Asocial social

Me encuentro, con cierta regularidad, dividido a la hora de decidir si soy animal social o un viejo asocial.

Si bien es cierto que sigo convencido de que la manera con la que puedo vivir haciendo y haciéndome el menor daño es retirándome de los grupos sociales y aparcando toda interacción con mis semejantes hasta sobrevivir con la mínima necesaria, tampoco puedo negar que amo compartir mis velos y mis desvelos con el Sueño que a veces me acompaña. Y a veces, también, me gusta desperezar mis huesos acostumbrados al silencio y zambullirme en el sórdido ruido de la conversación con extraños.

Así, equilibrando mi amor un poco malsano por las sombras, la lluvia y la soledad bien entendida, existen en mí pulsiones que me llevan a desear buen tiempo, una buena bebida y una conversación larga y totalmente en contra. Es casi como si dos personas vivieran en un mismo cuerpo. E, incapaces de decidir a quién pertenece, deciden turnarse los latidos con el fin de vivir ambos lo que desean.

Lo peor es que estos cambios de actitud no sólo me confunden a mí, sino a los que me aguantan y me quieren. Porque si ya es difícil congeniar y compartir conmigo, aún lo es más cuando puedo cambiar totalmente de parecer en un abrir y cerrar de ojos. Al cabo de un tiempo, me he dado cuenta de que a la gente le gusta que le sorprendas, pero también que eso no ocurra demasiado a menudo. Porque entonces eres inconsistente, irracional y demasiado difícil saber cómo vas a reaccionar a las cosas, que al cabo de un tiempo, es algo normal y necesario.

Lo cierto es que me asusta un poco. Desearía, muchas veces, no ser así. Ser un poco más predecible, y yo creérmelo también. Porque lo principal es que aún me siento dividido. Ni lo malo de ser así me convence para dejar de serlo. No lo puedo entender, y me trabo y me detiene entrar en esta dinámica de extrañeza de mí mismo.

Siempre que puedo, me detengo para estudiarme un poco. Analizar que me está haciendo funcionar, qué me hace cambiar y qué me hace permanecer igual. Pocas cosas he mantenido conmigo el suficiente tiempo como para poder apreciar una evolución visible. Como para poder sacar algún dato sobre mí mismo que pueda decir tiene algún sentido real y algún viso de ser real. Cuando se es tan voluble, es muy difícil asegurar nada sobre uno mismo. Las cosas parecen poder atribuirse siempre a algún estado pasajero o algún cambio de humor súbito. Por eso, encontrar algo estable, algo de lo que pueda estar seguro siempre se vuelve de capital importancia. Y ayuda.

Pocas cosas se mantienen, pero algunas hay. Por ejemplo, llevo más de diez años llenando hojas con mis desvarío y de mis sentimientos. Son pueriles, incompletos y feos en muchas ocasiones. Pero son míos, al fin y al cabo, y tan sólo reflejan algo evidente: sólo soy una persona. Con muchos fracasos a su espalda; con envidias e incapacidades, y otras mil cosas negativas.

Pero, también, con alguna positiva. Ahí están, y su valor no es mío para poner.

También resisten los años unas pocas amistades. Amistades que atesoro e intento mantener, porque nunca volveremos a ver los átomos perdidos en un agujero negro, pero sí las llamadas perdidas. Y estas amistades tienen tanta razón, y tantas razones además… Por alguna razón, me resisten y me sobreviven, y a pesar de lo bueno y lo malo que hago, siguen cogiéndome los mensajes. Y aunque de alguna manera resulta gracioso usar estas confesiones como comunicaciones, lo cierto es que nada se compara a tenerlos delante y poder recibir su sabiduría en directo. Y quedar un poco más calmado al verles tan bien rodeados.

Luego, hay nuevas amistades, cosecha tempranilla, futuros moldeadores de la realidad en la que todos viviremos, mentes preclaras que conseguirán hacer avanzar el conocimiento de la humanidad con su tesón y su inteligencia. Chicos y chicas que me enorgullece conocer, aunque seamos tan distintos como el blanco y el negro. Gente que te hace mejor sólo con estar a su alrededor.

Pero, si alguien ha sufrido lo que soy y lo que no termino de ser, ese debe ser el Sueño que me acompaña. Interrumpidamente a veces, con momentos de menos y momentos de más, conociéndome como nadie, ayudándome la que más. Cualquier disculpa es poca, testigo de mi mejor y mi peor. Ahora mi objetivo es hacerte feliz, aunque a veces me parezca que hago todo lo contrario. Todo es más real que nunca, y por eso tengo más miedo que nunca.

Al final, como viene siendo habitual, tuvo que haber disculpas. Pero lo prefiero a dejarlo. Para mí significan dos cosas, una buena y una mala. La mala, que sigo sin arreglar cosas que llevan mucho tiempo estropeadas. La buena, que aún no he aceptado esos errores y quiero corregirlos.

Así que, aún me quedan disculpas que pedir, para bien o para mal.

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