Porqué tanta nostalgia y tan poca alegría

A principios de este año, atacado seguramente por los pésimos resultados académicos, escribía lo siguiente.

Es un teatro rebosante de caras, que se mueven y fluyen como el viento entre las cortinas.

Tantos nombres para tantas caras. Latidos que rompen pechos, la intensidad de una tormenta que descarga sus flechas mojadas contra la espalda que aguanta las embestidas. Luz y calor, y frío y escalofríos; todo recorre este cuerpo que se dobla y sufre ante los empujones de ellas. Tiran y toman tu mano; te invitan a volar, te entierran con vida. Besan y arañan, cortan y curan. Al mismo tiempo lloran tus penas y se jactan de tus ilusiones. Ellas te impulsan, te alimentan y te duermen, meciéndote con una nada de rap y orquesta, de sueños y aquel olor de tu niñez que tanta nostalgia te provoca, y se avecina un momento en el que ya no puedes dejar de pensar en lo que ha sucedido, y de vez en cuando por siempre echas la mirada al aire y dejas que vuele aquel deseo que siempre termina por meterse de nuevo en esa jaula que tienes en el corazón.

Y la cuestión no es lo que son, pues sabes de sobra que la cuestión quedó resuelta en el momento en el que tuviste en tu mano tu corazón por primera vez. Y las ves, pasean y te rozan, sus labios son años llenos de los momentos que han zurcido tu pecho tras cada rotura, tras cada pasión, tras aquello que pasó y que ya jamás olvidarás. No lo dices porque no hace falta; los ojos de cualquiera descubrirán, si se fijan, todo lo que dices callado. Te envuelve como el calor que desprende tu cuerpo por el simple hecho de estar vivo, y como ese calor, se arremolina debajo de tu ropa que no es sino tu piel, esa que te arrancaste de cuajo al volver a recordar lo que siempre has querido olvidar. Sin necesidad de volver a caer en el mismo error, porque las tienes a ellas.

Se pasean y te miran. Siempre bajo su discreción, nunca plenamente solo, siempre con algo que esconder. Pero bajo las sábanas ya no quedan retaguardias, y otra vez ves la bomba de tu vida estallando en las manos. Pero esta vez, las manos son ajenas, tiernas, ásperas y más fuertes de lo que jamás imaginaste. Las manos que no son las tuyas hace un tiempo eran otras, pero poco a poco se hacen tan tuyas como las que nacieron contigo. Y ahí, entre tanta fuerza y tanto miedo, haces un nido para tu corazón, para que no haya más hojas de papel mojadas. Y como una fuente que derrocha los sueños cuando todo era nuevo, se hace imposible describir lo que fluye entre esas manos compartidas.

Has tenido suerte. Te pusiste a su antojo y sigues entero. Tal vez cambiado, pero aún no mutilado. Recuerdas otras ocasiones, otras historias en las que hubo complicaciones. Al final hubo que amputar, romper ese pecho que una vez fue intacto y volver a colocar la maltrecha bomba de vivir. Y seguir andando como si el mundo no se hubiese parado, como si el cielo no se hubiese tornado negro y una noche sin estrellas no te hubiera alcanzado. Recuerdas, y te estremeces con tan sólo volver a sentir ese grito desgarrado, cuando se respiró lo malo y quedó en el aire.

Has tenido suerte, verdaderamente. Todo sigue en su sitio y crece poco a poco como una planta. Débil y frágil y caliente y desbocada. Tantas razones para mantenerla viva, tantas ocasiones para que deje de estarlo. La duda la ahoga y las lágrimas la secan. Y con tan poca experiencia, ¿qué sabe si no una nada tanta gente que nada dice cuando es el momento? Bueno, con tan poca experiencia sólo queda acumular algo más, y viviendo en un momento indefinible con la capacidad de sentir intacta, cada nervio de tu cuerpo recibe la experiencia y la imprime en la experiencia.

Y después de un tiempo, con los tatuajes ya secos en el cuerpo, se instalan las pocas que quedaban. El teatro se completa, las luces se debilitan y el drama del todo da comienzo. Otro actor más, un solo espectador. Con las cosas menos claras que nunca y el corazón ya enraizando en las manos, el fin de una manera es el comienzo de otra historia. Portada diseñada, historia por terminar. Comienza el momento en el que las vidas comienzan y terminan.

Y precisamente es eso, un momento. Con el teatro lleno, tan sólo un momento lleno de caras y roces y buenos y malos y todo lo intermedio.

Es el momento. No debe haber más dilaciones. Es su momento. Es tu momento.

Y daros cuenta, que en otros idiomas, “momento” quiere decir recuerdo.

Así que, recordad al vivir, y vivid para recordar.

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