaba de comer para algún tipo de entrenamiento genial y novedoso que tenía que probar con Ranma.

Pero los días que su padre se olvidaba de Ranma, ellos dos se dedicaban a divertirse por ahí como si la ciudad les perteneciera. ¡Y eso que no tenían ni cinco años! Se esconderían por los parques, escalarían las paredes y practicarían sus artes marciales para asombro infinito de los otros niños de su edad. Ranma casi siempre estaría danzando a su alrededor cuando tratara de llevar a cabo su última maestría culinaria a espaldas de su padre.

¡Oh, cómo disfrutaba intentando cocinar las recetas secretas de su padre! Eran… la salsa de su entrenamiento de chef, por decirlo de una manera apropiada.

Aquellos fueron buenos tiempos.

—Ukyô —le llamó Konatsu —, ¿estás cómoda aquí?

—No es de lo mejor, pero el banco no está nada mal —respondió sin comprender.

—No me refiero a eso —corrigió el kunoichi extremadamente serio —. Me refiero a estos lugares que me has ido enseñando. Parece haber tanto dolor incrustado en estos sitios…

La chef tuvo que pensar en la respuesta. Realmente no se había sentido mal desde que había llegado, exceptuando las discusiones con su padre, claro. Pero, si tenía que ser sincera, tampoco se había sentido especialmente bien. Hacía mucho que no sentía que este lugar fuera su hogar, así que eso tampoco le extrañaba. Simplemente, no tenía ningún resarcimiento contra aquel lugar. Tan sólo, apatía.

—No estoy incómoda —respondió al fin tras el largo silencio.

—No es que eso responda muy bien a lo que había preguntado…

—Ya lo sé, pero tampoco puedo especificar mucho más.

—De acuerdo —aceptó Konatsu como una buena esposa sumisa —. La verdad es que me resulta difícil de entender cómo pasaste de este odio que era el combustible de todo lo que hacías a todo lo contrario.

—Tampoco cambié tanto —dijo casi a modo de defensa.

—Bueno, no sé —aceptó el ninja —. A lo mejor sólo soy yo, pero a mí me parece que sí cambiaste. En tan sólo un día, de querer matar al señorito Ranma a querer recuperar la vieja amistad que se rompió tanto tiempo atrás. Es… mucho cambio en poco tiempo.

—Tal vez… tengas algo de razón. Pero, al fin y al cabo, ¿qué opción tenía? Tras explicarme su parte de la historia, se mostró mucho más razonable. Incluso me arregló mi espátula de combate.

—¿La misma que él mismo había roto?

—Bueno, sí —accedió —. Pero además, incluso él me dijo que era… bonita.

Durante unos minutos, lo único que oyeron fueron los sonidos de una ciudad que poco a poco se iba a dormir.

—Tal vez entonces, ¿la señorita Ukyô dio un giro a sus sentimientos porque era la única manera de seguir adelante? —aventuró el kunoichi, y Ukyô ni siquiera abrió la boca para responder. Sabía que no podía.

—Deberíamos volver a casa, se está haciendo tarde —dijo levantándose.

—Sí.

Lentamente, en silencio, volvieron a casa.

Cinco días ya. Cinco días llevaba yendo a la playa en busca de la señora, y nada.

Tenía que admitir que estaba enfadada y cansada a partes iguales. No encontrarse más que algún borracho al que la mañana le había alcanzado y parejitas dando paseos en actitud empalagosa tiende a hacerle eso a alguien en su situación. Al fin y al cabo, tenía ganas de contarle a la anciana lo que pensaba que significaban sus palabras. Al igual que su prometido, no le gustaba perder ni a las chapas.

Tampoco es que hubiera desaprovechado completamente sus mañanas de espera. Todos los días, aburrida de esperar a los diez minutos, se había puesto a entrenar. Al principio estuvo practicando su arte de cocina combativa, usando su espátula gigante y un elaborado juego de pies del que muy pocas veces podía hacer uso para evitar que la marea y las olas la mojaran. Sin embargo, poco a poco, había ido dedicando más tiempo al taichi. Se había agenciado unos libros sobre el relajado arte marcial unas semanas atrás, al poco de conocer a la señora. Y con un ímpetu que a ella misma le sorprendía, se había puesto a ello.

Así que, aquel quinto día, mientras llevaba a cabo una especie de saludo al sol que le recordaba bastante al yoga y a la lentitud y parsimonia que le habían llevado a abandonarlo, se quedó un instante de piedra cuando vio a la señora ponerse a su lado y copiar sus movimientos.

—Nunca había hecho esto —dijo ésta a modo de saludo —. ¿Dónde lo has aprendido?

—Si se supone que es una de las katas más básicas…

—Pues fíjate tú, ¡quién lo iba a decir! —exclamó —Y yo tantos años practicando esto sin saber este movimiento.

Cuando consiguió despejarse de la sorpresa se salió de la posición, arrancando unas protestas de la anciana, y se le encaró.

—¡Al fin la encuentro! ¡Llevo días buscándola por la playa! —dijo mientras la acusaba con el índice.

—Bueno, bueno. Haberme llamado —respondió simplemente mientras seguía con sus rutinas.

Ukyô lanzó los brazos al aire. El nivel de frustración que estaba sintiendo con esa señora empezaba a acercarse a lo que pudiera sentir con su padre o con Ranma. Sentía cosquillas en sus dedos. Unas cosquillas que sólo podían aplacarse con el contacto del metal de su espátula de combate.

Pero respiró. Aunque se divirtió imaginándose dándole un buen palazo a la señora… uno pequeñito, a pesar de todo se contuvo. Estaba empezando a cogerle verdadero gusto a eso de respirar un par de veces profundamente cuando empezaba a sentirse frustrada. Era como darle aire fresco a su cerebro cuando se embotaba con la furia. En cierta manera, era liberador.

—Bueno, ¿has tenido algún sueño? —escuchó a la señora y, en parte como venganza, se puso a copiar sus movimientos en vez de responderla.

—Pues la verdad es que no —confesó al fin con una sonrisa de picardía —. Lo que tuve fue una conversación con una vieja amiga extremadamente relevadora.

—Sigue, hija, sigue —pidió la señora cuando hizo una pausa.

—La botella y la arena son dos facetas de una misma cosa. De la misma manera que el huevo se puede hacer frito o batido, o la soja se puede añadir directamente a un okonomiyaki o en forma de salsa, botella y arena son dos caras de una misma moneda —explicó tratando de que no se notara mucho el orgullo de haber resuelto el acertijo, y fallando miserablemente.

—Muy bien, muy bien —dijo la señora —. Así es, todo tiene más de una cara, hasta las personas, pero lo que subyace sigue siendo lo mismo. La esencia es mucho más importante que el frasco que la contiene.

—Sí… Creo que eso tiene sentido —asintió Ukyô. Podía ver perfectamente cómo se podía aplicar eso a la gente: una persona no se comporta igual en todas las situaciones. Por ejemplo, ella era mucho más paciente con Konatsu que, por ejemplo, con su padre. Pero eso no quería decir que hubiera dos Ukyô o algo así. Simplemente, tenía distintas formas de comportarse ante distintas situaciones, algo totalmente normal y natural.

—Entonces, me gustaría llamar tu atención sobre una última cosa, siguiendo, claro, con mi mar —le adelantó la señora sacándole de sus pensamientos.

—Usted dirá.

—Esta mañana nos acompañan un cielo azul sin una sola nube, un sol de mañana precioso y, como siempre, nuestro amigo el mar.

—”Como los últimos cinco días” —se quejó mentalmente.

—También, en la playa, entre la arena tenemos alguna que otra botella de la que ya hemos hablado y otras… cosas que no vienen a cuento.

—Ya le digo que la playa no es el lugar ideal para pasarse las mañanas, sobre todo si no han pasado a limpiarla todavía.

—Pero —continuó la señora haciendo caso omiso a sus palabras —, ¿qué forman todas estas cosas que te he enumerado si las ponemos todas juntas?

Lo primero que le vino a la cabeza fue exclamar “¡Otro día perdido!”, pero se retuvo. Las otras dos veces que la señora le había preguntado algo por el estilo, su primera idea no había sido precisamente la más acertada. Por tanto, tan sólo hizo un gesto demostrando que pensaba en el asunto, y continuó con el taichi para relajarse y permitirse pensar.

Por desgracia, a pesar de estar más de un cuarto de hora delante del mar estirándose y respirando y haciendo las cosas típicas del taichi, no se le vino ninguna respuesta genial al puzle.

Por suerte, cuando ya estaba dispuesta a darse por vencida, una voz conocida la llamó desde la arena.

—¡Ukyô, amiga! ¿Qué tú por aquí?

Ukyô terminó la rutina en la que estaba inmersa y se dio la vuelta para saludar a una Mariko que se acercaba rápidamente.

—Intentando avanzar un poco —dijo llevándose a Mariko poco a poco hacia el paseo. Lo que estaba haciendo con aquella señora que no conocía de nada ya era lo bastante raro, como para encima tener que explicárselo a Mariko —. Y tú, ¿qué haces por aquí? Pensaba que esta playa te quedaba lejos de casa.

—Sí, pero pensé que a lo mejor tenía suerte y te encontraba por aquí —respondió con una sonrisa —. ¡Tengo ganas de quedar contigo!

—Te quedaste mosca con el comentario que hice, ¿no?

—¡Tienes que explicármelo pero ya!

Ukyô se echó a reír.

—Bueno, déjame que pasemos por casa para que me asee y te invito a un okonomiyaki y te cuento.

En un momento llegaron a su casa y, con rapidez prodigiosa incluso para ella misma, se aseó, se vistió y agarró la plancha portátil (mini bombona de gas incluida) y los ingredientes y salió pitando de su casa, arrastrando a una sorprendida Mariko que apenas sí tuvo tiempo de internarse tímidamente hasta la mitad del pasillo principal de su casa.

—Pero bueno chica, ¿dónde está el fuego? —preguntó su amiga mientras se alisaba lastimeramente el vestido blanco e informal con el que se había presentado en la playa, milagrosamente libre de arena a pesar de todo.

—Pues aquí, en la bombona, para eso la he cogido —bromeó alzando el pesado objeto. Ante la expresión de molestia de su amiga, sin embargo, respondió más seriamente —. Bueno, es que mi casa es un desastre y no quería…

—Yo diría que hay algo… o alguien, en tu casa, que no quieres que vea —aventuró su amiga.

—Imaginaciones tuyas.

—Ya, ya…

Ukyô siguió liderando la marcha buscando un lugar donde instalar los aparatos y preparar la comida prometida.

Al cabo de unos minutos caminando encontraron lo que parecía ser un solar abandonado con unos largos y anchos tubos de cemento dispuestos en montones en varios lugares. Se acercaron a unos que estaban agrupados en un par de pirámides de tres y se sentaron la una frente a la otra.

En un santiamén tuvo la plancha calentando y se dedicó entonces a preparar la masa.

—La otra vez apenas me hablaste de Nerima —comenzó Mariko —. Me imagino que no es el tema más agradable del que hablar, pero no estaría mal que me hicieras un resumen de lo que te ha pasado por allí.

Miró la masa que había preparado. “Voy a necesitar más”, pensó. Así que añadió algo más a la mezcla.

—Ponte cómoda —dijo simplemente mezclando con brío la masa recién aumentada —. Esto nos llevará un rato.

—¿Sabes que hay un lugar en china llamado Zhou Quan Xiao…?

Y mientras preparaba cada ingrediente, cocinaba cada parte y mezclaba cada sabor, Ukyô procedió a hacerle un “resumen” a Mariko de lo que habían sido sus dos últimos años en Nerima, una concatenación sin precedentes de locuras, extrañezas e historias imposibles. Algunas se las contó en primera persona. Otras, desde los ojos de Akane, cuando por alguna razón no había estado entre los afectados.

Trató de no hacer demasiado hincapié en su posición de “prometida guapa” de Ranma. Se notaba un poco incómoda hablando de eso con la mirada fija de Mariko en su rostro. A pesar de eso, dejó bastante clara la persecución casi constante de Ranma y las peleas que se solían producir a propósito de tal competición.

Por un momento se sintió aliviada contando todo eso. En parte por contarle su versión de las cosas a alguien al fin. Y por otra, por despejarse un poco del acertijo de la anciana. Entonces, Mariko hizo un comentario al empezar su tercer okonomiyaki.

—¡Guau! ¡Es realmente increíble que a pesar de que me estés contando todas estas cosas, los okonomiyakis te siguen saliendo perfectos!

—Bueno, soy una chef del okonomiyaki. Tienen que salirme buenos siempre —respondió un poco confusa. No eran sus mejores creaciones, aunque suponía que no debía haber nada malo en ellas, así que técnicamente, estarían buenas.

—Ya, de acuerdo —concedió Mariko —. Pero no sé, distraída, hablando de algo como esto pues pienso que lo normal sería que algo se te hiciese un poco de más. Yo que sé, a lo mejor que la masa se te pasase un poco, o que dejases alguna verdura un poco cruda. Pero no, cada uno de los ingredientes está perfectamente preparado. Cada parte es… perfecta.

Y esto le recordó lo que la anciana le había dicho. El cielo, el mar, el sol, la playa… Poner todo eso junto… Sabía que lo tenía en la punta de la lengua. Miró hacia abajo y vio el cuarto okonomiyaki que le preparaba a Mariko cociéndose rápidamente. Era una mezcla típica de fideos de arroz, unas pocas verduras, salsa de soja y un huevo frito. A su lado vio los fideos que estaba preparando para echarse en su propio okonomiyaki. Y lo supo.

Las cosas, como su okonomiyaki, estaban formadas por cosas más pequeñas. Las verduras, los fideos, la salsa, la masa, el huevo. Desde que había salido de casa había tenido todos esos ingredientes juntos en una bolsa. Pero, hasta entonces, hasta que no los había cocinado, no se habían convertido en un okonomiyaki. Al juntarse de esa forma llegaban a ser más de lo que podían ser por separado.

Las distintas facetas de algo, al juntarse, hacían de ese algo, algo más que la suma de sus partes.

Ella era más que la suma de sus partes. De su parte de cocinera, de su parte de mujer, de su parte de prometida. Ella era más que eso. Ella era Ukyô Kuonji, chef de okonomiyaki, practicante de la cocina combativa. Ella era la maldita chavala que sacrificó su feminidad para vengarse de un viejo y un amigo que la traicionó. Y para vengarse usaría la pala gigante con la que luchó contra el mar.

—Ukyô, ¡vuelve! ¡Hola! ¿Estás bien? —Mariko agitó un par de veces una mano frente a su cara y, de puro reflejo, le agarró la mano en un abrir y cerrar de ojos.

—Gracias —dijo, y levantándose, salió corriendo en dirección a la playa —. Vuelvo en un momento a por las cosas. No tardo nada.

Llegó corriendo en unos minutos a la playa. Apenas hacia una hora que habían salido de allí, la señora no podría estar demasiado lejos. Sin embargo, cuando se acercó a donde había hablado con la señora, no encontró a nadie. Lo único que quedaba por ahí era un ticket de autobús medio enterrado en la arena y una botella de vidrio verde medio llena de agua.

“Espero que no tenga que estar viniendo otros cinco días para encontrarla”, pensó un poco molesta.

En todo caso, poco más había que hacer entonces, aparte de volver con Mariko, disculparse y regresar con la cocina portátil a casa. Con paso algo enfadado, comenzó a desandar su carrera para terminar aquel día de locos.

Al día siguiente, encontró a Konatsu en la habitación de su madre, presentando sus respetos a la foto que sonreía desde el altar.

—Estoy segura de que te hubieras llevado bien con ella —sonrió Ukyô ante la sorpresa de Konatsu. Le invitó a levantarse y a acompañarle a la sala de estar.

—¿Señorita Ukyô?

—¿Sí, Konatsu?

—Hay algo que quería preguntarle desde hace ya un tiempo —confesó el kunoichi compungido —. Algo sobre su madre.

Se tensó, pero asintió igualmente, instándole a seguir.

—Mi madre… Mi madre murió mientras llevaba a cabo ciertas tareas que le encomendó el jefe del clan ninja al que pertenecían mis padres —reveló con la mirada fija en la mesa —. Fue un duro golpe, especialmente para mi padre que, como sabe, perdió el juicio en más de un sentido. Después, él también murió por el clan, y yo me quedé con mi madrastra y mis hermanastras.

—No sabía…

—Es normal que no lo supiera —sonrió tristemente el kunoichi —. Nunca le había contado esto a nadie. Nunca había tenido a nadie a quién contárselo.

—Yo… lo siento —se disculpó no sabiendo muy bien qué decir. Konatsu apartó la disculpa con un gesto.

—No tiene que disculparse, no fue culpa suya. Puede que le pida ayuda respecto a eso algún día, pero esa no es la cuestión. Simplemente, quería compartir esto ya que estoy a punto de pedirle que comparta algo conmigo.

—Adelante.

—Señorita Ukyô, ¿cómo murió su madre?

Sabía que esa pregunta le iba a llegar desde el momento en el que permitió que el kunoichi le acompañara en este viaje. Simplemente se había ido retrasando y suponía que, en algún momento, había conseguido convencerse de que no iba a llegar.

—Yo tampoco le he contando esto a nadie. Ni siquiera a Ranma —se sorprendió con la veracidad de sus propias palabras, pero así era.

—Comprendería si quisiese entonces…

—No —interrumpió al kunoichi con una sonrisa a pesar de todo. Un tanto forzada, pero una sonrisa al fin y al cabo —. No es que él no me hubiera preguntado alguna vez sobre ello, pero él nunca compartió conmigo nada como lo que tú has hecho ahora mismo. ¡Si al final me enteré de lo de su madre cuando ya había pasado todo!

—Te mereces que te lo cuente —continuó. Entonces se dio cuenta de lo poco preparada y se disculpó: —. Aún así, perdóname, pero necesito unos minutos para ordenar mis pensamientos.

—Señorita Ukyô, puede tomarse todo el tiempo que necesite —respondió el kunoichi con una inclinación.

Ukyô decidió sentarse a la mesa que dominaba la sala y acomodarse cómo bien pudiese. Sabía que la incomodidad que sentía no tenía nada que ver con el suelo o la mesa, pero no podía evitarlo. Lo que estaba a punto de contar era algo que normalmente tenía bien escondido en el fondo más recóndito de su mente, con el fin de poder mostrarse lo más alegre posible a los demás.

—Tenía siete años cuando sucedió —comenzó al fin, y casi pudo palpar la completa atención de Konatsu sobre ella —. Mi madre murió de una condición del corazón que va aumentando de gravedad lentamente. Puede pasar muchos años sin afectar al enfermo, pero cuando se activa, ya no hay marcha atrás.

—Más o menos dos años antes, yo había empezado… bueno, ya sabes —Konatsu asintió, y ella continuó —. Accedí a dedicar un tiempo a las clases porque mi madre me convenció de ello. Si no hubiera sido por ella… lo más seguro es que ahora no tuviera nada.

—En todo caso, ya en aquel momento estaba claro que algo no andaba bien. Mi madre empezó a sufrir desmayos y vahídos con cierta regularidad. Al principio, mis padres pensaron que tal vez se había vuelto a quedar embarazada. Pero el médico les dijo que no, que no había ningún bebé en camino. Él quiso practicarle a mi madre unas cuantas pruebas más, a ver si encontraban la razón por la que aquellos vahídos eran tan frecuentes. Pero claro, como yo ya no ayudaba a mi padre con la nueva tienda (*o yattai, no sé qué poner*), mi madre tuvo que tomar mi lugar, y apenas tenía tiempo para nada, y mucho menos para una serie de pruebas. Así que, decidieron retrasarlo un tiempo, tan sólo hasta que mi madre quedase un poco más libre.

—Pero esos años, ¿ella estuvo bien? —preguntó el ninja en voz muy baja.

—Sí, sí —respondió rápidamente —. Los vahídos se convirtieron en una rutina y, al cabo de un tiempo, hasta estos parecieron disminuir. Al menos, en intensidad.

—Pero claro, yo continuaba con mi entrenamiento, así que mi madre seguía ocupada. Así que, las pruebas siguieron retrasándose. Cuando paraba un momento de luchar contra el mar y me permitía pensar, casi siempre se me ocurría que tal vez debía ayudar un tiempo en casa, permitir que mamá tuviera algo como unas vacaciones —miró hacia otro lado, como si así pudiese evitar que los ojos imaginarios de su madre se clavasen en su alma —. Pero nunca hice nada. Siempre pensé que llevar mi venganza a cabo era más importante que unas vacaciones. Así que nunca le di mayor importancia.

No pudo controlar los temblores que, poco a poco, mientras hablaba, se habían ido adueñando de ella. Finalmente, tan sólo la mano firme de Konatsu en su hombro consiguió detener sus movimientos involuntarios.

—Un día, mientras recogía de casa materiales para mi entrenamiento, mi madre tuvo uno de esos vahídos. Pero al contrario que el resto de las veces, no se despertó inmediatamente. Se quedó inconsciente durante varias horas —miraba al suelo, recordando la forma inerte de su madre tirada en el suelo, tal cual había caído. Con los ojos cerrados, los brazos y las piernas en posiciones raras, su viejo kimono subía y bajaba casi imperceptiblemente al son de una respiración que también era, prácticamente, imperceptible. Tuvo que sacudirse la cabeza para sacarse esas imágenes.

—Evidentemente, la llevamos al médico urgentemente. Aún recuerdo la sorpresa en su rostro al ver a mi madre inconsciente. También recuerdo cómo esa expresión pronto cambió a una de furia dirigida a mi padre. Pero no dijo nada. Lo único que dijo fue que tenía una paciente entre manos y que la cuidaría lo mejor que pudiera. Aún hoy no suena nada alentador.

Respiró profundamente. Sentía su resolución empezar a romperse, pero se negó de pleno a que sus ojos se humedecieran. Si Konatsu le había contado su historia, ella iba a terminar de contar la suya, y le daba lo mismo lo que le costase.

—Tras realizarle las pruebas que tanto se habían retrasado —continuó tras un par de respiraciones profundas más —, el médico nos lo comunicó. La condición, que unos meses atrás hubiera sido tratable, se había vuelto terminal. A mi madre le quedaban, a lo sumo, unos meses de vida.

—Lo siento tanto…

—¡Bah! —copió el movimiento que antes había hecho el kunoichi —Tú lo has dicho antes. La culpa no fue tuya. Si fue de alguien, fue mía.

—No, eso sí que no —y Konatsu se levantó y se sentó a su lado —. La culpa fue de la enfermedad. Ninguno de los tres tuvo la culpa.

—Ya, pero es que aún no he acabado la historia —continuó tras un gesto de Konatsu a tal efecto —. Tras recibir la noticia, mi madre, claro, fue ingresada. La cuestión es que mi padre dejó de trabajar para estar todo el día en el hospital. Y claro, ¿quién se tuvo que hacer cargo del restaurante mientras tanto?

Ahora el dolor había sido reemplazado por la furia, y ésta le dio energía para seguir con un énfasis que no habría creído posible.

—Así que, mientras él pasaba con mamá los últimos días de su vida, yo tenía que dejarme la piel en el restaurante familiar, tragándome las ganas de ir a visitar a mi madre y trabajando por dos.

—Fue injusto, ¿sabes? —continuó, haciendo caso omiso de la nueva humedad de sus ojos —Yo también quería estar allí todo el día. Era mi madre, ¡por todo lo sagrado! Pero en vez de eso, tuve que cubrir a mi padre, responder por él cuando la gente preguntaba en el restaurante. Y debido a su avaricia y cobardía, me quedé sin mis últimos momentos con mi madre. ¡Él me robó a mi madre!

Sabía que estaba llorando, pero le dio lo mismo. Se sentía demasiado cansada como para intentar evitarlo. De hecho, cada lágrima le resultaba una liberación, como si se hubieran enquistado en su cerebro y le hubieran estado haciendo daño sin que ella se diera cuenta.

—Al cabo de un mes —decidió terminar antes de que ya ni siquiera pudiera hablar, y le daba lo mismo los gestos que hiciera Konatsu —, mes en el que apenas vi un par de veces a mamá, ella tuvo un vahído del que no despertó. Entonces fue cuando mi padre decidió que era mi turno para verla. Cuando ya no podía hacer más que ver a un vegetal incapaz de reaccionar cuando la hablaba… cuando la pedía con desesperación que despertase, que me perdonase, que me… que me…

No pudo hablar más. Era demasiado doloroso recordar aquella imagen. Los tubos, las máquinas… Desde entonces odiaba esa imagen. Una persona incapaz de valerse por sí misma en las cosas más básicas. Deseaba nunca acabar así.

—Y entonces —continuó desesperada ante las imágenes que la asaltaban, pidiendo liberación —, un día que estaba con ella, ni siquiera las máquinas fueron suficientes. Su corazón se paró, y todas las máquinas empezaron a hacer unos ruidos horribles, interminables… Y los médicos me echaron a toda prisa, pero pude ver cómo intentaron reanimarla, pero fue inútil… Ya no… ya no…

Se cubrió la cara y lloró. Le daba lo mismo, lloró sin pensar en nada más que el dolor que sentía. Notó a Konatsu en su hombro, así que se giró y lloró contra él. Le daba lo mismo, sólo quería llorar.

Estuvieron así un rato. Poco a poco, queja a queja y lágrima a lágrima, Ukyô terminó su llanto. Sentía los ojos hinchados y sus mejillas recorridas por las lágrimas. Palpó un momento el kimono de Konatsu y lo notó bien húmedo. Sonrió un poco.

—Vamos a tener que limpiarte la ropa si no queremos que tanta sal la estropee.

—Lo siento mucho.

Se giró tan rápido que casi se llevó la mesa, y a Konatsu, por delante. Apoyado contra el marco de la puerta que daba al pasillo estaba su padre, serio y compungido.

—¿Por qué? —preguntó rápidamente, temiendo saber la respuesta pero llenándose de ira por ello.

—Llevo aquí un rato. Creo que tu amigo intentó avisarte, pero no le hiciste caso —dejó de apoyarse y le miró directamente a ella —. ¿De verdad sientes que te robé a tu madre?

—¿Que si lo siento? ¡Fue así! Tuve que estar…

—¡No tenías que estar en el restaurante! —le cortó su padre, sorprendiéndola —No parece que recuerdes las llamadas que te hicimos desde el hospital. ¿No recuerdas que tu madre te pedía una y otra vez que cerraras y fueses para allá? ¿Qué daba lo mismo cerrar un tiempo si así estábamos los tres juntos otra vez?

—Eso… Eso… ¡No era tan sencillo! —respondió, ganando otra vez la iniciativa —A ti te podía dar igual, pero si no hubiera habido alguien haciendo dinero, no hubiéramos tenido para poder comer ni… nada. Si al menos nos hubiéramos turnado…

—No podía cocinar, hija —confesó débilmente su padre, pero lo suficiente como para que le oyese —. Ésa era la razón por la que ni siquiera salí del hospital. No podía cocinar nada comestible. Tu madre y yo, de hecho, estábamos sorprendidos de que tú pudieras hacerlo. Estábamos, a pesar de todo, tan orgullosos… Como siempre.

—¡No me vengas con esas! —exclamó indignada —Si no hubieras sido tan cobarde y me hubieras dejado ir…

—¿Sigues con eso? —interrumpió una vez más —Te obcecas en decir que yo no te dejé ir, pero la que tenía la decisión en sus manos eras tú. Creo que el cobarde de esta historia no fui yo, que sí fui al hospital, sino tú, que no hacías más que encontrar excusas para no ir.

Intentó responderle, pero no encontró las palabras.

—Lo siento mucho, hija —continuó su padre y, de repente, daba la sensación de que muchos años le habían alcanzado en un instante —. Sé que fue algo horrible, que no fui el mejor padre del mundo por aquel entonces. Que me equivoqué en muchas cosas.

—No hiciste nada… —añadió la chef medio enfadada y medio triste.

—No hice nada, cierto. Pero, ¿qué podía hacer? Era una enfermedad irreversible. No había nada que pudiera hacer. Ojalá hubiera podido tomar una espátula de combate y arreglar el problema a base de harina explosiva y salsa de cemento.

—Pero…

—Pero, ¿qué, hija? Ojalá hubiera habido una manera de golpear el problema hasta hacerlo desaparecer. Yo hubiera sido el primero en jugarme la vida intentándolo.

—Pero no lo había.

Su padre se había ido acercando a ella mientras hablaba, y entonces estaba ya frente a ella, a apenas unos centímetros.

—Lo siento —dijo, y la tomó en un abrazo.

Lentamente, devolvió tímidamente el abrazo, y contra el pecho de su padre, murmuró:

—Lo siento.

Por supuesto, aquello no arregló todo sus problemas. Al momento, Ukyô se separó y anunció que se iba a dar una vuelta, que tenía cosas que hacer. Su padre trató de convencerla de que se quedará un rato más, pero ella estaba convencida. Así que, cuando su padre insistió algo más, consiguió que se cabreara y que le mandase a freír espárragos con una fina capa de queso y un condimento especial llamado “Déjamenpaz”. Así, dejó a su padre y a Konatsu en su casa, y ella, se dirigió para la playa, en busca de una señora que no terminaba de aparecer.

Aquellas mañanas había estado echando cuentas.

Tras la conversación con Konatsu y su momento con su padre, las mañanas, una vez más, las había pasado en la playa. Y una vez más, la señora no terminaba de aparecer.

Por eso, mientras seguía avanzando con el taichi, había echado cuentas. Entre una cosa y otra, había pasado un mes en su casa. Incluso mientras hacía ejercicio, su cara reflejaba su incapacidad de discernir si aquello era algo bueno o malo.

Reencontrarse con Mariko había sido una experiencia gratamente sorprendente. No lo admitiría nunca ante Shampoo o Kodachi, pero su relación con ellas, por mala que fuera, representaba un alto porcentaje de sus relaciones sociales. En el Fûrinkan había hecho algunas amistades, pero estar relacionada con Ranma Saotome, especialmente como una de sus prometidas (la guapa, para ser más explícitos), tendía a disminuir el número de personas que estaban dispuestas a relacionarse contigo. Cosas de la auto-preservación, decían algunos.

Luego estaba Akane, claro. No era una contrincante del todo de la misma manera que no era una amiga del todo. Era… complicado.

Reencontrarse con su padre, sin embargo, no había sido una experiencia tan grata. Seguía siendo el carcamal que no la apoyaba en nada. A veces tenía ganas de enseñarle cuán fuerte podía golpear una espátula de combate.

Pero tenía sus momentos. Y misteriosamente, se llevaba bien con Konatsu. A eso sí que no le podía encontrar el sentido. En fin.

—¿Diría que me andabas buscando?

“¿Cómo demonios consigue hacer eso?”, se preguntó mientras el corazón intentaba salírsele del pecho. Se dio la vuelta y, efectivamente, la señora se reajustaba el bañador de una pieza, metía un par de veces las manos en los bolsillos y se ponía en posición para empezar a entrenar.

—Sí, bueno —dijo calmándose —. Quería haber hablado con usted el mismo día que estuvimos aquí hablando la semana pasada, pero unas horas después de que nos despidiésemos. Pero ya no hubo manera de encontrarla.

—¡Ah! Perdona hija. Es que los horarios no perdonan.

—Ajá —no sabía a lo que se refería, pero tenía más interés en hablar con ella del acertijo —. Pues, como se puede imaginar, lo resolví aquel mismo día.

—¡Me alegro, me alegro! —exclamó la señora estirándose —Soy toda oídos.

—El cielo, el sol, el mar… Todas estas cosas se juntan para formar esta mañana. Es como los ingredientes de un okonomiyaki. Cada ingrediente puede ser una comida por separado, pero sólo cuando se juntan y los cocino, se convierten en un verdadero okonomiyaki. Como se suele decir, “el total es mayor que la suma de sus partes”.

—Muy bien, muy bien —afirmó la anciana —. Yo no lo hubiera dicho mejor. Efectivamente, el total es mayor que la suma de sus partes, y eso es algo muy común en las personas. Pero para conseguir esto, hace falta no dejar ninguna de esas partes de lado.

—Esto está muy bien —contestó Ukyô —. Pero, ¿qué tiene eso que ver conmigo? ¿Cómo me va a ayudar?

—No muy paciente, ¿eh? —rió la señora —¡Ah, la juventud! En fin, necesitas, creo, dar un paso atrás y ver todo lo que has ido aprendiendo con algo más de perspectiva. Piensa, ¿cuál es la suma de las partes que has ido aprendiendo?

Pensó entonces en el olor del okonomiyaki, que es como su okonomiyaki aún sin serlo. Pensó en los ingredientes, que se pueden usar de muchas formas, y cada una aporta algo distinto a la receta. Y pensó también en que no hace falta sólo juntar todos los ingredientes para cocinar un okonomiyaki, sino que hacía falta también el esfuerzo, el conocimiento, el sentimiento y la destreza para poder crear de los ingredientes un verdadero okonomiyaki.

Y entonces, se dio cuenta de que un okonomiyaki era como una persona. Una persona que, allá donde va, sigue siendo ella misma. Aunque claro, tiene muchas facetas, pues en cada sitio le rodean distintas condiciones y personas. Pero que una persona no es simplemente una colección de facetas, sino una suma, un producto que supera cada una de esas individualidades. Cada parte se mezcla con las demás, nada está del todo separado ni totalmente mezclado. En una especie de lucha amistosa, cada parte aporta y pide, y se crea un consenso con el que avanzar.

Y si las personas eran así, como un okonomiyaki equilibrado y con personalidad, su problema, lo que le había hecho escapar de Nerima en primer lugar y buscar un sitio conocido, se aclaraba como la una base de okonomiyaki cocinada al punto exacto.

—No estoy equilibrada —dijo al fin, mirándose las manos abiertas —. No sé mezclar mis distintas partes. Tengo que encontrar la manera de dejar ser “la Ukyô cocinera”, “la Ukyô prometida” y todo eso. Eso es lo que necesito.

—Bueno, me alegro de que todo esto haya servido de algo —dijo la señora poniendo una sonrisa cálida.

Apenas podía expresar lo agradecida que estaba, pero lo intentó con un abrazo. Rápidamente, sintió que le era devuelto.

—Normalmente no vives aquí, ¿verdad? —preguntó la señora —Hasta este mes, no te había visto nunca por aquí.

—Nací aquí, pero vivo en Tokio ahora mismo —confirmó Ukyô.

La señora exclamó silenciosamente, dando un respingo, algo que Ukyô encontró extraño. Sin embargo, no le hubiera dado más importancia si, en el respingo, a la señora no se le hubiera medio salido un papel de forma familiar de un bolsillo del bañador.

Ese papel le recordaba a otro que había visto ahí mismo. Una semana atrás. Cuando dejó corriendo a Mariko para tener la conversación que acaba de tener con la señora. El único rastro que había encontrado en la playa.

Era un ticket de autobús.

—Usted… usted no es de aquí, ¿verdad?

—Yo nunca dije que lo fuera —respondió simplemente la anciana.

—Pero… pero —una vez más, estaba sin palabras. Por eso sólo la veía los fines de semana. Por eso parecía desaparecer en el momento en el que se despedían. Por eso no la había reconocido.

No sabía si estaba enfadada, aturdida o decepcionada. O las tres a la vez. De lo único que estaba crecientemente segura era de dónde tenía la espátula de combate.

—Pero, ¿y su sabiduría? ¿Y su relación con el mar? ¿¡Y el taichi!?

—Bueno, que no sea de aquí no me quita los años que tengo. El taichi sí que lo aprendí de la televisión. ¡En el capítulo de ayer enseñaron el “saludo al sol” ese del otro día! —exclamó sonriente.

—Y amo el mar —continuó seria —. De eso no te quepa ninguna duda. Llevo tantos años viniendo, tantos días cogiendo el autobús, buscando a mi mar. Desde… Desde entonces.

Estaba segura de que no le había contado algo, pero la expresión de la señora cambió de tal manera que se le quitaron las ganas de preguntarle más.

—Bueno, a pesar de todo… Gracias. Creo que me ha ayudado durante este mes. Pero no mienta más, ¡anda! —advirtió, haciendo un poco de ruido con su espátula.

—¡Ukyô! —exclamó la señora, ganando toda su atención —Tienes un largo camino por delante. Lo que quieres cambiar de ti no es fácil. Pero recuerda: Tal vez no puedas endulzar el mar echando miel en la playa. Pero puedes llevarte cada día un vaso y retirar la sal del mar que ahí puedes encerrar.

Ponderó unos momentos lo que le acababa de decir. Y aunque no tenía del todo claro lo que quería decir exactamente con eso, más o menos se lo figuraba.

—Gracias —dijo. Y se despidió de la señora.

Ya sólo le quedaba una cosa que hacer. Volver a Nerima.

Bueno, en realidad aún le quedaba otra cosa que hacer.

Konatsu estaba a su lado, sentado sobre sus talones como ella. Y frente a ellos, la tinaja.

Ya sabía cuando volverían a Nerima. Era la primero que había hecho al llegar. Mañana mismo saldrían. Recogerían en un momento y se marcharían. Pero había llegado el momento de decidir si la tinaja se marchaba con ellos y no podía retrasar más la decisión.

Si dentro había una salsa incomible, la tiraría y dejaría lo de las salsas de larga maceración. Por supuesto, eso tampoco la ayudaría nada en rehacerse, pero bueno.

Por otro lado, si le había salido bien podría sacar un buen pellizco en el restaurante con una nueva especialidad como esa. Además, Ranma podría darse cuenta de una vez que no tenía a una prometida que simplemente cocinaba bien, sino a una verdaderamente genial haciéndolo.

Pero eso era ensoñaciones. Aún tenía que probarla.

—No sé si puedo, Konatsu —confesó a su camarero.

—Entonces la probaré yo —dijo simplemente, sacando un cazo de madera de alguna parte.

—¡No! —se levantó y le quitó el cazo de las manos —¡Yo debo ser la primera en probar la salsa!

—Creo que tiene razón —concedió Konatsu —, pero si no se decide…

—No, no —respondió apaciguando las ansias de Konatsu con un gesto —. Me decido, me decido.

A pesar de sus palabras, seguía sin tenerlo claro. Aún así, comenzó a deshacer el cierre que preparó diez años atrás, duro y quebradizo por el paso del tiempo. A pesar de todo, no vio ninguna señal de que hubiera habido algún problema con el cierre, lo cual la calmó un poco.

Al fin, pudo quitar la tapa. El olor no era malo, aunque tampoco lo fue con la otra. Casi podía percibir su imagen reflejada en la superficie oscura y ligerísimamente azul marina del líquido. Hundió ligeramente el cazo y, casi por costumbre, removió ligeramente el contenido. El olor se hizo algo más fuerte y el movimiento del líquido le dijo que la consistencia también parecía ser la correcta.

Con un poco en el cazo, lo levantó y permitió que el líquido sobrante goteara de vuelta a la tinaja. Cuando vio que ya no goteaba más, se lo acercó a la boca.

Konatsu la miraba impaciente. Casi parecía hambriento, incluso a través de maquillaje y modales comedidos.

—Yo…

—¡La pruebo yo!

—Vale, vale…

Se llevó, al fin, el cazo a la boca. Lo volcó y, al fin, unas gotas de salsa encontraron su camino hasta su boca.

Empezó a saborear años de su vida de lucha y venganza, mar y tormentas, remordimientos y esperanzas…

El cielo se presentó claro, libre de nubes. Perfecto para un viaje en tren hasta Tokio.

La tinaja descansaba a los pies de su futón, sellada una vez más y preparada para el viaje de vuelta. Se puso de pie de un salto y comenzó la rutina diaria. Lavarse, despejarse, desayunar… Todo en silencio mientras la casa aún dormía. Pero llena de alegría. Al fin y al cabo, volvía a ver a su prometido. Lo único que le preocupaba era cuántos líos podía haberse metido hasta entonces.

Pasaron varias horas antes de que terminase de dejar su habitación como la encontró y hubiese preparado su mochila para la vuelta. Ya que estaba, aprovechó para incluir unas cuantas prendas más para la vuelta. Y alguna otra cosa que le recordase el lugar.

Mientras recogía, la casa se había puesto en marcha. Primero escuchó a su padre, despertándose con una tos producto de tantos años aspirando el humo del aceite quemándose. Una tos que le esperaba a ella también. Él desayuno tranquilamente y presentó sus respetos a su madre, como hacía cada mañana. Después fue el turno de Konatsu, que al cabo de un instante llamó a su puerta y preguntó que hacía. Por supuesto, tardó la mitad que ella en recoger sus cosas, y volvió a presentarse en su habitación ya perfectamente vestido y maquillado para ser la esposa sumisa. Aunque recordó que en el viaje de ida se había propuesto no dejarle salir así, apartó su resolución al menos por una vez más. Ya tendría tiempo de hacerle comprender que esa indumentaria no les ayudaba.

Finalmente, ambos bajaron al primer piso, mochilas a la espalda, para despedirse de su padre.

No era una conversación que le ilusionase tener. Pero tampoco se quería marchar sin ni siquiera decir adiós. Además, aún tenía algo que pedirle.

Encontraron a su padre leyendo el periódico en el salón mientras una taza de té humeante descansaba sobre la mesa. Ambos dejaron las mochilas a un lado y se sentaron frente a él.

—Ukyô, Konatsu, ¿habéis oído esto de los “Advenimientos”? Es una cosa de lo más rara… —dijo su padre desde detrás del periódico.

—No, papá, no he oído nada de eso. Además, quiero hablar contigo —y, con cuidado, le quitó el periódico de las manos para verse cara a cara.

Su padre tuvo un gesto de sorpresa durante un instante, pero rápidamente puso cara de interesado y le hizo un gesto para que empezara.

—Hoy me vuelvo a Tokio, papá —comenzó ella, yendo al grano —. Y me gustaría que probases la salsa que dejé macerando junto al mar.

—Así que sí que cogiste mis recetas secretas al fin y al cabo… —a pesar de las palabras, su padre sonreía un poco, así que estuvo segura de que no le importaba gran cosa. Respondió afirmativamente.

—Bueno, es natural. Al fin y al cabo, eran secretas… —al momento, su padre perdió la jovialidad, y preguntó: —¿Si pruebo la salsa, te marcharás de vuelta a Tokio?

La pregunta le pilló desprevenida, así que respondió sin pensárselo.

—Que pruebes la salsa no va a cambiar el hecho de que hoy me marcho para Nerima.

—Pero yo soy el único chef que conoces que te puede decir si la salsa es buena o no, ¿verdad?

No le estaba gustando en qué dirección iba la conversación, así que sacó el bol de salsa que había preparado y lo puso sobre la mesa. No quería alargar aquello mucho más.

—¿Vas a probarla o no? —le dijo, tratando de poner un tono de ultimátum lo más final posible.

—Pero… Pero… ¿Para qué te vas? ¿No has estado cómoda aquí? —su padre contraatacó con un tono de desesperación como nunca había oído.

—Es simple. Mi vida está en Nerima, no aquí.

—Te das cuenta de que Ranma seguramente habrá elegido a otra en este mes, ¿verdad?

Sintió su rabia encenderse momentáneamente ante esas palabras. Pero su mente se puso a trabajar rápidamente, y se dio cuenta de que aquellas palabras salían de la desesperación de su padre al verla marchar otra vez. En realidad, aquello era un gesto de cariño por su parte, queriendo tenerla cerca y usando algo así para que se quedase. Una mala manera de demostrar afecto, pero una manera al fin y al cabo.

O tal vez le daba demasiado crédito y tan sólo estaba siendo un padre molesto, pero prefirió creer en lo primero.

—Papá —comenzó —, me voy a marchar esta tarde. Aunque Ranma haya elegido a otra persona. Aunque se me haya caído el restaurante o tenga que ir andando. Te pido por favor que pruebes esta salsa como hija y como chef de okonomiyakis. No porque necesite saber si está buena o no. Sino porque eres mi padre.

—La probaré si te quedas aquí conmigo —insistió él.

—Entonces te dejaré este bol —y volviéndose a Konatsu, le dijo —. Aún tenemos unas horas. Quiero ir a despedirme de una amiga. ¿Me acompañas?

—Claro, señorita Ukyô.

Se volvió a su padre, que aún la miraba con esos ojos de cordero degollado que ya no le hacían ningún efecto y, aún sentado, le dio un abrazo.

Tal vez no se lo merecía, tal vez no le apetecía… Pero tal vez podía cambiar las cosas si “echaba un poco de miel en ese trozo de mar”.

¿Quién sabe? A lo mejor esa señora mentirosa tenía algo de razón.

—¡Vamos, Konatsu! —le instó, poniéndose derecha y cogiendo su mochila.

—¡Sí!

“El tren con destino Tokio está a punto de efectuar su entrada en la estación.”

La voz femenina y pregrabada de la estación le recordó su inminente partida, y se dio cuenta de que su conversación con Mariko debía ir terminando.

—La verdad es que hacía mucho tiempo que no me pasaba por aquí —le oía decir en aquel momento —. Con lo ocupada que he estado los últimos… ¡años! Sí, nada de viajar.

—¡Pues a ver si hacemos cambiar eso! ¡Qué ya te he dicho que en Nerima tienes una cama ahora!

—¡Ya, ya! Que ya lo has repetido lo suficiente esta última hora.

Era cierto. Después de su despedida de su padre había ido directo a su casa a preguntarle si la acompañaba a la estación. Después de superar el susto de ver a Konatsu con la tinaja a cuestas, había accedido gustosa.

El segundo aviso de la llegada del tren se escuchó a través de megafonía, y supo que era momento de cortar.

—Bueno… —empezó, sólo para ser cortada por un abrazo sorprendentemente fuerte y unas palabras susurradas a su oído.

—¡Cuídate! Y a ver si no tardamos tanto en vernos otra vez.

Sin saber muy bien qué decir, devolvió el abrazo.

—Bueno —repitió al separarse de su amiga —, será mejor que nos acerquemos. El tren está a punto de llegar, y estas mochilas y esta tinaja no son fáciles de colar entre la gente.

Sonrió. Mariko también.

Se acercaron al final del andén. El pitido del tren se oyó desde el borde de la ciudad.

—¡Ukyô! —le llamó Mariko por encima del ruido de la gente —Ukyô, estoy feliz por ti.

—¿Feliz por mí? ¿Por qué? —el tren seguía acercándose.

—Sí. La primera vez que te vi estabas tan tensa, tan apática… Y ahora, no sé, pareces otra persona.

—¿Y cómo te has dado cuenta?

—Sonríes.

El tren alcanzó al fin al ruido que hacía y al andén. Al instante, el andén se convirtió en un hervidero de movimiento. Konatsu y ella tuvieron que agarrar fuertemente sus voluminosas pertenencias y poco a poco fueron arrastrados hacia las puertas del tren que ya expulsaban gente.

—¡Buena suerte con lo de Ranma! ¡Acuérdate de llamar!

Apenas oyó el grito de su amiga, tal era la algarabía que se había formado. Pero lo escuchó, y sonrío con tanta emoción y felicidad que, por un momento, olvidó el por qué de su viaje.

Y cuando se dio cuenta de eso, se dio cuenta también de que, al fin, había endulzado un poco el mar.

Al cabo de un momento, y teniendo en cuenta lo que llevaban a cuestas, encontraron un sitio donde sentarse y dejar la tinaja descansando en el suelo. Nadie parecía querer meterse con dos chavales que eran capaces de llevar maletas del doble de su altura como si nada.

Cuando el tren señalizó con un pitido que reemprendía su marcha, no se pudo resistir, y terminó por pegarse al cristal y ver la ciudad desaparecer en el horizonte, engullida por el mismo mar tranquilo que un mes atrás les dio la bienvenida.

Estaba contenta. Eso se repetía. Pero no podía evitar que se le rasgara, aunque fuera un poquito, el corazón al marcharse de aquel lugar. En un mes habían sucedido tantas cosas. Se había enfadado tantas veces con su padre. Había inventado tantas excusas para no probar una salsa… Ahora se podía reír, aunque como todo en su vida, nada había sido fácil.

—Me alegra que sonría, señorita Ukyô.

Se despegó del cristal y miró a Konatsu. Efectivamente, podía notar tan sólo con su mirada que estaba alegre. Y de la misma manera, se sintió agradecida y feliz por verle así. Al fin y al cabo, los problemas de Konatsu superaban a los suyos por tanto margen…

—Ya sólo me falta una cosa —dijo, haciendo un gesto a Konatsu para que la escuchase con atención.

—¿Y qué es?

—Es… ¡Ranma! —hizo caso omiso de la caída de Konatsu y continuó — ¡Ahora verá lo que es una prometida guapa verdaderamente centrada! ¡Ahora no puedo fallar, Konatsu!

—Seguro, señorita Ukyô.

—¿Konatsu? —le llamó, abriendo bien los ojos.

—¿Sí, señorita Ukyô?

—Como vuelvas a llamarme “señorita Ukyô”, te tiro del tren, cariño.

—Sí, sí —respondió asustado, y no pudo evitar reírse un poco con su expresión.

—Para ti soy Ukyô, ¿de acuerdo?

—Sí… ¿Ukyô-?

—Bien.

—Kuonji-san.

—¡Konatsu!


Epílogo

El aceite humeaba y la masa, al fin, iba tomando consistencia.

Los ingredientes ya habían sido preparados. Unas verduras, unos fideos de arroz, algo de marisco.

Y una salsa marinera llena de esfuerzo y venganza.

El crepitar de la masa le indicó que debía darle la vuelta. Rápidamente, colocó los ingredientes en su sitio y volteó con la maestría de la experiencia aquella creación, otra más en la larga lista de su vida. El olor era el correcto. El color se tornaba tranquilo en el dorado de una masa bien crujiente. El calor le atacaba sus manos revestidas de cuero y pena.

La anticipación le hacía salivar, pero no de hambre o gula. Estaba a punto de probar aquello en lo que su hija había invertido tanto tiempo, tanto esfuerzo. Había más en juego en aquello que en cualquier otra cosa que hubiera tenido nunca en común con su hija.

Volvió a dar la vuelta al okonomiyaki. Con sumo cuidado, mucho más del que usaría para un okonomiyaki normal, untó la salsa con una brocha de cocina sobre aquella receta única. Aquella era también la señal para apagar la parrilla y depositar la comida en el plato, así que así lo hizo.

Lo dejó reposar un poco. Un humillo de olor generoso e intenso se levantaba perezosamente desde el okonomiyaki. Si tenía que ser sincero, la cosa prometía. Sin embargo, debía ser justo en su juicio. Decidió pues dejar sus sentimientos a un lado y usar todo lo que sabía de sus años de catador.

Identificó una parte bañada por todos los ingredientes y cortó un trozo. Conocía su propia forma de cocinar perfectamente, así que confiaba en que podría separar sus sabores con facilidad de aquellos creados por su hija. Disfrutando una última vez del olor, se introdujo el trozo en la boca.

Y por un momento, se olvidó de catar.

Su boca, que se había preparado para el calor extremo de un okonomiyaki recién hecho, algo que sólo podía aguantar tras años de probar sus propias creaciones, no estuvo preparado para recibir el toque frío de lo que acaba de acariciar su paladar.

Era una sensación que jamás había sentido antes. Antes de masticar podía distinguir perfectamente cada milímetro cuadrado de aquel trozo untado con la salsa de su hija. Su temperatura, unos agradables cinco grados centígrados si no le mentía su lengua, contrastaba de manera imposible con la masa del okonomiyaki que bien podría estar aún a unos cuarenta.

Pero cuando masticaba, la cosa se volvía aún más peculiar, pues por un momento sintió el sabor del mar embravecido en su boca. Era algo parecido a la sensación que tenía uno cuando se sentaba a observar el mar en un día de tormenta en uno de esos viejos bancos de roca y salitre del antiguo paseo marítimo. Había respeto y temor, un profundo sabor salado y ese olor indescriptible a rayos y truenos.

Echó una mirada a la salsa que aún tenía y al fin pudo darle un nombre que mereciese la pena al color de la susodicha: aguamarina tormenta.

A través de todo esto, se esforzó por tratar de sacar todo el jugo posible a aquella cata. Removió bien el trozo en la boca y esperó a que se empapase bien de saliva. La frescura disminuyó un tanto al cabo de ese tiempo, aunque bien podía achacarlo a la capacidad de su boca de adaptarse a la temperatura. El sabor sin embargo, se fue haciendo más intenso hasta que alcanzó un máximo, como una ola que llena de espuma choca contra el acantilado y, finalmente, también retrocedió un tanto.

Al tragar, la sensación de estar tragando un bocado particularmente sabroso de mar le acompañó hasta que fue incapaz de seguir el trozo engullido.

Después, en contra de lo que solía ser lo acostumbrado en las catas, decidió que lo mejor sería aprovechar y comerse el resto del okonomiyaki.

Al fin y al cabo, llevaba una salsa que atesoraría mucho, y sería un estropicio desaprovechar la salsa producida por una maestra del okonomiyaki.

Ese tipo de salsa no es nada común, al fin y al cabo. Tan poco común como el talento que la crea.


Al capítulo anterior. O a Sayonara Amazonas.

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