Tiempo de lluvia y vacío

La verdad es que, con un viaje, pocas horas de sueño y trabajo por las mañanas, esta semana he tenido que echar mano de alguno de los viejos textos que tenía por ahí. Éste, del 26 de Noviembre de 2014, me ha llamado especialmente la atención.

Seguramente, la semana que viene volvamos a la programación habitual. Hasta entonces, un poco de nostalgia sentimental.

Al fin, he encontrado mi propio éxtasis.

Éxtasis en mi confusión. Éxtasis de nada, de vacío insondable que me ataca cada vez que me doy cuenta lo que una vez más se quedó en el tintero. Para siempre en estado de embriaguez, mis labios se han cosido en un silencio que lo apaga todo, que no se deja atravesar. Tan sólo, si acaso, unas pocas canciones, nuevas y antiguas, le dan voz a esta sensación que todo lo apaga.

Llevo mucho tiempo sin saber qué decir. En silencio, y los ojos tan sólo me servían para darme cuenta de todo lo que no contaba, de lo que se escapaba de mis manos atadas a la indiferencia sin final. El vacío que una vez era oscuridad de futuro se ha derramado, casi sin darme cuenta, en un presente que estaba lleno de metas, de intenciones, de ilusiones… Y poco a poco, sin dolor y con mucho amor, esa negrura lo ha cubierto todo. Mi teléfono, mi teclado, mi voz. Poco a poco, cada una de mis mentes ha sucumbido a este incipiente apocalipsis de silencio. Absorbido sin remedio por esta falsa ingravidez, pierdo el sentido del tiempo. Los días se suceden sin que dejen su caricia por mi memoria. Y me siento tan aturdido por esta fluidez inusitada de mis recuerdos que no he sabido reaccionar.

Por un tiempo, he sido aquello que pensé que mi nostalgia nunca me dejaría ser.

Sin mi nostalgia, sin mis búsquedas infructuosas en pos de una respuesta más, me he hundido en el mar infinito de la rutina sin dirección. Me ahogué sin una pregunta que responder, sin intentar entender un poco más los caballeros de armaduras oxidadas que me rodean. Cuando al fin me acomodé en un tipo de días, los días dejaron de tener sentido, y comenzaron a ser tan sólo números marcados en una hoja colgada en la pared. Dejando la curiosidad de lado, me he vuelto una simple caricatura de lo que una vez intenté desentrañar dentro de mi propia mente. Tanto silencio de mis voces internas… ¡Tantos días sin hablar conmigo mismo! Tan sólo canciones, quedadas, películas, problemas ajenos, nombres… Pero todo sin análisis, sin retruécanos mentales, sin vueltas y más vueltas sobre lo mismo. ¿Qué sentido tiene, si soy un trágico realista por naturaleza?

Todo este vacío, sin embargo, me ha enseñado algo. Me ha enseñado que puedo pasar por los días como si me sobraran. Que lo que una vez era tan solo una actitud física puede llegar a convertirse en una psíquica. Que se puede sobreutilizar el deseo de tener más horas al día. Que las noches hay que usarlas sabiamente. Que algunas partes de mí sólo florecen cuando no pienso, y que otras sólo aparecen cuando no descanso. Que pensar sobre lo que es uno es complicado, infructuoso casi siempre y temerario si se hace bien, y que es el sino de algunas personas pensar por los demás.

Y que hay partes de mí que no me gustan, que tengo que cambiar. Y que estoy tan acostumbrado a estar atormentado que ya no sé vivir de otra manera.

Atormentado. Tal vez demasiada palabra para quien vive a este lado de la frontera. Inquieto, cansado, estrambóticamente desequilibrado, acuciado de sueños. Tal vez una mejor descripción de lo que florece en este pequeño estudio de puño y letra que me aguanta las gafas. Esta máquina de hacer ruidos incesantes que de vez en cuando tienen algún sentido.

Pero, si me he quitado el sombrero de pensar para poder, al fin, pensar una vez más de verdad, significa que puedo avanzar. Quiero bailar una vez más con la nostalgia, con la incertidumbre, con las ganas de pero sin llegar a. Tal vez sea un canto a volver a la niñez, o a algo que se le parezca. Pero no me importa lo que pueda parecer. Tan sólo digo que quiero deshacer algo del camino, lo que creo que no terminé de hacer bien. Recuperar unas cuantas ideas que mi vida me había hecho olvidar. Y decirle a la vida, al menos por una vez, que no va a hacer de mí algo que yo no quiera. Yo mismo elegiré mi propia tumba, al fin y al cabo.

Hay silencios que he perdido, que he ahuyentado en un extraño intento de quién sabe qué. Esta noche les rindo homenaje. A ellos, y a las personas que en mi pasado los aguantaron, los tuvieron que vivir. Gente a la que no hace mucho les pedí perdón por muchas cosas. Aún continua esa sensación, pero entiendo por fin que en algunas cosas prefiero pedir perdón a cambiar un ápice. Y si esta noche que se estrella y se nubla será testigo de farolas que no se encienden y baladas que se quedan mudas, también puede ser testigo de confesiones que se quedan grabadas en el negro abismo que las provocó nacer.

Soy un tipo raro. Silencioso con los desconocidos, siempre busco la sonrisa de los amigos. No busco muchos amigos. Hacer sonreír a mucha gente es complicado, al fin y al cabo. Me he descubierto como un novio un poco pesado, tal vez sobreprotector, tranquilo pero insumiso. Cariñoso pero despistado. Con suerte, al fin y al cabo. Proyecto de demasiadas cosas, con el proyecto principal de dejar de empezar proyectos y empezar a acabar proyectos. Tengo ideas y opiniones sobre casi todo, todas mías, algunas buenas.

Y tengo una voz interna que no se apaga. Que no cesa. Que no para. Cometí el error de dejar de escucharla. De acallarla con el barullo del presente. Cometí el error de hacerme realmente mayor.

Pero por suerte, creo que me he dado cuenta a tiempo, y aún se puede curar. La medicación es, como para todo, imaginación y rienda suelta a todo lo bueno.

Ya os contaré como me va el tratamiento, niños perdidos.

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