La infinita tristeza de lo que no empieza

Recuperando otra entrada antigua. Del 5 de junio de 2015. Casi un año ha pasado, y aunque no todas las dudas se han resuelto ni todas las pesadillas se han ido a dormir, mucho ha cambiado desde entonces.

Es tarde.

Me acompaña Mellon Collie and the infinite sadness. La foto de un atolón que tome en Escocia, un trozo de roca arrancado de la costa, para siempre solitario frente a las nubes y el oleaje.

No entiendo nada. El mundo no ceja en su empeño de dejarme indefenso. Por más que se repiten las mareas, no logro encontrarle sentido a todo este movimiento. Las leyes que lo rigen son oscurecidas por el caos que me rodea. Todo es infinito. Toda la nostalgia, toda la sorpresa, toda la incapacidad. Me parece que avanzo, pero entonces doy dos pasos atrás.

Me encanta el piano. Me traslada a otras épocas. A otras amistades. A otro estado civil. Digo a menudo que añoro la simpleza de aquel tiempo. Ahora sé que no es exactamente eso. Lo que añoro en realidad es la inconsecuencia de mis decisiones. El peso tan sólo era una parte del mío. Las estrellas me encontraban a mí, a flor de piel, perdido en un campo de trigo, rodeado de mis conocidos pero con la mente en el vacío. Allí, tan sólo mi cuerpo y mi mente estaban en juego a cada momento.

Ahora, no voy a ningún sitio sin ciertas maletas. Preguntas que no me puedo responder. Logros que cada día son más un ahogo. Aficiones con las que lucho por mi tiempo. Mi caminar se ha vuelto lento; las manías me atosigan si me echo en el campo. Las estrellas ya no son pura curiosidad. Ahora son un camino que deseo pero que no alcanzo, manzanas doradas justo más allá de mi alcance, tentando a esta parte de mí que se afana en nunca dejar de mirar hacia atrás.

Todo esto hunde mis hombros y las cuencas de mis ojos. No importa que las gafas sean cada vez más grandes si cada vez veo menos. Cada momento que pasa me convierto más y más en mi peor enemigo. Y me conozco demasiado: sé exactamente lo que voy a hacer. Ya no es añoranza ni nostalgia. Es desesperación lo que me cantan esos violines.

Sé que, en cierta manera, mantengo la cordura. Aún no he descendido a los milagros o a los espíritus. Aún acepto el mundo tal como es, y el pragmatismo sigue siendo la planta de mis pies, el contacto con la tierra. Pero, cada día que pasa, comprendo mejor y mejor el escape, la ignorancia y la felicidad que dicha actitud provee. ¡Qué placentero poder achacar de mis problemas a un elemento que no puedo responsabilizar! ¡Qué despreocupación!

Lucho por seguir cabal y al mando de mis decisiones. Pero éstas no hacen más que clavarme las dagas que hacía tiempo debía haber incorporado. Ahora duelen y me incapacitan. Allá donde miro, tan sólo veo cinismo y resignación. Siempre fui un poco resignado: es parte indisoluble de estar dispuesto a ser farero. Pero el cinismo lo tenía controlado. Ahora, sin embargo, ya no controlo nada de lo que pasa por mi cabeza. Tan sólo trato de agarrarme con fuerza y no soltarme. Parece ser la única manera de no perder el ritmo, aunque haga mucho que he perdido el norte.

No sé nada más. Miradas que cuentan años me observan. Algunas veces fueron dobladas por los vasos. Ahora sólo me comunico por sonidos guturales. Perdí casi todas mis actividades superiores, y no puedo decir que esté del todo triste. Muto sin control en pos de una forma que me permita aguantar los zarpazos sin muchos daños. ¿Hay miedo? ¿Cuándo no? El miedo ya se ha instalado para siempre, y el futuro es tan incierto que prefiero no dibujarlo en mi cabeza. Me da tanto miedo que lo tengo que desalojar cuando quiero dormir, porque si no, la quimera se vuelve fuego. He forjado un terror de mis propios pensamientos.

Siento que mi tiempo se agota. El tiempo de esa voz que se transmite por las yemas de los dedos. Ese sonido que acompaña a la ilusión, esas notas que una vez cosieron tu alma rota. Todas esas cosas se están perdiendo. No son lágrimas en la lluvia. Hoy no llueve en este páramo que una vez fue mi imaginación. Abrazo a mucha gente, pero me faltan tantos a los que sentir. Y esa voz dice que no es justo. Que tras todo este tiempo, este no es el tipo de texto que tendría que estar confeccionando. Que las cosas deberían ser más simples. No más fáciles. Sí más simples.

Todo se complica. Las maletas y los impedimentos. Las responsabilidades y los deseos. Nada me permite caminar. Me oprime el pecho. Me deja sin respiración. Todo lo bueno que soy también tiene lo malo. Jamás he entendido por qué ha de ser así, pero ya he llegado al punto en el que lo acepto. He dejado de luchar, porque ya lo único que quiero es vivir.

Y al empezar a querer vivir, me morí.

Sin más.

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