El mar, la salsa y los sueños

Ukyô escapa de Nerima para volver a su casa en Osaka. Se busca a sí misma, pero encontrará todo y a todos los que dejó atrás.

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Sayonara Amazonas: El viaje de Ukyô

El mar, la salsa y los sueños

—Adiós, Ran-chan. Recuerda que nos volveremos a ver.

Y girándose hacia su camarero, le apremió:

—Vamos, empecemos.

Se dirigieron en silencio hacia la parada de autobús mientras sentía aún el peso de la mirada de su prometido en la espalda. Se sintió agradecida de no tener que hablar con el kunoichi. No es que le molestase ni nada por el estilo, pero simplemente no se sentía con ganas de hablar. Acababa de hacer algo que le aterrorizaba y necesitaba al mismo tiempo. Sentía que en los siguientes minutos podía tanto continuar con su decisión como echarse para atrás como hacer cualquier otra cosa. Cuánto más pensaba en ello, menos seguro le quedaba todo.

De repente, vieron el autobús que debían tomar acercándose a la parada a unos cientos de metros de ellos, así que apremió a su acompañante, pasó de andar a correr y esprintó hasta la parada.

Antes de darse cuenta, estaban en el autobús de camino a la estación, y las calles de Tokio volaban ante sus ojos como un sueño lejano que volvía a la parte más recóndita de su mente. Por un momento le pareció ver la caballera roja inconfundible de su prometido al girar una calle cercana al Cat Café, pero no fue nada.

Los sonidos de la ciudad y la gente a su alrededor hablando se escondieron en sus oídos y se volvieron ininteligibles. Con la sensación de encontrarse muy lejos de su cuerpo, compensaba la inercia en los giros del autobús y mantenía la compostura. Una lejana parte de su mente se afanaba en recordar dónde debía dirigirse cuando llegara a la estación de tren, pero no podía conseguir que eso la importara. Tan sólo parecía poder imaginar el mar y las olas muriendo contra la arena.

Tras lo que le pareció un instante, la voz femenina del autobús anunció su llegada a la estación de trenes de Tokio, y haciendo un gesto a Konatsu, se hicieron paso hasta las puertas laterales y, de un salto, bajaron a la acera.

Ukyô se dejó asombrar momentáneamente por la estación. Aunque no había cambiado mucho desde la última vez que había estado en ella, dos años atrás, eso no disminuía su magnificencia. Era un verdadero testamento al poderío tecnológico e ingenieril de su nación, una de esas creaciones que aunaban modernidad y tradición, sorprendiendo al resto del mundo con la mezcla tan sublime que hacía de ambas.

Pero, a diferencia de cuando vino, ahora tenía que encontrar su tren y mantenerse atenta de Konatsu. Él sí que no daba crédito a lo que veía. Para alguien que tan sólo recordaba un edificio casi del medievo en medio del bosque, esta estación debía parecer imbuida de magia.

—Vamos Konatsu -le apremió —. No te separes de mí, que no quiero que perdamos el tren.

—Sí, Ukyô.

Se acomodó de nuevo la mochila en los hombros y se puso en marcha. A pesar de la multitud de paneles informativos, ayudantes de la estación y avisos por megafonía, tuvo que reconocer que estaba algo confusa. Era una mujer que se preciaba de su autosuficiencia, y se sentía cómoda entre las muchedumbres, sobre todo cuando dichas muchedumbres le compraban unos okonomiyakis. Y aún así, el viaje en tren siempre se le había antojado como un mal al que había que sobreponerse cuando la necesidad lo dictaba.

Se movió deprisa pero concentrándose en seguir las direcciones que los carteles le iban marcando, y siempre echando un ojo a Konatsu. Al notar las miradas de estupefacción que el perfectamente vestido y maquillado kunoichi travestido despertaba, decidió de una vez por todas que debía limitar el kimono a las horas de trabajo y a su tiempo personal. Salir con alguien vestido así llevando una mochila de casi metro y medio de altura a la espalda nunca dejaba indiferente a nadie.

Finalmente, y con tan sólo unos minutos de sobra, encontraron su tren. No era un tren bala, ya que esos artilugios eran exorbitantemente caros a pesar de su rapidez. Y además, tampoco era cierto que ella estuviera muriéndose por llegar a su casa. Al fin y al cabo, allí lo único que le esperaba era su padre y su vieja casa familiar. Sin embargo, a pesar de la apatía que pudiera sentir por ambas cosas, no era cierto lo mismo para con su madre. A pesar de estar en otro lugar, ella seguía brindándole el mejor consejo siempre que se lo pedía.

—¡Ukyô! ¡Ukyô! Esta plataforma en la que nos hemos subido se mueve. ¿Cómo es posible que se mueva? No veo a ninguna persona tirando de ningún lado.

—No, Konatsu, no son necesarias personas para… —entonces se dio cuenta —Un momento. ¿Tus hermanastras te hacían tirar de algo en lo que ellas estaban montadas o algo así?

—¡Oh, sí! Casi todos los días —respondió alegremente el ninja sin más preocupación —. Lo llamaban “El juego del molino” y yo me encargaba de darle vueltas a una rueda de madera. ¡Y tenía que hacerlo rápido, porque si alguna de mis hermanas se aburría, entonces me tocaba mover la rueda unas cuantas horas más!

Ukyô no pudo si quiera expresar lo horrorizada que estaba. Aunque claro, la expresión de total despreocupación de su camarero no le estaba ayudando nada a horrorizarse como era debido. En todo caso, tan sólo podía abrir la boca y fruncir el ceño, tratando de alguna manera que su falta de expresividad sonora se supliese con la gestual.

—Era bastante malo —concedió el kunoichi —, pero tampoco demasiado. Además, al final todo se resolvió, y yo pude terminar siendo su camarera, Ukyô.

Mantuvo la expresión, pero entonces por motivos totalmente diferentes. De alguna manera, tenía que sacarle de la cabeza al ninja amante de los kimonos la idea romántica que tenía sobre ellos dos. Cierto, vivía en su casa y cierto, básicamente había tomado el papel que más de una vez había imaginado sería el de Ranma en sus ensoñaciones diurnas, pero eso no significaba para nada que le viese como algo más que un amigo.

—Ranma… —no pudo evitar que se le escapara el nombre de su prometido. Y casi como si lo hubiera hecho a propósito, el tren decidió que aquel era el momento exacto en el que debían pegar un buen bote y ser cegados por la luz del sol, entonces libre de los edificios tokiotas y galopando por tanto por los campos que rodeaban la ciudad.

—Ukyô… —se giró hacia su acompañante y notó una expresión que no había visto hasta entonces en Konatsu. Parecía preocupado por ella, sin saber qué hacer. Sintió un nuevo bote del tren en su estómago —Espero que no te moleste que te pregunte esto, pero, ¿a dónde estamos yendo? ¿Y qué vamos a hacer dónde sea que vamos?

Era verdad. No le había contado que tenía planeado hacer. Al fin y al cabo daba lo mismo. En cuánto preparar sus cosas para el viaje, Konatsu había aparecido ante ella, ya con una mochila con sus pocas posesiones a la espalda y dispuesto a empezar lo que fuera que ella tenía pensado. Por supuesto, al principio había sido muy reticente a dejarle hacer algo así, pero pronto se dio cuenta de que era la única opción posible. Realmente seguía sin ser buena idea dejar el restaurante a cargo de Konatsu, y ella tenía que marcharse sí o también. Así que, de forma tácita, había aceptado que la acompañase.

Pero qué mala educación la suya, que no había tenido ni siquiera el detalle de explicarle a dónde iban.

—Vamos a mi casa, Konatsu —le explicó, sin poder evitar que una risa cansada apareciese en su rostro —. A pesar de todo, creo que pasar un tiempo allí me podrá ayudar. Además, tengo unas cosas que dejar cerradas allí, así que en todo caso no será tiempo perdido.

—¿A… a su ca… su casa? —pudo ver al kunoichi temblando como la más pudorosa mujer japonesa, y tuvo que reconocerse a sí misma que le resultaba un tanto gracioso —¿A la casa de dónde proviene?

—Sí —confirmó divertida —. En Osaka, cerca del mar.

—¡Oh…!

Sí, volvía a casa.

—Sígueme de cerca y no te pierdas, ¿de acuerdo?

—Sí, señorita Ukyô.

Rodó los ojos un poco desesperada. No había manera de evitar que, de vez en cuando aún, Konatsu no soltara alguno de estos títulos honoríficos que tanto le gustaba usar con ella y que tanta vergüenza la producían. “En fin” pensó, “lo mejor que puedo hacer es seguir insistiendo hasta que se le quede en el cerebro.”

El tren había ido decelerando durante los últimos minutos, casi desde el momento en el que habían entrado en el radio de la ciudad. A lo lejos se divisaban los reflejos de un mar en calma que veía pasar la tarde como otra cualquiera entre muchas.

El viaje había sido un ejercicio de tranquilidad y cabezadas que no terminaban de traducirse en sueño. Los preparativos del viaje le habían hecho levantarse pronto, y la corta conversación con Ranma antes de salir le había quitado más energías de lo que se atrevería a aceptar. Por ello, cuando al fin se había puesto en marcha, todo su cuerpo se había relajado y la modorra había hecho acto de presencia. A diferencia de Konatsu, ella conocía el trayecto más de lo que quisiera, así que había sido el ninja el encargado de mantenerse más despierto y tratar con el revisor cuando pasase.

Pero al fin habían llegado. Tenía ganas de que esas puertas se abriesen y pudiese aspirar el aroma de una ciudad que guardaba tantos recuerdos para ella. Al mismo tiempo, claro está, tenía que tener cuidado de no perder a su acompañante.

—¿Ya estamos?

—Ya casi, Konatsu. Sólo unos minutos más.

Las casas pasaban lentamente de un lado a otro, como caracoles gigantes que tan sólo querían llevarle la contraria al tren. Sin embargo, al final, hasta los edificios fueron deteniéndose hasta desaparecer y dejar paso a una estación abierta y muy quieta que por megafonía anunciaba la llegada del tren procedente de Tokio.

—¡Vamos! —ordenó, y cogiendo su maleta, bajo de un salto al arcén. Al instante, Konatsu casi apareció a su lado.

Todo estaba tan igual y tan distinto.

Sin embargo, no quería quedarse ahí parada. Ya había decidido que su primera parada no sería su casa, y al instante se puso en marcha en dirección a la salida de aquel lugar que rápidamente se había convertido en una masa de personas que se movían con direcciones chocantes.

Sí, iría primero a ese lugar y, con un poco de suerte, aquello que preparó antes de marchar hacia Nerima por primera vez seguiría allí escondido y, con un poco de suerte, encontraría el valor que necesitaba para afrontar el viaje que había comenzado. Con un poco de suerte…

—¡Uy, perdone! —apenas deceleró cuando chocó con una señora de gabardina veis y maletón a rayas, y tampoco prestó mucha atención a las disculpas de ésta. Tan sólo quería llegar a aquel lugar cuanto antes, así que apretó el paso y alcanzó la salida antes de que la marabunta la taponase.

Cuando finalmente salió del edificio, miró hacia arriba y dejó que el sol le picase en el rostro durante unos instantes.

—¡Ah! ¡Este sol es delicioso, ¿verdad?!

—Sí, señorita Ukyô.

—¡Konatsu!

Al cabo de un rato, casi habían llegado a donde un trozo de pasado esperaba pacientemente, seguramente, a que fuese recuperado.

—Me pregunto si aún estará aquí —comentó Ukyô más para sí que para Konatsu.

Subían, o más bien, escalaban un risco que se adentraba varios metros en la mar brava. Las olas les luchaban con espuma y sal, y aunque eran dos artistas marciales de lo mejor, tuvieron que hacer más de una parada en su avance.

Al cabo de unos minutos alcanzaron al fin un pequeño cartel de madera clavado en el borde del mismo peñón. La madera era una mezcla de materia vegetal podrida y moluscos de varios colores. Aunque con dificultad, aún podían leerse unos símbolos que muy elocuentemente rezaban:

—”No pasar, bajo ningún concepto, de este punto.”

—¡Oh! ¡Han reusado mi cartel para esta tontería! —se quejó Ukyô.

—¿Reusado? ¿Qué puso usted?

—”No cavar, bajo ningún concepto, en este punto.” Pero veamos si sigue todo en su sitio.

Desenfundó su enorme espátula de combate, y de un potente movimiento, la clavó en la tierra dura como piedra y la usó de pala. Mientras ella excavaba, Konatsu mediante un paraguas de enormes proporciones, le cubría de los envites del mar.

El kunoichi creyó escuchar un par de veces de Ukyô cosas como: “¡Espero que siga aquí!” o “Tenía que haber traído una pala… ¡Mira qué tener que usar la espátula!”.

—¡Al fin! —exclamó Ukyô —¡Aquí está!

Con un gran esfuerzo, terminó de abrir la fosa de un par de potentes palazos, y sacó lo que había en el interior.

—Ayúdame, Konatsu —pidió mientras seguía sacando cosas. Un montón de espátulas de tamaño normal, un baulcito de madera vieja y, finalmente, una enorme tinaja de barro en forma de ánfora.

—Alejémonos un poco del mar —Konatsu, con sorprendente facilidad, se puso la tinaja al hombro y caminó en la dirección que indicó Ukyô, al tiempo que ésta agarró el baulito y las espátulas.

Un poco más allá, el paseo marítimo, salpicado de bancos de cemento y farolas oxidadas traía la civilización hasta ese punto indómito. Se sentaron en uno de los bancos, dejando con cuidado las cosas, y echaron una última mirada al mar embravecido.

—Bueno, ahora viene la prueba de la verdad —comentó Ukyô.

—Ukyô, ¿qué es todo esto? —preguntó Konatsu con un hilo de voz, ya que no quería parecer grosero.

—Esto —dijo Ukyô con una sonrisa tranquilizadora —es todo lo que acumulé mientras me entrenaba aquí, frente al mar, tras ser abandonada por Genma y Ranma.

Un ligero “¡Oh!” escapó de Konatsu justo antes de un torrente de disculpas.

—¡No pasa nada, Konatsu! —trató de calmarlo con una sonrisa. Y, sorprendida, se dio cuenta de que era verdad. No había ya ningún tipo de sentimiento negativo cuando pensaba en aquello. Descargó su furia por aquello hacía ya mucho tiempo y, poco a poco, lo único que había quedado era su deseo por Ranma.

Al fin y al cabo, las malas caras eran malas para el negocio.

—¡Ahora bien! —comenzó al fijarse en la vasija, que arrastró entre sus pies —Aquí se encuentra un… experimento que puse en marcha al poco de empezar mi entrenamiento.

—¿Qué es? —preguntó Konatsu emocionado.

—Una salsa de okonomiyakis —respondió con energía—. Pero no una salsa cualquiera, cariño. La dejé macerando ante el mar, justo en el sitio donde yo entrenaba. Si la hice bien, debería tener el espíritu de la lucha y el mar.

—¡Probémosla ya!

—Yo… ¡No puedo! —confesó, apartando la mirada de la vasija y de Konatsu.

—¿Por qué no? ¡Si la hizo usted, Ukyô, seguro que está muy buena!

—Agradezco tu confianza, cariño —sonrió Ukyô —, pero no me siento preparada.

—¿Cómo? ¿Por qué? —quiso saber Konatsu.

—Yo… hice otra salsa de soja de diez años antes que ésta. Y no salió bien. Nada bien —se giró, incapaz de aguantar la mirada de incredulidad del ninja —. Aunque aquella salsa me acercó muchísimo a Ranma, aún temo haber producido aquel terrible sabor una vez más.

—Pero… ¿eso no fue culpa del señor Ranma, que derramó la salsa por accidente a escondidas y luego hizo un potingue con lo que tenía a mano? —trató de hacer memoria el kunoichi.

El mar azotaba con fuerzas renovadas el risco, ahora en su campo de visión. La verdad es que no estaba siendo del todo sincera con su empleado. Efectivamente, cuando Ranma le contó su chapuza, su orgullo de cocinera se recuperó. Pero después de todo lo que sucedió, ella aún se quedó con la sensación de fracaso. Entendió entonces que su alma de cocinera era inseparable del resto de su ser, y por eso mismo, la posibilidad, aunque remota, de que pudiera producir una salsa que fuera tan en contra de sus ideales, era una carga que no podía soportar.

Aún así, tampoco podía deshacerse de la salsa así como así. Por lo tanto, su única opción era llevársela consigo de vuelta a casa y conseguir que alguien con cierto nivel crítico la probase. Sólo entonces se sentiría lo suficientemente confiada como para llevársela de vuelta a Nerima. Y claro, el único que tenía ese nivel, era su padre.

—Bueno Konatsu, déjalo estar y ayúdame a llevar la vasija de vuelta a casa.

—Pero…

—¡Konatsu!

—De acuerdo, Ukyô.

Al poco rato, Konatsu y ella alcanzaron al fin la entrada de la casa de su padre. Aunque sabía que apenas había podido cambiar, podía jurar que había algo diferente alrededor de esa casa. Cierto, había un par de rajas nuevas en la fachada blanca curtida por la sal del mar. También se podían observar unos cuantos tablones cambiados recientemente en el porche, seguramente a causa de alguna tormenta que hubiera pasado por la ciudad recientemente.

Y sin embargo, al observar el edificio, sentía algo curioso. Sentía… una falta de sensación que le era totalmente nueva.

—¿Es aquí, Ukyô?

—¡Oh! ¡Sí! Venga, vamos —la pregunta de Konatsu la sacó de sus pensamientos, y no queriendo ser maleducada, le invitó a entrar abriéndole la puerta.

No sabía cómo estaría la casa. La última vez que vino Ranma aún no se había presentado realmente a su madre. “Otro gran momento de Ranma que me perdí”, pensó “Estaba ayudando a Konatsu en aquella reunión de ninjas, así que no había mucho que pudiera hacer igualmente, pero bueno.” Tenía mucho que hacer con él aún.

Se adentró la primera y observó que la entrada estaba bien, aunque no había patucos para andar por casa. Antes de que pudiera comentarlo, Konatsu sacó dos pares de algún sitio y le pasó uno.

—Gracias. Ahora póntelos. Mi padre solía ser bastante estricto con los patucos.

Lentamente, con cuidado de no hacer ruido, ambos se adentraron en el edificio.

En cierto sentido, se sentía como una verdadera extraña entrando furtivamente en una casa ajena. Observó con detenimiento el pasillo, cuyo único cambio residía en las flores que lo adornaban, y lo recorrió en dirección a la sala de estar. Esperaba que su padre estuviera allí, por lo que se sorprendió cuando encontró la estancia vacía e inmaculada. La misma mesa en la que en otro tiempo había comido hablando a sus padres de Ranma seguía en el centro de la sala. Continuó con su exploración a través de la cocina, el baño y hasta las habitaciones. Su padre no estaba por ningún lado. Por otro lado, su habitación no había sido visitada desde la última vez que visitó a su padre. La capa de polvo, que ni siquiera tenía la decencia de ser fina, lo confirmaba. La habitación de invitados lucía una sedimentación de tiempo parecida, pero igualmente, era usable. La de su padre, por el contrario, lo único que no tenía tirado por ahí era polvo.

Hizo memoria, y pudo recordar perfectamente que sí había avisado a su padre de su intención de visitarle ese día. La conversación había sido corta, como casi todas con su progenitor, pero lo suficientemente informativa. Así que no podía comprender a qué se debía la desaparición de su padre.

—Bueno —se dirigió a Konatsu cuando volvieron a reunirse en la sala de estar —, supongo que en algún momento volverá. Ya te he enseñado la casa. Mi idea era que usaras la habitación de invitados, así que creo que subiré y le daré un repaso, y de paso adecentaré también la mía para que podamos dormir esta noche.

—¡Nada de eso! —exclamó Konatsu, poniéndose de pie al instante —¡Yo limpiaré! Es lo mínimo que puedo hacer.

—Haremos esto —dijo agarrando al kunoichi antes de que saliese disparado hacia el segundo piso —: tú limpias la de invitados y yo me encargo de la mía, ¿de acuerdo?

—Pero…

—Pero nada.

Le mantuvo la mirada hasta que el ninja aceptó.

Así, ambos cogieron sus cosas, se las llevaron a sus respectivas habitaciones y se pusieron manos a la obra.

Al cabo de un rato, cuando el sol ya casi había terminado de esconderse tras el mar, visible desde su habitación, y ella ordenaba lo poco que había traído en los cajones y los armarios de su nuevamente limpia habitación, un ruido en el primer piso atrajo su atención. Salió rápidamente y se encontró en el pasillo a un expectante Konatsu. Con un gesto de asentimiento, ambos bajaron lentamente las escaleras.

En el salón, murmurando una rápida oración al altar de su madre, estaba su padre. Ella carraspeó y, sorprendido, su padre se giró hacia ella.

—¿Ukyô? —preguntó el hombre con los ojos bien abiertos —¿Qué haces aquí, hija? ¿Y quién es tu amiga?

—”Empezamos bien” —pensó. Estaba claro que se había olvidado de que venía. Y eso que era su única hija…

—Te dije que iba a venir un tiempo mientras trataba de poner unas cosas en orden, ¿no te acuerdas? —casi pudo notar la depresión irradiando de Konatsu, así que añadió en el último momento: —¡Ah, y él es Konatsu! Me ha estado ayudando en el restaurante desde hace unos meses.

Su énfasis en el “él” surtió efecto, y a su padre se le quedó la cara de un okonomiyaki aplastado.

—Encantada de conocerle, señor Kuonji —claro que la perfecta actitud sumisa del kunoichi no hizo nada para ayudar a su padre a ver la realidad. Tampoco es que le diese mucha pena.

—En… encantado.

—Bueno, yo estoy muy cansada, y me imagino que Konatsu también lo estará. Le he dicho que puede usar la habitación de invitados. No creo que haya problema, ¿verdad?

—No, por supuesto que no —respondió distraídamente su padre, aún mirando fijamente a Konatsu.

—Bien —asintió con fuerza —. Ya hemos limpiado y organizado nuestras cosas, así que, por lo menos yo, me voy a la cama.

—Yo también —añadió el kunoichi, intentando escapar disimuladamente de la mirada del padre de Ukyô.

—Mañana hablamos —y girándose hacia su padre una última vez, añadió: —. Y por favor, ¡recoge tú habitación, papá!

Antes de ascender por las escaleras, pudo oír a su padre murmurando una y otra vez: —¿”Él”?

Un momento después, Ukyô se espatarró sobre su antiguo futón, incapaz de sobreponerse a las olas de nostalgia que chocaban contra su pecho cada minuto que pasaba en su habitación. A través de la ventana se colaba la luz de varias estrellas y el sonido de más de un animal nocturno que había olvidado por completo.

A pesar de que sentía la dureza del suelo en su espalda, oía a los animales y el mar de fondo y hasta podía oler el aroma a mar en la ropa limpia que había sacado del armario, a pesar de todo ello, no podía creer que estuviera de nuevo en su casa. Era una sensación extraña. No por la melancolía, ni por los recuerdos agridulces de una niñez y una feminidad sacrificadas. Ni siquiera porque Konatsu estuviera durmiendo en la habitación de al lado. No, era una sensación extraña porque, de alguna manera, nunca se había marchado de allí, y de repente su alma parecía sentirse en el mismo sitio que su cuerpo.

Se sentía cómoda.

Ukyô no podía creer la conclusión a la que acababa de llegar. Iba en contra de todo lo que había sentido desde que había encontrado a Ranma en Nerima. ¿No sintió entonces que al fin, al decidirse a perseguir su matrimonio con Ranma, había encontrado lo que andaba buscando en realidad? Entonces, ¿cómo era posible que se encontrase mejor aquí, tan lejos de Ranma, tan cerca de dónde su vida se fue al garete? Era como si un negocio de okonomiyakis funcionase mejor a las puertas del infierno en vez de a las puertas del cielo.

Aún así, había vuelto a su casa en busca del equilibrio que había perdido, y eso era precisamente lo que sentía haber recuperado. ¿Nostalgia acaso? ¿Era eso lo que le había llevado a huir? No podía creerlo. Había algo más. Tenía que haberlo.

Los siguientes dos días se los pasaron básicamente poniéndose al día de lo que había pasado últimamente por aquella parte de Japón y comprando y colocando cosas para su estancia. Apenas pensó en nada que no fuera el presente inmediato durante ese tiempo, así que fue un tiempo que se le pasó volando. Casi tanto como el instante que el okonomiyaki se mantiene en el aire cuando se le da la vuelta. Instantáneo.

Tras tres días allí, y después de su vistazo de rigor mañanero a la vasija de salsa (“Hay que reconocer que tuve buen ojo para elegir la vasija. ¡Menuda calidad!”), se puso seria y se dirigió, vestida y arreglada, a la habitación de su madre.

Ése era el nombre que le gustaba darle al espacio del salón donde descansaba el altar a su madre, foto y flores incluidas.

Así, en silencio para no despertar ni a su padre ni a Konatsu, se arrodilló ante la mirada fija de su madre y, tras un saludo, se acomodó. Se encontró gratamente sorprendida de lo bien cuidado que estaba todo. Las flores, un par de tulipanes amarillos y vibrantes, estaban frescos, como si hubieran sido recién cortados, y llenaban a rebosar el jarrón donde estaban metidos. Había una gran cantidad de cerillas ceremoniales en el espacio libre del altar, y en todo el mueble el polvo brillaba por su ausencia. Hasta el buda parecía relucir.

Su padre aún la amaba tanto…

Pero, no había venido a ver qué limpio estaba todo. Su madre, incluso cuando ya sólo quedaban fotografías de ella, le había ayudado mucho. Durante muchos años, su imagen le había dado fuerzas cuando ya no podía continuar. Le había dado resolución cuando se había sentido vencida. E incluso le había ayudado a encontrar respuestas cuando se había sentido perdida. Deseaba que su madre pudiese ayudarle una vez más.

—¡Ay, mamá! No me vendría mal una ayudita ahora mismo —se dijo para sí. Nunca hablaba en alto cuando estaba en la habitación de su madre. Sabía que no hacía falta —. Dos años en Nerima, detrás de mi prometido, y ahora esto. No entiendo qué es lo que me pasa. ¿Acaso me estoy volviendo loca? Espero que no: ¡soy demasiado joven para perder la cabeza!

—Simplemente no sé qué se me pasó por la cabeza. No es que sea la primera vez que haya atacado a… cualquiera, en una situación así. ¿Pero ese instinto asesino? Nunca había sentido esa necesidad, esas ganas de acabar con alguien. Bueno, sí. Cuando llegué a Nerima por primera vez. Pero eso ya lo había pasado. ¿No?

Observó con detenimiento la foto de su madre. ¿Cuánto tiempo había pasado? Aún era un poco difícil acordarse sin sentir humedad en sus ojos. Era divertido en cierto sentido: que sus madres se hubieran ido fue el punto de partida de su amistad con Akane. Nunca se mostró en contra de empezar una amistad con ella, incluso si su situación había sido un tanto incómoda desde el principio. Pero de repente, un día, mientras Ranma tenía que pelearse con alguien en la escuela, el tema había salido entre ellas. Eso les hizo darse cuenta de cuántas cosas tenían en común, y el primer puente entre ellas fue tendido. A partir de ahí, la cosa no hizo sino aumentar.

—Te pareces más a tu madre de lo que crees, hija -se dio la vuelta lentamente y, efectivamente, descubrió a su padre observándola con esa sonrisa suya casi demasiado ancha para un hombre de su edad.

Con cuidado y silencio también, su padre se arrodilló junto a ella y pronunció una corta plegaria por su madre. Se quedaron así, en silencio y de rodillas ante el altar de la mujer más importante de sus vidas, un buen rato.

—Tú… —empezó su padre.

—Sí, tengo una fotografía suya y rezo mis plegarias —cortó sin mover la vista.

—No, no iba a eso —y agitó una mano como disipando su respuesta —. Iba a preguntarte que si estás bien.

Miró hacia otro lado con cierto disgusto. ¿Qué clase de pregunta era esa? Apenas podía creer escucharla de él después de todo ese tiempo.

—No, no lo estoy —respondió levantándose. Decidió salir de la casa, pero su padre la siguió.

—¿Por qué? ¿Qué te pasa? —insistió su padre ya en la calle.

—¿Que qué me pasa? —se giró rápidamente quedando frente a su padre, mirándole directamente a los ojos con el enfado que rápidamente estaba bullendo en su interior -Me dices eso después de todo este tiempo. Ranma…

—¿Todavía sigues con esa persecución alocada del hijo de ese Genma Saotome? —parecía realmente cansado, y eso no hizo sino enfadarla más.

—¿¡Que si sigo!? —bramó, y pudo notar a la poca gente que había a esas horas de la mañana escabullirse por las calles circundantes —Sabes perfectamente bien lo que pasó. Sabes que tengo que ser la esposa de Ranma.

—¡Oh, venga hija mía! ¿No puedes dejarlo estar? —pero antes de que pudiera responder, su padre se le adelantó -Sí, ya lo sé. Fue un truco sucio y ruin, y fue difícil sobreponerse a la pérdida del yattai. Pero tampoco es que fuera el fin del mundo. Volvimos a salir a flote y, por lo que me contaste, hace tiempo que le diste a ese viejo mentiroso lo que se merecía. Ya está bien, ¿no?

—¡No, no está bien! —exclamó indignada —Aquel pequeño truco como tú lo llamas me costó más a mí que a ti, papá. Lo del yattai no tiene ni punto de comparación con el hecho de que abandonase mi feminidad con tal de devolvérsela a los Saotome. Me tiré diez años entrenando para eso. Estuve yendo al colegio porque mamá insistió, que si no ahora ni siquiera tendría eso.

—¿Ves? Tú misma lo estás diciendo —insistió —. Toda esta búsqueda de supuesta justicia no te ha hecho más que daño. ¡Es una tontería que sigas!

Estaba más enfadada de lo que nunca lo había estado con su padre. Era desesperante hablar con él. Desde que se había marchado a Nerima lo único que había recibido de él habían sido excusas e insinuaciones de que lo mejor era dejarlo estar. Pero ahora ya ni siquiera se molestaba en fingir. Ya no había ni una pizca de duda en su voz.

Sintió que su control sobre la rabia y la ira que se habían ido acumulando se desvanecía, y explotó.

—¡Cobarde! ¡No has sido más que un cobarde! Nunca has hecho nada por recuperar lo que Genma te robó. Nunca hiciste nada cuando mamá murió. Y ahora, lo único que me intentas enseñar es ser un cobarde como tú. Pues no. No lo voy a permitir.

Y sin esperar una respuesta, se dio la vuelta y se puso a caminar.

Se dirigió a la playa aún rumiando lo que le había dicho a su padre. Necesitaba expulsar algo del enfado que había acumulado.

Simplemente, no podía creer a su padre. Después de lo que le había dicho, cuando había recuperado el control, había esperado que su padre la metiese a rastras en casa y le soltase un buen sermón. Pero ni siquiera había hecho eso. Era exasperante.

—Empiezo a pensar que ha sido un error venir aquí —se dijo en voz alta.

Al poco, llegó a un punto de la playa que le pareció suficientemente alejado de su casa, y se internó hasta la orilla. Viejos instintos tomaron el control de sus manos y, casi sin darse cuenta, cogió su espátula gigante de su espalda y se colocó en posición. El mar estaba embravecido, casi envalentonado por la presencia de grandes nubes grisáceas en el cielo.

Sonrió tristemente. Era un día perfecto para luchar contra el mar.

Pasó varias horas entrenando sola. Se internaba un poco en el mar y, cuando alguna ola se acercaba a ella, usaba su espátula de combate para protegerse y salir indemne. El objetivo era no mojarse por encima de la cintura. Otras veces, tomaba un ángulo más ofensivo y se lanzaba contra las paredes de agua, cortándolas por la mitad y escabulléndose por el agujero hecho en la ola. Varios surfistas se quejaron al guardacostas, pero éste, tan sólo oyendo los gritos de furia de Ukyô, decidió hacer oídos sordos a sus quejas.

Hizo un descanso. Estaba empapada, pero de sudor. Se retiró de nuevo hacia la playa y absorbió por un momento el paisaje a su alrededor. El olor del mar, mezcla de salitre y algas en descomposición. El sol del mediodía, que todo lo cegaba. El sonido de las olas rompiendo indolentes contra la arena. Era casi como volver atrás en el tiempo.

Entonces, se dio cuenta de que ya no estaba sola. A unos metros a su derecha, una anciana practicaba taichi, si no se equivocaba. Llevaba el típico bañador de una sola pieza que para su generación sería de lo más normal, pero para Ukyô era más una tortura que una prenda. Todo el pelo era blanco como la nieve, y su rostro tenía sin lugar a dudas las marcas de alguien que se pasa mucho tiempo ante el mar. Podía ser una artista marcial bastante buena si se había acercado tanto a ella sin que se diera cuenta.

—¿Te molesto, hija? —preguntó la señora en medio de sus movimientos abiertos y pausados.

—No, no, para nada —respondió Ukyô rápidamente. Se lo pensó un momento y entonces añadió —. ¿Quién es usted?

—Nadie. Tan sólo una anciana disfrutando de su mar.

—”Así que es de por aquí” —pensó Ukyô —”. Me pregunto si conoce a mi padre.”

—¿Estás intentando derrotar al mar?

—No lo intento. Ya lo he vencido.

—Pues a mí me parece que el mar sigue igual de bravo que siempre.

Casi como si fuera a propósito, una ola imposiblemente furiosa procedió a empaparla de la cabeza a los pies.

—Sólo… necesito entrenar más —dijo algo compungida.

—No suenas muy segura…

—Tal vez en el taichi entrenar sea secundario, pero para mí no lo es.

—Oh, no, querida, no me refiero a eso. Sólo digo que no parece que estés muy segura de que entrenar sea la respuesta. Y si eso es así, yo tiendo a estar de acuerdo.

Ukyô desvió la mirada de vuelta al mar, y se dio cuenta de que estaba mordiéndose el labio inferior. Sabía que lo mejor que podía hacer era desconfiar de aquella abuela que estaba intentando meterse en su vida sin ser invitada. Pero su interior le decía que podía confiar en ella, por muy absurdo que pareciera.

—Estoy un poco… confusa, no sé en qué dirección caminar.

—Siempre deberías caminar buscando tu hogar. Eso es lo que yo hago.

—Mi casa está siguiendo la playa. No quiero ir.

—Parece que hoy hablo en chino —rió —. Cuando digo hogar, no me refiero a tu casa. Me refiero…

—Ya, de acuerdo. Pero ahí está el problema. Ya no sé dónde me siento cómoda. Antes, me sentía parte de Nerima. Pero al venir aquí…

—Por favor, querida, te estás complicando la vida de una manera espectacular. Mira —sacó una botella y, mojándose hasta las rodillas, se agachó y llenó la botella con agua del mar.

—A ver, niña, dime, lo que tengo aquí, ¿qué es?

Miró sorprendida. Se estaba volviendo más raro por momentos.

—Por favor, sígueme la corriente —insistió la señora.

—Es agua de mar —respondió.

—¿Y qué hace diferente a esta agua de toda la demás? —preguntó haciendo un gesto hacia el mar que mojaba sus piernas.

—Es… Pues… ¿Nada? —concluyó.

—Efectivamente. Esta agua es tan mar como el que nos moja los pies. Así que, puedes llevarte esta botella al centro de China y seguirás llevando contigo el mar del Japón.

—Así que, ¿dice que aunque me vaya a Tokio, yo aún seré de Osaka? Eso no me ayuda mucho…

—Esto es más difícil de lo que pensé… —se frotó la frente. Volvió a hablar —Parece que tengo aquí un desafío. Piensa sobre esto. Cuando sepas qué tiene que ver contigo esta botella, explícamelo. Entonces seguiremos hablando.

La señora se apartó un tanto hacia un lado, dejándola con una botella de agua de mar y toda la ropa empapada. Había conseguido su objetivo de deshacerse de su frustración, y como tenía que cambiarse de ropa de todas maneras, se dirigió de vuelta hacia su casa. Además, en poco tiempo sería la hora de comer. Y no quería comer algo que hubiera preparado su padre.

El resto del día no fue más que una larga tarde de entrenamiento ante el mar.

Era bastante inaudito, pero ahora tenía dos cosas con las que enfrentarse cada vez que se despertaba.

Por un lado, tenía la vasija de salsa (“¿Me pregunto si tenía el mismo color cuando la compré? Juraría que era más clara. ¿A lo mejor estar tanto tiempo enterrada la ha cambiado de color?”), que era como un mal sueño que se repetía cada día y le hacía recordar un tiempo que pensaba ya debería haber dejado atrás.

Y, por otro lado, estaba la dichosa botella de agua de mar de Japón, que ya llevaba con ella cuatro días con el que acababa de empezar. Ese elemento era aún más frustrante que la vasija, pues pensaba que encerraba un tipo de sabiduría que le ayudaría, pero no podía destapar el genio. Además, y esto era lo peor, no se sentía más cerca de desvelar su misterio que lo que hubiera estado el momento en el que la recibió.

A veces pensaba que era una broma pesada de una anciana que había decidido divertirse con una chica confusa. Entonces podía pensar en dos o tres respuestas que implicaban romperle la botella en la cabeza a alguien. Pero al final, siempre terminaba por pasársele.

Bajó a la sala de estar. Se había quedado un buen rato mirando sus objetos de duda, así que estaba a punto de llegar tarde a desayunar. No tenía ningún plan preparado para el día, así que seguramente se iría a dar una vuelta por la ciudad.

Sin embargo, al parecer su padre había decidido que aquel era el momento para humillarla, y había sacado la artillería pesada. Fotos, notas, trabajos, juguetes… todo lo que hubiera deseado que nunca hubiese existido pero que se empeñaba en llevarla la contraria. Toda una niñez documentada y preparada para ser expuesta. Se encontró deseando que no hubiera hecho eso nunca.

Se preparó para soltarle una bronca a su padre como nunca había imaginado mientras se acercaba a él y a Konatsu. El kunoichi también iba a recibir lo suyo, pero lo dejaría para después. ¡Oh, sí! Podía notar sus tripas revolviéndose con ira y sus puños cerrándose con fuerza. La próxima vez su padre se lo pensaría dos veces antes de sacar esas cosas.

Al final, sin embargo, su padre sacó una foto que la hizo decir:

—¡Papá! ¡Jo! ¡Guarda eso! ¡Joooo!

Intentó agarrar la foto, pero su padre fue más rápido. Perdió el equilibrio y se quedó panza abajo en el suelo.

—Pero si estás preciosa en esta foto —argumentó su padre, poniéndole dicha foto a Konatsu en las manos —¿Ves, chaval? Aquí estaba ella, bañándose en el mar como su madre la trajo al mundo, con una amiga suya. Le encantaba bañarse así en la playa esta de al lado.

—Sí… —es lo único que decía Konatsu, que parecía a punto de perder el conocimiento.

—¡Papá! ¡Dame eso! —gritó poniéndose de nuevo en pie.

Pero su padre seguía sin hacerla caso.

—¡Mira, mira! ¡En esta su madre la está bañando, después de estar en la playa de la otra foto! Recuerdo perfectamente aquel día… ¡Qué bien nos lo pasamos los tres!

Con un pesado sentimiento de derrota en las tripas ya calmadas, se sentó junto a Konatsu. Al fin y al cabo, tenía más posibilidades de mantener algo de su ya dañada imagen si se mantenía ahí y retiraba el material más bochornoso antes de que Konatsu pudiera fijarse bien.

—Esta foto es maravillosa —se ilusionó su padre con su último ataque a su autoestima.

El pastel explosivo en cuestión era aceptable. La mostraba a ella, en pleno atuendo de chef de okonomiyaki, con apenas tendría los cinco años, lanzando con gran maestría un okonomiyaki al aire. El fondo parecía ser un parque o bosque de algún tipo, y, en una esquina, como si no hubiera tenido tiempo suficiente de huir de la foto, aparecía Genma agarrando a un sorprendido Ranma.

De hecho, podía recordar la escena que capturaba aquella foto. Había estado unos meses acompañando a su padre cuando salía a hacer las rondas con el yattai, y apenas habían pasado unas semanas desde la llegada de Ranma. Genma había conseguido convencer a su padre de que Ranma y ella empezaran una especie de competición para que ambos mejorasen. El efecto práctico era que Ranma conseguía un okonomiyaki gratis y ella se enfadaba mucho un buen rato. Para mejorar en la pelea, su padre le había enseñado las técnicas básicas de volteo del okonomiyaki. Así, le había dicho, su control de las espátulas aumentaría, y tendría más posibilidades de plantar cara al hijo de Genma. Y la foto capturaba, justo, el momento en el que ella giraba su primer okonomiyaki. Su madre siempre tuvo buena mano con la cámara de fotos.

Por supuesto, aquello no consiguió que venciese a Ranma, aunque aumentó en unos segundos la duración de sus peleas.

Aquel fue el momento en el que se dio cuenta de lo fuerte que era Ranma. De lo bueno que sería tenerlo como un marido que le ayudase en sus tareas.

Una especie de escalofrío la recorrió sólo con recordar aquella realización. Era… electrizante. Así, en menos de lo que se endurece una pasta, había encontrado alguien con quién le gustaría pasar el resto de su vida. Y con cinco añitos, ni más ni menos. En el loco mundo en el que vivía, sabía que esa no sería la más temprana edad a la que alguien se había enamorado. Pero para ella, era lo suficientemente loco. Lo suficientemente loco como para traerla de cabeza aún entonces, más de diez años después.

Por supuesto, las intenciones de su padre habían ido en una dirección parecida, pero no la misma. Aún así, tenía que aceptar que comparado con Genma, su padre hizo más o menos sus deseos. No recordaba ninguna conversación con su padre en la que éste le diese la opción de comprometerse con Ranma o no. Pero se imaginaba que, por aquella época, era bastante transparente a la mirada de su padre o su madre. Seguramente fue ella la que se dio cuenta de sus crecientes sentimientos hacia Ranma y la que instigó a su marido para sacar esa promesa de Genma. Su padre fue, en última instancia, el responsable de su compromiso.

Su padre, sin embargo, que era totalmente ajeno a sus pensamientos, había seguido sacando fotos. Le devolvió la que había estado mirando y echó un vistazo rápido a las que andaban pululando entre sus manos y las del kunoichi.

Una vez más, la mayoría del material parecía seguro. Sin embargo, hubo una que le llamó la atención especialmente. Era una en la que se le veía mucho más pequeña. Podía conjeturar que tendría como dos años, y estaba de pie frente a la cámara con su madre agachada a su lado, ayudándola ligeramente a mantenerse vertical. Ambas mostraban una sonrisa enorme que relucía especialmente contra el negro de la plancha que tenían a la espalda. Debían estar en el restaurante de un amigo o algo así, pues ambas sujetaban en sus manos libres una espátula de okonomiyaki, siendo la suya mucho más pequeña que la de su madre, como si fuera de juguete. Lo más interesante de la foto eran, de todas maneras, los dos okonomiyakis que se cocinaban lentamente a su lado, sobre la plancha, y que al igual que las espátulas, tenían dos tamaños muy diferentes el uno respecto al otro. Si no se equivocaba, la actitud divertida y suficiente que irradiaba su versión más joven tenía que ser un signo inequívoco de que el okonomiyaki de su lado lo había confeccionado ella misma.

—¡Oh, sí! ¡Recuerdo perfectamente aquel momento! —exclamó su padre, robándole la foto de entre sus manos y volviendo a ponérsela delante a Konatsu —Las dos estabais tan contentas con vuestro okonomiyaki.

—No es que el tuyo fuera perfecto, hija —dijo insufriblemente volviéndose por un instante hacia ella —, pero el olor era fabuloso e intenso. Era como comer por la nariz, ¿de verdad?

—¿Qué quiere decir? —preguntó Konatsu.

—Sí, hombre, lo típico esto que dicen que “huele que alimenta” —explicó su padre, y notó una luz que se encendía lentamente en el fondo de su mente —. Me refiero a que el olor era tan bueno que casi podías saborear el okonomiyaki a distancia. Vamos que hasta salivaban los pájaros que revoloteaban por allí.

Entonces, la bombilla se le iluminó del todo, y se dio cuenta al fin de lo que la anciana le había intentado transmitir con la dichosa botella llena de agua de mar. Si al cocinar un okonomiyaki, el olor podía conseguir que sus comensales conocieran el sabor que iban a degustar antes incluso de metérselo en la boca, estaba claro que, de alguna manera, su plato viajaba hasta ellos de alguna manera. Su esencia, su sabor, se mantenía intacta a pesar de viajar libremente por el aire. Era algo extraño, como una transmisión de información sin cables, y en todo el proceso, la esencia de su creación se mantenía intacta.

De la misma manera, cuando la señora llenó la botella de agua de mar, el agua de mar contenida en esa botella siempre sería de la playa de Osaka, del mar de Japón. Da igual donde la botella transportase ese agua, ésta siempre tendría esa especie de denominación de origen, esa esencia que la hacía única entre las botellas rellenas de agua.

O a lo mejor lo importante era que dentro de unas semanas esa agua estaría podrida y nadie podría usarla para nada… Pero estaba prácticamente segura de que la anciana se refería a eso de la esencia.

Ahora sólo tenía que encontrarla y explicárselo.

—¡Mirad lo que he encontrado! —exclamó su padre, sacándola de sus pensamientos. Agarraba triunfante un VHS en cuyo lateral podían leerse los símbolos “Primera cocina”.

—¡Oh, no! —avisó ella.

—¡Oh, sí! —contravino su padre.

Al momento, el VHS estaba dentro del cargador del aparato de vídeo. Con una maestría impresionante para los ojos legos, su padre se encargó de pulsar los botones pertinentes del mando para que se reprodujese la grabación en tiempo récord. Incluso se levantó para cerrar un tanto puertas y ventanas para que se viese mejor.

—”¡Ya está grabando, ya está grabando!” —fue lo primero que se oyó del video. Aquella era indefectiblemente la voz de su padre y, de igual manera, la tapa de la videocámara debía seguir puesta, porque todo lo que veían era negro. Al momento, otra voz de la grabación le avisó del hecho al cámara, que procedió a retirar la protección con una disculpa.

—”Bien, se hizo la luz. ¿Se ve bien, se oye bien?”

Ukyô sintió la humedad en los lados de sus ojos. Su madre parecía esperar algún tipo de señal en la pantalla de la televisión. Se la veía aún más preciosa que en las fotos, incluso a través del ruido de la imagen y la incapacidad de su padre para mantener un plano estable. Era un ángel…

—”Bueno marido, ¿me respondes o qué?”

…con carácter. Su padre sonrió, y ella no pudo evitarlo. La nariz ligeramente ganchuda de su madre se había torcido en un gesto de molestia, y casi al instante, la grabación se volvió mucho más estable. De repente, un enorme dedo pulgar apareció en la pantalla, muy desenfocado, en un gesto de todo preparado, seguido de un gritito de sorpresa.

—”¡Al fin!” —dijo lanzando los brazos al cielo —”Bueno, esto es para la futura versión de mi hija.”

Su madre se arremangó, torció un poco el gesto y la señaló directamente a través de la televisión, consiguiendo que le entrase un poco de miedo y todo. Por supuesto, todo el efecto desapareció cuando la imagen de su versión más joven pasó rodando por el suelo detrás de ella y la carcajada clara y fuerte de su padre y la escena tambaleante inundaron sus sentidos.

—”Ukyô, cariño, ¿qué hemos dicho de rodar por el suelo?” —preguntó su madre sin ni siquiera cambiar la posición.

—”¡Sí, mamá!” —respondió su jovencísima versión.

—”Espero que luego te las ingenies para cortar esto, cariño…” —continuó su madre con el gesto aún más torcido hacia la cámara.

Al instante, su madre recuperó la seriedad y, una vez más, le pareció que le señalaba a ella directamente.

—”Cómo iba diciendo… ¡Ukyô! Este mensaje es un recordatorio, por si alguna vez necesitas oír algo que a lo mejor te ayude a decidirte en un momento de indecisión. Hace apenas unas horas, te has acercado a mí, me has tirado del kimono y, muy seria, me has dicho que querías cocinar okonomiyakis como papá y como mamá. <Sobre todo como mamá.>, has añadido. Nunca pensé que una niña tan pequeña pudiera albergar tanta decisión en sus ojos, pero hoy, hija, me has sorprendido más que nunca. Tú tienes una pasión en las venas que tus padres nunca habían visto, una pasión por la cocina que nunca podrá ser apagada. Estás tan afinada al okonomiyaki que estoy segura de que pronto aprenderás a prepararlos tú sola. Y terminarás superándonos, de eso estoy segura.”

—”Por eso, cariño, quiero decirte lo siguiente:” —su madre dejó al fin su pose de tío Sam y se sentó en la mesa que tenía al lado, donde un par de okonomiyakis humeantes esperaban claramente a ser comidos —”Tu padre y yo estamos seguros de que serás una excelente chef y cocinera de okonomiyakis. Está en tu sangre, y por ello le damos gracias a dios. Pero, aunque nos equivoquemos y termines dedicándote a cualquier otra cosa (estrella de rock o programadora de esos cacharros electrónicos que se están poniendo tan en boga ahora), ten presente que nosotros siempre estaremos orgullosos de ti. Siempre…”

Y tras una pequeña pausa, añadió:

—”¡Pero mejor si eliges ser chef de okonomiyakis! ¡Te queremos! ¡Adiós!” —y con un beso hacia la pantalla, el vídeo se acabó.

Hubo un instante de silencio después de eso. En realidad, su padre murmuraba cosas a Konatsu, y hasta pudo entender un “Así era su madre, sí, sí.”, pero aparte de eso, había silencio entre ellos.

Al fin, suspiró, y repentinamente se dio cuenta de lo cansada que estaba. Había pensado en muchas cosas, y había recordado aún más. A pesar de que apenas había empezado el día, se sentía realmente agotada. Aunque tendría que estar desayunando (y un rugido aleatorio de su estómago se lo recordó), decidió dar un paseo por la playa. Con un poco de suerte, tal vez se encontrase a la señora y podría quitarse todo el asunto del acertijo de encima.

Así que, mascullando una disculpa distraída, salió de su casa, se encaminó rápidamente hacia la playa, y, ya en la arena, se quitó las zapatillas y se puso a andar por la arena mojada en dirección a la parte de la playa donde se encontró a la señora la otra vez.

Apenas habían transcurrido unos minutos cuando pudo divisar la forma de la señora a lo lejos en la playa, practicando su taichi.

Redujo su marcha y se acercó lentamente hasta ella. Aunque tenía ganas de contarle lo que había comprendido, no quería asustar a la anciana.

—Así que al fin has comprendido por qué la botella aún lleva agua del mar del Japón, ¿no?

—¿Có-Qué? —no tenía ni idea de cómo se había dado cuenta de que se acercaba a ella, pero no era momento de sorprenderse tan fácilmente, así que recuperando la compostura, respondió —Sí. Me di cuenta de que la comida también se puede comer por el olfato. Aún es mi okonomiyaki, pero ya no es mi okonomiyaki.

—Es una manera de verlo —aceptó la señora —. Pero así es, las cosas, como las personas, tienen una esencia inconfundible. Puede que esta esencia no se evidente o que, de hecho, nadie la conozca realmente, pero existe, y es la base que define aquello a lo que pertenece.

—De acuerdo —terminó —. Entonces, tengo algo más que contarte.

La señora comenzó una kata de taichi con un movimiento invitante, y Ukyô decidió hacerle caso y seguir sus movimientos.

—Sigamos con la botella. ¿Tú sabes de qué están hechas las botellas como esa que está tirada ahí? —preguntó al tiempo que abría los brazos ampliamente en dirección a un reflejo verde medio escondido en la arena.

—Sí. Esas son de vidrio. Ya no se ven muchas, la verdad…

—Y el vidrio, ¿sabes de qué está hecho?

—Pues… no, la verdad —confesó, mientras se tocaba la punta de los pies y respiraba lentamente.

—Se hacen, básicamente, de arena.

Asintió distraídamente.

—¿No es eso fabuloso? —insistió la señora.

—Eh… ¿Sí? —volvió a asentir, pero más lentamente.

—Parece que ahora mismo no me estás entendiendo —suspiró la anciana. Entonces terminó la kata, dio gracias al sol poniente, y se giró hacia ella —. Te planteo lo siguiente: la próxima vez que tengas una pesadilla sobre tu… amor…

—¿Qué tiene que ver nada con…?

—La próxima pesadilla no la intentes olvidar —se sobrepuso —. Tranquilízate, vuelve a respirar y duérmete tranquilamente. Si después tienes algún sueño más, vuelve y cuéntame qué quiero decir cuando te hablo de la botella de vidrio y la arena.

—¿Pero qué tiene que ver lo uno con lo otro? —insistió ella terminando el ejercicio.

—Ya lo verás —dijo, y se marchó.

Y como ella ya no podía concentrarse, se marchó también.

Ya estaba en la playa. Levantarse había sido fácil, rápido y silencioso. Y así, en un momento, se había plantado una mañana más de bruma y mar en la playa de silencio, una semana después de su última charla con la anciana. Con cierta satisfacción comprobó que la arena estaba más limpia que de habitual. El salitre del mar era aquella mañana mucho más acogedor. La humedad, una especie de manto que acariciaba su piel.

Empezó una kata, pero pronto se dio cuenta de que no era lo que quería hacer. Lo que quería era practicar algo más el taichi que la señora le había enseñado. Algo le decía que debía practicar más ese arte de equilibrio y ritmo. Y poco a poco, sorprendida por su propia facilidad para realizar los movimientos, comenzó a sincronizarse con el ir y venir del mar en una especie de baile hipnótico que calmó su pulso y apaciguó la tormenta en su mente.

Sintió con impactante intensidad los rayos temerosos del sol vespertino que alcanzaban a atravesar la bruma de la mañana. El graznido de las gaviotas alcanzó claro y cercano sus oídos. Y la arena de la playa, los incontables granos de polvo de piedras que acariciaban sus pies, era como un líquido viscoso que se amoldaba a cada uno de sus movimientos con la lentitud y la paciencia de los eones.

Maravillada, notó por un momento en su pecho una sensación que había perdido hacia años. Por un momento, se sintió conectada con el mundo. Se sintió libre. Se sintió feliz.

Entonces, unas nubes oscuras y terribles aparecieron sobre ella, y aquel momento mágico quedó roto. Se giró, sabiendo lo que iba a descubrir, y aún así no pudo controlar la ola de sorpresa que la inundó. Ranma, tan perfecto y tan sonriente como le recordaba, le observaba desde el comienzo de la playa.

Un instante después, ambos caminaban al encuentro del otro. Iban despacio, como retrasados por los recuerdos que tenían en común. Pero, finalmente, se encontraron uno frente al otro. Mientras, aún en el mar, las nubes empezaron a descargar su furia.

—Ukyô —empezó el chico —, hay algo que tengo que decirte.

Ella miró hacia otro lado, esperando que las palabras rebotaran en su costado, pero tan sólo pudo asentir.

—He venido a buscarte para que vuelvas a Nerima —continuó Ranma sin cambiar el tono.

—¿Cómo? —y la esperanza salió junto a su pregunta.

—Sí, Ukyô —él dio un paso hacia delante. Ella no pudo moverse —. Hay algo que sólo tú puedes hacer por mí.

—¡Sí, Ranma!

—Ukyô, debes ser mi padrino de boda.

Aquellas palabras la golpearon como si tuvieran una realidad física. Reculó unos pasos y, finalmente, se dejó caer en la arena.

—Pero, pero… —intentó decir, pero las ideas y las palabras se le liaban en la garganta ahogándola.

—Ukyô —le llamó Ranma sin haber cambiado de expresión —, necesito que hagas eso. Ahora que Akane y yo nos vamos a casar, necesito que hagas esto por mí. Por nuestra amistad.

—¡No! —aulló, y el poder de su grito consiguió que la imagen de Ranma se doblara para un lado, para el otro, y terminara disolviéndose como un poco de sal en agua.

—Ukyô, amiga, elegí a Akane… —fue con lo que se despidió la imagen de Ranma.

—¡No! —gritó y gritó hasta que se quedaba sin aire, y todo se fue volviendo negro, hasta que ya no pudo ver.

Se levantó de un salto. No estaba segura de donde estaba. Todo estaba oscuro, pero no tanto como la negrura que la acababa de engullir. Palpó un poco sus alrededores mientras sus ojos se acostumbraban lentamente a la oscuridad. Notó tela sudada y algo esponjoso un poco a su espalda. Era su cama. Estaba sentada en su cama, a oscuras en medio de su habitación, temblando.

—¿Un sueño? No, una pesadilla —se corrigió. Se tumbó, aún incapaz de ver nada.

En contra de lo que normalmente hacía cuando este tipo de pesadillas le acosaban, hizo un esfuerzo en mantenerla en su memoria. Pensó que, tal vez, si se obligaba a aceptar y recordar lo que había soñado, tardaría más en sufrir otra igual. De normal, ya se habría convencido de que eso no iba a pasar y que ella seguía siendo la prometida guapa de Ranma (incluso llamando por teléfono si lo sintiese necesario). Incluso no era extraño que aprovechase el momento para idear alguna otra manera para acercarse algo más a su prometido. Siempre de forma sutil, eso sí. Al fin y al cabo, tenía algún tipo de relación con Akane. Un tipo de relación que aunque no sabía muy bien cómo definir, era algo que mantener.

Esta vez, sin embargo, las olas del mar fueron las que le tranquilizaron. Interiorizó los ojos de Ranma diciéndole adiós y su propio grito negándolo todo. Y, como si de un ejercicio de taichi se tratara, quieta en la cama con los ojos bien abiertos, fue calmando su corazón y dominando sus sentimientos hasta que toda la agitación pasó.

Pronto, notó que el sueño volvía a hacerle presa y, recordando vagamente que la anciana le había dicho algo sobre un sueño, se dejó alcanzar. Sin embargo, una sensación extraña en el fondo de su mente, como una voz indiscreta que le susurraba “Lo has aceptado” al oído, le acompañó hasta que volvió a dormirse.


Al siguiente capítulo. O de vuelta a Sayonara Amazonas.

 

Autor: Mu-Tzu Saotome

Estudiante y escritor novel, manga aficionado y cazador de bromas al vuelo.

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