Valyv Balkanska-Bulgarian Shepherdess Song

Esta canción me recuerda al capítulo de Cosmos de la Voyager y su mensaje, y me recuerda lo que hicimos los humanos con esa nave.

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Como escribí hace apenas un mes:

Pocas veces el título del post es el mismo que la canción que lo origina, pero este caso lo merece.

A un lado, la canción cuyo extraño titulo da nombre a esta entrada. Seguramente no sea del gusto de todo el mundo, pero aún así recomiendo a todo el mundo que la escuche. Su historia lo merece.

Es, seguramente, sólo uno de los incontables secretos, preciosos y únicos, que pueblan nuestro planeta. Una faceta más de este diamante que habitamos. Otra magnifica luz prendida por la raza humana. Unas potentes voces que no entiendo. Pero es fácil estar de acuerdo en que tampoco es muy necesario entenderlas. Su mensaje puede ser cósmico o terrenal; divino o mundano; triste o alegre. Pero otra vez, eso carece de importancia.

Lo importante es como sus voces traspasan el aro de cinismo con el que tendemos a pasar el día a día, y conversan directamente con la parte de nosotros que todavía abre la boca cuando mira un cielo estrellado. En un momento somos transportados a otro tiempo, a otro lugar. Tierra verde o montañas, cerca del cielo y del mar. Todo es tan diferente como nuestras imaginaciones sean capaces de lograr. Y no sin cierta dificultad, levantamos el vuelo y somos capaces al fin de desligarnos por un momento de las rutinas que para bien o para mal atrapan nuestro tiempo.

Libres por un momento de esas cadenas, los acordes y las variaciones imposibles nos abren los ojos. La historia se pinta bajo nuestras formas voladoras y los mapas cambian de color con el ascenso del agua de la clepsidra. Poco a poco, los horizontes, siempre tan rectos y tan mentirosos, se curvan ante nuestra percepción y revelan al fin la verdad que todo el mundo olvida al hacerse mayor. Nos elevamos con el canto de estas mujeres desconocidas, y antes de darnos cuenta, la Tierra no es más ya que una bola que gira descontrolada. Nosotros inmóviles en el espacio, y nuestra sombra recorre la superficie como un pensamiento de libertad. Por encima, espera el resto de nuestro hogar.

Cuando seguimos elevándonos, el concepto en sí pierde significado. Ahora tan sólo avanzamos hacia la negrura del espacio. Pero el vacío es ilusorio. Nos envuelve nuestro pasado, el de toda la raza humana. Imágenes, sonidos, señales… Tan sólo son el medio, el oxígeno de nuestras almas. Llevan en su seno nuestras ideas, nuestras fantasías y deseos. Arrastran nuestros triunfos y nuestros fracasos, las desgracias más terribles que hemos sido capaces de infligirnos a nosotros mismos y a nuestro pequeño hogar. Son una marca de lo que hicimos mal, aunque a veces parezca que no sepamos palpar dicha marca, o hayamos olvidado su significado.

Pero, también llevan lo que merece la pena repetir. Y al dejarnos empujar por su electrificante influjo, escuchamos a nuestros genios abriéndonos ventanas al futuro. Vemos a nuestros símbolos enseñándonos a conocernos a nosotros mismos. Y nos encontramos descifrando los secretos que nunca fueron ocultos a plena vista en todos los rincones de nuestra humilde morada, justo a la entrada de las cuevas que hace tan poco dejamos. Y es maravilloso sentir que, incluso con todas las dificultades, este influjo continúa guiando los pasos temblorosos de una especie tan exquisitamente orquestada entre tantos trillones de átomos de carbono, oxígeno y demás concertinos.
Tras un rato de este empuje, llega el momento de encontrar al portador de las voces. Su figura es metálica y puntiaguda, y con su boca que es al mismo tiempo su único oído, observa impasible el punto azul pálido en el que se ha convertido su linea de salida. En su interior, el calor nuclear lo salvaguarda de dormir para siempre, y aunque su misión ya es parte de la historia que nos enseñó quiénes somos, lleva en su pecho una dorada promesa de futuro.

A partir de aquí, se me hace difícil continuar con las metáforas, así que terminaré siendo un poco más explícito.
El portador de las voces es, evidentemente, una de las sondas Voyager. El ingenio humano que más lejos ha viajado lleva en un lateral incrustado un disco de vinilo hecho en oro, cuyo evocador título no es otro que el de “Voces de la Tierra”. En su anverso están inscritas las instrucciones para reproducirlo (tan simples y científicas como fue posible en su momento para que una inteligencia alienígena fuera capaz de descifrar su funcionamiento). Y codificadas en el disco, saludos en decenas de idiomas por distintas personas, música clásica y contemporánea (hasta los 70, claro), pasando por todos los tipos. Las palabras de una madre a un recién nacido. El sonido del cerebro de una pareja enamorada. Incluso el canto de las ballenas.

Y entre ese convenio de lo que somos, este canto. Este canto que no entiendo, pero que te eleva más allá de los límites físicos de los que somos presa. Este canto que le habla a uno en lo más profundo, viaja, junto a muchas otras composiciones de igual calado, por el vacío del espacio. Es para pensárselo. Unas voces así, dejando tan atrás el lugar de donde provienen, representando lo que somos en un solo a todas luces infinito que tardará cientos de miles de años en dejar la galaxia. Como una isla de significado en medio de un océano de caos. Con toda la esencia de unos sencillos seres, hijos de las estrellas, hermanos de aquellos que tal vez algún día lo encuentren.

Poco o nada resta por decir. El viaje termina y volvemos a nuestros atados cuerpos. Atados a nuestro planeta. A nuestra vida. Pero a partir de ahora, tal vez, recordemos que allá arriba, de donde provienen los deseos y donde duermen los dioses, allí, nuestras voces cantan. Cantan con el poder de romper el silencio. Y cantan aunque todo sea negro.

Autor: Mu-Tzu Saotome

Estudiante y escritor novel, manga aficionado y cazador de bromas al vuelo.

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