Epidemia de familia

De las familias que no dan, sino que toman.

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Hace unos meses, tras la enésima historia, ahora más presente que nunca, que escuchaba a ciertos amigos, escribí esto:

Es más tarde de lo que quisiera reconocer, pero es aún más tarde para hablar de la epidemia que achaca este lugar.

Ya son algo más de dos años, varias peleas y alguna desilusión, para hablar de esto. La epidemia de la familia.

En este lugar que ahora habito, existe una extraña dolencia que ataca indiscriminadamente y se cobra los futuros de decenas de personas cada día. Es una temible condición que atrasa la emancipación, acelera la maduración y, a veces, nulifica la felicidad de los afectados hasta tal punto que quedan irreconocibles, y todos aquellos momentos que perdieron, los infinitos universos que sacrificaron, se vuelven en su contra y los llenan de miedo e incertidumbre.

En este lugar que ahora habito, la enfermedad se ensaña especialmente con los menos favorecidos. Detrás de cada persona encomiable, detrás de cada villano y de cada justiciero. Detrás incluso de las personas normales, allí acecha este achaque de proporciones bíblicas. No quedan apenas inmunes, y los pocos casos que se conocen parecen estar aislados de los enfermos a través de barreras geográficas, temporales o ideales. Al parecer, no existe un precedente genético que se pueda encontrar.

En este lugar que ahora habito, a veces la atención tiene que llegar de urgencia. A veces las guaguas, a veces los coches y a veces los teléfonos son todos portadores del virus. Pero en cierta manera, al alejarse de la cepa, los síntomas remiten un tanto. Siempre se hacen notar, aunque nunca lleguen a afectarlos. Pero los efectos son tan conocidos que…

No sé. Han pasado un par de días del comienzo, y ya no siento el humor ni las ganas como para envolver lo que trataba de decir en esa amable metáfora. Iré, pues, al grano.

Conozco ya demasiada gente cuya mayor barrera para ser feliz no son sus propios problemas, ni su educación, ni sus oportunidades ni nada de eso. Su mayor problema es su familia. El virus de una familia que, de una manera u otra, absorbe de ellos más de lo que da. Y eso, para mí, no tiene sentido.

Por supuesto, ahora, al conocer estos casos, me doy cuenta de la suerte que tengo. Mi familia no ha estado exenta de problemas. Como todas.

Pero una máxima siempre ha permeado los gritos y los silencios en mi casa. Los problemas se solucionan, y a los hijos se les apoya.

Eso incluye criticarlos. Por supuesto. Y de vez en cuando machacarlos un poco psicológicamente para dejarles claro que el mundo tiende a encabronarlo todo. Pero a la hora de la verdad, en mi casa, el futuro de los chavales siempre ha estado por delante de todo lo demás. No los caprichos, que se compraban si se podía. No las manías, que se quitaban si no tenía sentido. El futuro.

Pero es que miro a mi alrededor, y no me lo puedo creer. Me fallan las palabras. La irresponsabilidad es el pan de cada día, y la inmadurez el agua en el que se ahogan la mayoría. Incapaces de estar a la altura que la situación de tener un descendiente requiere, esta gente claramente no preparada recurre a trucos infantiles y actitudes dañinas que repiten hasta la saciedad.

No nos engañemos. Nadie sabe cómo ser padre o madre antes de serlo. Es algo que no te enseñan en ningún sitio. Se va forjando a cada paso, cada día, cada discusión, cada comida, cada arrope, cada bronca, cada beso, cada abrazo, cada mentira, cada decepción, cada sentirse orgulloso. Es la única actividad que es realmente de por vida (junto a respirar). Es la actividad más increíble y difícil que nadie pueda llevar a cabo. Y es también la que mejor mide a las personas moral e intelectualmente del amplio repertorio con el que cuenta la vida. Es, en muchos sentidos, el culmen de la vida.

Y sí, por todo esto y por más, es exigible, de cada uno que decide o se encuentra siendo padre, que sea la mejor persona que pueda llegar a ser, y que lo sea todos los días de su vida. Cualquier otra cosa será una falta de respeto y de responsabilidad hacia la vida que ha nacido a sus manos.

Pero aquí no. Aquí se dan por hecho cosas, se juegan con otras y se inventan otras en las que es mejor ni pensar. La frivolidad, por ejemplo, con la que se considera que el hijo o la hija le pertenecen a uno, y que por tanto aquel tiene que rendir cuentas a éste simplemente por el hecho de ser hijo, es espeluznante. Olvidándose completamente del hecho de que nadie le pertenece a nadie, esta gente viola la individualidad de su propia progenie desde que esta violación puede mantenerse en su cabeza, hasta el punto de que la situación resultante resulta normal a quién la sufre. Y considerándolo normal, es incapaz de reaccionar como debiera en defensa de sus derechos, libertades y capacidades.

Así que, se dibuja un panorama en el que los padres, incapaces de enfrentarse a la tarea de educar un hijo o un hija, se han desentendido de la tarea y han dejado que la muestra de su inmadurez para enfrentarse a ese y otros muchos aspectos de la vida sirva de aviso para sus hijos. Eso tiene el doble efecto de dejar sin preparación ante ciertas situaciones a los hijos y robarles, al mismo tiempo, del único tiempo de feliz irresponsabilidad sostenible que el ser humano puede disfrutar: la niñez.

Sin lugar a dudas, el crimen es impresentable y trágico de una manera que casi nadie parece entender. Tal vez sea mejor así, pues no quedan celdas ni cárceles donde recolocar a tanta gente que se lo merece. Pero mientras, sus delitos se amontonan y sus consecuencias resuenan en la sociedad de la que se quejan continuamente, cerrando así el círculo.

No podré detener la masacre, el mutilamiento de niñeces que ocurre cada día, pero al menos podré avisar.

 

Autor: Mu-Tzu Saotome

Estudiante y escritor novel, manga aficionado y cazador de bromas al vuelo.

1 comentario en “Epidemia de familia”

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